Todo Queda en Familia Capítulo 4
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Capítulo 4

Ramiro miró el botón como si fuera algo que hubiera aparecido por mala educación.

—Eso puede ser de cualquier momento —dijo.

La sargento Vega no respondió enseguida. Se limitó a observar el botón en la bolsa transparente que acababa de entregarle uno de los agentes. Era pequeño, negro, con un brillo discreto. Un botón caro. Naturalmente. En aquella casa hasta los indicios parecían tener dinero.

—¿Le falta un botón en la manga izquierda? —preguntó Vega.

Ramiro bajó la vista hacia su chaqueta, aunque todos lo habíamos hecho ya por él.

—Sí.

—¿Puede explicar cómo ha terminado en el pie de la escalera?

—He pasado por el vestíbulo varias veces esta noche.

—No le he preguntado si ha pasado por el vestíbulo. Le he preguntado cómo ha terminado ahí.

Ramiro respiró hondo. Era la primera vez que lo veía perder un poco esa suavidad de abogado que siempre parecía untada con mantequilla cara.

—He tenido una conversación con Julián antes de la cena. En el despacho. Discutimos.

Alicia abrió los ojos.

—¿Discutisteis?

—Alicia, por favor —dijo él, con una paciencia que ya no le salía tan natural.

—No, perdona, pero me parece relevante.

—Todo te parece relevante cuando no te afecta —dije.

Alicia me señaló con el pañuelo.

—Tú no ayudas.

—No estoy en nómina.

Vega levantó una mano, y el salón volvió a ordenarse alrededor de ella.

—Señor Montero, continúe.

Ramiro se pasó los dedos por la frente. Tenía una gota de sudor junto a la sien. Muy pequeña. Casi educada.

—Julián estaba alterado. Había tomado algunas decisiones precipitadas sobre la finca y sobre determinados documentos familiares. Yo intenté aconsejarle que esperara.

—¿Y él?

—Julián no era una persona que aceptara bien los consejos.

Eso era lo más parecido a un epitafio que había oído hasta el momento.

—¿Hubo forcejeo? —preguntó Vega.

Ramiro dudó.

Demasiado.

—No exactamente.

—Qué expresión tan cómoda —murmuré.

La sargento me miró solo un segundo, pero no me pidió silencio. Empezaba a caerme mejor y eso me preocupaba. En la Casa de las Hiedras, coger cariño a alguien era casi siempre el primer paso para descubrir que también tenía un cadáver pequeño en el armario.

—¿Qué significa “no exactamente”? —preguntó Vega.

Ramiro miró a Aurora. Otra vez. Mi abuela seguía sentada, inmóvil, pero había algo en su cara que no era calma. Era cálculo.

—Julián quiso marcharse con la carpeta —dijo Ramiro—. Yo le puse una mano en el brazo para detenerlo. Él se apartó de golpe. Es posible que ahí se desprendiera el botón.

—¿Antes de la cena?

—Sí.

—¿Y por qué el botón estaba junto al primer escalón?

—No lo sé. Quizá cayó más tarde de mi manga.

—¿Y por qué Tomás lo recogió antes de oírse el golpe?

Ramiro se quedó quieto.

Tomás, de pie junto a la puerta, parecía querer desaparecer dentro de su propia chaqueta.

—Yo lo vi en el suelo —dijo—. Pensé que alguien podía pisarlo.

—Y decidió guardárselo —dije.

—No sabía de quién era.

Mentira. Lo sabíamos todos. Incluso Alicia, que en circunstancias normales habría necesitado un mapa para encontrar la lógica dentro de una frase.

Vega se giró hacia Tomás.

—Hace un momento dijo que reconoció la chaqueta.

Tomás bajó la cabeza.

—Después. Al verlo de cerca.

—Señor Tomás, no me complique una mentira pequeña. Bastante trabajo tengo con las grandes.

No pude evitar sonreír. Muy poco. Pero sonreí.

Tomás tragó saliva.

—Lo reconocí. Sí.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque no quería causar problemas.

Ahí casi me reí. En aquella casa, los problemas no se causaban. Se heredaban, se pulían y se servían en bandejas de plata.

—Encontrar a una persona muerta al pie de una escalera ya es un problema —dijo Vega—. Ocultar un posible indicio es otro.

Tomás asintió. Parecía avergonzado, pero no sorprendido. Esa era la parte triste. No parecía haber hecho algo raro para él. Parecía haber hecho lo que la casa le había enseñado durante años: recoger, guardar, callar.

La sargento pidió a uno de los agentes que acompañara a Ramiro a una habitación aparte para tomarle declaración. Ramiro intentó protestar con educación, pero Vega le cortó el gesto antes de que se convirtiera en discurso.

—No está detenido. Está colaborando. No lo estropee.

Ramiro miró a Aurora.

—Haz lo que te dice —ordenó ella.

Y él obedeció.

Cuando salió, la habitación respiró de otra manera. No mejor. Solo distinto. Como cuando se apaga un ruido y descubres que había otro debajo.

Alicia fue la primera en romper el silencio.

—Esto es una locura.

—No, tía —dije—. Esto es una noche de sábado con presupuesto.

—No entiendo cómo puedes hacer bromas.

—Yo tampoco. Pero es eso o empezar a gritar, y creo que Beatriz ya ha pedido turno.

Beatriz, que estaba sentada en el sofá con los ojos rojos y una copa de agua entre las manos, me miró con una mezcla de pena y horror.

—Yo no estoy gritando.

—Todavía no. Estás calentando.

Martina se apartó de la chimenea y se sentó en el reposabrazos de un sillón. Parecía tranquila, pero se mordía el interior de la mejilla. La conocía lo suficiente para saber que eso en ella equivalía a dar vueltas por la habitación rompiendo jarrones.

—¿De verdad crees que Ramiro pudo hacerle algo? —me preguntó.

—Creo que Ramiro podría redactar una cláusula para justificar casi cualquier cosa.

—No es lo mismo.

—No. Pero ayuda.

Álvaro se sirvió otro whisky.

—¿Puedes dejar de beber? —le dijo Martina.

—¿Ahora eres mi madre?

—No. Por eso aún te lo pido bien.

Álvaro la ignoró. Tenía el pelo revuelto de pasarse la mano demasiadas veces y los ojos brillantes, no sabía si por el alcohol, por los nervios o por la rabia. Quizá por todo. En él las emociones nunca venían solas; llegaban en grupo y sin avisar.

La sargento Vega volvió a entrar desde el vestíbulo después de hablar con uno de los agentes. Traía en la mano una libreta y una expresión menos amable que antes.

—Necesito confirmar algo —dijo—. ¿El señor Julián Valcárcel tenía algún problema de movilidad?

Mi madre levantó la cabeza.

—De rodilla. Se operó hace unos años.

—¿Usaba bastón?

—A veces —respondió Aurora—. Cuando le convenía parecer más frágil de lo que era.

No supe si aquello era crueldad o precisión. Con Aurora muchas veces eran la misma cosa.

—¿Subía habitualmente por la escalera principal? —preguntó Vega.

Nadie respondió de inmediato.

Ahí estaba.

Ese silencio no era de duda. Era de reconocimiento.

—No —dije.

Vega me miró.

—¿Por qué lo dice?

—Porque odiaba esa escalera desde la operación.

Decía que era incómoda y que la alfombra resbalaba.

Normalmente subía por la escalera trasera, la que da al despacho y a las habitaciones del ala este.

O pedía que le trajeran lo que necesitara.

Julián no hacía esfuerzos si podía convertirlos en órdenes.

Aurora me miró con desaprobación.

—No exageres.

—Tienes razón. A veces también hacía esfuerzos para humillar a alguien.

Vega tomó nota.

—¿Alguien sabe por qué habría subido por la escalera principal esta noche?

Alicia se encogió de hombros.

—Quizá estaba nervioso.

—¿Con una copa de vino? —pregunté.

—La gente hace cosas raras cuando está nerviosa.

—Tú compras cojines, tía. No cuenta.

Vega siguió sin sonreír, pero noté que le costaba un poco. Eso me pareció admirable. A mí misma me costaba no reírme de algunas cosas y estaba en una habitación donde mi tío acababa de morir.

—¿Dónde está el bastón que usaba? —preguntó la sargento.

Aurora giró la cabeza hacia Tomás.

—En el paragüero del recibidor.

Tomás fue a comprobarlo. Tardó menos de un minuto en volver.

—No está.

Esa frase cayó peor que algunas lágrimas.

—¿Cómo que no está? —preguntó Alicia.

—No está —repitió Tomás.

—¿Puede estar en su despacho? —preguntó Vega.

—Quizá —dijo Aurora.

Pero no sonó convencida.

La sargento ordenó a un agente que revisara el despacho y el ala superior.

Después se acercó a la ventana del salón y miró hacia el jardín, donde la noche apretaba contra los cristales.

Desde fuera, la Casa de las Hiedras debía de parecer una postal antigua.

Ventanas iluminadas, chimenea encendida, coches caros en la entrada.

Una escena perfecta, salvo por el muerto, la policía y la cantidad de gente intentando no parecer aliviada.

—Señora Clara —dijo Vega.

Mi madre se puso rígida.

—Sí.

—Necesito hablar con usted.

—Claro.

Se levantó. Yo también.

—Usted no —dijo Vega.

—Es mi madre.

—Y yo soy la persona que va a hacerle preguntas.

No fue desagradable. Solo firme. Aun así, me sentó mal, porque tenía razón.

Mi madre me miró.

—Estoy bien.

No lo estaba. Pero dijo “estoy bien” con esa voz que usan las personas cuando en realidad quieren decir “no hagas que esto sea peor”.

Vega se la llevó a la salita lateral. La puerta quedó entornada.

No lo suficiente para oír bien. Sí lo suficiente para querer intentarlo.

Me acerqué un poco al aparador, fingiendo interés por una figura de porcelana que llevaba ahí desde antes de que yo naciera y que siempre me había parecido culpable de algo.

Martina se colocó a mi lado.

—No seas tan obvia.

—Estoy admirando el arte.

—Eso es un pastor con una oveja.

—Hay gustos muy amplios.

Martina bajó la voz.

—¿Tu madre sabía algo?

—Mi madre siempre sabe algo. Su problema es que cree que callarlo lo vuelve menos cierto.

—¿Y tú?

—Yo sé que Julián quería hablar de mi padre y que ahora Julián está muerto. No es una tesis doctoral, pero entretiene.

Martina miró hacia la puerta de la salita.

—Andrés no robó.

La frase me atravesó.

La miré.

—¿Qué has dicho?

Martina apretó los labios, como si se arrepintiera de haber hablado antes incluso de terminar.

—Nada.

—No. No hagas eso. No me tires una frase así y luego te escondas detrás del nada.

—No debería haberlo dicho.

—Pues ya que estamos de noche temática, prueba a hacer algo que no deberías.