Todo lo que perdí Capítulo 34
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Capítulo 34

Logan

Alberto cogió el teléfono y estudió la ubicación mientras hablaba con uno de los agentes. Yo apenas escuché las primeras instrucciones. Seguía viendo el mensaje de Harlan y aquella cifra que ya había empezado a correr dentro de mi cabeza.

Cuarenta minutos.

—Está en una zona industrial —dijo Alberto—. Hay varios edificios, talleres y naves alrededor. Todavía no sabemos cuál utiliza ni si la ubicación corresponde exactamente al lugar donde tiene a Noah.

—Entonces nos vamos.

—Nos vamos, sí, pero no vas a salir por esa puerta hasta que tengamos claro cómo hacerlo.

—Acaba de darme cuarenta minutos.

—Y perderemos más si llegas allí, entras sin apoyo y Harlan cambia de sitio contigo dentro o te quita el teléfono antes de que sepamos dónde estás.

Me obligué a escucharlo. No porque me resultara fácil, sino porque ya había entendido que correr no servía de nada si corría en la dirección equivocada.

Alberto dejó mi teléfono sobre la mesa y señaló la pantalla.

—Harlan espera que vayas en tu coche y que lleves esto contigo porque es la única forma que tiene de darte instrucciones. Vamos a aprovecharlo.

»Tú vas a hacer exactamente lo que te pida mientras no cambie nada de forma que ponga a Noah en peligro inmediato. Nosotros estaremos alrededor, pero no pegados a ti y no vas a ver necesariamente a nadie.

—Si él ve un coche de policía, se acabó.

—Por eso no va a ver ninguno.

Nora seguía de pie a mi lado y mi madre permanecía sentada al otro extremo de la mesa, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Marcus se había apartado hacia la pared, aunque sabía que estaba atento a cada palabra.

—¿Y si me ordena dejar el coche? —pregunté.

—Si cambia las instrucciones, las sigues y nos dejas adaptarnos a nosotros. No intentes adelantarte ni tomar decisiones por tu cuenta para ganarle terreno. Ahora mismo lo más importante es que Harlan siga creyendo que controla la situación.

—¿Y si amenaza con hacerle algo a Noah si no entro inmediatamente?

Alberto sostuvo mi mirada.

—Entonces valoramos lo que está ocurriendo en ese momento. No voy a pedirte que ignores una amenaza directa contra tu hijo, pero tampoco quiero que Harlan decida por nosotros únicamente porque sabe qué decirte para hacerte correr.

Asentí despacio. Una parte de mí seguía queriendo arrancarle el teléfono de las manos, subirme al coche y salir de allí antes de que terminara de hablar, pero la otra sabía exactamente adónde me había llevado aquella forma de pensar la primera vez que confundí proteger a mi familia con tener que resolverlo todo solo. Nora debió de verlo en mi cara.

—Vas a ir —dijo—. Nadie está intentando impedirlo.

—Lo sé.

—Entonces deja que hagan que puedas volver.

La miré y vi el miedo que llevaba intentando contener desde que todo había empezado, presente en sus ojos, en la rigidez de su cuerpo y en la forma en que apretaba los labios cada vez que alguien mencionaba a Noah.

—No pienso dejarlo allí.

—Ya lo sé. Pero tampoco pienso aceptar que regrese él y tú no.

Mi madre se levantó entonces.

—Ven aquí.

No tuve tiempo de decir nada antes de que me abrazara. Apoyó la frente contra mi pecho durante unos segundos y después se apartó lo suficiente para mirarme.

—No voy a decirte que tengas cuidado porque sé que, si tienes que elegir entre eso y Noah, no vas a escucharme. Así que solo te voy a pedir una cosa: trae a Noah de vuelta y vuelve tú también.

Tragué saliva.

—Lo recordaré.

Marcus se acercó cuando mi madre volvió junto a Nora.

—Voy contigo hasta donde me dejen.

—Harlan ha pedido que vaya solo.

—Ya lo he oído. No he dicho que vaya a entrar contigo.

—Marcus…

—No vas a discutir esto ahora. Si Alberto me dice que me quede aquí, me quedo. Si puedo ir en otro coche o estar cerca, lo haré. Y si no puedo hacer ninguna de las dos cosas, esperaré con ellas. Pero no me mires como si fueras a convencerme de largarme a casa.

A pesar de todo, casi sonreí.

—Eres bastante pesado.

—Tres años encerrado contigo me dieron práctica.

Alberto regresó antes de que pudiéramos seguir.

—Nos movemos.

El trayecto empezó con dos coches separados y suficiente distancia entre ellos para que yo no pudiera distinguir quién iba detrás de mí. Alberto había insistido en que eso era precisamente lo que necesitaba: si yo podía verlos con facilidad, Harlan también.

Conduje con el teléfono colocado donde pudiera ver la pantalla sin apartar demasiado la vista de la carretera.

El navegador marcaba poco más de veinte minutos hasta la ubicación y, durante los primeros cinco, Harlan no escribió nada.

El silencio resultó peor que cualquier mensaje porque cada semáforo parecía durar demasiado y cada coche que se cruzaba conmigo conseguía que mirara dos veces.

No podía dejar de pensar en Noah dentro de aquella habitación, quizá escuchando pasos al otro lado de una puerta sin saber siquiera si yo había recibido la fotografía.

A los ocho minutos, el teléfono vibró.

Desconocido: ¿Vas en camino?

No respondí hasta que Alberto, que seguía conectado conmigo mediante una llamada abierta desde otro dispositivo que habían dejado fuera de la vista, me indicó que lo hiciera.

Logan: Sí.

Harlan contestó casi de inmediato.

Desconocido: Más te vale.

Apreté el volante.

—No entres al juego —escuché decir a Alberto—. Quiere provocarte y que empieces a hablar más de la cuenta.

—Lo sé.

—Entonces sigue conduciendo.

Pasaron otros dos minutos.

Desconocido: Nada de policía.

Esta vez no necesité que nadie me dijera qué escribir.

Logan: Voy solo. Quiero ver a Noah.

La respuesta tardó unos segundos.

Desconocido: Lo verás si haces exactamente lo que te digo.

—Está intentando mantener el control —dijo Alberto—. De momento no ha cambiado el plan.

—De momento.

No hubo respuesta a eso.

Salí de las calles más transitadas y entré en una zona de talleres, almacenes y naves separadas por aparcamientos casi vacíos.

La tarde estaba cayendo y muchas empresas empezaban a cerrar.

Había persianas metálicas bajadas, camiones estacionados junto a muelles de carga y algunas luces encendidas detrás de cristales sucios.

Cuando el navegador indicó que faltaban menos de cinco minutos para llegar, el teléfono volvió a vibrar.

Desconocido: No vayas a la ubicación. Sigue recto dos cruces.

Miré la pantalla.

—Alberto.

—Lo vemos. Sigue sus instrucciones.

—La ubicación era falsa.

—O un punto para traerte hasta la zona. No cambia nada. Dos cruces y esperas a que vuelva a escribir.

Seguí recto hasta alcanzar el segundo cruce, donde el teléfono volvió a vibrar.

Desconocido: Gira a la izquierda y sigue hasta el final. Hay un aparcamiento junto a una nave cerrada. Deja el coche allí.

Sentí cómo se me tensaba la mandíbula.

—Quiere que siga a pie.

—Probablemente. Hazlo y deja el teléfono contigo mientras no te diga lo contrario.

Llegué al aparcamiento. Había una nave con las ventanas oscuras, una verja abierta y dos vehículos estacionados al fondo que parecían llevar horas allí. Aparqué donde Harlan había indicado y apagué el motor.

Durante un instante me quedé sentado.

—Logan —dijo Alberto—, antes de bajar necesito que me escuches. Estamos cerca, pero no encima. Si entras en un edificio, tardaremos unos minutos en colocarnos donde podamos actuar sin que Harlan lo detecte. No hagas nada que lo obligue a reaccionar mientras no sea necesario.

—¿Y si veo a Noah?

—Lo mismo. Hablas, ganas tiempo y nos das cualquier información que puedas sin convertirte en otra amenaza para Harlan. Si tienes una oportunidad clara de sacar al niño sin enfrentarte a él, la aprovechas. Si no la tienes, esperas.

Miré hacia la nave.

—No sé si voy a poder esperar si lo veo tocándolo.

—No te estoy pidiendo que seas de piedra. Te estoy pidiendo que recuerdes que Noah estará mirando todo lo que hagas.

Aquello consiguió atravesarme de una manera distinta porque me hizo pensar en Noah viéndome perder el control, intentando entender por qué su padre acababa de aparecer y, en lugar de sacarlo de allí, había convertido la situación en algo todavía más peligroso.

—Entendido.

—Bien. Baja.

Abrí la puerta y el frío me golpeó en cuanto puse los pies en el suelo. Cerré el coche y apenas había tenido tiempo de apartarme cuando llegó otro mensaje.

Desconocido: Camina hacia la nave. A la derecha hay un callejón.

Miré alrededor sin mover demasiado la cabeza.

No vi a Marcus, a Alberto ni a ningún agente y, por primera vez, me alegré de ello.

Empecé a caminar hacia la nave, que parecía abandonada desde hacía tiempo, con la pintura levantada en varias zonas y una cadena colgando inútil de una puerta lateral que ya no cerraba del todo.

Seguí hasta el callejón que separaba aquel edificio del siguiente y entonces el teléfono volvió a vibrar.

Desconocido: Deja de mirar alrededor.

Me detuve un segundo al comprender que Harlan podía verme, aunque no tenía ni idea de desde dónde.

—Me está observando —murmuré.

La voz de Alberto llegó baja.

—Sigue caminando y actúa como si no hubieras hablado.

Obedecí y seguí avanzando hasta el final del callejón, donde había otra puerta metálica, más pequeña, con una bombilla encendida encima.

Desconocido: Entra.

Me acerqué.

—Estoy en una puerta lateral metálica de color gris y hay una luz naranja encima.

—Te tenemos localizado —respondió Alberto—. No vemos el interior. Mantén el teléfono contigo.

Puse la mano sobre el tirador, pero antes de abrir llegó otro mensaje.

Desconocido: Apaga el teléfono.

Me quedé inmóvil.

—Lo sabe.

—No necesariamente. Puede estar comprobándolo.

Desconocido: Si oigo una voz cuando entres, Noah lo pagará.

Sentí que se me helaba la sangre y Alberto habló antes de que pudiera reaccionar.

—Cuelga. Nosotros seguimos contigo por otros medios.

—¿Qué otros medios?

—Confía en mí, Logan. Cuelga ahora.

Miré la puerta y después la pantalla. Seis años atrás no habría confiado en nadie lo suficiente para hacer aquello, pero esta vez finalicé la llamada y guardé el teléfono en el bolsillo.

El silencio que quedó a mi alrededor fue inmediato: ya no tenía la voz de Alberto en el oído ni ninguna confirmación de que hubiera gente cerca, solo el viento colándose por el callejón y el zumbido débil de la bombilla sobre mi cabeza.

Puse la mano en el tirador y lo bajé despacio. La puerta cedió con un roce metálico que sonó demasiado fuerte en medio de aquel silencio. Durante un instante no entré; me quedé mirando la oscuridad del interior, intentando distinguir algún movimiento antes de cruzar.

No vi a nadie, así que abrí un poco más y entré. Dentro olía a polvo, aceite viejo y humedad. Había poca luz y el pasillo estaba lleno de estanterías vacías y maquinaria cubierta con lonas. Cerré la puerta detrás de mí, como Harlan había indicado, y me quedé escuchando unos segundos.

No oí voces ni pasos, solo algún crujido lejano y el ruido de mi propia respiración, demasiado presente en aquel espacio. Cuando tuve claro que nadie iba a salir a recibirme, empecé a avanzar.

—Harlan.

Mi voz se perdió dentro de la nave sin obtener respuesta, así que seguí avanzando hasta que el pasillo desembocó en una zona más amplia, con una mesa de trabajo, algunas herramientas oxidadas y una escalera metálica que subía a una plataforma desde la que se dominaba buena parte del interior.

—Estoy aquí —dije, más alto—. Ya he hecho lo que querías.

Algo se movió al fondo y durante un segundo pensé que era Harlan, hasta que distinguí la mochila y después la chaqueta de Noah. Estaba sentado en una silla junto a la pared, con las manos delante del cuerpo y los ojos clavados en mí.

—Papá.

El sonido de su voz me golpeó de lleno y, durante un segundo, todo lo demás desapareció. Di un paso hacia él.

—Eh, campeón. Estoy aquí.

Quise avanzar otro paso, pero Harlan apareció detrás de Noah y apoyó una mano sobre su hombro antes de salir lo suficiente para que pudiera verlo.

—Hasta ahí, Mercer.

Me detuve al ver el miedo en los ojos de Noah. Estaba delante de mí, vivo, y tuve que aferrarme a eso mientras Harlan sonreía detrás de él.