Todo lo que perdí Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—Algo que no tenía que haber hecho. Y aprendí que cuando alguien te pide que cruces una línea pequeña, lo difícil no suele ser esa primera línea. Es saber dónde vas a parar después.

No necesitaba contarle más y ella tampoco preguntó.

—¿La policía puede ayudarme de verdad?

—Pueden escucharte, investigar lo que está pasando y decidir qué medidas hacen falta si existe una amenaza. Si necesitas un abogado, dilo. Si tienes miedo por tu hijo, dilo también. Pero no dejes que Harlan decida por ti solo porque llevas meses esperando a que ocurra algo.

Rachel volvió a mirar hacia las escaleras.

—Mi hijo no sabe nada.

—No tiene por qué saberlo ahora.

—Tiene nueve años. Cree que perdí el trabajo porque la empresa cerró y que estoy nerviosa porque todavía no he encontrado otro.

—Entonces intentemos que siga siendo lo único que tenga que saber.

Permaneció en silencio durante bastante tiempo y yo no la apremié. Fuera, Alberto debía de estar escuchándolo todo, así que confié en que entendiera por qué no pensaba empujarla. Cuando por fin tomó una decisión, Rachel se dirigió hacia la cocina.

—Espera aquí.

La vi desaparecer al fondo y escuché abrir un armario, después un cajón y algún objeto que golpeó suavemente contra una superficie. Regresó con un sobre marrón, bastante más pequeño de lo que había imaginado, y se detuvo frente a mí sin entregármelo.

—Lo he tenido escondido desde que cerró la empresa.

Abrió la solapa, metió dos dedos y sacó una pequeña memoria USB negra.

—Esto es todo lo que había dentro.

Nada especialmente llamativo. Un objeto que cabía entre dos dedos y que, sin embargo, llevaba meses condicionando la vida de aquella mujer.

—No la has conectado nunca.

—Nunca. Al principio porque mi jefe me dijo que no tocara el contenido. Después, porque empecé a tener miedo de descubrir qué había ahí dentro.

La observó un instante antes de extender la mano.

—Si te la doy, va a la policía.

—Directamente.

—No a Harlan ni a nadie que pueda hacérsela llegar.

—No.

—¿Me lo prometes?

Negué despacio.

—No voy a prometerte cosas que no dependen de mí. No sé qué harán con ella después ni qué consecuencias tendrá lo que encuentren. Lo que sí puedo decirte es que, en cuanto salga de esta casa, se la entregaré al detective que está llevando esto.

Rachel mantuvo la memoria entre los dedos unos segundos más.

—¿Cómo se llama?

—Alberto Ruiz.

—¿Está escuchando ahora?

—Sí.

Miró hacia mi pecho, como si pudiera localizar el transmisor a través de la camiseta.

—Pues dile que quiero hablar con un abogado antes de que me hagan preguntas.

—Te está oyendo. Y tienes derecho a hacerlo.

—También quiero saber qué pueden hacer para que mi hijo no se vea metido en esto.

—Díselo exactamente así cuando hables con él.

Respiró hondo y finalmente dejó el pendrive en mi palma. Pesaba prácticamente nada, pero al cerrar los dedos alrededor de él tuve la sensación de que acababa de recoger algo mucho más grande de lo que Harlan había querido hacerme creer, así que me lo guardé en el bolsillo delantero del pantalón.

—¿Quieres que Alberto entre?

Rachel miró hacia el reloj de la pared.

—Hoy no. Tengo que recoger a mi hijo dentro de un rato y no quiero que llegue a casa y encuentre policías aquí. Necesito pensar cómo voy a explicarle siquiera que voy a hablar con alguien.

—Alberto puede llamarte y organizarlo donde tú quieras.

—Mejor.

Me acompañó hasta la entrada y se detuvo con la mano sobre el pomo.

—Logan.

—¿Qué?

—Si Harlan descubre que has hecho esto, no va a pensar que simplemente decidiste ayudarme.

La miré.

—Ya lo sé.

—No creo que lo sepas.

No sonó como una amenaza ni como una advertencia exagerada. Sonó como alguien que llevaba mucho más tiempo que yo viviendo pendiente de las consecuencias.

—Probablemente no —admití.

Rachel abrió la puerta.

—Ten cuidado.

Salí y crucé el jardín sin volverme. Había recorrido apenas media calle cuando el teléfono vibró en mi bolsillo.

—Sigue andando —dijo Alberto en cuanto contesté—. Gira a la derecha al final y continúa hasta la siguiente esquina. Estoy allí.

—Tengo el pendrive.

—Lo he oído. No lo saques hasta que llegues.

Seguí sus indicaciones y encontré su coche aparcado dos calles más allá. Alberto salió cuando me vio acercarme y llevaba preparada una bolsa transparente para evidencias.

Saqué la memoria del bolsillo y la dejé dentro sin tocar nada más.

—Rachel asegura que nunca la ha conectado a ningún dispositivo —le expliqué—. Estaba dentro del sobre que le dio el hermano de Harlan antes de desaparecer.

Alberto selló la bolsa.

—¿Tú la has conectado o manipulado de alguna otra forma?

—No. La he cogido, me la he guardado y he venido hasta aquí.

—Perfecto.

Guardó la bolsa con cuidado.

—Quiere un abogado antes de hablar con vosotros y está preocupada por su hijo.

—También he oído eso. Contactaremos con ella de forma discreta y le explicaremos sus opciones. Primero quiero saber qué tenemos aquí y comprobar algunas de las cosas que ha contado.

Miré hacia el lugar donde había guardado el pendrive.

—¿Y si de verdad está en peligro?

—Entonces actuaremos en consecuencia. Pero no voy a prometerle un programa de protección ni ninguna medida concreta antes de valorar el riesgo y saber qué sabe realmente. Lo que sí podemos hacer es evitar que siga gestionando esto sola.

Era bastante parecido a lo que Nora llevaba semanas intentando enseñarme, y mientras Alberto cerraba la puerta del coche pensé que quizá empezaba a entenderlo de verdad.

—Tu parte termina aquí por ahora.

—¿Por ahora?

—No voy a mentirte. Si esto contiene algo importante, es posible que tengamos que volver a hablar contigo. Y si Harlan contacta otra vez, me llamas antes de hacer cualquier otra cosa.

—Eso ya lo sé.

—Me gusta repetir las instrucciones con las personas que tienen cierta tendencia a pensar que pueden resolverlo todo por su cuenta.

Lo miré.

—Nora habla demasiado contigo.

—Nora habla lo justo.

No pude evitar negar con la cabeza.

—¿Y ahora qué hago?

—Ahora vuelves a tu vida y nos dejas trabajar.

Era exactamente lo que llevaba semanas queriendo escuchar y, sin embargo, no consiguió tranquilizarme tanto como esperaba.

Regresé hacia mi coche sabiendo que había hecho lo único que podía hacer.

Colaborar con Harlan al margen de la ley nunca había sido una opción.

Aquella vez quería que recogiera un pendrive; la siguiente podía ser cualquier otra cosa y, si aceptaba convertirme en su mensajero, acabaría cruzando otra vez líneas que ya sabía perfectamente adónde podían llevarme.

Había elegido otra cosa: ir a la policía, dejar que Nora entrara en el problema y entregarles el pendrive sin intentar averiguar por mi cuenta qué contenía.

Todo eso estaba bien, pero no significaba que Rachel estuviera equivocada.

Mientras abría la puerta del coche, recordé su advertencia y entendí que hacer lo correcto no garantizaba que no hubiera consecuencias.