Todo Queda en Familia Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

A su lado estaba Beatriz, mi otra tía. Beatriz era viuda desde hacía ocho años y llevaba el luto con menos constancia que las ganas de hablar de él.

Esa tarde vestía de gris perla y tenía los ojos húmedos, aunque todavía no había pasado nada.

Beatriz siempre venía emocionalmente preparada, por si la ocasión lo requería.

Mientras me acercaba, abrió el bolso apenas y comprobó algo en su interior con la discreción de quien lleva siempre un pequeño botiquín para los nervios. En la familia nadie viajaba sin su propia farmacia: unos la llamaban prudencia; otros, experiencia.

—Ay, Inés —dijo, cogiéndome las manos—. Estás preciosa.

—Gracias, tía.

—Tienes cara de cansada.

—También gracias.

—No, pero cansada bien. Cansada de mujer independiente.

No supe qué responder a eso. Había insultos tan raros que una necesitaba un manual.

Mi primo Álvaro levantó la copa desde la otra punta del salón.

—Prima.

Álvaro tenía treinta y seis años, sonrisa bonita y el talento de caer bien durante los primeros diez minutos.

Luego empezaban los problemas: los suyos, sobre todo.

Era rubio, alto, con barba de anuncio de colonia y chaqueta cara.

De niño le habían dicho tantas veces que era especial que de adulto aún esperaba que el mundo le pidiera perdón por no haberlo entendido.

—Álvaro —dije.

—Sigues conduciendo ese coche rojo.

—Y tú sigues pareciendo el heredero de una fortuna que aún no te han dado.

Su sonrisa se tensó un poco.

—Siempre tan simpática.

—Estoy empezando suave.

A su lado estaba Martina, su hermana. Martina era morena, delgada, con el pelo cortado a la altura de la mandíbula y una expresión tranquila que no me fiaba nada.

De todos mis primos, era la única con la que podía mantener una conversación sin sentir la necesidad de comprobar luego si conservaba la cartera.

—No la provoques —le dijo a Álvaro—. Hoy parece que viene descansada.

—Vengo con ganas de sobrevivir —respondí.

Martina se acercó y me dio un beso.

—Entonces has elegido mal el sitio.

Eso me hizo sonreír.

En la chimenea ardían unos troncos demasiado perfectos. Sobre la mesa baja había bandejas de canapés, copas de champán y servilletas bordadas con las iniciales de la familia. AV. Aurora Valcárcel. O quizá Antiguas Víboras. Dependía de cuánto llevara una allí dentro.

Mi madre se había acercado a Beatriz y hablaban en voz baja. O mejor dicho, Beatriz hablaba y mi madre asentía con esa cara que ponía cuando no quería discutir ni dar la razón.

—¿Dónde está Julián? —pregunté.

No lo dije muy alto, pero varias cabezas se giraron.

Eso era lo que pasaba con mi tío Julián. Incluso ausente, organizaba la habitación.

—En el despacho —dijo Alicia—. Con Ramiro.

Ramiro era el abogado de la familia. Llevaba tantos años metido en nuestros asuntos que yo, de pequeña, había creído que era un pariente más, uno de esos tíos que no sabes de qué rama cuelgan pero que siempre aparecen en las comuniones.

Tenía una voz suave, trajes impecables y esa manera de hablar que convertía cualquier frase simple en una cláusula.

—¿Hoy también? —pregunté.

—Hay asuntos importantes —dijo Aurora.

La miré.

—Ya.

Mi abuela sostuvo mi mirada sin moverse.

—No pongas esa cara.

—No sé cuál.

—La de tu padre.

La frase cayó entre nosotras con más peso del que debería haber tenido.

Mi padre llevaba doce años muerto. En la Casa de las Hiedras, sin embargo, algunas personas seguían pronunciando su nombre como si pudiera entrar en cualquier momento y manchar la alfombra.

Mi madre dejó de hablar con Beatriz. Lo noté sin girarme. Hay silencios que se reconocen por la espalda.

—No sabía que tuviera una cara asignada —dije.

Aurora bebió un sorbo de champán.

—La tenéis los dos. Esa forma de mirar como si los demás os debieran una explicación.

—Qué raro. A lo mejor es porque nos la debían.

Martina bajó la vista hacia su copa. Álvaro hizo como que miraba el móvil. Alicia se quedó quieta, encantada de presenciar una incomodidad que no la involucraba directamente.

Mi madre apareció a mi lado.

—Inés, ¿me ayudas un momento?

No necesitaba ayuda. Necesitaba sacarme de allí antes de que la noche empezara a sangrar por las costuras.

—Claro.

La seguí hacia el pasillo. Antes de salir, miré de nuevo a Aurora. Ella seguía sentada, pequeña y terrible, rodeada de flores, copas y retratos muertos.

En aquella familia, los vivos siempre parecían invitados de los muertos.

Mi madre me llevó hasta una salita lateral, una habitación menor con estanterías, un escritorio antiguo y un ventanal que daba al jardín trasero. Cerró la puerta con suavidad.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Respirar.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—La abuela ha mencionado a papá.

—Y tú has decidido convertirlo en una pelea.

—No, mamá. La pelea ya estaba ahí. Yo solo he tenido la cortesía de saludarla.

Mi madre se llevó una mano a la frente.

—No hoy.

—¿Por qué no hoy? ¿Porque es el cumpleaños de Aurora? ¿Porque Julián tiene asuntos importantes? ¿Porque Alicia aún no ha terminado de medir mis ovarios con el calendario?

—Porque esta casa nos hace daño —dijo.

La frase salió baja, casi sin fuerza. Y por eso mismo me calló.

Mi madre miraba hacia la ventana. Fuera, la hiedra trepaba por el cristal como dedos verdes.

—Entonces vámonos —dije.

Sonrió sin humor.

—No es tan fácil.

—Nunca lo es aquí. Esa es la especialidad de la casa.

Durante unos segundos ninguna habló.

En la estantería había una foto antigua. Yo con ocho o nueve años, de pie junto a mi padre en el jardín. Él sonreía con una mano sobre mi hombro. Yo tenía un vestido blanco, las rodillas sucias y una cara de enfado solemne, probablemente porque alguien me había obligado a peinarme.

Mi padre se llamaba Andrés. Había sido el único Valcárcel capaz de reírse en aquella casa sin pedir permiso. O eso quería recordar yo.

Luego llegó el escándalo.

Luego las miradas.

Luego las conversaciones que se detenían cuando yo entraba.

Luego la enfermedad.

Luego el funeral.

Y después, como siempre en la Casa de las Hiedras, todo quedó cubierto.

—Julián va a hablar del testamento, ¿verdad? —pregunté.

Mi madre no respondió enseguida.

—Eso parece.

—¿Y por eso nos ha hecho venir?

—Nos ha hecho venir tu abuela. Es su cumpleaños.

—Mamá.

Suspiró.

—Julián quiere hacer cambios.

—¿Qué cambios?

—No lo sé.

—Ya van dos veces.

—No lo sé todo, Inés.

Eso sí sonó verdad.

Me apoyé en el borde del escritorio.

—¿Y qué pinta Ramiro en una fiesta de cumpleaños?

—Ramiro siempre pinta algo. Ese es el problema.

Antes de que pudiera contestar, llamaron a la puerta. Dos golpes secos.

Mi madre se enderezó.

—Adelante.

La puerta se abrió y apareció Julián.

Mi tío tenía sesenta y pocos años, aunque llevaba mucho tiempo intentando parecer de cincuenta y fracasando con dinero.

Era alto, delgado, con el pelo gris peinado hacia atrás y una elegancia fría que no nacía del gusto, sino de la costumbre de ser obedecido.

Llevaba una chaqueta azul oscuro, camisa blanca y un pañuelo en el bolsillo.

Sonreía poco. Cuando lo hacía, daba la sensación de estar enseñando los dientes para recordar que aún podía morder.

Aquella tarde, sin embargo, había algo en su color que no terminaba de encajar: una sombra amarillenta bajo la piel, los labios secos y una mano que se le fue un instante al costado antes de volver al bolsillo.

Si estaba enfermo, lo disimulaba igual que todo lo demás: con ropa buena y mala leche.

—Aquí estáis —dijo.

—Julián —saludó mi madre.

A mí me miró con una calma que me molestó de inmediato.

—Inés. Cada vez te pareces más a tu padre.

—Eso dicen cuando quieren insultarme sin parecer maleducados.

Julián sonrió.

—Tu padre también tenía respuestas para todo.

—No para todo. Algunas se las quedasteis vosotros.

La sonrisa se le mantuvo, pero los ojos no.

Mi madre se movió un poco.

—Julián, por favor.

—Tranquila, Clara. Tu hija tiene carácter. Eso siempre es útil hasta que deja de serlo.

Entró en la salita y cerró la puerta detrás de él. No me gustó. Había hombres que cerraban puertas como quien firma algo.

—Quería hablar contigo antes de la cena —dijo, mirando a mi madre.

—¿Ahora?

—Será breve.

Miré a mi madre. Ella no parecía sorprendida. Parecía resignada.

—Puedo salir —dije.

—No hace falta —respondió Julián—. De hecho, quizá sea mejor que escuches.

Eso sí no me lo esperaba.

Mi tío se acercó a la estantería y cogió la foto de mi padre y mía. La miró con una expresión que habría podido parecer nostalgia si una no lo conociera.

—Andrés siempre tuvo facilidad para ganarse a la gente —dijo.

—Curioso. Aquí no se notó mucho.

—Aquí se notó demasiado.

Mi madre se puso pálida.

—Julián.

Él dejó la foto en su sitio.

—Esta noche voy a anunciar algunos cambios. Cambios necesarios. La casa, la finca, ciertas participaciones familiares... Todo eso necesita orden.

—Orden —repetí—. Qué palabra tan bonita cuando la dicen los que han movido todos los muebles.

Julián me ignoró con una facilidad ofensiva.

—También hay documentos antiguos que conviene revisar.

Mi madre tragó saliva.

—Eso no es necesario.

—No estoy de acuerdo.

Por primera vez desde que había entrado, noté algo extraño en su voz. No miedo. Julián no parecía un hombre acostumbrado a tenerlo. Más bien cansancio. O impaciencia.

—¿Qué documentos? —pregunté.

Mi madre me tocó el brazo.

—Inés, no.

Pero yo no aparté la mirada de Julián.

Él sonrió otra vez.

—Los suficientes para que algunos dejen de hacerse los ofendidos.

Sentí calor en la cara.

—Si vas a hablar de mi padre, habla claro.

—Tu padre ya no puede defenderse.

—Qué conveniente para todos vosotros.

Julián dio un paso hacia mí. No fue amenazante, no exactamente. Pero la habitación se hizo más pequeña.

—Ten cuidado, Inés. Hay verdades que pesan más cuando por fin te las dan.

—Estoy bastante entrenada. En esta familia me han tirado encima de todo menos cariño.

Mi madre cerró los ojos.