Capítulo 29
Nora
Marcus llevaba algo más de un mes fuera cuando empecé a notar que su regreso había cambiado también a Logan.
No de una forma espectacular. Seguía siendo el mismo hombre que necesitaba que le recordara que una respuesta de dos palabras a un mensaje no contaba como conversación y que todavía podía pasarse media hora intentando arreglar cualquier cosa antes de admitir que quizá necesitaba ayuda. Pero estaba más ligero.
Algunas noches, después de cenar, Marcus pasaba por casa de Diane y se quedaba hablando con él hasta tarde. Otras salían los dos a tomar una cerveza. La primera vez, Logan había intentado quitarle importancia cuando me lo contó.
—Vamos a un bar. No estamos cruzando el Atlántico a nado.
—Ya sé lo que vais a hacer.
—Entonces no entiendo esa sonrisa.
—Porque hace seis meses apenas sabías qué hacer con una tarde libre y ahora has quedado con un amigo para tomar una cerveza como una persona normal.
Me había mirado como si estuviera decidiendo si aquello era un insulto.
—Empiezo a arrepentirme de contarte cosas.
—Demasiado tarde.
Lo cierto era que me alegraba.
Había partes de los últimos años de Logan a las que yo podía acercarme, escuchar y tratar de comprender, pero Marcus las había vivido con él.
No necesitaban explicar por qué determinados ruidos todavía los hacían levantar la cabeza, por qué ambos preferían sentarse desde donde pudieran ver una puerta o por qué una noche cualquiera en un bar podía significar mucho más que una cerveza.
Marcus podía ofrecerle algo que yo nunca podría darle, y me gustaba que Logan lo tuviera.
La adaptación de Marcus fuera de prisión iba más despacio.
Seguía trabajando en la cafetería y, aunque jamás lo había oído quejarse en serio, estaba bastante claro que servir cafés no era la vocación que había descubierto a los treinta y muchos.
Aun así, llegaba puntual, cumplía con sus turnos y el dueño estaba encantado con él.
—Dice que soy el único empleado que sabe cuánto pierde cada vez que alguien tira una jarra de leche —me contó una tarde.
—Eso suena muy útil.
—Le he recomendado que deje de preguntarme.
—¿Por qué?
—Porque el siguiente paso será darme acceso a sus cuentas y creo que todavía no estamos preparados para tanta confianza.
Sonrió al decirlo, pero debajo de la broma seguía apareciendo cierta cautela cada vez que la conversación se acercaba demasiado a su antigua profesión, quizá incluso algo de miedo a volver a tocar aquello que durante años había asociado con la peor decisión de su vida.
Aquella tarde había pasado por el centro después de terminar su turno porque Logan salía más tarde del taller y habían quedado para cenar.
Yo llevaba casi una hora intentando cuadrar los justificantes de una pequeña ayuda que habíamos recibido para actividades infantiles y empezaba a odiar personalmente cada cifra de la hoja de cálculo cuando Marcus se apoyó en el marco de la puerta de mi despacho.
—¿Cuánto llevas mirando eso?
—Lo suficiente para que la respuesta correcta sea que no quiero hablar del tema.
—Entonces vas bien.
Levanté la cabeza.
—¿Quieres algo?
—He venido a ofrecer apoyo moral.
—Puedes empezar haciendo café.
—Acabo de pasar ocho horas haciéndolo.
—Entonces tienes práctica.
Entró igualmente y se dejó caer en la silla frente a mi mesa.
—¿Qué no cuadra?
—Ciento ochenta y siete dólares.
—Eso es muy específico.
—Gracias, Marcus. También sé leer la pantalla.
—Déjame verla.
Giré el portátil hacia él.
—No pienso hacerte trabajar gratis.
—Todavía no sabes si voy a ayudarte.
Necesitó menos de cinco minutos para ir siguiendo las líneas con el dedo, abrir dos pestañas, comparar fechas y señalar finalmente una factura.
—Esta está duplicada.
Me incliné hacia la pantalla.
—No.
—Sí.
—La revisé tres veces.
—Pues la revisaste mal tres veces.
—Empiezo a entender por qué Logan te echaba tanto de menos.
Eliminó una de las entradas y volvió a mirar el total.
—Todavía faltan cuarenta y dos.
—Eso ya lo sabía.
—Estoy disfrutando mucho de tu gratitud.
Siguió revisando hasta encontrar un gasto que yo había colocado en el lado equivocado y, cuando terminó, la diferencia había desaparecido. Me quedé mirando la cifra final durante unos segundos.
—Te odio un poco.
—Eso suele pasar cuando tengo razón.
Pero algo había cambiado en él durante aquellos minutos.
Había dejado de bromear mientras trabajaba, se había inclinado hacia la pantalla y todo parecía resultarle inmediato: dónde mirar, qué comparar, qué pregunta hacerse cuando algo no encajaba.
Era la primera vez que lo veía haciendo algo para lo que realmente estaba preparado.
—¿Por qué no buscas algo relacionado con esto? —pregunté.
La expresión se le cerró ligeramente.
—Porque soy un contable condenado por ayudar a blanquear dinero.
—Ya.
—No es exactamente la línea que buscan las empresas cuando ponen «se valorará experiencia».
—No he dicho que mañana te vaya a contratar un banco.
—Menos mal.
Antes de que pudiera seguir, llamaron a la puerta. Era Teresa, una mujer que llevaba años entrando y saliendo del centro según necesitara ayuda con sus hijos, algún trámite o simplemente un lugar donde tomarse un café y hablar con alguien, y traía una carpeta demasiado llena entre las manos.
—Nora, ¿tienes un minuto?
—Claro.
Entró y dejó la carpeta sobre mi mesa.
—Me ha llegado otra carta del banco y ya no sé qué quieren. Les mandé lo que me pidieron para revisar el préstamo del coche, pero ahora dicen que falta documentación de ingresos. Tengo las nóminas, los extractos y todo esto, pero cada vez que intento ordenarlo termino peor.
Miré la carpeta y después a Marcus, que negó inmediatamente con la cabeza.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Lo has pensado muy fuerte.
Teresa lo observó con curiosidad.
—¿Tú entiendes de estas cosas?
Marcus abrió la boca, probablemente para decir que no, pero yo me adelanté.
—Era contable.
—Nora.
—¿Qué? Lo eras.
Teresa empujó la carpeta unos centímetros hacia él.
—¿Puedes decirme al menos qué me están pidiendo?
Marcus me lanzó una mirada que prometía algún tipo de venganza y terminó cogiendo la carta, que tardó muy poco en entender.
—No te están rechazando nada. Te piden que justifiques estos dos ingresos porque no coinciden con las nóminas que presentaste.
—Son horas que hice cuidando a una señora los fines de semana.
—¿Te pagaba por transferencia?
—Sí.
Marcus abrió la carpeta.
—Entonces necesitamos localizar esos movimientos y separarlos del resto. ¿Tienes algún justificante de quién te pagaba?
—Creo que sí.
—Pues vamos a empezar por ahí.
Yo regresé a mi pantalla intentando no sonreír. Cuarenta minutos después, Teresa salió con los papeles ordenados, una lista de lo que todavía necesitaba conseguir y bastante menos preocupación en la cara. Antes de marcharse intentó dejar veinte dólares sobre la mesa, pero Marcus se los devolvió.
—No.
—Has estado casi una hora conmigo.
—Y no soy tu asesor.
—Pero me has ayudado.
—Entonces la próxima vez trae café.
—Trabajo en una panadería. Puedo hacerlo mejor.
Marcus pareció considerar seriamente la oferta.
—Eso cambia las cosas.
Teresa se rio, guardó el dinero y, cuando se marchó, me crucé de brazos.
—No voy a decir nada.
—Mejor.
—Absolutamente nada.
—Nora.
—Solo que hace una hora estabas esperando a Logan y ahora una mujer se va de aquí sabiendo qué tiene que presentar al banco.
—He ordenado unos papeles.
—Claro.
—No empieces.
No empecé, al menos no todavía.
Un par de noches después, Alberto vino a cenar a mi casa.
Habíamos quedado varios días antes y, aunque oficialmente era una visita entre amigos, ninguno de los tres fingía que Harlan no formaba parte del motivo.
Logan llegó directamente del taller con una botella de vino y Alberto apareció con comida de un restaurante mexicano porque, según él, después de pasar todo el día trabajando no pensaba permitir que yo cocinara para nadie.
—Me gusta cómo piensa este hombre —dijo Logan mientras abría las cajas.
—Por eso ella me conoce desde antes.
—No te emociones —le advertí a Alberto—. También conozco al fontanero desde hace años.
Cenamos hablando de cualquier cosa menos de la investigación hasta que los platos estuvieron casi vacíos. Fue Alberto quien dejó finalmente el vaso sobre la mesa y nos miró a los dos.
—Puedo contaros algunas cosas, pero no muchas.
Logan dejó de comer.
—Con algunas me conformo.
—El contenido del pendrive era importante. Hemos podido corroborar bastantes datos con documentación externa, movimientos bancarios y otras fuentes. Rachel también ha colaborado a través de su abogado y algunas de las personas que aparecen en los archivos están hablando.
—¿Harlan? —pregunté.
Alberto se tomó unos segundos antes de responder.
—Parte del material lo afecta directamente y otra parte está relacionada con su hermano y con varias personas de su entorno. La condena que está cumpliendo ahora se construyó con lo que pudieron demostrar entonces.
»Lo que ha aparecido no cambia aquella condena, pero sí permite investigar hechos distintos que en su momento quedaron fuera o no pudieron sostenerse.
Logan apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Pueden acusarlo de más cosas?
—Si todo lo que estamos reuniendo aguanta, sí. Pero todavía hay trabajo por delante y no voy a hablaros de condenas ni de años porque sería especular.
—¿Él lo sabe?
—Sabe que hay una investigación en marcha y que se están tomando decisiones que le afectan. No sé cuánto conoce del contenido exacto ni qué le habrá contado su abogado.
Logan se quedó callado y Alberto lo observó durante unos segundos.
—¿Ha vuelto a contactar contigo?
—No desde aquel mensaje.
—¿Y eso te preocupa?
—Más que si me insultara una vez por semana.
—Lo entiendo.
No intentó decirle que no tenía motivos para preocuparse, y se lo agradecí.
Seguimos hablando unos minutos más. Alberto nos explicó que, si se producían novedades que pudieran afectar directamente a Logan o a su familia, nos avisaría en cuanto pudiera hacerlo, y volvió a insistir en que cualquier contacto de Harlan debía llegar hasta él, por insignificante que pareciera.
Cuando se marchó, Logan me ayudó a recoger la mesa. Guardé las sobras mientras él cargaba el lavavajillas y, después de unos minutos sin mencionar la conversación, fue él quien terminó sacando el tema.
—No me gusta.
Cerré la puerta de la nevera.
—Ya.
—Cuanto más se complica todo para él, menos sentido tiene que lleve meses sin decir nada.
Me apoyé contra la encimera.
—Puede que no tenga forma de contactar contigo.
—Puede.
No sonó convencido.
—O puede que Alberto haya conseguido cerrarle esa vía.
—También.
—O puede que simplemente esté esperando.
Logan me miró.
—Esa es la que no me gusta.
Me acerqué y apoyé las manos en su cintura.
—A mí tampoco.
No traté de tranquilizarlo con una promesa que ninguno de los dos podía hacer.
Harlan seguía dentro y la policía sabía mucho más de él que meses atrás, pero eso no convertía el miedo de Logan en algo absurdo.
La diferencia estaba en cómo lo estaba afrontando: hasta no hacía tanto habría tenido que perseguirlo durante días para conseguir que admitiera que estaba preocupado; aquella noche había sido él quien empezó la conversación y quien seguía allí, delante de mí, en vez de encerrarse en algún sitio con el problema.
—Si ocurre algo —dijo—, te lo contaré.
—Lo sé.
—Y llamaré a Alberto.
—También lo sé.
Una sonrisa pequeña apareció en su boca.
—Podrías mostrar un poco más de sorpresa.
—Te estás haciendo predecible.
—Eso sí que es preocupante.
Me rodeó con los brazos y apoyé la cabeza contra su pecho.
Por encima de su hombro vi las cajas de comida todavía abiertas sobre la encimera, dos copas sin recoger y la chaqueta que había dejado tirada sobre una silla al entrar.
Eran cosas normales, pequeñas, de esas que terminaban formando parte de una vida compartida.
Harlan seguía siendo una amenaza que ninguno de los dos sabía medir todavía, pero ya no ocupaba todo el espacio. Por ahora, eso tenía que bastarnos.