Todo Queda en Familia
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Capítulo 1
Mi familia tenía dos formas de celebrar un cumpleaños: con una tarta cara y con una humillación pequeña antes del café.
A veces invertían el orden, para no caer en la rutina.
Aquella tarde llegué a la Casa de las Hiedras con media hora de retraso, una botella de vino que había comprado en el primer sitio decente que encontré abierto y las ganas justas de no tirarme del coche en marcha antes de aparcar.
Mi madre iba sentada a mi lado, muy recta, con el bolso sobre las rodillas y esa expresión de mujer que lleva quince minutos ensayando una conversación incómoda sin decidir por dónde empezar.
—Podrías intentar ser amable —dijo al fin.
—Llevo cinturón de seguridad. Me parece un buen comienzo.
Mi madre suspiró mirando por la ventanilla.
—Inés.
Cuando decía mi nombre así, sin más, como si lo pusiera encima de la mesa y esperara que yo lo entendiera, significaba que estaba a punto de pedirme algo injusto.
—No voy a montar ningún número —dije.
—Nadie ha dicho eso.
—No con esas palabras.
—Es el cumpleaños de tu abuela.
—Ya. Y como cada año, todos fingiremos que el regalo es verla cumplir años y no comprobar si alguno sigue en el testamento.
Mi madre cerró los ojos un segundo. Se llamaba Clara, aunque en la familia casi nadie usaba su nombre con cariño. Para ellos era “tu madre”, “Clara, querida” o “la pobre Clara”, que era la forma elegante de recordarle que había cometido el error de casarse con mi padre.
Yo siempre había pensado que mi madre tenía cara de haberse disculpado demasiado.
Era guapa, pero de una belleza cansada, como si alguien hubiera bajado el brillo de todo lo que era.
Llevaba el pelo recogido con una pinza de carey y un vestido azul marino que no era nuevo, aunque ella lo había planchado con tanto empeño que parecía pedir perdón por existir.
—Solo te pido que no entres al trapo —dijo.
—Mamá, tu familia no pone trapos. Pone alfombras persas y espera que una se tropiece con ellas.
—También es tu familia.
—Ese es uno de sus defectos.
No contestó. Se limitó a mirar hacia delante justo cuando la carretera se abría entre dos muros de piedra.
Al fondo apareció la casa.
La Casa de las Hiedras seguía allí, como las cosas malas que nadie se atreve a tirar. Grande, húmeda, orgullosa. La fachada estaba cubierta por una hiedra espesa que subía desde los cimientos hasta los aleros, rodeando ventanas, columnas y balcones como si quisiera estrangularlos con educación.
De niña me parecía bonita.
De mayor entendí que algunas cosas no decoran: invaden.
La casa pertenecía a los Valcárcel desde hacía más de cien años, lo cual en mi familia se decía con el mismo tono con el que otras personas mencionan un milagro.
A mí, en cambio, siempre me había parecido una advertencia.
Cien años eran demasiados para guardar muebles, secretos y resentimientos en el mismo sitio.
Aparqué junto a una hilera de coches mucho mejores que el mío. Había un Mercedes negro, un Audi gris, un deportivo blanco que solo podía ser de mi primo Álvaro y un todoterreno de esos que compran las personas que jamás pisan barro, pero quieren que el mundo sepa que podrían hacerlo.
—Está todo el mundo —dije.
—Es un cumpleaños importante.
—Cumple ochenta y cinco. A esa edad todos los cumpleaños son importantes porque cualquiera puede ser el último.
Mi madre me miró.
—Eso no se dice.
—Por eso lo digo aquí y no delante de la tarta.
Cogí la botella del asiento trasero y salí del coche. El aire olía a tierra mojada, a hojas antiguas y a chimenea encendida. En el jardín, las hortensias estaban podadas con una precisión casi militar. Todo en aquella casa parecía tener miedo de crecer torcido.
Mi madre se detuvo antes de subir los escalones de la entrada.
—Inés.
Otra vez.
—Dime.
—Hoy Julián quiere hablar con todos después de la cena.
Intenté no reaccionar, pero mi cuerpo hizo una pequeña pausa. De esas que una cree disimular y no disimula nunca.
—¿Hablar de qué?
—No lo sé.
Mentía fatal cuando le dolía hacerlo. Esa era una de las cosas que siempre me había gustado de mi madre. En aquella familia, donde la mentira se transmitía casi como una habilidad doméstica, ella seguía teniendo la torpeza de ponerse triste.
—¿Del testamento? —pregunté.
Mi madre apretó el bolso contra el cuerpo.
—No lo sé, Inés.
—Eso significa que sí.
—Significa que no quiero empezar la noche discutiendo en la puerta.
Miré la casa. Una de las ventanas del piso superior tenía la cortina apartada. Durante un segundo me pareció ver una sombra detrás del cristal, pero cuando parpadeé ya no había nadie.
—Tranquila —dije—. Entraré, felicitaré a la abuela, sonreiré cuando toque y no le diré a tía Alicia que su perfume debería estar regulado por Sanidad.
—Gracias.
—Pero si me pregunta por los hijos, no prometo nada.
Mi madre me dedicó esa mirada suya, mitad súplica, mitad rendición.
—Solo intenta ser paciente.
—Tengo treinta y dos años y sigo viniendo a estas cenas. Paciente soy. Santa, no.
Entramos.
El vestíbulo de la Casa de las Hiedras tenía el tamaño de un piso pequeño y la calidez de una notaría.
El suelo de mármol blanco reflejaba la lámpara de araña, las paredes estaban cubiertas por retratos de antepasados con cara de haber desaprobado la electricidad, y al fondo nacía la gran escalera principal, ancha, curva y perfecta para que alguien hiciera una entrada dramática o se rompiera el cuello con estilo.
En el piso superior, detrás de una puerta que casi siempre estaba cerrada, quedaba la galería del piano. De niña me habían prohibido entrar por la humedad; mi padre decía que la humedad era solo la excusa y que en esa casa se cerraba cualquier habitación donde alguien hubiera hecho demasiado ruido.
Tomás apareció desde un pasillo lateral antes de que alcanzáramos el perchero.
—Buenas tardes, doña Clara. Señorita Inés.
Tomás llevaba trabajando en la casa desde antes de que yo naciera. Era alto, seco, con manos grandes y una espalda algo vencida. Tenía esa discreción de los empleados antiguos, que no consiste en no ver nada, sino en haberlo visto todo y saber cuándo mirar al suelo.
—Hola, Tomás —dijo mi madre, y le sonrió de verdad.
Yo también sonreí.
—Tomás. Sigues aquí.
—De momento, sí.
No supe si era una broma o una confesión.
Me quitó el abrigo con cuidado y miró la botella que llevaba en la mano.
—Puedo llevarla al comedor, si quiere.
—Es vino. Bastante digno. No sé si eso lo hace apto para la familia.
Tomás bajó apenas la mirada, pero le vi la sombra de una sonrisa.
—Aquí hemos servido cosas peores, señorita.
—Gente incluida.
—Inés —murmuró mi madre.
Tomás fingió no haber oído nada, que era una de sus especialidades.
Desde el salón llegó una carcajada aguda. Tía Alicia. No hacía falta verla para reconocerla. Tenía una risa de copa fina: parecía a punto de romperse y, aun así, era capaz de cortarte.
Mi madre se alisó el vestido.
—Vamos.
Atravesamos el pasillo principal. Las paredes estaban decoradas con fotografías familiares en blanco y negro, cuadros de caza y algún paisaje oscuro que siempre me había parecido pintado por alguien con problemas de humedad.
Al pasar junto al retrato de mi abuelo, sentí la vieja incomodidad de siempre.
Mi abuelo había muerto cuando yo era niña.
De él recordaba poco: una mano fría en la cabeza, olor a tabaco y una voz grave diciendo que las niñas educadas no corrían dentro de casa.
En la Casa de las Hiedras, las niñas educadas no corrían, no gritaban, no preguntaban y, a poder ser, no crecían con demasiada opinión.
Yo había fallado en casi todo.
El salón estaba lleno.
Mi tía Alicia fue la primera en verme. Estaba junto a la chimenea, con un vestido verde botella, pendientes grandes y una copa de champán sostenida con la delicadeza de quien lleva toda la vida practicando para parecer mejor persona de lo que es.
—¡Inés! —exclamó, como si mi llegada le alegrara y no acabara de darle munición para la noche.
Se acercó con los brazos abiertos. Me besó en ambas mejillas dejando una nube de perfume caro y amenaza floral.
—Qué guapa estás.
—Gracias, tía.
—Más delgada, ¿no?
—No he preguntado, pero gracias también.
Alicia sonrió sin entender del todo si le había contestado o le había devuelto el golpe. En mi familia eso pasaba mucho. La mitad de las ofensas necesitaban reposar como el vino.
—Treinta y dos años, Inés —dijo tía Alicia, como si acabara de leer mi fecha de caducidad.
—Gracias, tía. Había perdido la cuenta desde esta mañana.
Mi madre hizo un ruido pequeño a mi lado. No llegó a tos, no llegó a risa. Algo intermedio. En la Casa de las Hiedras, hasta la diversión salía con miedo.
Alicia se tocó el collar de perlas.
—Lo digo porque estás en una edad preciosa.
—Qué alivio. Pensaba que ibas a decir peligrosa.
—También —dijo ella, y se rió—. A tu edad, tu madre ya te tenía a ti.
—Sí. Y mira qué bien nos ha ido a todos.
Hubo un silencio breve.
No grande. No de esos que detienen una sala. Apenas un pequeño tropiezo en el aire.
Alicia abrió la boca, quizá para decidir si ofenderse, pero una voz la interrumpió desde el sofá central.
—Déjala, Alicia. Inés siempre ha confundido la mala educación con la personalidad.
Mi abuela Aurora estaba sentada como si el sofá fuera un trono que aceptaba usar por humildad.
Cumplía ochenta y cinco años, pero llevaba la edad como se lleva una joya heredada: con orgullo y con cuidado de que nadie se la tocara.
Tenía el pelo blanco recogido en un moño bajo, la espalda recta y unos ojos claros que nunca miraban: examinaban.
Me acerqué.
—Feliz cumpleaños, abuela.
Me ofreció la mejilla. No me abrazó. Aurora no abrazaba; concedía proximidad.
—Has llegado tarde.
—Quería darte tiempo para echarme de menos.
—No ha hecho falta tanto.
Sonrió apenas. Con ella nunca sabía si había ganado una batalla o si acababa de firmar mi rendición.