Todo Queda en Familia Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Miró alrededor. Alicia hablaba en voz baja con Beatriz. Álvaro estaba junto al mueble bar, fingiendo que no escuchaba. Aurora parecía concentrada en el fuego, pero Aurora podía escuchar caer una mentira en una habitación cerrada.

Martina se inclinó un poco hacia mí.

—Yo era pequeña cuando pasó lo de tu padre, pero recuerdo cosas.

—¿Qué cosas?

—Discusiones. Llamadas. A mi padre gritando. A Julián y Ramiro entrando y saliendo del despacho durante días. Y recuerdo a mi madre decir que Andrés había sido un idiota, pero no un ladrón.

—¿Tu madre dijo eso?

—Sí.

Mi tía Beatriz. La mujer que lloraba hasta en los anuncios de seguros. La misma que ahora se limpiaba las lágrimas en el sofá como si le hubieran encargado representar el duelo de toda la familia.

—¿Y por qué nadie dijo nada?

Martina me miró con una tristeza rara.

—Porque en esta familia decir la verdad nunca ha sido gratis.

Iba a responder, pero la puerta de la salita se abrió y salió mi madre. Tenía los ojos secos, pero el rostro aún más blanco que antes. La sargento Vega venía detrás.

—Señor Álvaro Valcárcel —dijo—. Ahora usted.

Álvaro dejó el vaso con demasiada fuerza.

—¿Yo por qué?

—Porque le toca.

—Necesito llamar a mi abogado.

Vega miró a Ramiro, que aún estaba en otra habitación declarando con un agente.

—Parece que está ocupado.

—A otro abogado.

—Está en su derecho. También está en su derecho a contestar unas preguntas sencillas sobre dónde estaba cuando murió su tío.

Álvaro miró a Aurora.

—Abuela...

—Ve —dijo ella.

Eso era lo más curioso de Aurora. No parecía proteger a nadie en particular. Protegía la casa, el apellido, la versión. Las personas eran piezas. Algunas más queridas, otras menos, pero todas reemplazables si estorbaban demasiado.

Álvaro siguió a Vega con el orgullo herido. Al pasar junto a mí, me soltó:

—Espero que estés disfrutando.

—Muchísimo. Siempre soñé con una noche familiar en la que el muerto no fuera yo por dentro.

No contestó.

Cuando la puerta se cerró, mi madre se acercó a la ventana. Fui detrás de ella.

—¿Qué te ha preguntado?

—Dónde estaba.

—¿Y qué has dicho?

—La verdad.

—¿Cuál?

—Que salí al jardín.

—Sola.

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

Mi madre giró la cabeza despacio.

—Respirar, Inés.

—Tenías tierra en las manos.

Se miró los dedos, como si acabara de recordarlo. Aún conservaba algunas marcas oscuras alrededor de las uñas.

—Me apoyé en una jardinera.

—¿Por qué?

—Porque estaba mareada.

—¿Por lo que dijo Julián?

—Por muchas cosas.

—Mamá.

—No ahora.

Sentí que la frase me empujaba de nuevo contra una pared conocida. No ahora. Más tarde. Ya hablaremos. No es tan sencillo. Hay cosas que no sabes. La familia estaba llena de frases que parecían puertas y en realidad eran candados.

—Martina acaba de decirme que papá no robó.

Mi madre cerró los ojos.

—Martina habla demasiado.

—Eso no es una respuesta.

—No.

—¿No qué?

—No, no es una respuesta.

Me quedé callada. Por primera vez, ella parecía cansada de sus propias evasivas.

—Entonces dame una.

Mi madre miró hacia el vestíbulo. Desde allí llegaba el murmullo de los agentes moviéndose, el chasquido de una cámara, alguna indicación breve. Julián seguía en el suelo. El mundo seguía haciendo inventario de lo que quedaba de él.

—Tu padre cometió errores —dijo Clara—. Pero no robó ese dinero.

La frase fue tan sencilla que casi me enfadó.

Doce años.

Doce años de silencios, de medias miradas, de frases detenidas en los pasillos. Doce años de pensar que quizá mi padre había sido otra persona cuando yo no miraba. Doce años para llegar a una frase de siete palabras.

—¿Lo sabías?

—Sí.

—¿Y no me lo dijiste?

—No podía demostrarlo.

—Eso no responde a por qué no me lo dijiste.

—Porque eras una niña. Luego porque estabas enfadada. Luego porque pensé que removerlo solo iba a hacerte daño.

—Qué detalle. Me habéis dejado el daño quieto para que madurara.

Mi madre se llevó una mano a la boca, pero no lloró.

—Lo siento.

No pude contestar. Tenía demasiadas cosas dentro y ninguna encontraba la puerta de salida sin romper algo.

En ese momento volvió uno de los agentes desde el piso superior. Traía otra bolsa transparente.

Dentro había un bastón.

Madera oscura, empuñadura de plata.

Lo reconocí al instante. Era el bastón de Julián. El que a veces apoyaba junto a su silla como si fuera un símbolo de autoridad más que una ayuda real.

Pero no estaba limpio.

Tenía una marca rojiza en la punta.

El agente se acercó a Vega, que acababa de salir con Álvaro de la salita. Mi primo parecía aún más pálido y bastante menos arrogante.

—Sargento —dijo el agente—. Estaba detrás de una cortina, en el rellano.

Vega cogió la bolsa y observó el bastón.

—¿Alguien puede confirmar que esto pertenece al fallecido?

Todos miramos.

Aurora habló primero.

—Sí. Era de Julián.

—¿Por qué estaba escondido detrás de una cortina?

Nadie dijo nada.

Álvaro se pasó una mano por la cara.

—Yo no lo he tocado.

Nadie le había preguntado.

Ese fue su error.

Vega levantó la vista hacia él.

—¿Por qué dice eso?

—Porque... porque todos me estáis mirando.

—Ahora sí.

Alicia se dejó caer otra vez en el sillón.

—Ay, Dios mío.

Beatriz empezó a murmurar algo que sonaba a oración, aunque en mi familia rezar siempre me había parecido una forma elegante de pedir que las consecuencias eligieran a otro.

La sargento Vega miró el bastón, luego la escalera, luego a cada uno de nosotros.

—Bien —dijo—. Vamos a necesitar que nadie abandone la casa esta noche.

Alicia soltó un pequeño grito.

—¿Qué?

—Hasta aclarar algunas contradicciones.

—Pero mañana tengo peluquería.

Todos la miramos.

Alicia se encogió.

—Era a las diez.

Por primera vez desde que Julián cayó, mi madre soltó algo parecido a una risa. Fue apenas un soplo. Un sonido mínimo, cansado, casi roto.

Y a mí me dieron ganas de llorar.

No por Julián.

No por la casa.

No por el bastón escondido ni por la sangre seca ni por la Guardia Civil instalándose en nuestra noche como un invitado más.

Me dieron ganas de llorar porque durante un segundo mi madre había vuelto a parecer una persona y no un secreto con vestido azul.

Vega dio instrucciones a los agentes. Nadie podía subir sin permiso. Nadie podía salir al jardín. Nadie podía tocar vasos, copas, papeles ni teléfonos ajenos. Aquello, traducido al idioma familiar, significaba que nos habían dejado sin nuestras principales habilidades.

Entonces mi móvil vibró en el bolsillo.

Lo saqué casi por instinto.

Número desconocido.

Un mensaje.

Solo una frase:

Tu tío no cayó. Lo bajaron.

Me quedé mirando la pantalla.

Martina, a mi lado, lo vio también.

—Inés —susurró.

Levanté la vista.

Al otro lado del salón, mi madre me miraba como si ya supiera que la noche aún no había terminado de abrirse.