Capítulo 37
Logan
Tres días después de salir del hospital, Noah consiguió por fin entregar su carta a Santa.
Habíamos tenido que retrasar el plan más de una semana, pero él seguía igual de ilusionado porque todavía quedaban varios días para Navidad y estaba convencido de que llegaba a tiempo.
Según decía, Santa tenía que estar acostumbrado a trabajar con prisas a esas alturas de diciembre.
Nora le dio la razón con toda la seriedad del mundo y Noah sonrió satisfecho antes de echar a andar entre los puestos, pendiente de las luces, los dulces y cualquier cosa que llamara su atención.
Verlo otra vez así me alivió más de lo que quería reconocer, aunque tuve que seguirlos a un ritmo algo más tranquilo porque el costado todavía me recordaba de vez en cuando que no estaba tan recuperado como quería creer.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Nora por tercera vez.
—Sí.
—Eso has dicho antes.
—Porque sigo estando bien.
Noah se volvió hacia nosotros con la carta apretada entre las manos.
—Papá, si te cansas puedes sentarte mientras hablamos con Santa.
—Gracias por la confianza, campeón.
—Te han disparado.
Nora tuvo que apartar la cara para esconder la risa.
—Ese argumento es bastante difícil de rebatir.
—Los dos sois insoportables.
Noah sonrió y volvió a mirar hacia la cola.
Había protegido aquella carta durante semanas como si contuviera información clasificada y seguía sin saber que yo la había leído a escondidas. Cuando por fin llegó su turno, se acercó a Santa con una mezcla de solemnidad y nervios que consiguió que sacara el teléfono antes incluso de darme cuenta.
Grabé cómo le entregaba el sobre a Santa, cómo escuchaba muy serio lo que le decía y cómo después buscaba nuestra mirada entre la gente. Nora levantó una mano para saludarlo y yo hice lo mismo. La sonrisa que Noah nos devolvió terminó de justificar cada segundo de vídeo.
Después recorrimos los puestos sin ninguna prisa.
Noah quiso probar prácticamente todo lo que llevaba azúcar y Nora tuvo que negociar con él para que no acabara la tarde con un empacho.
Entre una cosa y otra fuimos comprando algunos adornos para el árbol, casi todos elegidos por Noah, que parecía tener una opinión muy clara sobre lo que necesitaba una casa en Navidad.
En uno de los puestos se quedó mirando un adorno con tres muñecos de nieve juntos. Lo cogió, le dio la vuelta para verlo mejor y después nos lo enseñó.
—Este me gusta.
Nora lo miró y sonrió antes de volver la vista hacia mí. No hizo falta decir nada. Terminó dentro de la bolsa con los demás.
Poco después llegamos a la zona donde vendían árboles y allí el problema fue otro, porque Noah estaba convencido de que cuanto más grande fuera, mejor. Tardamos bastante en hacerle entender que el objetivo era meterlo en el salón y no atravesar el techo con él.
—Ese toca casi el techo —le dije.
Noah lo miró otra vez.
—Pero es bonito.
—Eso no te lo discuto. El problema es que luego hay que meterlo en casa.
—Podemos cortar un poco.
—Al árbol, espero.
—Claro.
Nora se echó a reír y seguimos mirando hasta encontrar uno que nos gustó a los tres. Dejamos organizada la entrega para el día siguiente y Noah preguntó dos veces si estaban seguros de haber apuntado bien la dirección antes de anunciar que él se encargaría de la estrella.
—Pero me ayudas tú —añadió, mirándome.
Aquello me llegó mucho más de lo que probablemente él imaginaba. Había pasado demasiadas Navidades lejos, perdiéndome cosas tan sencillas como montar un árbol con mi hijo, y ahora Noah me estaba haciendo un sitio en una de ellas sin darle ninguna importancia.
—Claro que sí. La ponemos juntos.
Sonrió satisfecho y siguió caminando como si acabáramos de cerrar el trato más normal del mundo. Para él quizá lo era. Para mí, todavía había momentos así que seguían pareciéndome un regalo.
Cuando llegamos a la pista de hielo, Nora volvió a preguntarme si no preferíamos dejarlo para otro día, aunque Noah resolvió el asunto antes de que yo pudiera contestar.
—Papá no puede patinar todavía. Tiene puntos.
—Gracias por recordármelo.
—Es verdad.
Nora señaló uno de los bancos junto a la pista.
—Tú te sientas, descansas y grabas todo lo que quieras.
—Ese plan me gusta bastante más.
Los vi ponerse los patines mientras yo me acomodaba con el teléfono en la mano.
Noah entró primero en la pista y estuvo a punto de caerse antes de recorrer dos metros, pero Nora consiguió agarrarlo del brazo y los dos se echaron a reír.
Al principio avanzaron despacio, pegados a la barandilla, aunque no tardaron mucho en soltarse un poco más.
Grabé casi todo: el primer intento de Noah por avanzar sin agarrarse, su primera vuelta completa y el momento en que Nora quiso evitar que se cayera y terminó ella en el hielo mientras él seguía milagrosamente de pie.
Debía de llevar demasiado rato con el teléfono delante de la cara porque, cuando volvieron a pasar junto a mí, Nora señaló la pantalla.
—¡También puedes mirar sin grabarlo todo!
—Estoy mirando.
—Llevas veinte minutos mirando a través del móvil.
—Es archivo familiar.
Noah soltó una carcajada y estuvo a punto de perder otra vez el equilibrio.
Guardé el teléfono para darle el gusto a Nora, aunque no duré demasiado.
Unos minutos después ya lo tenía otra vez en la mano porque no podía evitarlo.
Los veía dar vueltas juntos, a Nora sujetándolo cada vez que se embalaba más de la cuenta y a Noah hablándole sin parar, y todavía había momentos en los que me costaba creer lo natural que resultaba todo aquello.
Ya no veía a Nora intentando encontrar su sitio en la vida de mi hijo ni a Noah acostumbrándose a tenerla cerca. Solo los veía a ellos dos riéndose en una pista de hielo mientras yo los esperaba fuera y ya no necesitaba preguntarme qué lugar ocupaba cada uno: eran mi familia.
Cuando Noah salió, tenía las mejillas rojas por el frío y se dejó caer a mi lado mientras Nora iba a devolver los patines.
—El año que viene patinas con nosotros.
Lo miré.
—Por supuesto, el próximo no me quedaré mirando.
—Pero tendrás que practicar. Yo ya voy a saber mucho más.
—Entonces tendrás ventaja al principio.
—Nora te puede enseñar.
Ella regresó justo a tiempo para oírlo.
—¿Qué tengo que enseñar?
—A papá a patinar. Ha dicho que el año que viene patinará conmigo.
Nora sonrió mientras se sentaba al otro lado.
—Eso no me lo pierdo.
—Y nada de grabar cuando me caiga —advertí.
Noah y Nora se miraron.
—Eso no te lo podemos prometer —dijo él.
Me eché a reír y pasé un brazo alrededor de Noah y el otro por detrás de Nora con cuidado de no tirar demasiado del costado. Los dos se acomodaron contra mí con una naturalidad que todavía conseguía moverme algo por dentro.
Las luces del mercado empezaban a encenderse y Noah seguía hablando del árbol, de dónde pondríamos los adornos y de si Santa encontraría bien la casa aunque aquel año algunas cosas fueran diferentes. Nora entró enseguida en la discusión sobre dónde debía ir la estrella y yo me limité a escucharlos.
Había perdido seis años, a mi padre y una vida que nunca iba a recuperar exactamente como había sido. Durante mucho tiempo había pensado en todo aquello cada vez que miraba hacia atrás.
Pero sentado entre Noah y Nora, escuchándolos discutir por la decoración de un árbol que todavía ni siquiera había llegado a casa, entendí que ya no quería seguir contando mi vida solo por lo que faltaba. También estaba todo aquello que había conseguido construir y que ahora tenía delante.
Y esta vez pensaba quedarme para vivirlo.