Todo lo que perdí Capítulo 27
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Capítulo 27

Logan

Tardaron bastante más de lo que esperaba en abrir.

Primero oí pasos al otro lado, después el roce de algo contra la puerta y, por último, el sonido de una cerradura.

La mujer que apareció tendría poco más de treinta años, llevaba el pelo recogido de cualquier manera, unos pantalones cómodos y una sudadera demasiado grande, y me observó sin abrir más de un palmo.

—¿Rachel?

Su expresión cambió lo justo para que supiera que había acertado.

—¿Quién eres?

—Logan.

El nombre no pareció decirle nada y tampoco esperaba que lo hiciera.

—Me manda Harlan.

La reacción fue inmediata. Miró por encima de mi hombro hacia la calle y volvió a fijarse en mí.

—¿Vienes solo?

—Sí.

No había nadie conmigo en aquel porche y no pensaba contarle nada más hasta saber con quién estaba hablando.

Rachel vaciló antes de abrir un poco más.

—Entra. No quiero hablar de Harlan en la puerta.

Crucé el umbral y esperé a que cerrara detrás de mí.

La casa era pequeña y estaba demasiado ordenada para parecer realmente tranquila.

Había una taza a medio terminar sobre la mesa del salón, varios juguetes recogidos dentro de una cesta y una mochila infantil apoyada junto a las escaleras.

Las zapatillas que había visto desde fuera tenían entonces bastante más sentido.

Rachel siguió mi mirada.

—Mi hijo está en el colegio.

Asentí sin comentar nada y ella señaló el salón, aunque ninguno de los dos llegó a sentarse.

—¿Qué quiere?

—Que recoja algo que tienes.

Se abrazó a sí misma.

—¿Qué te ha dicho exactamente?

—Muy poco. Que viniera hoy, que tú sabrías qué tenía que recoger y que después se lo hiciera llegar.

—Claro.

No había sorpresa en su voz. Miedo, sí.

—¿Esperabas que viniera alguien?

—Sabía que algún día aparecería alguien. No sabía cuándo.

—¿Qué tengo que llevarme?

Me dedicó una mirada desconfiada.

—Si te manda Harlan, deberías saberlo.

—Harlan no es especialmente generoso con las explicaciones.

Aquello pareció convencerla algo más que cualquier historia elaborada que pudiera haber inventado.

Rachel caminó hasta la ventana, separó apenas la cortina y miró hacia fuera antes de volver a dejarla caer.

—Un sobre.

—Eso sí me lo dijo.

—Entonces ya sabes lo mismo que yo.

Fruncí el ceño.

—¿No sabes qué contiene?

—Sé lo que había dentro cuando lo abrí. Lo que no sé es qué contiene realmente eso.

No entendí la diferencia y debió de notármelo.

—Trabajaba para una empresa del hermano de Harlan —explicó—.

Administración, facturas, proveedores, nóminas…

cosas normales. O eso pensaba entonces. Un día me pidió que guardara un sobre.

Me dijo que no lo dejara en la oficina, que me lo llevara a casa y que alguien pasaría a recogerlo cuando llegara el momento.

—¿Y aceptaste?

—Era mi jefe. Me dijo que eran copias de seguridad de unos archivos y que no quería que se quedaran allí mientras resolvía un problema. No vi ningún motivo para pensar que estaba haciendo nada ilegal.

No sonó a excusa. Más bien a una explicación que llevaba mucho tiempo repitiéndose a sí misma.

—¿Qué pasó después?

—Durante las semanas siguientes empezaron los problemas. Proveedores que llamaban porque no cobraban, cuentas bloqueadas, gente que dejó de aparecer por la oficina…

»Hasta que un lunes fui a trabajar y aquello estaba prácticamente vacío. El hermano de Harlan había desaparecido, nadie sabía dónde estaba y poco después la empresa cerró. Yo me quedé sin trabajo, con un niño, una hipoteca y ese maldito sobre escondido en casa.

—¿Nunca volvió a ponerse en contacto contigo?

Negó despacio.

—Él no. Otra gente sí.

—¿Qué gente?

—No lo sé. Llamadas desde números ocultos, preguntas sobre si había conservado documentos de la empresa, un coche que vi varias veces aparcado cerca de casa…

»Nada que pudiera llevar a la policía y decirles: «Miren, aquí está la amenaza». Solo cosas suficientes para que cada vez que mi hijo tarda cinco minutos más de la cuenta en salir del colegio me entren ganas de vomitar.

Aquello sí lo entendía.

—¿Harlan te ha llamado?

—Nunca directamente.

—Pero sabes que está detrás.

Rachel soltó una risa sin humor.

—Sé quién es. Y sé cómo funcionaban algunas cosas alrededor de su hermano, aunque tardara demasiado en entenderlas.

—¿A qué te refieres?

Se quedó mirando la taza sobre la mesa.

—Al principio solo eran cuentas que no cuadraban. Facturas por servicios que nadie parecía haber prestado, empresas que aparecían y desaparecían, transferencias que daban demasiadas vueltas antes de llegar a ninguna parte. Yo no era contable, Logan. Procesaba lo que me daban y hacía mi trabajo.

—Pero empezaste a sospechar.

—Sí. Y cuando lo hice, ya llevaba demasiado tiempo allí como para poder convencerme de que no había visto nada.

Seguía sin saber hasta dónde estaba implicada y tampoco podía olvidar que Alberto estaba escuchando cada palabra. Mi trabajo no era decidir si Rachel era inocente, pero al menos empezaba a tener claro que no estaba delante de alguien encantado de formar parte de aquello.

—¿Por qué abriste el sobre?

Rachel tardó un momento en responder.

—Porque hace unas semanas alguien dejó otro en mi buzón.

—¿Qué había dentro?

—Nada.

La miré.

—¿Vacío?

—Completamente. Ni una nota, ni un nombre. Solo un sobre parecido al que llevaba meses guardando. Quizá no significaba nada, pero esa noche abrí el primero.

Se dirigió hacia una silla y apoyó una mano sobre el respaldo.

—Dentro había una memoria USB. No la he conectado nunca. Ni siquiera sé si funciona. Volví a guardarla y desde entonces estoy esperando a que ocurra algo.

—Y hoy he aparecido yo.

—Y hoy has aparecido tú diciendo que te manda Harlan.

Por primera vez desde que había entrado entendí del todo lo que ella veía cuando me miraba. No a Logan Mercer. Ni siquiera a un desconocido. Veía al hombre que finalmente había ido a buscar aquello que llevaba meses temiendo tener en casa.

—¿Por qué no te deshiciste de ella?

—Porque no sabía qué era peor: conservarla o hacer desaparecer algo que esa gente quería recuperar.

No tenía una respuesta mejor y Rachel se cruzó de brazos.

—¿Qué vas a hacer cuando te la dé?

—Eso depende.

Su expresión cambió.

—¿De qué?

—De algo que necesito saber antes. ¿Estás metida en esto porque quieres?

Se quedó inmóvil.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—La única que me importa ahora mismo.

—Trabajo perdido, llamadas extrañas, meses mirando por encima del hombro y miedo cada vez que mi hijo sale por la puerta. ¿Te parece que estoy disfrutando mucho?

—No he dicho eso.

—Entonces explícame qué haces realmente aquí, porque Harlan no manda a un desconocido a recoger algo y después deja que empiece a hacerme preguntas.

Tenía razón y continuar fingiendo iba a conseguir justo lo contrario de lo que necesitábamos.

—Estuve en prisión con él.

Rachel se apartó ligeramente de la silla.

—¿Qué?

—Salí hace unos meses. Antes de hacerlo escuché una conversación en la que mencionó tu nombre, una dirección y el día doce. Me oyó moverme y supo que estaba cerca.

—¿Cuánto escuchaste?

—Lo suficiente para que después empezaran a pasar cosas.

Le conté lo del móvil que apareció escondido en un armario compartido del taller durante un registro y lo cerca que estuvo de complicarme la salida que ya tenía aprobada.

También que Harlan empezó a acercarse más de lo habitual, a dejar caer que sabía cosas que me habían ocurrido dentro y, una noche, se quedó plantado frente a mi celda sin decir nada.

—Nunca me amenazó directamente —añadí—. No le hacía falta. Todo era lo bastante pequeño como para que yo no pudiera señalar una sola cosa y decir que significaba algo.

Rachel bajó los brazos.

—Eso hace.

—Ya.

—Entonces, ¿por qué has venido?

—Porque me llamó y me pidió que recogiera lo que tienes.

—Eso ya me lo has dicho.

—Lo que no te he dicho es que no pienso entregárselo.

El miedo volvió de golpe.

—Entonces sal de mi casa.

—Escúchame primero.

—No sé quién eres, no sé qué quieres y acabas de decirme que has estado en prisión con Harlan. No voy a darte nada.

—Bien.

Aquello consiguió frenarla.

—¿Bien?

—No tienes por qué dármelo. De hecho, hasta hace diez minutos ni siquiera sabía si tú estabas trabajando con él o si eras otra persona a la que había metido en esto.

—¿Y ahora qué crees?

—Que estás asustada y quieres que desaparezca de tu vida tanto como yo.

Rachel me sostuvo la mirada, y esta vez no discutió.

—Fui a la policía después de que Harlan me llamara.

La vi quedarse completamente quieta.

—¿Qué has hecho?

—Contarles todo. La conversación que escuché dentro, lo que pasó después y la llamada. No sabían quién eras ni qué relación tenías con Harlan, por eso he entrado yo antes de que nadie apareciera aquí enseñando una placa.

Su mirada se fue hacia la ventana.

—¿Hay policías fuera?

—Hay gente cerca por si algo sale mal.

—Dijiste que venías solo.

—A tu puerta he venido solo. Y no podía decirte más sin saber primero si ibas a llamar a Harlan en cuanto cerraras.

No pareció gustarle, pero tampoco podía reprochármelo demasiado.

—¿Te están escuchando?

—Sí.

Se llevó una mano a la frente.

—Dios mío.

—Rachel, mírame.

Tardó unos segundos en hacerlo.

—No puedo prometerte que mañana todo esto vaya a desaparecer. Tampoco sé qué van a encontrar en esa memoria ni si algo de lo que ocurrió en la empresa puede afectarte a ti.

»Para eso puedes pedir un abogado y deberías contarles exactamente qué hiciste y qué no. Pero si tú y tu hijo estáis en peligro, también tienes que decírselo. Ellos podrán valorar qué protección necesitáis.

»Seguir guardando algo que Harlan quiere mientras esperas a que mande al siguiente no va a hacer que estés más segura.

—¿Y tú cómo sabes tanto sobre elegir mal?

La pregunta me pilló desprevenido y, aunque podría haber esquivado la respuesta, decidí no hacerlo.

—Porque acabé seis años en prisión después de convencerme de que aceptar un favor era la forma más rápida de arreglar un problema.

Rachel dejó caer la mano.

—¿Qué hiciste?