Capítulo 28
Logan
La música sonaba lo bastante alta para ocupar el silencio mientras conducía por una carretera que conocía mucho mejor de lo que me habría gustado.
Seis meses atrás había hecho aquel recorrido en sentido contrario.
Entonces iba sentado en el coche de mi madre, con una bolsa que contenía prácticamente todo lo que poseía y la sensación de que el mundo se había movido durante seis años sin esperarme. Aquella mañana de finales de septiembre era yo quien iba a esperar al otro lado.
Marcus salía en menos de una hora.
Bajé un poco el volumen y miré la hora en el salpicadero. Había salido con margen de sobra, aunque no porque temiera llegar tarde. Desde que Alberto había entrado en mi vida, había descubierto que esperar era una habilidad que seguía sin dominar demasiado bien.
Los meses posteriores a lo de Rachel habían sido una sucesión extraña de normalidad y preocupación. El pendrive había dejado de estar en mis manos aquella misma mañana, pero eso no había conseguido que desapareciera de mi cabeza con la misma facilidad.
Alberto nos había ido contando solo lo que podía.
Habían hablado con Rachel en presencia de un abogado, confirmado una parte importante de lo que ella sabía y empezado a tirar de documentos, movimientos bancarios, correos y nombres que llevaban años apareciendo en investigaciones sin que siempre hubieran podido demostrar qué relación guardaban entre sí.
Harlan también había seguido recordándome que existía y el primer mensaje llegó apenas dos días después de que entregara el pendrive .
«¿Lo tienes?»
No respondí y, tres días más tarde, apareció otro.
«Necesito saber dónde está.»
Tampoco respondí. Después llegó otro preguntando si Rachel me había entregado lo que había ido a buscar y, unas semanas más tarde, cuando la investigación empezó a moverse de verdad, recibí el que menos explicaciones necesitaba.
«Ya sé quién lo tiene.»
Ese tampoco lo contesté. Hice capturas de todos los mensajes, llamé a Alberto cada vez y seguí las instrucciones que me daba.
Harlan nunca escribió una amenaza concreta ni volvió a mencionar a Noah o a Marcus, pero después de aquel último mensaje dejó de contactar conmigo y, durante meses, su silencio consiguió ponerme bastante más nervioso de lo que probablemente habría hecho cualquier insulto.
Nora fue quien consiguió que no permitiera que aquello se apoderara del resto, no diciéndome que dejara de preocuparme —nunca había cometido el error de tratarme como si el miedo desapareciera porque alguien te asegurara que todo iba a ir bien—, sino limitándose a seguir allí mientras la vida avanzaba.
Durante aquellos meses también habíamos aprendido a estar juntos de verdad.
La mayoría de las noches que compartíamos terminaba quedándome en casa de Nora, donde podíamos tener algo más de intimidad, aunque alguna vez era ella quien se quedaba en la nuestra después de cenar si se hacía tarde.
La primera vez ni siquiera salió de nosotros: fue Noah quien, con toda naturalidad, preguntó por qué tenía que marcharse si podía dormir allí.
Desde entonces había ocurrido alguna noche más sin que nadie pareciera darle demasiada importancia.
La intimidad entre nosotros había ido encontrando su propio ritmo a medida que nos conocíamos mejor, sin las prisas ni los nervios de las primeras veces.
Pero casi tanto como acostarme con ella me gustaba todo lo que venía alrededor: quedarnos hablando hasta tarde, despertarnos juntos, compartir la ducha alguna mañana, preparar el desayuno todavía medio dormidos o encontrarla acurrucada contra mí en mitad de la noche.
Dormir abrazado a alguien era una sensación que no había sabido cuánto echaba de menos; no a una persona concreta de mi pasado, sino aquello tan sencillo de tener entre los brazos a la mujer que amabas y saber que, cuando abrieras los ojos, seguiría allí.
Eran cosas pequeñas, las que probablemente cualquier pareja terminaba dando por hechas, y quizá por eso yo todavía era incapaz de hacerlo.
El verano había cambiado nuestras rutinas más de lo que esperaba.
Cuando terminó el colegio a principios de junio, Noah empezó a pasar algunas mañanas en las actividades que organizaba el centro y muchas más horas conmigo siempre que los turnos del taller me lo permitían.
Hubo tardes de piscina, películas que él elegía y de las que yo acababa viendo más de lo que estaba dispuesto a reconocer, domingos con Nora, cenas improvisadas y semanas enteras en las que mi madre descubrió que ya no tenía que organizar su vida alrededor de quién se quedaba con su nieto.
A finales de agosto, Noah volvió al colegio protestando porque las vacaciones habían durado poquísimo y asegurando que necesitaba al menos otro mes para recuperarse.
Para entonces, Nora se había convertido en una presencia tan habitual en nuestras vidas que nadie preguntaba ya si iba a venir. Simplemente contábamos con ella.
Pensé en la noche anterior, cuando me había encontrado repasando por segunda vez uno de los mensajes de Harlan aunque llevaba meses guardado en el teléfono.
—No ha cambiado desde la última vez que lo leíste —me había dicho desde el otro lado del sofá.
—Lo sé.
—Y dentro de diez minutos tampoco habrá cambiado.
Había bloqueado la pantalla.
—También lo sé.
Nora no me había pedido el teléfono ni me había dicho que dejara de pensar en ello.
Se limitó a acercarse, apoyar las piernas sobre las mías y continuar viendo la película que Noah había elegido antes de quedarse dormido contra su costado.
Cinco minutos después, yo tampoco estaba pensando en Harlan, y eso era precisamente lo que había conseguido durante aquellos meses: no quitarme el miedo, sino recordarme que había otras cosas a las que prestar atención.
El paisaje empezó a resultarme demasiado familiar conforme me acercaba a la prisión. Los árboles comenzaban a cambiar de color y el aire había refrescado durante las últimas semanas, aunque todavía estábamos lejos del frío que llegaría más adelante.
Aparqué en la zona exterior, apagué el motor y me quedé sentado unos segundos antes de coger el teléfono. Esta vez no tenía que entrar. Había un mensaje esperándome.
Nora: ¿Has llegado?
Le contesté.
Logan: Sí. Acabo de aparcar.
La respuesta apareció casi de inmediato.
Nora: Pues procura no recibirlo con uno de tus abrazos emocionados. Igual vuelve a entrar voluntariamente.
Sonreí.
Logan: No sé de qué hablas. Soy extremadamente afectuoso.
Los tres puntos aparecieron en la pantalla.
Nora: Pregúntale a cualquiera que te conozca.
Guardé el teléfono antes de que pudiera seguir acumulando pruebas en mi contra y salí del coche.
Marcus no tenía a nadie esperándolo fuera.
No porque no hubiera existido gente antes de entrar, sino porque los años también habían hecho su trabajo con él: había perdido el apartamento que tenía alquilado, varios amigos habían desaparecido y la relación con la poca familia que conservaba era lo bastante distante como para que ninguno pudiera convertirse en una opción real de alojamiento.
Por eso, durante las últimas semanas habíamos ido solucionando todo lo práctico antes de su salida.
Nora había movido contactos a través del centro y encontrado una habitación en una casa compartida vinculada a uno de los programas con los que colaboraban.
No era gran cosa, según las fotografías que Marcus había recibido, pero tenía una puerta que podía cerrar, una cama, una pequeña mesa y una dirección que ya constaba en todos los sitios donde tenía que constar.
También habíamos conseguido trabajo para él, aunque nada de balances, auditorías ni empresas dispuestas a confiarle sus cuentas nada más salir de prisión.
Nora conocía al dueño de una cafetería a pocas calles del centro que necesitaba gente y estaba dispuesto a darle una oportunidad, así que Marcus empezaría el lunes ayudando en sala, preparando pedidos y haciendo cualquier cosa que hiciera falta.
Cuando se lo conté por teléfono unos días atrás, guardó silencio durante tanto tiempo que llegué a pensar que se había cortado la llamada.
—¿Sigues ahí?
—Estoy intentando imaginarme llevando una bandeja sin provocar una catástrofe.
—Aprenderás.
—Fui contable durante quince años, Logan.
—Y mira qué bien terminó eso.
—Gracias por el apoyo.
—Para eso están los amigos.
No había vuelto a protestar.
La puerta exterior se abrió poco después de las diez.
Primero salió un hombre al que no conocía y, unos minutos más tarde, apareció Marcus con una bolsa oscura colgada del hombro.
Se detuvo nada más cruzar y reconocí enseguida aquella sensación: la primera mirada al aparcamiento, el cielo sin alambradas, la ausencia de una voz indicando hacia dónde tenías que caminar y esa fracción de segundo en la que llevabas tanto tiempo esperando salir que, cuando por fin ocurría, no sabías muy bien cuál debía ser el primer movimiento.
Dejó la bolsa en el suelo en cuanto llegó a mi altura y durante un segundo nos quedamos mirándonos. Después se le quebró la sonrisa y negó con la cabeza.
—Joder, Mercer.
No me dio tiempo a contestar. Me rodeó con los brazos y me abrazó con una fuerza que me pilló desprevenido, aunque tardé exactamente un segundo en devolvérselo.
—Has venido —murmuró contra mi hombro.
—Te dije que vendría.
Marcus soltó una risa ahogada que terminó pareciéndose demasiado a otra cosa. Cuando se apartó, tenía los ojos húmedos y se pasó una mano por la cara sin molestarse demasiado en disimularlo.
—Ya lo sé. Pero una cosa es que alguien te diga desde fuera que va a estar aquí y otra bastante distinta salir por esa puerta y encontrarlo de verdad.
Aquello me golpeó más de lo que esperaba.
Yo había salido con mi madre aguardándome en el aparcamiento, una casa a la que volver y Noah esperando unas horas más allá.
Marcus acababa de cruzar la misma puerta sabiendo que, si nosotros no hubiéramos estado allí, probablemente no habría habido nadie al otro lado.
Volví a abrazarlo, esta vez porque me dio la gana.
—No estás solo, ¿vale?
Asintió contra mi hombro antes de apartarse otra vez.
—Vale.
Recogí su bolsa del suelo y le di un golpe suave en el brazo.
—Bienvenido fuera.
Marcus respiró hondo y miró alrededor con los ojos todavía algo enrojecidos.
—Es raro.
—Lo será durante un tiempo.
—¿Cuánto?
—Te avisaré cuando deje de serlo.
Eso consiguió que sonriera mientras abría el maletero y Marcus guardaba dentro la bolsa.
—¿Ese es todo tu equipaje?
—He decidido empezar mi nueva vida siguiendo una filosofía minimalista.
—También conocida como no tener una mierda.
—Exactamente.
Subimos al coche y, durante los primeros minutos, Marcus permaneció pegado a la ventanilla, mirando todo como si estuviera intentando absorber de golpe los más de tres años que había pasado dentro.
No le hice preguntas porque a mí tampoco me habían servido de nada el día que salí. Fue Marcus quien terminó rompiendo el silencio.
—¿Vamos directamente a la casa?
—Primero a la de mi madre.
Me miró.
—Logan.
—No discutas. Lleva cocinando desde ayer y creo que tiene comida suficiente para alimentar a todos los internos que acabas de dejar atrás.
—No conozco a tu madre.
—Ella considera que eso es un problema que puede solucionar en aproximadamente tres minutos.
—¿Y quién más va a estar?
—Nora, Noah y yo.
Marcus volvió a mirar por la ventana.
—Eso suena bastante a comida familiar.
—Porque lo es.
—No soy familia.
Tardé un momento en contestar.
—Durante casi tres años fuiste la persona que estaba al otro lado cuando necesitaba recordar que todavía existía algo fuera de aquellas paredes. Vas a sobrevivir a una comida con mi madre.
Marcus se quedó callado.
—Además —añadí—, Noah lleva meses queriendo conocer al hombre que me ganó catorce dólares jugando a las cartas y nunca me los devolvió.
Giró la cabeza.
—Eso es difamación.
—Tengo testigos.
—Todos delincuentes.
—Sigue siendo gente.
Se rio por primera vez de verdad desde que había salido y algo dentro de mí se aflojó.
Puse de nuevo la música mientras nos alejábamos de la prisión, consciente de que todavía le quedaban muchas cosas por delante: la supervisión, un trabajo que no tenía nada que ver con la vida que había tenido antes, una habitación que todavía no podía llamar hogar y el mismo tipo de miradas que yo había aprendido a reconocer durante mis primeras semanas fuera.
No podía evitarle nada de eso, pero sí podía hacer por él lo que otros habían hecho por mí: estar cerca mientras encontraba la manera de reconstruirse.
Cuando tomamos la salida hacia Denver, Marcus bajó un poco la ventanilla y dejó entrar el aire fresco.
—¿Sabes qué es lo primero que quiero hacer después de comer?
—¿Qué?
—Comprar café que no sepa a agua sucia.
—Te llevo a la cafetería donde empiezas el lunes.
Me miró con auténtico horror.
—Dime que el café es bueno.
—No tengo ni idea.
—Logan.
—Bienvenido a tu nueva vida.
Marcus negó con la cabeza, pero seguía sonriendo mientras la ciudad empezaba a aparecer delante de nosotros.