Todo lo que perdí Capítulo 30
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Capítulo 30

Logan

El mensaje llegó un jueves por la tarde, mientras esperaba a que Noah terminara una actividad en el centro.

Habían pasado algo más de dos semanas desde la cena con Alberto y, durante ese tiempo, Harlan había seguido en silencio, tanto que empezaba a acostumbrarme otra vez a no mirar el teléfono cada vez que vibraba.

Aquella tarde lo hice casi por aburrimiento y me encontré con una única frase.

Desconocido: Te lo has buscado.

Me quedé mirando la pantalla sin necesidad de preguntarme quién estaba detrás. Había algo en aquellas cuatro palabras que encajaba demasiado bien con el silencio de los últimos meses, como si Harlan hubiera estado esperando hasta tener un motivo concreto para volver a aparecer.

El teléfono vibró otra vez.

Desconocido: Vas a saber lo que pasa cuando alguien mete las narices donde no deb e.

Noté cómo se me tensaban los hombros. Harlan no decía qué pensaba hacer, no mencionaba a Noah, a Marcus ni a Nora y tampoco me pedía nada; quizá por eso consiguió inquietarme más que cualquier amenaza directa.

En ese momento, Noah apareció al fondo del pasillo con la sudadera mal puesta y una zapatilla todavía sin atar.

—Papá, ¿podemos pasar por la tienda cuando salgamos?

Bloqueé la pantalla antes de que llegara hasta mí.

—¿Qué necesitas?

—Cartulina. Y creo que pegamento.

—¿Lo necesitas mañana?

La forma en que evitó mirarme fue respuesta suficiente.

—Se me había olvidado.

—Ya veo.

Se agachó para terminar con el cordón y yo saqué otra vez el teléfono.

Durante un instante apareció el impulso de guardármelo hasta dejarlo en casa, volver a leer los mensajes a solas y pensar qué hacer antes de meter a nadie más en aquello, pero reconocí enseguida ese mecanismo y supe que era exactamente lo que llevaba meses intentando dejar de hacer.

—Termina de abrocharte y espera aquí un momento, ¿vale?

Noah asintió, todavía ocupado con la zapatilla. Me alejé unos metros por el pasillo, lo suficiente para que no pudiera oírme pero sin perderlo de vista, y llamé a Alberto.

Contestó después de unos tonos y debió de notar algo en mi voz porque dejó de saludarme en cuanto le dije en voz baja que Harlan había vuelto a contactar conmigo.

—Cuéntame exactamente qué ha pasado.

Le leí los dos mensajes y al otro lado hubo unos segundos de silencio.

—¿Es el mismo número de las otras veces?

—No. Otro distinto.

—¿Has respondido?

—No.

—Bien. Haz capturas antes de que pueda borrarse nada y envíamelas. Voy a mover esto con la prisión y con la gente que lleva la investigación, pero necesito que tú no hagas absolutamente nada por tu cuenta.

»Si vuelve a escribirte, si llama o si aparece cualquier referencia a tu familia o a Marcus, me avisas en el momento.

Miré a Noah, que seguía a unos metros intentando meter una botella dentro de una mochila que parecía a punto de reventar.

—Está conmigo ahora.

Alberto entendió sin necesidad de que añadiera nada.

—¿Noah?

—Sí. Estamos en el centro.

—Entonces escucha bien. No quiero que salgas corriendo a encerrarte en casa ni que cambies toda vuestra rutina por dos mensajes, pero tampoco quiero que minimices esto.

»Quédate con él, haz lo que tuvierais pensado hacer y mantén el teléfono encima. Yo me encargo de averiguar hasta dónde llega la amenaza.

Me apoyé contra la pared.

—No dice nada concreto.

—No necesita hacerlo para que entendamos lo que pretende. Quiere que empieces a imaginar por tu cuenta, y eso le permite asustarte sin comprometerse con una amenaza específica. No le hagas el trabajo respondiendo.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé. Pero hace unos meses tampoco pensabas venir a la policía hasta que Nora te obligó a hacerlo.

No me gustó que tuviera razón.

—Esta vez te he llamado yo.

—Y eso es exactamente lo que quiero que sigas haciendo.

Colgamos poco después, le envié las capturas y volví hacia Noah, que ya había conseguido cerrar la mochila y me observaba desde donde estaba.

—¿Era Alberto?

Había oído su nombre suficientes veces durante los últimos meses como para reconocerlo.

—Sí.

—¿Ha pasado algo?

Me acerqué y le arreglé la capucha de la sudadera, que se le había quedado doblada por dentro.

—Ha surgido una cosa que tengo que solucionar con él, pero no tiene nada que ver contigo.

—Parecías preocupado.

La observación me pilló más desprevenido que la pregunta, porque no quería mentirle, pero tampoco pensaba explicarle que un hombre al que conocía de prisión acababa de amenazarlo.

—Lo estoy un poco —admití—. Pero Alberto está pendiente y yo también. Tú no tienes que preocuparte por eso.

Noah me estudió unos segundos antes de asentir.

—Entonces, ¿podemos ir a por la cartulina?

—Claro.

Fuimos a la tienda, compramos la cartulina verde que necesitaba y acabamos regresando a casa con pegamento, rotuladores y un paquete de pegatinas que, según él, eran imprescindibles aunque no aparecieran en ninguna lista del colegio.

Mi madre estaba en la cocina cuando entramos y bastó que me viera sacar el teléfono por tercera vez en pocos minutos para que supiera que algo ocurría. No preguntó delante de Noah; esperó hasta que él se instaló en el comedor con sus cosas y entonces me siguió unos pasos hacia la cocina.

—¿Ha vuelto a pasar algo?

Bajé la voz.

—Harlan me ha escrito.

Su expresión cambió.

—¿Te ha amenazado?

—Sin decir exactamente qué piensa hacer.

Le enseñé los mensajes y los leyó despacio antes de devolverme el teléfono con la boca apretada.

—¿Lo sabe la policía?

—Alberto tiene las capturas desde hace media hora.

Mi madre asintió, aunque seguía preocupada.

—Entonces déjalos trabajar.

—Eso intento.

—No, Logan. Inténtalo de verdad. No quiero verte otra vez creyendo que protegernos significa hacer las cosas por tu cuenta.

Miré hacia el comedor. Noah estaba inclinado sobre la cartulina, completamente concentrado en algo que para él era mucho más importante que cualquier mensaje de Harlan.

—No voy a hacerlo.

Mi madre apoyó una mano en mi brazo.

—Bien.

No necesitó decir nada más. Esperé hasta después de cenar para llamar a Nora y, cuando Noah estuvo arriba duchándose y mi madre empezó a recoger la cocina, marqué su número. Contestó enseguida.

—Hola. ¿Todo bien?

—No del todo.

El silencio al otro lado cambió de inmediato.

—Cuéntame.

Le expliqué los mensajes, la conversación con Alberto y lo que había dicho mi madre. Nora no me interrumpió hasta que terminé.

—¿Dónde estás ahora?

—En casa.

—¿Y Noah?

—Duchándose. Está bien. No sabe nada más de lo necesario.

—Vale.

Escuché cómo respiraba antes de seguir.

—¿Qué necesitas de mí?

La pregunta me dejó callado un momento porque, hasta no hacía tanto, habría esperado que me dijera qué hacer o que intentara convencerme de que todo iba a salir bien. Aquello era distinto.

—Quiero ir a verte.

—Entonces ven.

—Mi madre puede quedarse con Noah cuando se duerma.

—Logan, no necesitas justificarme por qué quieres venir.

Cerré los ojos un instante.

—Ya.

—Ven cuando puedas.

Llegué a su casa poco después de las diez.

Nora abrió antes de que terminara de llamar y se hizo a un lado para dejarme entrar.

Llevaba ropa cómoda y el pelo recogido con una coleta, pero lo primero en lo que me fijé fue en cómo me miró, no con alarma, sino con una preocupación serena que consiguió afectarme todavía más.

Me quité la chaqueta y fui directamente al salón. Ella se sentó a mi lado y extendió la mano.

—Déjame verlos.

Le entregué el teléfono y leyó los mensajes en silencio antes de devolvérmelo unos segundos después.

—No hace falta que diga el nombre de nadie para que pienses en todos.

—Eso es lo que quiere.

—Sí.

Apoyé los antebrazos sobre las rodillas.

—Y está funcionando.

Nora se quedó quieta.

—Desde que los he leído no he dejado de pensar en Noah. Después en mi madre. Luego en ti. En Marcus. En si conoce dónde trabaja, dónde vives, a qué hora recojo a Noah… Sé que gran parte de eso probablemente está ocurriendo solo en mi cabeza, pero precisamente por eso no sé cómo parar.

—No tienes que pararlo esta noche.

La miré.

—¿Entonces qué hago?

—Me lo cuentas. Se lo has contado a Alberto. Se lo has contado a tu madre. Y ahora me estás diciendo exactamente qué te da miedo en lugar de sentarte solo a intentar anticiparte a todo lo que Harlan podría hacer. Por hoy, eso ya es bastante.

Negué despacio.

—No siento que sea bastante.

—Porque quieres una solución.

—Quiero saber que no puede tocaros.

Su expresión se suavizó.

—Eso no te lo puede prometer nadie.

—Ya lo sé.

—Y creo que ahí está lo que más te asusta.

No contesté y Nora se acercó un poco más.

—Hace unos meses saliste de prisión con la sensación de que habías perdido casi todo.

Ahora tienes a Noah todos los días, has vuelto a estar con tu madre, tienes un trabajo, Marcus está fuera y tú y yo estamos construyendo algo.

Es normal que la idea de que alguien pueda tocar una sola de esas cosas te dé miedo.

Tragué saliva.

—No quiero volver a perderlo todo.

Decirlo en voz alta dolió bastante más de lo que esperaba y Nora me cogió una mano entre las suyas.

—Entonces no hagas precisamente lo que podría hacerte perderlo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que no salgas detrás de Harlan. Que no respondas. Que no decidas que puedes adelantarte a él mejor que la policía. Que no conviertas el miedo a perdernos en el motivo para volver a hacer algo tú solo.

Me quedé mirándola.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé. Y esa es la diferencia.

Su pulgar recorrió despacio mis nudillos.

—Antes habría tenido miedo de que ni siquiera me contaras que existían esos mensajes. Hoy has llamado a Alberto casi inmediatamente y después has venido aquí. No te estoy diciendo que no tengas miedo, Logan. Te estoy diciendo que esta vez no tienes por qué dejar que el miedo decida por ti.

Me incliné hacia atrás en el sofá y ella se acomodó a mi lado.

—Odio que tenga este poder.

—¿Qué poder?

—Mandar tres frases desde una prisión y conseguir que me pase horas imaginando todo lo que podría hacer.

—Entonces mañana haremos lo mismo que teníamos pensado hacer.

—Eso ha dicho Alberto.

—Por una vez estoy de acuerdo con la policía.