Capítulo 2
Tomás fue el primero en moverse.
Yo tardé un segundo más. No por valentía ni por prudencia. Por estupidez. Hay momentos en los que el cuerpo entiende antes que la cabeza y decide quedarse quieto para no tener que confirmar nada.
El golpe había venido de la escalera.
No de muy arriba. No del todo. Había sonado cerca, como si algo pesado hubiera caído primero contra los peldaños y luego contra el mármol.
Tomás subió dos escalones deprisa, pero se detuvo casi al instante.
—Dios santo —dijo.
No era una expresión. Era casi una disculpa.
Me acerqué.
Julián estaba al pie de la escalera principal.
No como se cae una persona en las películas, con cierta dignidad narrativa.
Se había quedado torcido, mal puesto, con un brazo doblado debajo del cuerpo y una pierna sobre el último escalón.
La cabeza le sangraba por un lado. Tenía los ojos entreabiertos, fijos en ninguna parte, y una mano extendida hacia el mármol, como si en el último segundo hubiera intentado agarrarse al suelo.
A su lado había una copa rota.
El vino se había extendido alrededor de los cristales con una elegancia absurda. En aquella casa hasta las manchas parecían querer combinar con algo.
Durante un instante no pensé “está muerto”.
Pensé: él no bebía vino.
Y luego pensé: qué forma más ridícula de pensar ante un hombre tirado en el suelo.
—No se acerque —dijo Tomás.
Pero ya me había acercado.
Me agaché junto a Julián sin llegar a tocarlo.
No porque supiera qué hacer, sino porque el cuerpo me pidió estar más cerca para entender.
Olía a vino, a cera de muebles y a ese perfume seco que llevaba mi tío, uno de esos olores caros que parecen fabricados para hombres que firman cosas sin leerlas.
—Julián —dije.
No respondió.
—Julián.
Nada.
Tomás bajó los escalones que le faltaban y se inclinó sobre él. Le acercó dos dedos al cuello con mucho cuidado. Tenía las manos grandes, pero en ese momento parecían torpes. O quizá temblaban.
—¿Está...? —pregunté.
Tomás no contestó enseguida.
Eso fue respuesta suficiente.
Desde el comedor llegó la voz de Alicia.
—¿Qué ha sido eso?
No sé por qué, me enfadó que lo preguntara así. Como si se hubiera caído una bandeja. Como si aquella casa no tuviera ya suficientes cosas esperando a romperse.
Alicia apareció la primera en el pasillo, con la servilleta aún en la mano. Detrás venían Beatriz, Álvaro, Martina, Ramiro y, al final, Aurora, que no corría ni siquiera hacia la muerte. Mi abuela avanzaba con la misma calma con la que otros se acercan a una ventana para ver si llueve.
Alicia vio el cuerpo y gritó.
Tarde.
Fue un grito agudo, bonito, casi de teatro. Un grito que parecía haber buscado antes dónde colocarse.
Beatriz se llevó una mano a la boca.
—No, no, no...
Álvaro soltó una palabra que no habría dicho delante de Aurora si Julián hubiera estado de pie.
Martina no dijo nada. Eso me inquietó más.
Ramiro fue directo hacia el cuerpo.
—No lo toquéis —dijo.
—Ya lo has tocado tú —respondí.
No sé por qué lo dije. Supongo que porque mi cabeza, incapaz de aceptar lo que tenía delante, decidió seguir funcionando por el carril de siempre: contestar mal.
Ramiro me miró apenas.
—Tomás, llama al doctor Salcedo.
—Hay que llamar a emergencias —dije.
Aurora se detuvo a dos metros del cuerpo. No miró a Julián como una madre mira a un hijo muerto. Lo miró como si acabara de encontrar una grieta en una pared importante.
—Tomás —repitió—. Al doctor Salcedo.
Tomás asintió y se apartó hacia el teléfono del recibidor.
—No, perdona —dije—. Hay un hombre tirado en el suelo con la cabeza abierta. No se llama al médico de confianza como si se hubiera mareado en la comunión de un sobrino.
Alicia empezó a llorar.
—Inés, por Dios.
—¿Qué? ¿También tengo que ser educada con el cadáver?
Mi madre no estaba allí.
Me di cuenta de golpe.
Miré hacia la puerta del jardín, luego hacia el pasillo del comedor.
—¿Dónde está mi madre?
Nadie respondió.
Álvaro se había agachado junto a Julián.
—No respira —dijo.
La frase fue muy simple. Demasiado.
Beatriz soltó un gemido y se agarró al brazo de Alicia, aunque Alicia parecía necesitar un brazo propio. Martina se acercó a Álvaro y le puso una mano en el hombro. Él se la quitó con brusquedad.
—No lo toques —dijo Ramiro.
—Estaba comprobando si respiraba.
—Ya lo ha comprobado Tomás.
—Pues qué bien. Entonces podemos esperar aquí a que venga el médico a decirnos que el muerto sigue muerto.
—Álvaro —dijo Aurora.
Solo eso.
Álvaro cerró la boca.
A veces me impresionaba lo poco que necesitaba mi abuela para apagar a la gente. Si hubiera usado ese poder para el bien, quizá habría detenido guerras. En lugar de eso, había organizado cenas familiares.
Saqué el móvil del bolsillo.
Ramiro me vio.
—Inés.
—¿Qué?
—Espera.
—No.
Marqué el 112.
O intenté marcarlo.
Aurora habló antes de que pulsara llamar.
—Si haces esa llamada ahora, entrará la policía en esta casa sin que sepamos qué ha pasado.
Levanté la vista.
—Precisamente para eso existe la policía.
—No seas ingenua.
—Abuela, hay un cadáver.
Alicia gimió al oír la palabra.
—No digas eso.
—¿Qué prefieres? ¿Inconveniente horizontal?
—Inés —dijo Martina, esta vez en voz baja.
La miré. Su cara seguía serena, pero tenía los labios apretados.
—No estoy diciendo que no llamemos —dijo Aurora—. Estoy diciendo que primero debemos entender la situación.
—La situación está bastante clara.
—No, no lo está.
Mi abuela miró la copa rota.
Luego el cuerpo.
Luego la escalera.
Ese orden tampoco me gustó.
—¿Dónde está Clara? —preguntó Ramiro.
Lo dijo demasiado rápido. Como si la pregunta le hubiera estado esperando en la lengua.
—En el jardín —respondí—. O eso creo.
Martina se volvió hacia la puerta de la terraza.
—Voy a buscarla.
—No —dije—. Voy yo.
Pero antes de que pudiera moverme, la puerta del fondo se abrió.
Mi madre entró desde el jardín.
Tenía la cara blanca, el pelo algo desordenado y las manos manchadas de tierra. No mucha. Apenas unas marcas oscuras en los dedos, como si se hubiera apoyado contra una maceta o contra el borde húmedo de un parterre.
Vio a todos reunidos en el vestíbulo.
Luego vio el cuerpo.
Se quedó quieta.
No gritó.
No lloró.
No se llevó las manos a la boca.
Solo se quedó quieta.
Y eso, en aquella casa llena de gente actuando como creía que debía actuar, fue lo más verdadero de la noche.
—Clara —dijo Alicia—. No mires.
Mi madre no apartó la vista.
—¿Qué ha pasado?
Nadie contestó.
Fue Aurora quien dio la versión, naturalmente.
—Julián ha caído por la escalera.
Mi madre miró la escalera.
Después la copa.
Después a mí.
No al cuerpo.
A mí.
—¿Lo has visto caer? —pregunté a Aurora.
—No.
—Entonces no sabemos si ha caído.
—Está al pie de una escalera, Inés.
—También yo estoy al lado de Alicia y no por eso he venido con ella.
Alicia hizo un ruido ofendido que en otro momento me habría dado un pequeño placer.
Mi madre se acercó un paso.
—¿Está muerto?
Ramiro respondió con una suavidad horrible.
—Eso parece.
Mi madre cerró los ojos.
Un segundo.
Dos.
Luego volvió a abrirlos.
—Hay que llamar.
Gracias, pensé.
Pero Aurora la miró.
—Ya hemos llamado a Salcedo.
Mi madre parpadeó.
—¿A Salcedo?
—Está cerca.
—Aurora, hay que llamar a emergencias.
Sentí un alivio breve, casi infantil. Mi madre estaba conmigo. O yo estaba con ella. En aquella casa, a veces eso ya parecía una rebelión armada.
Ramiro levantó una mano, como si presidiera una reunión.
—Llamaremos. Pero conviene evitar precipitaciones. Si la Guardia Civil entra ahora, antes de que tengamos claro el alcance de...
—¿El alcance? —lo interrumpí—. Ramiro, mi tío está muerto al pie de una escalera, no estamos midiendo una terraza.
—Precisamente por eso hay que actuar con cuidado.
—Qué frase tan útil. Sirve para esconder un cadáver y para montar una estantería.
Álvaro soltó una risa nerviosa. Se arrepintió enseguida.
Aurora se volvió hacia él.
—Levántate.
Álvaro obedeció, aunque tardó un poco. Tenía una rodilla manchada de vino. O de sangre. O de las dos cosas. Miró la mancha como si acabara de comprender que aquello podía quedarse.
—Yo solo he intentado ayudar —dijo.
—Nadie ha dicho lo contrario —respondió Martina.
Pero en realidad todos lo habíamos pensado.
Tomás volvió desde el recibidor.
—El doctor Salcedo viene de camino. Tardará unos quince minutos.
—Bien —dijo Aurora.
—No es bien —dije—. Es absurdo.
Mi abuela me miró.
—Ni una palabra más.
Hubo un tiempo, de pequeña, en que esa frase me habría callado. Aurora la pronunciaba como se bajan persianas: con seguridad y sin mirar lo que queda fuera. Pero esa noche había un hombre muerto entre nosotras, y la obediencia empezaba a parecerme una falta de higiene.
—No —dije—. Una palabra más, sí. Varias, de hecho.
Mi madre me tocó el brazo.
—Inés.
—No, mamá. No vamos a quedarnos aquí esperando al médico de la familia mientras todos decidís qué versión os conviene más.
Alicia se secó la cara con una servilleta.
—No seas cruel.
—Tía, cruel es llorar con rímel resistente al agua y seguir preguntándote si esto afecta al reparto.
Alicia abrió la boca.
—Yo no he preguntado eso.
—Todavía.
Beatriz empezó a llorar más fuerte.
—Por favor, por favor, no discutamos delante de Julián.
Miré el cuerpo.
—Creo que Julián ya ha perdido interés por la conversación.
—Inés —dijo mi madre, ahora sí con dureza.
Me callé.
No por Aurora. Por ella.
El vestíbulo quedó lleno de respiraciones raras. Nadie sabía dónde ponerse. Nadie sabía qué hacer con las manos. La muerte, cuando no viene anunciada, tiene esa grosería: deja a los vivos sin instrucciones.
La copa rota seguía junto a la mano de Julián.
Me agaché para mirarla mejor.
—No toques nada —dijo Ramiro.
—No lo estoy tocando.