Capítulo 32 #2
Cuando terminé la llamada, pensé en mi madre.
No quería contarle algo así por teléfono, pero tampoco podía permitir que se enterara más tarde o por otra persona, así que la llamé antes de seguir avanzando.
Contestó con ese tono distraído de quien esperaba que le preguntara cualquier cosa relacionada con las compras.
—¿Habéis sobrevivido al centro comercial?
Tuve que tragar saliva.
—Mamá, necesito que me escuches sin interrumpirme un momento. Harlan se ha fugado durante el traslado y Noah no ha llegado al centro después del colegio.
El silencio que siguió me dolió más que cualquier exclamación.
—¿No sabéis dónde está?
—Sabemos que salió del colegio con Tyler y que después siguió solo hacia el centro. Alberto está conmigo y ya están revisando el recorrido y las cámaras.
—Voy para allí.
—Necesito que te quedes en casa.
—Logan, no voy a sentarme en el sofá mientras mi nieto está desaparecido.
—No te lo pido para que esperes sin hacer nada. Si Noah consigue volver a casa, si alguien lo lleva allí o si pasa cualquier cosa que todavía no hemos previsto, necesito saber que habrá alguien esperándolo. Nora está en el centro y tú en casa. Yo estoy aquí con Alberto.
Mi madre respiró de forma entrecortada antes de contestar.
—Encuéntralo, hijo.
Cerré los ojos un instante.
—Eso voy a hacer.
Colgué antes de que la voz me fallara y, justo entonces, Alberto se acercó.
—Tenemos una primera imagen.
Lo seguí hasta la lavandería, donde el agente había detenido el vídeo en una imagen granulada de la acera. Noah aparecía de perfil, reconocible por la mochila y el abrigo que llevaba aquella mañana, y la hora de la grabación marcaba las tres y veintidós.
—Está solo —dije.
—Sí. Pasa por aquí cinco minutos después de salir del colegio y sigue en dirección al centro.
El agente avanzó el vídeo. Noah desapareció del encuadre y durante unos segundos solo vimos peatones y tráfico. Después apareció un vehículo oscuro que redujo la velocidad cerca del borde de la imagen antes de continuar.
—¿Ese coche lo sigue?
—No podemos asegurarlo con esta cámara —respondió Alberto—. Estamos buscando otra que cubra la siguiente esquina.
Me incliné hacia la pantalla.
—¿Se ve la matrícula?
—Desde aquí no.
Volvimos a la calle. El centro quedaba ya muy cerca y aquello era lo que más me costaba comprender. Noah había recorrido buena parte del trayecto. Había estado a minutos de Nora.
Marcus caminaba junto a mí cuando habló por primera vez desde hacía rato.
—Sé lo que estás pensando.
—No creo que lo sepas.
—Estás pensando que si hubieras ido tú a recogerlo hoy, esto no habría pasado.
Lo miré.
—Porque es verdad.
—No. Es una de las cien cosas que podrías haber hecho diferente sin tener ningún motivo para hacerlas. Noah hace este trayecto otras veces, Nora lo esperaba y tú estabas comprando regalos de Navidad con un amigo. No hiciste nada mal.
Apreté la mandíbula.
—Harlan está fuera por mi culpa.
—Harlan está fuera porque se ha fugado. Y si ha tocado a Noah, también será por una decisión suya. No empieces a cargar ya con lo que ha hecho otro hombre.
No quise responder porque una parte de mí sabía que tenía razón y otra necesitaba culpar a alguien, aunque ese alguien fuera yo mismo. Entonces sonó el teléfono de Alberto; se apartó unos pasos para contestar y su expresión cambió casi de inmediato.
—¿Seguro?
Escuchó durante unos segundos más.
—Envíamelo ahora.
Colgó y se volvió hacia nosotros.
—Otra cámara recoge el mismo vehículo detenido durante unos segundos cerca de la siguiente esquina. Noah entra en esa zona, pero no vuelve a salir por el otro lado.
Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.
—¿Se ve qué ocurre?
—La cámara no cubre el punto exacto donde se detiene el coche. Estamos intentando conseguir imágenes desde el edificio de enfrente.
—Entonces ahí desaparece.
—Es el último punto en el que podemos situarlo de momento.
Saqué el teléfono cuando vibró en mi bolsillo, esperando encontrar un mensaje de Nora o de mi madre, pero en la pantalla apareció un número que no tenía guardado.
—Alberto.
Él se acercó antes de que lo abriera.
—Ábrelo.
Pulsé la notificación y la fotografía tardó apenas un instante en cargar, aunque a mí me pareció una eternidad.
Noah estaba sentado en el suelo de una habitación que no reconocí, todavía vestido como aquella mañana y con la mochila junto a una pierna.
No parecía herido, pero la expresión de su cara bastaba para saber que estaba asustado.
Debajo de la imagen había una frase.
«Te dije que no ibas a poder estar tranquilo».
Durante unos segundos no escuché el tráfico, ni a Marcus, ni las voces de los agentes que seguían moviéndose a nuestro alrededor.
Solo veía a mi hijo dentro de aquella habitación y recordaba la última vez que lo había visto, riéndose camino del colegio mientras discutía sobre elfos y pistas de hielo.
Alberto se acercó para mirar la pantalla con más detenimiento.
—No respondas todavía. Necesito que nos envíes el mensaje para que el equipo empiece a trabajar con el número y analice todo lo que pueda verse en la fotografía.
Levanté la vista hacia él.
—Harlan tiene a Noah.
Esta vez Alberto no intentó ofrecerme ninguna otra posibilidad.
—Sí. Ahora vamos a traerlo de vuelta.