Capítulo 3
La muerte de Julián tardó menos de diez minutos en convertirse en una reunión familiar.
No lo digo como metáfora. En cuanto Tomás colgó el teléfono y el doctor Salcedo nos confirmó que la Guardia Civil venía de camino, Aurora decidió que no podíamos seguir todos de pie en el vestíbulo, mirando el cadáver como si fuera una mancha nueva en el mármol.
Ordenó que pasáramos al salón, con esa voz suya que habría servido igual para organizar un funeral que para mandar devolver una sopa fría.
—Nadie toca nada —dijo.
Lo dijo mirando a Álvaro.
—Ya lo he entendido —respondió él.
—Lo dudo —murmuré.
Martina me oyó y bajó la mirada, no sé si para no reírse o para no darme la razón delante de su hermano. En cualquier caso, hizo bien. En aquella familia, dar la razón demasiado pronto podía considerarse una declaración de guerra.
El cuerpo de Julián se quedó en el vestíbulo, cubierto a medias con una manta que Tomás había traído del cuarto de servicio.
Salcedo había dicho que no convenía moverlo, así que la manta solo le tapaba el torso y parte de las piernas.
La cabeza seguía visible. También la mano.
También la copa rota. Todo lo importante, vamos.
La muerte no estaba dispuesta a ponerse discreta solo porque mi abuela se lo pidiera.
Pasamos al salón como quien cambia de habitación en un hotel después de quejarse del ruido.
Alicia fue la última en entrar. Caminaba con una mano en el pecho y la otra sujetando un pañuelo que no sé de dónde había sacado.
Alicia siempre encontraba un pañuelo cuando la situación lo exigía.
Si algún día caía un meteorito sobre la ciudad, ella saldría de los escombros con un pañuelo de lino y una frase sobre lo mal que estaba todo.
—No puedo creerlo —dijo, dejándose caer en un sillón.
—Pues inténtalo —respondió Aurora—. La realidad no suele esperar a que estés preparada.
Beatriz sollozó en el sofá. Álvaro se sirvió un whisky sin preguntar.
Martina se quedó de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados.
Mi madre se sentó cerca de la ventana, muy recta, con las manos juntas sobre el regazo.
No parecía estar en shock. Parecía estar haciendo fuerza para no romperse de una manera que los demás pudieran ver.
Ramiro no se sentó. Seguía con la carpeta negra bajo el brazo.
Eso me molestaba cada vez más.
—Deberíamos decidir qué vamos a decir —dijo Alicia.
La miré.
—Qué frase tan familiar.
—No empieces, Inés.
—No he empezado yo. Ha empezado el muerto.
Alicia se llevó el pañuelo a los labios, horrorizada.
—Tienes un sentido del humor espantoso.
—Y aun así soy de lo más sano de esta habitación.
—Basta —dijo Aurora.
No levantó la voz. No le hacía falta. Se sentó en su butaca habitual, junto a la chimenea, y colocó las manos sobre los brazos tapizados como si estuviera presidiendo una junta.
A sus ochenta y cinco años, con su vestido color marfil y su collar de perlas, tenía el aspecto de una mujer que habría podido mirar a la muerte a los ojos y pedirle que se limpiara los zapatos antes de entrar.
—La Guardia Civil hará preguntas —continuó—. Conviene que nadie se ponga nervioso.
Álvaro soltó una risa seca.
—Claro. Porque la gente normal recibe a la Guardia Civil en casa con un cadáver en el recibidor y se mantiene muy relajada.
—No te pido normalidad, Álvaro. Te pido inteligencia.
—Eso ya es pedir mucho —dije.
—Inés —dijo mi madre.
Me callé. Otra vez por ella. Estaba empezando a cansarme de que mi madre fuera el único freno que me funcionaba.
Aurora miró a cada uno de nosotros antes de hablar. Tenía esa manera de repartir la vista que no buscaba contacto, sino obediencia.
—Julián anunció que iba a modificar el testamento. Después se retiró. Oímos un golpe. Lo encontramos al pie de la escalera. Llamamos al doctor Salcedo y después a emergencias.
—Después de discutir bastante si convenía llamar o no —añadí.
Aurora me miró.
—Eso no aporta nada.
—A mí me parece que aporta bastante.
—A la Guardia Civil no le interesan nuestras impresiones familiares.
—¿Desde cuándo sabes lo que le interesa a la Guardia Civil?
—Desde que aprendí que las personas con poder hacen preguntas para escuchar lo que ya creen saber.
No pude evitarlo.
—Abuela, eso ha sonado casi profundo. ¿Estás bien?
Alicia hizo un gesto de impaciencia.
—Por favor, Inés. Tu tío acaba de morir.
—No parece que eso haya suspendido el comité de comunicación.
Ramiro carraspeó.
—Inés, entiendo que estés alterada, pero Aurora tiene razón en algo. Es importante no especular. Lo que sabemos es sencillo: Julián cayó por la escalera.
—No sabemos que cayó.
—Lo encontramos al pie de la escalera.
—Yo también he encontrado muchas veces a Álvaro al pie de una barra y no por eso asumimos que nació allí.
Martina soltó una risa mínima. Álvaro la miró con odio fraternal, que es uno de los odios más cómodos porque ya viene con confianza.
Ramiro no se dejó arrastrar.
—Técnicamente, no vimos la caída. De acuerdo. Pero no conviene utilizar palabras como crimen, homicidio o asesinato sin motivo.
—¿Y “testamento”? ¿Esa se puede usar?
Ramiro se quedó quieto.
—No sé a qué te refieres.
—A la tinta en los dedos de Julián.
Mi madre levantó la vista. Aurora también. Álvaro dejó de mover el hielo dentro del vaso. La habitación entera pareció inclinarse un poco hacia mí.
—¿Qué tinta? —preguntó Martina.
—Tenía tinta negra en el pulgar y en el índice. Como si hubiera firmado algo antes de caer.
Ramiro parpadeó. Solo una vez. Muy poco. Pero lo vi.
—Julián firmaba documentos a menudo —dijo.
—Qué casualidad que lo hiciera justo antes de morirse.
—No sabemos cuándo se manchó.
—No, claro. Quizá pasó la tarde dibujando bigotes en los retratos familiares.
Alicia gimió.
—No puedo con esto.
—Tía, de momento nadie te ha pedido que puedas.
Ramiro apoyó por fin la carpeta sobre una mesita, pero no la soltó del todo. La dejó bajo su mano, como si el cuero negro pudiera escaparse.
—La documentación de Julián no tiene nada que ver con su muerte.
—Eso ha sido muy rápido.
—Soy su abogado.
—Y yo soy su sobrina. Parece que hoy todos estamos usando títulos que no garantizan inocencia.
Mi madre se levantó.
—Inés, ven conmigo.
No preguntó. No suplicó. Me lo dijo de una forma que no le conocía.
La seguí al pasillo lateral porque, si no lo hacía, sabía que íbamos a terminar gritando delante de todos.
Y una parte de mí, por pequeña que fuera, seguía sin querer hacerle eso.
Salimos a una salita estrecha que comunicaba con la biblioteca.
Allí el ruido del salón llegaba amortiguado, como si la casa también supiera cerrar la boca cuando convenía.
Mi madre apoyó una mano en la pared.
—Tienes que parar.
—¿Parar qué?
—Eso que estás haciendo.
—¿Preguntar?
—Atacar.
—Mamá, Julián está muerto.
—Precisamente.
—Y antes de morirse ha insinuado cosas sobre papá. Ha dicho que mañana sabría la verdad. Ahora resulta que ha firmado algo, Ramiro esconde una carpeta y todos están más preocupados por la versión que por llamar a la policía. Perdona si no me sale sentarme a esperar con una infusión.
Mi madre cerró los ojos. Estaba agotada. No por la noche. Por años.
—Tu padre no habría querido esto.
La frase me golpeó de una manera tonta. Quizá porque estaba cansada, quizá porque el cuerpo de Julián seguía a pocos metros, quizá porque mi padre llevaba muerto demasiado tiempo para defender sus preferencias.
—No uses a papá para callarme.
Abrió los ojos. Había dolor ahí, pero también algo más. Miedo.
—No intento callarte.
—Entonces dime qué pasa.
—No puedo.
—No quieres.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Se quedó en silencio. Por la puerta entreabierta vi pasar a Tomás hacia el recibidor.
Caminaba rápido, con la cabeza baja. Recordé su mano cerrada al pie de la escalera, justo antes del golpe.
Recordé que había dicho “nada importante” con la voz de quien acababa de mentir por educación o por supervivencia.
—¿Qué recogió Tomás del suelo antes de que cayese Julián? —pregunté.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Qué?
—Cuando salí del comedor, Tomás estaba junto a la escalera. Tenía algo en la mano. Lo escondió.
—No lo sé.
—¿Seguro?
—Inés, no todo es una conspiración.
La miré.
—En esta casa, decir eso es casi adorable.
Mi madre se frotó los brazos como si tuviera frío.
—La Guardia Civil llegará en cualquier momento. Cuando hables con ellos, por favor, limítate a lo que viste.
—Vi bastante.
—No viste caer a Julián.
—No. Pero vi a una familia entera intentando decidir cómo había caído.
Apretó los labios.
—No conviertas esto en una cruzada.
—No pensaba. Las cruzadas requieren fe y yo aquí la perdí hace mucho.
Me arrepentí al verla bajar la mirada. La frase había sido buena, sí, pero las frases buenas también pueden hacer daño. Esa era una de las trampas de parecer ingeniosa: una podía olvidar que las palabras no rebotaban siempre en las paredes. A veces daban en alguien.
—Mamá —dije, más bajo—. Si sabes algo sobre papá, dímelo ahora. Antes de que lo oiga de otros.
—No es el momento.
—Nunca es el momento. Esa es la frase oficial de esta familia. “No es el momento.” “No remuevas.” “No preguntes.” “No hagas un número.” Así pasan los años, se muere la gente y todo sigue exactamente igual, solo que con más polvo.
Mi madre me miró entonces con una tristeza muy limpia.
—Tu padre fue más feliz fuera de esta casa que dentro de ella.
No esperaba eso.
—¿Qué significa?
—Significa que a veces marcharse es la única forma de ganar algo.
—Pero él no ganó. Murió con todos pensando que había robado.
La cara de mi madre cambió.
No mucho. Lo justo.
—¿Y no robó? —pregunté.
Silencio.
El tipo de silencio que no niega.
El tipo de silencio que abre una puerta.