Epílogo
Nora
Cinco años después…
—Mercer, como quemes otra hamburguesa, te retiro oficialmente el mando de la barbacoa.
Logan miró a Marcus por encima del hombro.
—Es mi barbacoa.
—Eso no significa que sepas utilizarla.
—Llevas cinco años entrando en mi casa y todavía no has aprendido cuándo debes cerrar la boca.
—Si en cinco años no lo he aprendido, yo no tendría demasiadas esperanzas.
Sonreí desde la mesa del porche mientras terminaba de preparar la ensalada. En aquellos años habían cambiado muchísimas cosas, aunque por suerte algunas seguían exactamente igual.
Logan y Marcus continuaban siendo dos tipos enormes discutiendo delante de una parrilla como si el destino del mundo dependiera de quién controlara las hamburguesas.
Solo que ahora lo hacían en el jardín de la casa que Logan y yo habíamos estrenado cuando nos casamos, con Noah y Sophie, la hija de Megan, riéndose dentro de la piscina, Diane sentada a la sombra junto a Tom y Claire, nuestra hija de seis meses, dormida en su cochecito a pocos metros de mí.
No estaba mal para una comida de domingo.
—¡Mamá, mira!
Me volví justo a tiempo para ver a Noah lanzarse al agua.
—¡No salpiques aquí!
Emergió riéndose y se apartó el pelo mojado de la frente.
A sus trece años ya empezaba a resultar difícil encontrar al niño pequeño que había conocido, aunque todavía aparecía de vez en cuando en determinadas sonrisas.
Había pegado un estirón importante durante el último año y Logan insistía en que antes de cumplir quince iba a superarlo, algo que me parecía bastante optimista teniendo en cuenta que su padre pasaba del metro noventa.
La primera vez que Noah me llamó mamá se le escapó sin darse cuenta.
Estaba buscando no sé qué por la casa, me llamó desde otra habitación y siguió hablando como si nada.
Logan y yo nos quedamos mirándonos en silencio hasta que Noah apareció, nos vio las caras, entendió lo que acababa de decir y se puso rojo de vergüenza mientras a mí me temblaban las piernas.
Nunca habíamos hablado de que tuviera que llamarme de ninguna manera distinta.
Kayla era su madre y seguiría siéndolo, aunque viviera lejos y la relación entre ellos hubiera ido cambiando con los años.
Yo tampoco había llegado a su vida para ocupar el sitio de nadie.
Durante mucho tiempo me había bastado con ser Nora, la persona a la que buscaba cuando necesitaba ayuda, la que iba al museo con él, la que acabó formando parte de sus domingos, sus Navidades y todas esas cosas pequeñas que terminan siendo las importantes.
Pero aquel día Noah me miró, todavía muerto de vergüenza, y preguntó muy bajito si me molestaba. Le dije que no casi antes de que terminara la pregunta y, unos segundos después, volvió a llamarme mamá, esta vez a propósito. Desde entonces ya no dejó de hacerlo.
En unos días empezaba octavo curso y llevaba todo el verano hablando de ciencias, de entrar en el club de robótica y de un proyecto que había decidido empezar antes incluso de que se lo pidiera ningún profesor. El volcán de primaria había quedado bastante atrás, por suerte para mi cocina.
Superar lo ocurrido con Harlan le había llevado tiempo.
Los primeros meses hubo pesadillas, miedo a quedarse solo y muchas conversaciones con la psicóloga que empezó a verlo después del secuestro.
Logan habría querido quitarle cada miedo con sus propias manos, pero acabó aprendiendo que a veces ser padre consistía simplemente en quedarse cerca mientras tu hijo encontraba su propio camino.
Y Noah había encontrado el suyo. Sacaba unas notas excelentes, tenía la habitación llena de libros, piezas de robots y experimentos a medio terminar, y se había tomado tan en serio lo de ser hermano mayor que a veces parecía convencido de que Claire necesitaba un tercer adulto pendiente de ella.
Logan y yo protestábamos por costumbre, aunque en el fondo nos hacía bastante gracia verlo tan volcado con su hermana.
—¡Papá! —gritó desde la piscina—. ¡Mira esto!
Logan dejó las pinzas.
—Como sea otro salto de cabeza, tu padre no quiere verlo —advertí.
—Demasiado tarde.
Ya estaba sacando el teléfono y no pude evitar reírme.
Después de todo aquel tiempo, seguía exactamente igual.
Había cumplido su promesa de ponerse unos patines al invierno siguiente y el vídeo de su primera caída continuaba siendo uno de los favoritos de Noah, que todavía se lo enseñaba de vez en cuando solo para fastidiarlo.
Desde entonces, Logan había acumulado partidos, experimentos, cumpleaños, excursiones y una cantidad indecente de vídeos de nuestro hijo haciendo cualquier cosa.
Y Noah, aunque protestaba cada vez que veía aparecer el móvil, era siempre el primero en buscar a su padre cuando tenía algo que enseñar, acababa un proyecto o conseguía algo de lo que estaba orgulloso.
Entre ellos se había creado una complicidad preciosa, hecha de bromas, conversaciones que a veces parecían no terminar nunca y esa facilidad que tenían para encontrarse incluso cuando había diez personas alrededor.
—¿Piensas grabarlo todo hasta que se vaya a la universidad?
—Sí.
—No lo estaba preguntando en serio.
—Yo sí he respondido en serio.
Noah volvió a tirarse al agua y Logan grabó el salto completo antes de guardar el teléfono, satisfecho.
Aaron siempre decía que esa capacidad de Logan para meterse de lleno en algo hasta sacarlo adelante había sido una de las razones por las que terminó proponiéndole que se hiciera socio.
El taller había crecido mucho desde aquellos primeros meses: ampliaron al local de al lado, contrataron a varios mecánicos más y Logan llevaba ya un par de años dirigiendo el equipo sin haber renunciado por ello a seguir metiendo las manos bajo un capó cada vez que podía.
Para él, ser socio no significaba convertirse en alguien que pasaba el día encerrado en un despacho. Para Aaron, conseguir que permaneciera veinte minutos seguidos delante de un ordenador seguía siendo uno de los grandes retos del negocio.
Yo seguía en el centro. Habían cambiado programas, compañeros y responsabilidades, pero no el motivo por el que continuaba entrando cada mañana por aquella puerta.
Seguía habiendo familias que necesitaban apoyo, adolescentes buscando una oportunidad y personas a las que todavía les costaba entender que pedir ayuda no significaba haber fracasado.
Años atrás yo ya lo sabía en teoría; ahora lo entendía de una forma mucho más personal, igual que Marcus.
Su primer cliente había sido el hermano de Teresa y después llegó otro pequeño negocio, y luego otro.
Lo que empezó con Marcus ordenando recibos y cuentas sobre una mesa del centro acabó convirtiéndose en un pequeño despacho desde el que ayudaba a autónomos y comercios de la zona a poner orden en sus números y en toda esa documentación que a los demás nos daba dolor de cabeza solo con mirarla.
Había encontrado una forma de aprovechar todo lo que sabía sin volver a acercarse al tipo de trabajo que lo había llevado a prisión y, por el camino, también había encontrado a Megan.
La misma mujer que un día decidió decirle delante de la puerta del colegio que sin el uniforme de la cafetería estaba bastante mejor llevaba ya varios años viviendo con él y con Sophie.
No tenían planes de casarse ni de ampliar la familia y parecían bastante felices así, aunque Marcus se veía obligado a recordárselo de vez en cuando a Diane, que seguía empeñada en considerar aquellos detalles simples obstáculos negociables.
Megan se acercó en aquel momento, robó un trozo de carne de la tabla y se lo llevó a la boca.
—Eso era para todos —protestó Logan.
—Pues haz más.
Marcus levantó las pinzas.
—¿Ves? Por eso vivo con esta mujer.
—Porque te roba la comida.
—Hay relaciones construidas sobre cosas peores.
Diane soltó una carcajada desde su silla y Tom negó con la cabeza, ya bastante acostumbrado a nuestras comidas.
Tom había llegado a su vida casi dos años atrás, cuando Diane ya se había acostumbrado a salir más con sus amigas y se había apuntado a clases de baile.
Coincidieron varias veces, empezaron a bailar juntos y un día él consiguió convencerla de seguir la conversación tomando un café.
Durante semanas, Diane insistió en que solo eran amigos, aunque a esas alturas ninguno de nosotros se molestaba demasiado en fingir que la creía.
Tom nunca intentó ocupar el lugar de su marido y Diane tampoco necesitaba que lo hiciera.
Había querido muchísimo al padre de Logan y seguiría haciéndolo siempre, pero eso no significaba que tuviera que pasar el resto de su vida sola.
Seguía siendo una mujer joven, con amigas, planes y muchas ganas de disfrutar de una libertad que durante años apenas se había permitido.
Y verla reír con Tom me gustaba especialmente.
Un pequeño quejido llegó desde el cochecito. Claire empezó con una protesta discreta y en cuestión de segundos dejó claro que la diplomacia no era una de las cualidades que había heredado de mí.
Logan entregó las pinzas a Marcus inmediatamente.
—Te toca.
—¿Perdona?
—Tengo una emergencia.
—Tu hamburguesa también.
Pero mi marido ya venía hacia nosotras.
—Hola, preciosa. ¿Qué desastre ha ocurrido en los últimos treinta segundos?
Cogió a Claire y se la acomodó contra el pecho con esa facilidad que había adquirido durante aquellos seis meses.
Habíamos elegido su nombre por mi madre y todavía había momentos en los que pensarlo me apretaba un poco por dentro, aunque nuestra hija parecía decidida a dejar claro desde muy pequeña que el carácter iba a ser completamente suyo.
Con Logan dejó de llorar apenas unos segundos antes de volver a quejarse. Él la meció, le habló bajito y terminó paseando con ella por el jardín mientras le daba suaves palmaditas en la espalda, probando una cosa detrás de otra sin demasiado éxito.
Yo sabía perfectamente qué le pasaba, pero decidí dejarlo intentarlo un minuto más.