Capítulo 30 #2
No sonreí y Nora tampoco intentó convertirlo en una broma.
—Mañana Noah irá al colegio, tú al taller y yo al centro. Tendremos cuidado. Haremos caso a Alberto. Y si Harlan vuelve a contactar, no esperaremos ni cinco minutos para decírselo. No es fingir que no pasa nada; es negarnos a dejar que controle nuestra vida desde allí dentro.
La miré durante un rato.
—Tengo miedo de que haga algo.
—Yo también.
La sinceridad me apretó el pecho.
—No deberías tener que vivir con esto.
—No decidas por mí qué debería tener que vivir.
—Nora…
—Estoy aquí porque quiero estar. Cuando elegí estar contigo no elegí solo las cenas, el sexo, los domingos con Noah y despertarme a tu lado. También elegí estar cuando algo se pone feo. Eso era precisamente lo que intenté explicarte hace meses.
La acerqué hasta que quedó contra mi pecho.
—No sé qué haría si os pasara algo por mi culpa.
Nora levantó la cabeza.
—Primero, esto no está ocurriendo porque tú hayas hecho algo malo.
Está ocurriendo porque Harlan cometió delitos y ahora está intentando intimidar a la persona que no quiso ayudarlo a seguir ocultándolos.
Y segundo, si alguna vez ocurre algo, lo enfrentaremos cuando ocurra.
No antes, cien veces dentro de tu cabeza.
Solté el aire lentamente y nos quedamos un rato sin hablar. Por primera vez desde que había llegado, no sentí la necesidad de sacar otra vez el teléfono, hasta que vibró sobre la mesa y los dos dirigimos la mirada hacia él. Lo cogí y vi otro mensaje del mismo número.
Desconocido: A partir de ahora no vas a poder estar tranquilo.
Esta vez el miedo llegó acompañado de cansancio y rabia, pero no de aquella necesidad inmediata de hacer algo. Le mostré el mensaje a Nora.
—Mándaselo a Alberto —dijo.
Hice la captura delante de ella, la envié y dejé el teléfono bocabajo sobre la mesa.
—Ya está.
Nora entrelazó los dedos con los míos y apretó suavemente.
—Anda. Por hoy no podemos hacer nada más. Vámonos a la cama.
Asentí. Alberto tenía el mensaje, Harlan seguía encerrado y pasarme el resto de la noche imaginando posibilidades no iba a proteger a nadie.
Fuimos al dormitorio sin soltar las manos.
Nora se cambió mientras yo abría el cajón donde, desde hacía unas semanas, ya tenía un par de camisetas, ropa interior y unos pantalones cómodos para las noches que terminaba quedándome allí.
Me quité la ropa de calle, me puse una camiseta y el pantalón y, cuando me metí en la cama, ella ya estaba bajo las sábanas esperándome.
Ninguno parecía tener demasiado sueño, así que me acerqué hasta rodearla con un brazo y ella se acomodó contra mi pecho, apoyando la mejilla sobre mí. Nos quedamos así durante un rato, en silencio, hasta que levantó la cabeza y me besó.
Fue un beso lento, sin ninguna intención más allá de acercarse un poco, y se lo devolví del mismo modo. Después llegó otro. Y otro. Mis dedos se deslizaron por su espalda mientras los suyos se enredaban en mi pelo y, poco a poco, aquel abrazo dejó de ser suficiente.
No había urgencia ni nada que demostrar. Solo una necesidad cada vez más difícil de ignorar, de sentirla conmigo de todas las maneras posibles, de borrar durante unas horas la distancia que Harlan pretendía imponer entre mi vida y todo aquello que quería conservar.
La ropa terminó desapareciendo entre besos y caricias y, cuando nos unimos, no se pareció a las primeras veces ni a ninguna de las noches en las que el deseo había sido lo único que nos empujaba el uno hacia el otro.
Aquello era distinto. Más íntimo. Más lento.
Como si los dos necesitáramos recordar con cada roce que estábamos allí, juntos, y que por mucho miedo que hubiera conseguido meter Harlan en mi cabeza, todavía había cosas que seguían siendo nuestras.
Nora me abrazó con fuerza y enterré la cara contra su cuello, respirándola, sintiendo cómo su cuerpo se movía conmigo bajo las sábanas.
La besé cada vez que levantó la boca hacia la mía y dejé que durante un rato no existieran teléfonos, mensajes ni hombres encerrados que pretendían seguir manejando mi vida desde una celda. Solo estábamos ella y yo.
Mucho después, cuando la respiración se nos había calmado, Nora se quedó dormida pegada a mí. Seguíamos desnudos bajo las sábanas, con su cabeza apoyada sobre mi pecho, una pierna entrelazada con las mías y mi brazo alrededor de su cintura.
La miré durante un rato en la oscuridad, consciente de que no sabía cuánto iba a durar aquello ni qué sería capaz de hacer Harlan cuando comprendiera de verdad hasta dónde había llegado la investigación.
Tampoco podía asegurar que al día siguiente no volviera a mirar por encima del hombro o a comprobar dos veces que Noah estaba donde debía estar.
Pero mientras sentía respirar a Nora entre mis brazos, entendí algo que meses atrás probablemente me habría costado mucho más aceptar. Tener miedo no significaba volver a ser el hombre que había sido. Tampoco necesitaba expulsarlo de mi vida para demostrar que podía con él.
Volver a ser aquel hombre habría sido quedarme solo con el problema, convencerme de que proteger a quienes quería significaba apartarlos y decidir otra vez que únicamente yo podía encontrar una solución.
Y aquella noche, con Nora dormida contra mí y su cuerpo desnudo todavía caliente bajo las sábanas, estar solo era lo último que quería.