Todo Queda en Familia Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Antes de que pudiera insistir, alguien llamó al timbre. Dos veces. Seco. Oficial. No era Elena Alvarado ni Salcedo ni una visita inoportuna. Era otra cosa. La casa pareció entenderlo también, porque desde el salón dejaron de oírse voces.

—Han llegado —dijo mi madre.

Yo seguía mirándola.

—Mamá.

—Ahora no.

Esta vez la frase sonó distinta. No como una excusa. Como una promesa rota antes de nacer.

Volvimos al vestíbulo.

Tomás ya estaba abriendo la puerta. Entraron dos agentes de la Guardia Civil y una mujer vestida de paisano con abrigo oscuro, pelo castaño recogido en una coleta baja y una carpeta en la mano.

Tendría unos cuarenta años. No era alta, pero ocupó el espacio sin esfuerzo.

Miró el vestíbulo, el cuerpo, la escalera, los rostros reunidos y la copa rota.

En ese orden. Luego se volvió hacia nosotros.

—Buenas noches. Soy la sargento Vega.

Su voz era tranquila, pero no amable. Agradecí la diferencia.

Aurora se adelantó.

—Aurora Valcárcel. Esta es mi casa.

La sargento Vega la miró.

—Ahora es una escena que debemos revisar.

Aurora no contestó. Aquello ya era casi un milagro.

Los dos agentes se acercaron al cuerpo. Uno de ellos empezó a tomar fotografías. El flash iluminó la cara de Julián durante una fracción de segundo y Alicia soltó otro sollozo, más pequeño que los anteriores. Quizá ya se estaba quedando sin repertorio.

Vega se agachó junto al cadáver sin tocarlo. Observó la herida de la cabeza, la posición del brazo, los cristales, la mancha de vino y el primer tramo de la escalera. Después miró hacia arriba, hacia el rellano.

—¿Quién encontró el cuerpo?

Tomás dio un paso.

—Yo estaba en el vestíbulo con la señorita Inés cuando oímos el golpe.

La sargento me miró.

—¿Usted es Inés?

—Sí.

—¿Oyó la caída?

—Oí un golpe. No vi caer a nadie.

Vega asintió, como si esa precisión le interesara.

—¿Dónde estaba usted justo antes?

—Saliendo del comedor. Iba a buscar a mi madre, que había salido al jardín.

La mirada de la sargento pasó a mi madre.

—¿Usted es...?

—Clara Valcárcel.

—¿Estaba en el jardín en el momento del golpe?

Mi madre abrió la boca, pero tardó apenas un segundo demasiado.

—Sí.

Vega lo anotó.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Puede alguien confirmarlo?

Mi madre no respondió.

Aurora intervino.

—Mi hija había salido a tomar el aire. Estaba alterada por una discusión familiar.

La sargento la miró.

—Ya le preguntaré a usted después.

No fue brusca. Ni falta que hacía. Aurora cerró la boca, y durante un instante sentí algo parecido a la felicidad.

Vega volvió a mirar a mi madre.

—¿Puede alguien confirmar que estaba en el jardín?

—No —dijo Clara—. Creo que no.

—De acuerdo.

Lo anotó también. Cada palabra que escribía parecía pesar más que la anterior.

Ramiro avanzó con una expresión medida.

—Sargento, soy Ramiro Montero, abogado de la familia. Naturalmente, colaboraremos en todo lo necesario.

Vega levantó la vista hacia él.

—Naturalmente.

Lo dijo igual que se dice “ya veremos”.

Me gustó un poco. No mucho. Ya he explicado mi política de afectos preventivos en aquella casa.

—Doctor Salcedo —dijo el médico, acercándose—. Yo he certificado el fallecimiento de forma preliminar. No he movido el cuerpo.

—Gracias, doctor. ¿Ha tocado algo más?

—No. Solo al fallecido para comprobar constantes.

La sargento asintió. Luego miró a los demás.

—Necesito saber quién ha tocado el cuerpo o la zona cercana antes de nuestra llegada.

Hubo un silencio.

No un silencio de duelo. Uno de esos silencios colectivos en los que todos empiezan a revisar mentalmente sus propias manos.

Álvaro bebió del vaso.

Mal movimiento.

Vega lo miró.

—¿Usted?

—Yo... me acerqué.

—No le he preguntado si se acercó. Le he preguntado si tocó el cuerpo o la zona cercana.

Álvaro tragó saliva.

—Le comprobé la respiración.

—¿Dónde?

—No sé. Aquí. —Se señaló el cuello—. Y quizá el hombro.

—¿Quizá?

—Fue todo muy rápido.

—¿Tocó la copa?

—No.

—¿Los cristales?

—No.

—¿El suelo?

—Me arrodillé.

Vega miró la mancha de su pantalón.

—Ya lo veo.

Álvaro enrojeció.

—Intentaba ayudar.

—Lo anotaré así.

La sargento siguió mirando.

—¿Alguien más?

Tomás levantó la mano apenas.

—Yo le tomé el pulso.

—¿Antes que él?

—Sí.

—¿Tocó algo más?

Tomás bajó la vista.

—No.

Mentía.

No sabía sobre qué, pero mentía.

La sargento Vega también lo notó. O eso creí, porque dejó de escribir durante medio segundo.

—¿Está seguro?

—Sí.

Tomás no miró a nadie.

Yo estuve a punto de hablar, de decir que lo había visto recoger algo antes del golpe.

Pero no lo hice. No por protegerlo. Por esperar.

A veces una mentira pequeña servía para descubrir una grande.

Eso lo había aprendido en las cenas familiares, que no eran una escuela moral, pero enseñaban bastante.

Vega siguió.

—¿Alguien más tocó el cuerpo?

Alicia negó con demasiada energía.

—Yo no habría podido.

—No le pregunto si habría podido. Le pregunto si lo hizo.

—No.

Beatriz se abrazó a sí misma.

—Yo tampoco.

Martina negó en silencio.

Mi madre dijo:

—No.

Aurora no respondió hasta que la sargento la miró directamente.

—No.

Vega asintió y se puso en pie.

—Bien. Ahora quiero que todos permanezcan disponibles. Les iremos tomando declaración uno por uno.

Alicia palideció.

—¿Declaración?

—Sí.

—Pero ha sido un accidente.

Vega miró la escalera. Luego la copa. Luego a Alicia.

—Eso tendremos que determinarlo.

Alicia se sentó en el primer sillón que encontró, aunque no era suyo. En mi familia, las sillas también tenían dueño, pero supongo que la muerte flexibilizaba el protocolo.

Aurora se acercó a la sargento.

—Entiendo que esto debe hacerse, pero le pido discreción. Mi hijo era una persona conocida.

—Lo lamento por usted.

—No creo que lo entienda.

—Sí lo entiendo —dijo Vega—. Y por eso le recomiendo que no me pida discreción antes de pedirme rigor.

La frase fue tan limpia que casi dejó marca en el suelo.

Aurora la miró con una frialdad que habría marchitado una planta normal. La sargento no se marchitó.

—Necesitaré revisar el piso superior —continuó Vega—, el comedor, el despacho del fallecido y cualquier zona por la que haya pasado desde que abandonó la cena.

Ramiro carraspeó.

—Hay documentación privada en el despacho.

—Entonces procure no tocarla.

—Me refiero a que puede haber información sensible.

—Hay un hombre muerto al pie de la escalera, señor Montero. La sensibilidad de los papeles me preocupa menos que la del cadáver.

Ramiro no volvió a carraspear. Fue una pequeña victoria para la humanidad.

Uno de los agentes subió la escalera despacio, fotografiando cada tramo. Vega se quedó abajo un momento más, observando el rellano. Luego señaló la copa rota.

—¿Alguien sabe de dónde salió esta copa?

Nadie contestó.

—Durante la cena Julián bebía agua —dije.

Todas las miradas volvieron a mí. Me estaba convirtiendo en una costumbre incómoda.

Vega giró la cabeza.

—¿Está segura?

—Bastante. Me llamó la atención porque todos brindamos con champán y luego algunos tomaron vino. Él no. Tenía agua.

—¿No bebía alcohol?

—No lo sé. Pero esta noche no lo vi beber vino.

—¿Alguien lo vio servirse esa copa?

Silencio.

Alicia se sonó la nariz con delicadeza.

—Quizá después de la discusión quiso beber algo.

—¿Dónde estaba el vino? —preguntó Vega.

—En el comedor —respondió Tomás—. También hay un mueble bar en el salón.

—¿Qué vino era?

Tomás miró la mancha.

—Tinto.

—Eso ya lo veo.

Tomás se puso rígido.

—Perdón. No sabría decirle la botella sin comprobarlo.

—Compruébelo con un agente, no solo.

Tomás asintió.

La sargento volvió a mí.

—Ha mencionado una discusión.

—La discusión no la he mencionado yo.

—Pero hubo una.

Miré a mi familia. Todos me miraban a mí con distintas variedades de advertencia.

Aurora parecía dispuesta a desheredarme aunque no supiera si estaba en el testamento.

Ramiro parecía calcular hasta qué punto podía interrumpir sin parecer culpable.

Mi madre parecía pedirme algo que no quería pedirme.

Suspiré.

—Julián anunció durante la cena que iba a vender parte de la finca y modificar su testamento.

Vega no reaccionó, pero escribió.

—¿Eso provocó una discusión?

—Provocó varias, pero educadas. De esas que usan cubiertos.

—¿Con quién discutió?

—Con Aurora. Con mi madre. Conmigo un poco. Con Álvaro antes, por una tontería. En realidad, con Julián era difícil no discutir. Tenía un don.

—Inés —dijo Ramiro.

Vega ni lo miró.

—Déjela hablar.

Me habría gustado abrazarla, pero habría sido raro y poco procesal.

—También mencionó documentos relacionados con mi padre —añadí.

La mano de Vega se detuvo.

—¿Su padre?

—Andrés Valcárcel. Murió hace doce años.

—¿Qué tipo de documentos?

—No lo sé. Julián dijo que mañana lo sabría.

—¿Y usted se molestó?

Casi me reí.

—Sargento, mi tío insinúa algo sobre mi padre muerto delante de toda la familia y aparece muerto diez minutos después. Si le digo que no me molesté, además de sospechosa pareceré idiota.

—Le agradezco la precisión.

—De nada. Es un defecto.

Vega apuntó algo más.

Aurora habló entonces.

—Sargento, mi nieta tiene tendencia a dramatizar.

—Su nieta está contestando a mis preguntas.

—Y yo le estoy dando contexto.

—Cuando quiera contexto de usted, se lo pediré.

Aurora cerró los labios. Por segunda vez en una noche. Aquello empezaba a parecer un cumpleaños memorable.

Vega miró a Ramiro.

—¿Dónde está esa documentación?

Ramiro apoyó una mano sobre la carpeta negra.

—Esta carpeta contiene documentos relativos a asuntos patrimoniales. No necesariamente relacionados con la muerte de Julián.

—No le he preguntado su opinión sobre la relación. Le he preguntado dónde está la documentación mencionada durante la cena.

—Parte podría estar en el despacho.

—¿Y parte está ahí?

Ramiro tardó una fracción de segundo.

—Sí.

—No la abra. Se la entregará al agente.

—Sargento, como abogado debo proteger la confidencialidad de mi cliente.

—Su cliente acaba de morir en circunstancias que estamos investigando.

—Eso no elimina automáticamente...

—No voy a discutir derecho procesal en un vestíbulo, señor Montero. Entregue la carpeta.

Ramiro miró a Aurora.

Aurora no movió ni un músculo.

Ese silencio entre ellos fue mucho más revelador que cualquier frase.

Finalmente, Ramiro entregó la carpeta a uno de los agentes. Lo hizo con la cara de un hombre al que le acaban de quitar no un objeto, sino una ventaja.

Vega dio unas instrucciones rápidas y el agente se apartó con la carpeta. Yo la seguí con la mirada hasta que desapareció en la salita lateral.

—Ahora —dijo la sargento—, necesito que me indiquen dónde estuvo cada uno entre el momento en que Julián abandonó el comedor y el momento en que oyeron el golpe.

Ese fue el instante exacto en que la familia dejó de llorar a Julián y empezó a salvarse de él.

Alicia fue la primera.

—Yo estaba en el comedor.

—¿Todo el tiempo?

—Sí.

—No —dijo Martina.

Alicia giró la cabeza.

—¿Perdona?

—Fuiste al baño.

—Bueno, sí. Un momento.

Vega anotó.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Dos minutos.

—Fueron más —dijo Álvaro.

Alicia lo miró como si acabara de apuñalarla con una cucharilla.

—¿Y tú qué sabes?

—Porque yo salí después.

—¿También fue al baño? —preguntó Vega.

Álvaro abrió la boca.

—A fumar.

—Dentro de la casa no se fuma —dijo Aurora.

—Por eso salí.

—¿Adónde?

—A la terraza lateral.

—¿Solo?

—Sí.

Martina lo observó.

—Pensaba que habías ido a llamar por teléfono.

Álvaro la miró.

—Fumé y llamé. Se puede hacer más de una cosa, Martina. Algunos tenemos capacidades.

—La de mentir fatal la tienes muy desarrollada.

—¿Qué problema tienes?

—Hoy, varios.

—Basta —dijo Vega.

Lo dijo sin alzar la voz, pero todos obedecieron. Me dio envidia profesional.

La sargento miró a Martina.

—¿Usted dónde estaba?

—En el comedor la mayor parte del tiempo. Luego salí a buscar a Clara, pero Inés dijo que iba ella. Así que me quedé en el pasillo un momento y volví.

—¿Vio a alguien?

Martina dudó.

—A Tomás.

Tomás levantó la vista.

—¿Dónde?

—Cerca de la escalera.

La mirada de la sargento fue hacia él.

—¿Antes del golpe?

Martina asintió.

Tomás apretó la mandíbula.

—Estaba recogiendo una servilleta.

Ahí estaba. La mentira ya tenía nombre.

—¿Una servilleta? —pregunté.

Tomás no me miró.

—Sí.

—Curioso. Antes me dijiste que no era nada importante.

—Porque no lo era.

—Las servilletas suelen serlo menos cuando no se esconden en la mano.

Vega me miró.

—¿Usted vio eso?

—Sí. Lo vi inclinado al pie de la escalera. Tenía algo en la mano y la cerró al verme.

Tomás cerró los ojos un instante.

Mi madre susurró:

—Inés...

Pero ya estaba dicho.

Vega se acercó a Tomás.

—¿Qué recogió?

Tomás tragó saliva.

—Una servilleta.

—Enséñemela.

—La tiré.

—¿Dónde?

—En la cocina.

—Vamos.

Tomás miró a Aurora.

Ese reflejo de buscar permiso antes de decir la verdad me dio una tristeza rara. Tomás no era de la familia, pero llevaba tantos años sirviéndola que también había aprendido a tener miedo.

—Tomás —dijo Aurora—. Contesta a la sargento.

Él asintió.

—No era una servilleta.

La habitación se quedó quieta.

—¿Qué era? —preguntó Vega.

Tomás metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó algo pequeño. Lo sostuvo en la palma, sin acercarlo demasiado, como si aún pudiera decidir que no existía.

Era un botón.

Negro. Brillante. Caro.

Un botón de chaqueta.

Vega se puso unos guantes y lo cogió con cuidado.

—¿Dónde lo encontró?

—Junto al primer escalón. Antes del golpe.

—¿Antes?

Tomás asintió.

—¿Por qué lo guardó?

La pregunta era sencilla. La respuesta no.

Tomás miró a Julián, luego a Aurora, luego al suelo.

—Porque reconocí la chaqueta.

Todos miramos a la vez.

No a Julián.

A Ramiro.

Su traje era oscuro. Impecable. O casi.

Le faltaba un botón en la manga izquierda.

Durante un segundo nadie respiró.

Ramiro bajó la vista hacia su puño y después levantó la cabeza con una calma tan trabajada que casi daba pena.

—Eso no significa nada —dijo.

Y quizá tenía razón.

Pero en mi familia, cuando alguien decía que algo no significaba nada, casi siempre significaba que acababa de empezar lo bueno.