Capítulo 33
Logan
Lo dijo con una seguridad que yo estaba muy lejos de sentir. Mientras uno de los agentes se encargaba de enviar el mensaje y la fotografía al equipo que iba a analizarlos, yo seguí mirando la pantalla, incapaz de apartar los ojos de Noah.
Marcus permaneció a mi lado sin intentar tranquilizarme ni asegurarme que todo saldría bien. Se limitó a quedarse allí, lo bastante cerca para que supiera que no pensaba moverse.
—Quiero mirar la foto otra vez.
Alberto asintió.
—Hazlo, pero no respondas al mensaje todavía.
Amplié la imagen con cuidado. Noah tenía las rodillas flexionadas y una mano apoyada sobre la mochila.
No vi sangre, golpes ni marcas en la cara, aunque estaba demasiado serio para un niño de ocho años que aquella misma mañana se había estado riendo de Marcus por no saber qué responder sobre los elfos.
—No parece que le haya hecho nada —murmuró Marcus.
—Todavía.
Alberto negó despacio.
—No te adelantes a lo que no sabemos. La fotografía nos dice que Noah estaba consciente cuando se hizo y que, a simple vista, no presenta ninguna lesión. Ahora mismo quédate con eso.
Me obligué a bajar el teléfono.
—Tengo que llamar a Nora.
Esta vez Alberto no intentó detenerme.
Contestó casi de inmediato.
—¿Qué sabéis?
Me costó más de lo que esperaba decirlo.
—Tenemos una foto. Harlan la ha enviado desde un número desconocido.
Al otro lado no escuché nada durante un instante.
—¿Está bien?
—Está asustado, pero no parece herido. Sigue con la ropa de esta mañana y tiene la mochila con él.
Nora soltó el aire muy despacio.
—Entonces está bien y podemos encontrarlo.
—Sí.
Necesitaba escuchar aquello de otra persona, aunque los dos supiéramos que no era una garantía de nada.
—¿Qué quiere Harlan?
—Todavía no lo sabemos. Solo ha escrito que ya me avisó de que no iba a poder estar tranquilo.
—¿Alberto está contigo?
Miré al detective, que seguía hablando con dos agentes cerca de la entrada de la lavandería.
—Sí. Y Marcus también.
—Bien. Voy a buscar a tu madre y nos encontramos donde diga Alberto. Ya no tiene sentido que una se quede en el centro y la otra en casa esperando que Noah aparezca por su cuenta.
Tenía razón. El momento de conservar abiertas aquellas dos posibilidades había terminado.
—Nora…
—Logan, ve con Alberto y haz lo que te diga. Yo me ocupo de Diane y llegamos en cuanto podamos.
Colgamos y, cuando Alberto terminó su llamada, nos llevó hasta la comisaría.
Durante el trayecto me explicó únicamente lo necesario: el número podía ser de prepago o estar asociado a datos que no llevaran directamente a Harlan, y la fotografía no parecía conservar información útil sobre el lugar donde se había tomado.
Eso no significaba que estuvieran a ciegas.
Seguían trabajando con las cámaras, el vehículo que había aparecido en el recorrido de Noah y todo lo relacionado con la fuga.
—Ese coche estaba allí demasiado pronto —dije.
Alberto me miró desde el asiento delantero.
—También lo estamos pensando.
—Harlan no podía salir de un accidente, conseguir un coche, averiguar dónde estaba Noah y presentarse en el colegio por casualidad.
—No sabemos todavía si conducía él, si alguien lo recogió o si el vehículo tiene relación directa con la fuga. Pero el tiempo importa y estamos cruzándolo todo.
—Entonces alguien podía estar esperando a Noah antes incluso de que Harlan escapara.
—Es una posibilidad, no una conclusión. No conviertas una posibilidad en un hecho porque ahora mismo tu cabeza va a agarrarse siempre al peor escenario.
Me apoyé contra el respaldo y miré por la ventanilla.
Harlan había sabido demasiado sobre mi vida desde el principio.
Marcus, Noah, el centro, Rachel. Durante meses me había repetido que aquello eran formas de presionarme, datos que podía haber conseguido preguntando a la gente adecuada o haciendo un par de llamadas desde prisión.
Ahora ya no podía dejar de pensar cuánto tiempo llevaba realmente mirando hacia fuera.
En la comisaría nos llevaron a una sala apartada del ruido principal. No había nada especial en ella: una mesa, varias sillas, una pantalla en la pared y café que nadie quiso. Me senté porque Alberto me lo pidió, pero no conseguí permanecer quieto mucho tiempo.
Nora llegó con mi madre menos de media hora después y vino directamente hacia mí. Ni siquiera frenó antes de rodearme con los brazos y yo la abracé con una fuerza que probablemente le hizo daño. No dijo nada durante los primeros segundos y se lo agradecí. Después se separó lo justo para mirarme.
—Enséñame la foto.
Lo hice.
Su expresión cambió al verla, aunque consiguió mantener la voz firme.
—Está asustado.
—Sí.
—Pero está entero.
Asentí.
Mi madre esperaba detrás de ella. Cuando le pasé el teléfono, se llevó una mano a la boca y se quedó mirando la imagen durante tanto tiempo que tuve que apartar la vista.
—Ese jersey se lo puse esta mañana —dijo finalmente—. Se quejaba porque decía que le picaba el cuello.
Me acerqué y le quité el teléfono con suavidad antes de abrazarla.
—Vamos a traerlo a casa.
—Más te vale, porque todavía tiene el dormitorio hecho un desastre y pienso obligarlo a recogerlo.
La frase se le rompió al final. La apreté un poco más y esperé hasta que recuperó el aire.
Alberto entró poco después y nos explicó que habían localizado mejor el vehículo de las cámaras. Era oscuro, de tamaño medio y llevaba una matrícula que no correspondía con el modelo, así que probablemente había sido cambiada. La imagen todavía no permitía identificar al conductor.
—¿Y el número desde el que ha escrito? —preguntó Nora.
—Seguimos trabajando con él. De momento no nos está dando una ubicación precisa y no quiero prometeros una localización inmediata porque sería mentira. Lo que sí sabemos es que Harlan quiere mantener contacto con Logan, y eso nos da una vía.
—¿Quieres que le responda? —pregunté.
—Quiero que esperemos a que vuelva a escribir si no tarda demasiado. Él ha abierto la conversación y le interesa tu reacción. Si nos precipitamos, puede cambiar de teléfono o cerrarla antes de tiempo.
—Mientras tanto, mi hijo está con él.
—Lo sé.
—No, Alberto. Tú sabes que hay un niño secuestrado. Yo sé exactamente cómo se ríe ese niño, lo que desayunó esta mañana y que el sábado tenía pensado entregar una carta a Santa que no me deja leer. No me pidas que me siente aquí como si esperar fuera una cosa sencilla.
No levantó la voz.
—No te estoy pidiendo que sea sencillo. Te estoy pidiendo que aguantes el tiempo suficiente para que podamos hacer nuestro trabajo sin regalarle a Harlan el control de todo.
Nora apoyó una mano en mi espalda.
—Tiene razón.
La miré.
—Ya lo sé. Eso no hace que me guste más.
—No tiene que gustarte.
Mi madre se sentó al otro lado de la mesa. Marcus se había quedado cerca de la puerta, intentando ocupar el menor espacio posible aunque nadie le había pedido que se marchara.
Pasaron unos minutos que se hicieron interminables hasta que el teléfono vibró sobre la mesa y todas las miradas fueron a parar a la pantalla. Alberto se acercó primero. El mismo número había enviado otro mensaje.
Desconocido: ¿Te gusta esperar, Mercer?
Apreté los dientes.
—Quiero contestar.
Alberto leyó la frase otra vez antes de asentir.
—Pregúntale qué quiere. Nada más.
Tecleé con los dedos demasiado tensos.
Logan: ¿Qué quieres?
La respuesta llegó menos de un minuto después.
Desconocido: Que entiendas lo que hiciste.
Miré a Alberto, pero me hizo un gesto para que esperara. Apenas unos segundos después, llegó otro mensaje.
Desconocido: Te metiste donde no te llamaban y conseguiste que me cayeran más años. Ahora te toca preguntarte cuánto tiempo voy a quitarte yo con tu hijo.
Mi madre dejó escapar un sonido ahogado y Nora le cogió la mano mientras yo empezaba a escribir antes de que Alberto pudiera decirme nada.
Logan: Noah no pinta nada en esto. Si quieres ajustar cuentas, hazlo conmigo.
Harlan tardó algo más aquella vez.
Desconocido: Eso mismo pensaba yo de mis asuntos.
Me levanté de la silla.
—Está haciendo esto para castigarme. No quiere dinero ni salir del país ni negociar nada.
—Quiere algo —respondió Alberto—. Aunque solo sea llevarte hasta donde él decida. Por eso necesitamos que siga hablando.
El teléfono volvió a vibrar.
Desconocido: ¿Te acuerdas de la cárcel, Logan? Allí aprendiste a esperar bastante bien.
No contesté. Durante unos segundos solo pude mirar aquella frase y pensar en las veces que había contado horas, días, meses y años dentro de una celda. Harlan sabía exactamente dónde golpear porque había vivido en el mismo lugar.
Entonces llegó otra.
Desconocido: La diferencia es que entonces sabías dónde estaba tu hijo.
Tuve que apoyar las manos sobre la mesa para contenerme y Nora se colocó delante de mí.
—Mírame.
Lo hice porque su voz no me dejó otra opción.
—Quiere que pierdas el control. Todo lo que está escribiendo tiene un único propósito y se lo estás dando si dejas de pensar.
—Tiene a Noah.
—Lo sé, y por eso precisamente no puedes hacer lo primero que te pida sin pensar qué viene después.
—Si me dice que vaya, voy.
Su expresión no cambió.
—Si te dice que vayas, veremos cómo ir. No es lo mismo.
—Si amenaza con hacerle daño si ve a la policía, no voy a arriesgarme.
—Y si te mata a ti en cuanto llegues, ¿qué crees que gana Noah?
La pregunta consiguió dejarme quieto y Nora bajó la voz antes de continuar.
—No te estoy pidiendo que pongas ninguna regla por encima de tu hijo. Te estoy pidiendo que no conviertas otra vez querer a alguien en la obligación de salvarlo tú solo. Noah necesita que lo saques de allí, pero también necesita que sigas siendo su padre cuando esto termine.
Sentí que algo dentro de mí intentaba rebelarse contra cada palabra porque la otra opción era aceptar que no podía controlar aquello.
Marcus habló desde la puerta.
—Y si ese cabrón quiere que vayas solo, es porque sabe que con más gente alrededor lo tiene más difícil. No le hagas el favor de pensar como él necesita.
Miré a Alberto.
—Si manda una dirección y dice que vaya solo, ¿qué vas a hacer?
—Buscar la manera de darte exactamente la apariencia de estar solo sin dejarte realmente solo. Pero para eso necesito que confíes en nosotros incluso cuando no puedas ver lo que estamos haciendo.
No llegué a responder porque el teléfono volvió a vibrar. Esta vez, Harlan había enviado una ubicación acompañada de otro mensaje.
Desconocido: Tienes cuarenta minutos. Tú solo. Si veo a alguien más, no volverás a hablar con tu hijo.
Todo mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Cogí el teléfono y me puse en pie mientras Alberto ya llamaba a alguien y daba la ubicación en voz alta.
Nora me agarró de la mano.
—Logan.
Miré primero la pantalla, después a Nora y finalmente a Alberto. Tenía cuarenta minutos y, seis años atrás, habría salido por la puerta sin decirle nada a nadie, convencido de que querer a Noah significaba asumir yo solo cualquier riesgo.
Esta vez le tendí el teléfono al detective.
—Dime cómo lo hacemos.