Todo lo que perdí Capítulo 26
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Capítulo 26

Logan

El día doce llegó y, poco después de las once de la mañana, conducía hacia la dirección de Rachel con la sensación de llevar una semana entera esperando aquel momento.

Alberto había necesitado menos de dos días para confirmar algunas cosas y bastantes más para decidir cómo querían actuar.

Rachel vivía efectivamente en la casa cuya dirección Harlan me había enviado, no tenía antecedentes y había trabajado durante varios años como administrativa para una empresa relacionada con el hermano de Harlan.

Había dejado el puesto hacía unos meses y, según Alberto, a partir de ahí las coincidencias empezaban a resultar demasiado interesantes para seguir tratándolas como tales.

Del número desde el que Harlan me había llamado habían sacado bastante menos.

No estaba asociado a él y, cuando intentaron seguirle la pista, ya no llevaba a ninguna parte.

Alberto había contactado también con la prisión, aunque prefirió no explicarme cuánto les había contado ni qué estaban haciendo dentro para averiguar cómo había conseguido Harlan comunicarse conmigo.

—Cuanto menos tengas que preocuparte de lo que ocurre allí dentro, mejor —me había dicho—. Tú preocúpate de no hacer nada distinto de lo que acordemos.

No me costó obedecer; lo complicado había sido esperar.

Durante aquellos días seguimos haciendo exactamente lo que habríamos hecho si Harlan no hubiera vuelto a aparecer en mi vida: yo fui al taller, Nora al centro y Noah al colegio.

Por las tardes hicimos deberes, cenamos con mi madre y discutimos con él porque había decidido que ducharse antes de acostarse era una pérdida de tiempo que podía sustituirse perfectamente por cinco minutos más de televisión.

El domingo fuimos los tres al centro para una de las comidas que organizaban de vez en cuando.

Había demasiada gente, demasiados niños corriendo y suficientes bandejas de comida como para alimentar a medio Denver.

Noah pasó buena parte de la tarde jugando con otros niños y apareció solo cuando tuvo hambre o necesitó que alguno de nosotros resolviera una emergencia que, por lo general, consistía en encontrar una pelota, abrir una botella o decidir quién había marcado realmente un gol.

Durante unas horas conseguí olvidarme casi por completo de Harlan, hasta que el teléfono vibró en mi bolsillo. Había salido un momento al exterior para ayudar a mover unas cajas cuando vi el mensaje.

«No te olvides del jueves. Ella tendrá lo mío.»

Nada más.

Se lo enseñé a Nora antes de llamar a Alberto y seguí las instrucciones que ya me había dado: no responder, no preguntar y no hacer nada que pudiera indicarle a Harlan que la policía estaba al tanto.

Cuando regresé al comedor, Noah estaba sentado en mi sitio comiéndose las patatas que había dejado en el plato.

—Veo que has aprovechado mi ausencia.

—Se estaban enfriando.

Nora, sentada frente a él, levantó las cejas.

—Yo no he visto nada.

Me senté a su lado y le robé a ella una de las suyas.

—Entonces tampoco has visto esto.

—Devuélvemela.

—Demasiado tarde.

Noah se echó a reír y durante el resto de la comida conseguimos que todo siguiera siendo normal.

Había sido una decisión consciente desde el principio.

Noah no sabía nada de Harlan ni de Rachel y queríamos que continuara así.

Ya había tenido suficiente durante los últimos años como para añadir a la lista que un hombre con el que su padre había coincidido en prisión había decidido ponerse en contacto con él poco después de salir.

El resto del domingo transcurrió sin sobresaltos y los días siguientes conseguimos mantener esa misma normalidad. Incluso aquella mañana, antes de poner rumbo a casa de Rachel, había llevado a Noah al colegio como cualquier otro jueves.

—¿Vienes tú a buscarme? —me preguntó antes de bajarse del coche.

—Hoy irá la abuela.

—¿Tienes trabajo?

—Algo así.

Me miró con esa capacidad que empezaba a desarrollar para detectar respuestas incompletas, pero un amigo suyo apareció corriendo hacia la entrada y enseguida dejó de darle importancia. Yo esperaba que siguiera siendo así cuando volviera a verlo.

El navegador indicó que faltaban menos de cinco minutos y bajé un poco la velocidad.

Alberto estaba en algún punto detrás de mí.

No sabía exactamente dónde y esa era parte de la idea.

La casa no debía parecer rodeada de policías porque, si Rachel miraba por una ventana antes de abrirme, necesitábamos que viera justo lo que Harlan le había dicho que vería: a un hombre solo llegando para recoger algo.

A primera hora habíamos repasado el plan por última vez.

—Llamas a la puerta y dices que vas de parte de Harlan —me había explicado Alberto—. Nada más. No le cuentas quién eres si no te lo pregunta y no intentas convencerla de nada. Si quiere darte el sobre, lo recoges. Si quiere hablar, la escuchas. Si te pide que te marches, te marchas.

—¿Y si me invita a entrar?

—Puedes hacerlo siempre que te sientas cómodo. Pero no registras nada, no tocas nada que no te entregue ella y no empiezas a hacer preguntas porque te pique la curiosidad.

—Empiezo a pensar que tienes una opinión bastante baja de mí.

—Tengo una opinión bastante realista de cualquiera que entra en una situación sin saber qué hay al otro lado de la puerta.

Eso había conseguido que cerrara la boca.

También llevaba un pequeño transmisor oculto bajo la camiseta para que Alberto pudiera escuchar lo que ocurriera y habíamos acordado que, si necesitaba que intervinieran, bastaría con decir que probablemente me había equivocado de dirección.

La frase me había parecido ridícula cuando me la explicó; en aquel momento, bastante menos.

Giré por una calle residencial tranquila, rodeada de casas unifamiliares, jardines pequeños, árboles que empezaban a cambiar de color y coches aparcados junto a las aceras.

Nada parecía especialmente amenazador hasta que el navegador anunció que había llegado y reduje la velocidad para localizar el número.

La casa era de dos plantas, de ladrillo claro, con un pequeño porche delantero, un coche gris aparcado en la entrada y las persianas de la planta baja medio abiertas.

Junto a los escalones había una maceta vacía.

Seguí de largo tal y como Alberto me había indicado, di la vuelta a la manzana y, cuando estaba a punto de regresar a la calle, el teléfono sonó a través del manos libres.

—¿La has visto?

—Sí.

—¿Algo raro?

—Una casa, un coche y una maceta con una planta muerta. De momento no parece el cuartel general de nadie.

—Intenta contener la decepción.

—Haré un esfuerzo.

Su tono cambió al instante.

—A partir de ahora, en serio. Aparca donde acordamos y haz exactamente lo que hemos hablado. Si algo no te gusta, sales. No tienes que demostrar nada y no necesitamos ese sobre lo suficiente como para que corras un riesgo absurdo por conseguirlo.

—Lo sé.

—Logan.

—Lo sé, Alberto.

Hubo una breve pausa.

—Bien. Nos vemos cuando salgas.

La llamada terminó y aparqué unos metros más adelante de la casa. Apagué el motor, me quedé un momento con las manos sobre el volante y pensé en Nora, en cómo aquella mañana, antes de salir, me había agarrado de la camiseta y me había obligado a mirarla.

—No tienes que demostrarle a nadie que puedes hacerlo.

—Alberto ya me ha dado el mismo discurso.

—Entonces será porque tienes fama.

La había besado antes de marcharme y, por primera vez en mucho tiempo, no había sentido la necesidad de decirle que no se preocupara. Podía hacerlo; yo también estaba preocupado. La diferencia era que aquella vez ninguno de los dos tenía que fingir lo contrario.

Salí del coche, cerré la puerta y crucé la acera. Conforme me acercaba, empecé a distinguir detalles que desde la carretera no se veían: un felpudo torcido, unas zapatillas infantiles junto a una silla del porche y una cortina que se movió ligeramente en una de las ventanas. Había alguien dentro.

Subí los dos escalones, me detuve frente a la puerta unos segundos y finalmente levanté la mano para llamar.