Todo Queda en Familia Capítulo 5
15%

Capítulo 5

Durante unos segundos, el mensaje pareció más real que el cadáver.

No tenía sentido, ya lo sé. Julián seguía muerto en el vestíbulo, la Guardia Civil seguía entrando y saliendo, el bastón seguía dentro de una bolsa transparente y mi familia seguía haciendo lo que mejor sabía hacer: parecer ofendida por la realidad.

Pero aquel mensaje en mi móvil tenía algo distinto.

Era breve, directo y, sobre todo, estaba vivo.

Alguien acababa de escribirlo. Alguien sabía algo.

Alguien estaba mirando la misma noche desde un sitio que yo no alcanzaba.

Tu tío no cayó. Lo bajaron.

Martina me tocó la muñeca.

—Tienes que enseñárselo a la sargento.

—Eso sería lo sensato.

—Lo dices como si no fuera contigo.

—Lo sensato y yo tenemos una relación intermitente.

Volví a mirar el número. No lo conocía. Tampoco tenía foto, nombre ni nada que ayudara.

Solo una línea de texto que acababa de convertir una muerte rara en algo bastante peor.

Porque una cosa era que Julián hubiera caído por la escalera después de discutir con media familia, y otra muy distinta que alguien se hubiera tomado la molestia de bajarlo.

Esa palabra tenía peso. No decía “lo empujaron”.

No decía “lo mataron”. Decía lo bajaron, como si el cuerpo hubiera sido transportado, colocado, usado.

Me dio asco pensarlo.

Vega seguía hablando con uno de los agentes junto al arranque de la escalera.

Álvaro la miraba con cara de haber perdido varios privilegios de golpe.

Alicia se había sentado otra vez, con la peluquería ya convertida en tragedia secundaria.

Beatriz rezaba o murmuraba, que en ella venía a ser lo mismo.

Aurora observaba la escena sin moverse, pero con una rigidez nueva.

La muerte de Julián le había molestado. La investigación empezaba a irritarla.

—Inés —insistió Martina.

—Ya voy.

Pero no me moví.

La verdad era que no quería entregar el mensaje.

No por proteger a nadie. Esa parte de mí ya estaba bastante muerta.

No quería entregarlo porque, en cuanto lo hiciera, dejaría de ser mío.

Pasaría a formar parte de la investigación, de la carpeta de Vega, de las preguntas oficiales.

Y yo aún tenía la absurda necesidad de mirarlo un segundo más, como si las palabras pudieran cambiar si las observaba con suficiente mala leche.

Martina me quitó el móvil de la mano.

—Eh.

—Luego me das las gracias.

—Ahora mismo te daría otra cosa.

—Sargento —llamó Martina.

Vega se giró. Su mirada fue primero a ella, luego a mí, luego al teléfono. Había personas que necesitaban explicaciones largas para entender que algo pasaba. La sargento no parecía de esas. Se acercó sin prisa.

—¿Qué ocurre?

Martina me devolvió el móvil. Cobarde, pero eficaz.

Se lo enseñé.

Vega leyó el mensaje sin cambiar de expresión. Eso me pareció una virtud o una enfermedad profesional.

—¿Cuándo lo ha recibido?

—Ahora mismo.

—¿Conoce el número?

—No.

—¿Ha respondido?

—No.

—No lo haga.

—Había pensado mandarle un emoticono, pero me contuve.

Vega levantó la vista.

—Esto es importante.

—Sí, lo había intuido. No suelo recibir mensajes sobre cadáveres familiares entre semana.

La sargento no sonrió. Me tendió la mano.

—Necesito el teléfono.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Es mi móvil.

—Y puede contener información relevante en una investigación por muerte violenta.

La frase “muerte violenta” hizo que Alicia soltara un gemido.

—¿Muerte violenta? —preguntó—. Pero ha sido una caída.

Vega ni la miró.

—Desbloquéelo, por favor.

Lo hice. No me gustó, pero lo hice. Al entregárselo sentí una incomodidad ridícula, como si de pronto toda mi vida privada quedara encima de la mesa junto a la tarta y el testamento.

Tampoco había grandes secretos. Alguna conversación con amigas, correos del trabajo, fotos de recibos, una lista de la compra en la que llevaba tres semanas apuntando “lejía” sin comprarla.

Nada especialmente criminal, salvo mi incapacidad doméstica.

Vega llamó a un agente.

—Molina, registra el número y pide rastreo. Que no se borre nada. Y que nadie use el móvil de la señorita Valcárcel hasta que lo revisemos.

—¿Cuánto tardarán? —pregunté.

—Lo necesario.

—Qué frase tan de adulto con poder.

—Funciona en muchas situaciones.

Molina cogió mi teléfono y se apartó. Me sentí desnuda sin él. No por dependencia tecnológica, que también, sino porque en una casa llena de familia el móvil era una puerta de salida. De pronto me la habían cerrado.

Aurora se levantó.

—¿Qué mensaje?

Vega se giró hacia ella.

—Uno que debemos comprobar.

—Soy la madre de Julián.

—Y yo soy la encargada de investigar cómo ha muerto.

Aurora la sostuvo la mirada. Durante un segundo pareció que la habitación entera iba a partirse en dos: de un lado, la autoridad vieja de mi abuela; del otro, la autoridad oficial de una mujer que no había venido a pedir permiso para pisar las alfombras.

Ganó Vega.

No porque dijera nada.

Porque no se movió.

Aurora volvió a sentarse despacio.

—Esto es intolerable —murmuró Alicia.

—Tía, Julián está muerto y tú estás preocupada por el tono administrativo de la tragedia.

—No me hables así.

—¿Cómo? ¿Con verbos?

Martina me dio un codazo discreto.

—Un poco de autocontrol.

—Se me ha quedado en el coche.

La sargento nos miró.

—Necesito que todos entreguen sus teléfonos.

Aquello sí produjo un terremoto.

Alicia abrió la boca como si Vega acabara de pedirle un riñón. Álvaro dijo que aquello era absurdo. Beatriz preguntó si podía avisar a alguien primero. Aurora no dijo nada, que era peor. Mi madre bajó la mirada hacia su bolso. Martina soltó un suspiro resignado.

—¿Nuestros móviles? —preguntó Alicia.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque alguien ha enviado un mensaje anónimo a la señorita Inés. Puede proceder de dentro de la casa.

—Pero eso es imposible.

—Señora, esta noche ya he visto un muerto, un bastón escondido y un abogado con un botón en el suelo. Mi idea de lo imposible está revisándose.

Me gustó. Mucho. Intenté que no se me notara.

Uno por uno fueron dejando los teléfonos sobre la mesa baja del salón.

Alicia lo hizo con gesto de mártir digital.

Beatriz preguntó si podía apagarlo antes porque le daba ansiedad que alguien viera sus mensajes.

Álvaro protestó hasta que Vega lo miró en silencio y descubrió que su rebeldía tenía poca batería.

Martina entregó el suyo sin decir nada. Mi madre tardó un poco más.

No por negarse, sino porque las manos le temblaban al abrir el bolso.

Aurora fue la última.

Sacó un móvil antiguo, de tapa, negro y pequeño.

Me quedé mirándolo.

—Abuela, eso no es un teléfono. Es una amenaza arqueológica.

—Funciona.

—También funcionan algunas enfermedades medievales y no por eso las usamos.

Aurora dejó el aparato sobre la mesa con un golpe seco.

—Hay cosas que no necesitan ser modernas para ser útiles.

—Como el chantaje —dije.

Mi madre pronunció mi nombre en voz baja, pero ya sin mucha esperanza.

Vega ordenó a Molina que anotara los números y revisara llamadas y mensajes recientes. Nadie estaba detenido, dijo, pero nadie podía comunicarse con el exterior sin permiso. Alicia preguntó si eso incluía a su peluquera. La sargento tardó medio segundo en contestar. Fue admirable.

—Incluye a todo el mundo.

—Es que era tinte.

—Entonces confío en que el país resista.

Martina se tapó la boca con una mano. Yo miré al suelo para no reírme. A veces el humor no era una falta de respeto a la muerte. A veces era la única forma de no dejar que la muerte se sentara encima de uno.

Mientras los agentes recogían los teléfonos, Vega volvió al mensaje.

—¿Quién tiene su número personal, Inés?

—Demasiada gente y, aun así, casi nadie que me escriba algo interesante.

—Familia.

—Todos los de aquí, supongo. Mi madre, Martina, Álvaro, Alicia, Beatriz. Aurora no sé si sabe guardar contactos o si manda palomas.

—No empieces —dijo mi abuela.

—Ya he empezado hace treinta y dos años. Es tarde.

Vega tomó nota.

—¿El personal de la casa?

Miré a Tomás.

—Tomás quizá. No lo sé.

—Lo tengo —dijo él.

—¿Lidia?

La joven apareció en la puerta del comedor justo cuando dijimos su nombre.

Hasta ese momento casi me había olvidado de ella.

Estaba pálida, con el delantal doblado entre las manos, como si no supiera si seguía trabajando o ya formaba parte de otra cosa.

Sus ojos fueron hacia el vestíbulo y luego volvieron rápido al salón.

—¿Me llamaban?

Vega se volvió hacia ella.

—¿Usted es Lidia?

—Sí.

—Necesito su teléfono.

Lidia parpadeó.

—¿Mi teléfono?

—Sí.

La chica metió la mano en el bolsillo del pantalón negro y sacó un móvil con la pantalla agrietada. Lo entregó sin protestar. Eso, en aquella habitación, casi la convertía en sospechosamente razonable.

—¿Tiene usted el número de Inés Valcárcel?

Lidia negó.

—No.

—¿Y usted el de ella? —me preguntó Vega.

—No. La he visto hoy por primera vez.

Lidia me miró un segundo, como si quisiera decir algo y se arrepintiera al ver cuánta familia había alrededor.

La sargento también lo notó.

—Venga conmigo.

Lidia palideció aún más.

—¿He hecho algo?

—Contestar unas preguntas no significa haber hecho algo.

—En esta casa normalmente sí —dije.

Vega me lanzó una mirada que esta vez sí significaba “basta”. Levanté las manos.

—Me autorregulo.

—Inténtelo con más convicción.

Lidia siguió a la sargento hacia la salita. Al pasar junto a mí, bajó la voz casi sin mover los labios.

—No bebió de esa copa.

Me quedé helada.

—¿Qué?

Pero ya había pasado. Vega cerró la puerta detrás de ellas.

Martina, que seguía a mi lado, me miró.

—¿Qué te ha dicho?

—Que Julián no bebió de esa copa.

—¿Estás segura?

—No suelo inventarme frases inquietantes. Bastante tengo con las reales.