Capítulo 31
Logan
Faltaban poco más de dos semanas para Navidad cuando Alberto me llamó a primera hora de la mañana.
Noah estaba terminando el desayuno y mi madre intentaba convencerlo de que ponerse dos sudaderas, una encima de otra, no era una alternativa válida a llevar abrigo. Yo había empezado a recoger la mesa cuando vi el nombre de Alberto en la pantalla.
—Voy a cogerlo fuera.
Mi madre entendió enseguida de quién se trataba y asintió sin preguntar. Salí al porche, cerré la puerta detrás de mí y contesté mientras el frío terminaba de despertarme.
—Dime.
—Lo que hemos hablado estos últimos días está en marcha. Harlan tiene hoy la comparecencia y, si las nuevas pruebas aguantan como parece, puede acabar sumando más años a los que ya tiene.
Aquello sí era una buena noticia, así que le agradecí que me hubiera avisado.
—Cuando haya terminado y esté otra vez en prisión, te llamo —añadió—. Tú sigue con tu día.
—Hoy libro. Marcus también.
—Entonces intentad no cometer ningún delito durante vuestro día libre. Me complicaría mucho el papeleo.
—Te estás juntando demasiado con Nora.
—Eso me dicen.
Nos despedimos y volví a entrar sin darle muchas más vueltas. Harlan estaba donde tenía que estar, la investigación seguía avanzando y, por una vez, aquello parecía problema de otros.
Marcus apareció veinte minutos más tarde con dos cafés y la expresión de alguien que ya se arrepentía de haber aceptado pasar el día conmigo.
—He pensado que los necesitaremos. Es diciembre, estamos libres los dos y me has convencido para ir a un centro comercial. No se me ocurre ninguna situación en la que esto pueda terminar bien.
Cogí uno justo cuando Noah apareció con el abrigo finalmente puesto y la mochila colgada de un hombro.
—¿El sábado iremos de verdad a ver a Santa?
—Ese es el plan.
—Nora también, ¿no?
—Claro.
Su expresión dejó claro que aquella era una condición bastante importante.
Llevaba varios días preparando la carta y se negaba a enseñársela a cualquiera porque, según él, Santa tenía que ser el primero en leerla.
El sábado habíamos prometido llevarlo a entregársela, pasar por uno de los mercados navideños y aprovechar la tarde entre puestos, dulces y luces.
También había oído hablar de una pista de hielo y desde entonces insistía en añadirla al recorrido.
—Y vamos a patinar.
—Eso todavía está en negociación.
—Dijiste que lo hablaríamos, y eso significa que sí.
Marcus tomó un sorbo de café.
—Tiene buenos argumentos.
—No lo animes.
Noah sonrió mientras salíamos de casa y, durante el camino al colegio, apenas habló de otra cosa. Quería saber si Nora sabía patinar, si en el mercado venderían las galletas de jengibre que había visto en una foto y si Santa tendría tiempo de leer su carta antes de Navidad.
Marcus le explicó que para eso trabajaba todo el año y que tenía ayudantes, hasta que Noah le preguntó si creía de verdad en los elfos. Mi amigo giró lentamente la cabeza hacia mí y yo me limité a sonreír.
—No me metas en esto. Llevo poco tiempo fuera y no estoy al corriente de la organización actual del Polo Norte.
Noah soltó una carcajada.
—Papá dice que existen.
—Yo he dicho que no tengo pruebas de que no existan —puntualicé—. Y es lo más lejos que pienso llegar.
Cuando nos acercábamos al colegio, recordó que aquella tarde iría al centro al terminar las clases. Le confirmé que Nora estaría allí y que yo aparecería en cuanto Marcus y yo acabáramos unos recados.
—¿Qué recados?
Miré a mi amigo.
—Cosas aburridísimas de adultos.
—Entonces no quiero saberlo.
Aparqué cerca de la entrada y los tres bajamos. Noah siguió explicándole a Marcus que el sábado no tenía ninguna obligación de patinar, que podía limitarse a mirar y que estaba convencido de que Nora sí sabría hacerlo.
—Nora parece capaz de demasiadas cosas —murmuró Marcus.
—No sabes cuánto.
Llegábamos ya a la entrada cuando una mujer que caminaba hacia nosotros se fijó en él.
—Vaya, Marcus.
—Hola, Megan.
Ella sonrió mientras se ajustaba el bolso al hombro.
—No pensaba que ir sin el uniforme de la cafetería te sentara tan bien.
Giré despacio la cabeza hacia mi amigo. La mirada de advertencia que me lanzó solo consiguió mejorarme la mañana.
—Supongo que la camisa marrón no favorece a nadie —respondió él.
—Definitivamente, no. Nos vemos mañana.
Le sostuvo la mirada un instante más de lo necesario antes de alejarse. Yo tuve la decencia de esperar a que estuviera lo bastante lejos para decir algo, pero Noah no tuvo tanta paciencia.
—Creo que le gustas.
Marcus cerró los ojos.
—Gracias por el análisis. Ahora entra al colegio.
—Te ha mirado raro.
—Y tú vas a llegar tarde.
Noah se echó a reír y salió corriendo hacia un grupo de amigos. Esperé hasta que estuvo lo bastante lejos antes de volverme hacia Marcus.
—No estaba ligando conmigo.
—Claro. Solo te ha dicho que sin uniforme estás mucho mejor y te ha mirado como si acabara de descubrir algo interesante.
Marcus empezó a caminar hacia el coche.
—Es clienta de la cafetería.
—Eso ya lo he deducido. Lo que no sabía era que había clientas que te miraban así cuando no estabas sirviéndoles café.
—Te recuerdo que todavía sé demasiadas cosas de ti.
—Y yo acabo de descubrir algo mucho más divertido sobre ti.
Me enseñó el dedo corazón antes de subir.
El centro comercial estaba mucho más lleno de lo que esperábamos. Había música navideña en todas partes, gente cargada de bolsas y suficiente decoración como para que resultara imposible olvidar durante más de treinta segundos qué época del año era.
La primera hora fue sencilla gracias a mi madre, que unos días antes me había señalado discretamente dónde guardaba Noah la carta para Santa y me había recomendado echarle un vistazo si no quería llegar a Navidad comprando a ciegas.
Todavía me sentía ligeramente culpable por haber leído algo que mi hijo custodiaba como si contuviera secretos de Estado, pero al menos sabía que un set de construcción relacionado con el espacio encabezaba la lista.
Encontramos el que había pedido y estuvimos unos minutos dudando entre aquel y una versión todavía más grande.
Marcus aseguró que con el segundo Noah probablemente dejaría de dirigirnos la palabra durante tres días porque estaría demasiado ocupado montándolo, así que terminamos llevándonos el grande.
Con mi madre fue algo más complicado.
—¿Qué le compras normalmente? —preguntó Marcus.
—Cosas que necesita.
Me miró como si acabara de confesar un delito.
—Eso explica muchas cosas. Tu madre no quiere abrir un paquete el día de Navidad y encontrarse una tostadora.
—Ya tiene tostadora.
—Gracias a Dios.
Después de tres tiendas encontramos un bolso que me pareció realmente para ella y no para la casa. Marcus tuvo que recordarme que la intención de un regalo era que a la otra persona le apeteciera recibirlo, no resolverle una necesidad doméstica.
El problema llegó con Nora. Llevaba diez minutos mirando un expositor de joyería cuando Marcus apareció a mi lado.
—Pareces un hombre esperando los resultados de una biopsia.
—No sé qué comprarle.
—Llevas meses con ella. Alguna pista tendrás sobre lo que le gusta.
Miré otra vez el expositor. No quería nada demasiado grande ni algo que pareciera una declaración preparada por otra persona, así que terminé fijándome en un colgante sencillo que podía imaginar perfectamente en su cuello.
—Es ese —dijo Marcus.
—¿Por qué?
—Porque llevas cinco minutos volviendo a mirarlo.
Lo compré antes de empezar a darle más vueltas y salí convencido de que, al menos con Nora, ya había terminado. Duré así hasta que pasamos por delante de una tienda de lencería y un conjunto para dormir del escaparate consiguió hacerme frenar.
Marcus dio dos pasos más antes de darse cuenta.
—No.
—No he dicho nada.
—No hace falta. Te conozco.
Era un conjunto sencillo, de pantalón corto y la parte de arriba de tirantes, lo bastante elegante para no parecer un disfraz y lo bastante sexy para que pudiera imaginar perfectamente a Nora llevándolo.
—Creo que le gustaría.
—Pues entra.
—¿Vienes?
—Ni de coña.
Cinco minutos después estaba dentro conmigo.
Dos tipos que rondábamos el metro noventa, con brazos musculados, algún que otro tatuaje y barba de un par de días, destacábamos bastante entre estantes de encaje, satén y prendas diminutas cuya utilidad Marcus parecía analizar con una seriedad completamente innecesaria.
Cuando una dependienta se acercó a preguntarnos si necesitábamos ayuda, él señaló inmediatamente hacia mí.
—Él. Yo solo estoy aquí porque he tomado malas decisiones.
La mujer sonrió y fue a buscar el conjunto después de hacerme un par de preguntas sobre la talla de Nora que me hicieron descubrir que sabía bastante más de su cuerpo de lo que sabía convertir en números.
Mientras esperábamos, Marcus cogió una prenda de una percha.
—Esto no puede ser un camisón.
—Déjalo.
—Llevo más de tres años sin ver uno de estos puesto en una mujer. Empiezo a reconsiderar seriamente lo de Megan.
Me eché a reír.
—Hace una hora no estaba ligando contigo.
—Las circunstancias han cambiado.
La dependienta regresó con la caja y me enseñó el conjunto antes de guardarlo. Era incluso mejor de cerca.
—Me lo llevo.
—El colgante y esto —murmuró Marcus—. Vas fuerte en vuestra primera Navidad.
—Cállate.
—Solo espero que tu madre no abra los regalos por error. O Noah.
Lo miré.
—Como sigas hablando, le compro algo a Megan y le digo que es de tu parte.
Aquello consiguió cerrarle la boca durante aproximadamente tres segundos.
—¿Tienen tarjetas regalo?
Salí de la tienda riéndome mientras él venía detrás jurando que solo lo había preguntado por curiosidad.
Después le tocó comprar a él. Intentó insistir en que no necesitaba regalos para nadie, hasta que le recordé que Noah ya lo consideraba parte de la familia; mi madre llevaba días preguntando qué le gustaba y Nora estaba intentando averiguar su talla sin que se diera cuenta.
—Todavía no sé muy bien qué hacer con todo eso —admitió.
—No tienes que hacer nada. Solo dejar que ocurra.
Me miró de lado.
—Mira quién habla.
—He tenido buenos profesores.
Terminó comprando regalos para los tres y después insistió en que nos separáramos veinte minutos porque, según él, no pensaba comprarme nada conmigo respirándole encima.
A esas alturas habíamos alargado las compras mucho más de lo previsto y acabamos comiendo tarde, cargados con más bolsas de las que ninguno estaba dispuesto a reconocer como propias.
—Esto empieza a parecerse peligrosamente a una cita —dije cuando nos sentamos frente a las hamburguesas.
—Una palabra más y te dejo aquí con todas las bolsas.
—Guarda energías para Megan.
Marcus mordió una patata.
—Viene a la cafetería casi todos los días por el café, no porque tengamos una historia de amor secreta.
—Qué decepción.
—Y antes de que sigas, tengo otra cosa que contarte. Teresa volvió al centro con su hermano.
Eso consiguió distraerme. Marcus me explicó que el hombre tenía un pequeño negocio de pintura y llevaba meses mezclando los gastos personales con los del trabajo. Había aparecido con dos bolsas de recibos y, según él, una confianza bastante exagerada en sus capacidades.
—Le ordené todo, separé lo que correspondía al negocio y le expliqué qué tenía que empezar a guardar si no quería volver a encontrarse igual dentro de seis meses. Esta vez insistió en pagarme por las horas.
—Eso empieza a sonar bastante más a trabajo que a favor.
—No he abierto una consultoría.
—Todavía.
Marcus negó con la cabeza.
—Primero Teresa, ahora su hermano… —Continué—. Empiezo a entender por qué Nora lleva semanas mirándote como si supiera algo que tú todavía no.
—Esa mujer es un peligro.
—Bienvenido a mi vida.
El teléfono vibró sobre la mesa y miré la pantalla esperando encontrar a Nora o a mi madre, pero era Alberto. Se me borró la sonrisa antes de contestar.
—Dime.
—¿Dónde estás?
No hubo saludo y aquello bastó para ponerme en tensión.
—En el centro comercial con Marcus. ¿Qué ha pasado?
—¿Dónde está Noah?
El estómago se me encogió.
—En el colegio.
Alberto respiró al otro lado.
—Ha habido un accidente durante el traslado. Hay heridos y nos acaban de confirmar que Harlan no está bajo custodia.
Me levanté tan rápido que la silla cayó con fuerza al suelo.
—¿Ha escapado?
—Sí. No sé cuánto tiempo lleva fuera. Necesito que localices a Noah ahora mismo.
Miré la hora y comprobé que estaba a punto de salir del colegio.
—Hoy iba al centro después de clase.
—Llama a Nora. Asegúrate de que ha llegado y después me llamas.
La línea se cortó y durante un momento me quedé con el teléfono pegado a la oreja, rodeado de música de Navidad, conversaciones y gente cargada de bolsas que seguía moviéndose a nuestro alrededor como si nada hubiera cambiado.
Marcus ya estaba de pie.
—¿Qué ha pasado?