Capítulo 2 #2
Había cristales pequeños sobre el mármol.
El vino había salpicado un poco el primer escalón.
En la base de la barandilla había una marca oscura.
No sabía si era sangre, vino o una sombra.
La alfombra que cubría los peldaños estaba ligeramente desplazada hacia un lado, como si alguien la hubiera pisado mal o la hubiera tirado de un golpe.
Y en el tercer escalón vi algo.
Una pequeña línea clara en la madera de la barandilla. Un arañazo reciente.
No sabía por qué me llamó la atención. Quizá porque en la Casa de las Hiedras todo estaba tan cuidado que cualquier daño parecía una falta de respeto.
—¿Por qué llevaba una copa? —pregunté.
—Estábamos cenando —dijo Alicia.
—Él bebía agua.
Nadie contestó.
Miré a mi madre. Ella miraba ahora la copa. Exactamente la copa.
—¿Mamá?
Parpadeó.
—No lo sé.
Martina se acercó un poco.
—Quizá se sirvió después.
—¿Dónde? —pregunté—. ¿En la escalera?
—En el salón hay botellas.
—Y en la casa hay vasos que no acaban rotos junto a un muerto.
—Estás buscando cosas donde no las hay —dijo Álvaro.
Lo miré.
—¿Tú crees?
—Ha discutido con todos, se ha largado cabreado, ha bebido, ha subido la escalera y se ha caído. No hace falta convertirlo en una novela.
—Qué pena. Con tu resumen casi parecía inocente.
Álvaro dio un paso hacia mí.
—¿Qué insinúas?
—De momento, que tienes vino en la rodilla y demasiada prisa por cerrar el caso.
—Me he manchado al acercarme.
—Qué mala suerte. Primer muerto de la noche y ya vas perdiendo puntos.
—Basta —dijo Aurora.
Esta vez no sonó a orden familiar. Sonó a amenaza.
Y, aun así, hubo algo en Álvaro que me pareció miedo. No por mí. Por otra cosa.
Ramiro se acercó a Aurora y le habló en voz baja. No pude oírlo todo, pero sí algunas palabras.
—...documentos...
—...mañana...
—...Alvarado...
Aurora negó con un movimiento mínimo.
—No ahora.
—Precisamente ahora —susurró Ramiro.
Mi madre también lo oyó. Lo supe porque levantó la cabeza.
Antes de que pudiera preguntar nada, sonó el timbre.
Todos nos sobresaltamos, menos Aurora. Aurora habría recibido el Apocalipsis con la misma cara con la que recibía a los repartidores.
Tomás fue hacia la puerta.
—Será Salcedo —dijo.
Pero cuando abrió, entró el frío.
Y con él, una mujer.
No era el doctor.
Era Elena Alvarado.
La vecina.
La conocía de verla alguna vez, años atrás, en alguna fiesta del pueblo o en alguna conversación desagradable de sobremesa.
Tendría unos cuarenta y cinco años, pelo rubio oscuro cortado con precisión, abrigo beige y esa seguridad pulida de las personas que han aprendido a no pedir permiso porque suelen comprarlo todo después.
Se quedó en el umbral, mirando el vestíbulo.
Mirando a todos.
Mirando a Julián.
—Perdonad —dijo.
No parecía muy arrepentida.
Alicia soltó un sollozo nuevo, esta vez más útil.
Aurora fue la primera en reaccionar.
—Elena. No es buen momento.
Elena Alvarado miró el cuerpo durante un segundo más.
—Ya veo.
Su voz era tranquila. Demasiado para alguien que acababa de encontrar a su futuro socio muerto en el suelo de la casa de al lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Aurora.
—Venía a hablar con Julián.
—Julián no puede atenderte.
La frase habría sido cómica si no hubiera sido espantosa.
Elena miró hacia la escalera.
—Eso parece.
Ramiro se adelantó.
—Ha habido un accidente.
Elena lo miró.
—¿Un accidente?
—Sí.
—Qué rápido lo sabéis.
La mujer no alzó la voz. No hizo falta. La frase entró en el vestíbulo y se quedó allí, al lado del cuerpo.
Por primera vez en la noche, vi a Aurora incómoda.
Solo un poco.
Pero lo vi.
—El doctor está en camino —dijo Ramiro—. Te agradeceríamos que volvieras a tu casa.
—Claro.
Elena no se movió.
—¿Has venido sola? —preguntó Martina.
—Sí.
—¿A esta hora?
Elena la observó con una sonrisa mínima.
—No sabía que hubiera horario para hablar de negocios con tu tío.
—Ahora parece haberlo —dije.
Elena me miró.
—Tú eres Inés.
No lo preguntó.
—Depende de quién pregunte.
—Tu padre era Andrés.
Sentí algo frío en la nuca.
—También depende de quién lo mencione.
Mi madre dio un paso hacia mí.
—Elena, por favor.
Elena Alvarado bajó un poco la mirada. No parecía conmovida, pero sí cuidadosa.
—Lo siento, Clara.
Mi madre no respondió.
Aurora intervino.
—Vete a casa, Elena.
La vecina asintió.
—Por supuesto. Solo quería decir que hace un rato he visto luz en el piso de arriba. En la ventana del rellano.
Nadie habló.
Yo miré hacia la escalera.
El rellano.
La ventana.
La misma zona donde me había parecido ver una sombra al llegar.
—¿Y? —preguntó Ramiro.
—Y me ha parecido raro —dijo Elena—. Esa parte de la casa suele estar apagada.
—¿Desde cuándo conoces tú las luces de mi casa? —preguntó Aurora.
Elena sonrió.
—Desde que queréis venderme media finca.
El golpe fue limpio.
Aurora no respondió.
Elena miró de nuevo el cuerpo.
—Buenas noches.
Se fue antes de que nadie pudiera echarla con más elegancia.
Tomás cerró la puerta.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Luego Alicia susurró:
—Esa mujer es una carroñera.
—En esta casa tiene competencia —dije.
Alicia me miró fatal.
Mi cabeza iba demasiado deprisa.
Una luz en el rellano.
Una copa de vino que Julián no bebía.
La alfombra movida.
Mi madre en el jardín.
Álvaro manchado.
Ramiro con una carpeta.
Aurora impidiendo llamadas.
Y Julián, en el suelo, con cara de haber descubierto demasiado tarde que incluso los hombres como él podían caer.
—Voy a llamar al 112 —dije.
Esta vez no lo anuncié. Lo hice.
O lo intenté.
Aurora se acercó y me cogió la muñeca.
No fuerte. No hacía falta. Su mano era pequeña, fría y seca.
—Escúchame bien —dijo.
—Suéltame.
—Si llamas ahora, esta casa se llenará de agentes, preguntas y periodistas antes de medianoche.
—Me estás vendiendo la idea.
—No tienes ni idea de lo que puede salir de aquí.
—Pues quizá va siendo hora.
Aurora me miró como si acabara de decir una obscenidad en misa.
—Tú no entiendes esta familia.
—Ese es el primer cumplido de la noche.
Mi madre habló entonces.
—Aurora, basta.
Mi abuela no apartó los ojos de mí.
—Tu hija quiere destruir lo poco que queda.
—Lo poco que queda está muerto en el suelo —dijo mi madre.
La frase nos dejó a todos quietos.
Mi madre parecía sorprendida de haberla dicho. Yo también.
Aurora soltó mi muñeca.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez sí era el doctor Salcedo.
Era un hombre bajo, ancho, con abrigo oscuro y una maleta médica antigua, de esas que parecen heredadas de una película donde la gente aún moría con más discreción. Tenía el pelo blanco, la cara colorada por el frío y los ojos cansados de quien ha visto demasiadas familias fingir sorpresa.
—Aurora —dijo al entrar.
Luego vio a Julián.
—Madre mía.
Al menos él sí sonó humano.
Se agachó junto al cuerpo. Nos pidió espacio. Todos retrocedimos un poco, como si aquel metro de distancia pudiera separarnos de lo que había ocurrido.
Salcedo examinó a Julián con movimientos precisos. Le tomó el pulso, le levantó un párpado, miró la herida de la cabeza, tocó con cuidado el cuello.
Yo observé sus manos.
No sé por qué, pero necesitaba ver si dudaban.
No dudaron.
Cuando terminó, se quedó un instante de rodillas. Luego levantó la vista hacia Aurora.
—Ha fallecido.
Alicia rompió a llorar.
Beatriz también, aunque creo que Beatriz ya estaba llorando por adelantado y solo ajustó el volumen.
Álvaro se pasó una mano por el pelo.
Martina cerró los ojos.
Mi madre no hizo nada.
Yo sentí un hueco raro en el estómago. No tristeza. Eso habría sido más sencillo. Julián no había sido bueno conmigo. No había sido bueno con casi nadie. Pero una cosa era odiar a alguien en las cenas y otra verlo convertido en un problema inmóvil sobre el mármol.
La muerte tenía muy mal gusto para recordarnos que la gente seguía siendo gente justo cuando ya no podía defenderse.
—¿Ha sido una caída? —preguntó Ramiro.
Demasiado rápido.
Salcedo miró la escalera, la copa, el cuerpo.
—Podría ser.
—¿Podría? —repetí.
El médico me miró.
—¿Tú eres Inés?
—Sí.
—Lo siento.
No le di las gracias. No me salió.
Salcedo se puso en pie con un esfuerzo.
—Hay que avisar.
Aurora apretó los labios.
—¿No puedes certificarlo tú?
El médico la miró despacio.
—Aurora.
Solo dijo eso.
Fue suficiente.
Por primera vez, mi abuela pareció vieja.
No débil. Vieja.
Salcedo bajó la voz.
—Hay una muerte no esperada, con traumatismo. Yo no puedo firmar esto como si Julián hubiera fallecido en la cama.
—Ha sido una caída —dijo Alicia, desesperada—. Todos hemos oído el golpe.
—Oímos el final —dije—. No el principio.
Salcedo me miró otra vez. Esta vez con más atención.
Ramiro intervino.
—Doctor, comprendemos el procedimiento. Pero le agradeceríamos discreción.
—La discreción no cambia la ley, Ramiro.
Me gustó un poco Salcedo. No mucho, porque en aquella casa gustarte alguien era una forma de tentar a la decepción. Pero un poco.
Aurora se giró hacia Tomás.
—Llama.
Tomás asintió.
—A emergencias —aclaré.
Mi abuela me miró.
—Sí, Inés. A emergencias.
Lo dijo como si acabara de concederme un capricho infantil y no el mínimo contacto con la civilización.
Tomás fue al teléfono.
Nadie se movió hasta que lo oí hablar.
Entonces la casa cambió.
No mucho. Lo suficiente.
Hasta ese momento Julián había sido un muerto familiar. Una desgracia privada. Algo que pertenecía a las paredes, a los apellidos, a los silencios. Pero en cuanto Tomás pronunció la dirección al otro lado de la línea, la muerte empezó a salir de la casa.
Y la familia lo notó.
Alicia se secó las lágrimas con brusquedad.
—¿Qué decimos?
—La verdad —respondí.
Todos me miraron.
Fue casi gracioso.
Casi.
—Decimos que ha caído por la escalera —dijo Ramiro—. Que escuchamos el golpe y lo encontramos así.
—Eso no es la verdad —dije—. Es el folleto.
—Es lo que sabemos.
—También sabemos que iba a cambiar el testamento.
—Eso no es relevante ahora.
—Para algunos parece bastante relevante.
Álvaro dio un paso hacia mí.
—¿Estás acusando a alguien?
—Estoy intentando no hacer una lista demasiado pronto.
—Pues empieza por ti también —dijo él—. A ti Julián te ha mencionado a tu padre delante de todos. No parecías precisamente encantada.
Mi madre se giró hacia Álvaro.
—Cállate.
No gritó.
Fue peor.
Álvaro se quedó helado.
Yo también.
Mi madre rara vez mandaba callar a alguien. Estaba tan acostumbrada a tragarse las palabras que, cuando soltaba una, dolía por todas las anteriores.
—Clara... —empezó Alicia.
—Tú también.
Alicia cerró la boca con un pequeño chasquido.
Si no hubiera habido un muerto en el suelo, habría aplaudido.
Aurora observaba a mi madre con una expresión que no pude leer. No era sorpresa. No era orgullo. Era algo más oscuro. Como si Clara acabara de recordar un idioma que la familia llevaba años intentando que olvidara.
Tomás volvió.
—Vienen de camino.
—¿Cuánto? —preguntó Ramiro.
—No lo sé. Han dicho que no toquemos nada.
Miré a Álvaro.
Él apartó la vista.
Demasiado tarde.
Salcedo se quitó los guantes y los guardó en una bolsa pequeña.
—Nadie debería moverse mucho de aquí.
—¿Somos sospechosos? —preguntó Beatriz, horrorizada.
Salcedo suspiró.
—Beatriz, hay un muerto en el vestíbulo y todos estabais en la casa.
—Pero somos su familia.
—Eso no ayuda tanto como crees —dije.
Beatriz empezó a llorar otra vez.
Mi madre se acercó a mí. Tenía la voz baja.
—No sigas.
—Mamá.
—Ahora no.
—Julián quería hablar de papá.
—Ahora no.
—¿Cuándo? ¿Cuando todos hayan pactado qué recordar?
Me miró con una tristeza que me hizo sentir cruel antes de terminar la frase.
—Por favor —dijo—. Ahora no.
Y me callé.
Pero no porque hubiera cambiado de opinión.
Me callé porque, de pronto, al mirar hacia el cuerpo de Julián, vi algo que no había visto antes.
Su mano izquierda, la que no estaba extendida hacia la copa, asomaba bajo la manga de la chaqueta.
Tenía los dedos manchados.
No de sangre.
De tinta.
Una mancha negra en la yema del pulgar y otra en el índice, como si poco antes de caer hubiera tocado un documento recién firmado.
Miré hacia Ramiro.
La carpeta negra ya no estaba junto a su silla.
La llevaba bajo el brazo.
Apretada contra el costado.
Como si pesara más que antes.
Entonces lo entendí.
O empecé a entender algo peor.
Julián no solo había caído por la escalera.
Antes de caer, había firmado algo.