Todo lo que perdí Capítulo 25
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Capítulo 25

Logan

No me gustaban las comisarías y tampoco era difícil entender por qué. A la mañana siguiente de la llamada de Nora a Alberto Ruiz, entré con ella en una de las dependencias de la Policía de Denver, recordándome que aquella vez nadie me había llevado hasta allí esposado.

Alberto nos esperaba junto al mostrador de recepción. Rondaría los cuarenta, vestía vaqueros oscuros y una camisa azul con las mangas remangadas, y lo primero que hizo al ver a Nora fue darle un abrazo rápido.

—Hacía tiempo que no conseguías meterme en un problema antes de las nueve de la mañana.

—Te encanta sentirte necesario.

—Eso es verdad.

Después me tendió la mano.

—Alberto Ruiz.

—Logan Mercer.

Su apretón fue firme, sin esa mirada demasiado larga que había aprendido a reconocer cuando alguien sabía de dónde venía y todavía no había decidido qué hacer con esa información.

—Vamos a un sitio donde podamos hablar tranquilos.

Nos condujo por un pasillo hasta una sala pequeña con una mesa, cuatro sillas y una ventana que daba a otro edificio. No era la misma en la que me habían sentado seis años atrás después del robo, pero se parecía lo suficiente para que mi cuerpo la reconociera antes que mi cabeza.

—Nora me contó lo justo anoche porque le dije que prefería escucharlo directamente de ti. Así que empieza por donde creas que tengo que empezar.

Miré un instante a Nora, pero ella no dijo nada. Me tocaba a mí.

—Harlan está cumpliendo condena en la misma prisión de la que salí yo.

Alberto asintió para que continuara.

Le expliqué que todo había empezado antes de mi salida, cuando escuché por casualidad una conversación de Harlan en la que mencionaba a Rachel, una dirección, un jueves y la advertencia de no hacer nada antes del día doce. Hice ruido al moverme y él se dio cuenta de que estaba allí.

—¿Te preguntó cuánto habías oído? —intervino Alberto.

—Sí. Le quité importancia. Le dije que prácticamente nada y seguí a lo mío, pero a partir de ahí empezaron a pasar cosas.

Le conté lo del registro y el teléfono móvil que apareció escondido en uno de los armarios compartidos del taller.

No era mío y al final no pudieron demostrar que tuviera nada que ver conmigo, pero durante unas horas existió la posibilidad de que aquello terminara complicando la salida que ya tenía aprobada.

—¿Crees que lo puso Harlan?

—No puedo demostrarlo. Ni siquiera puedo asegurar que fuera él. Pero después empezó a acercarse lo justo para que dejara de parecerme una coincidencia.

También le expliqué que, poco después, Harlan había dejado caer que se había enterado de lo ocurrido en el taller de la prisión, como si quisiera que supiera que estaba pendiente de lo que me pasaba.

Y una noche, antes de que apagaran las luces, se quedó plantado frente a la puerta de mi celda durante varios segundos sin decir nada antes de marcharse.

—Nunca llegó a amenazarme —añadí—. Ese era el problema. Por separado, ninguna de esas cosas significaba demasiado. Pero todo empezó después de que me pillara escuchando aquella conversación.

Seguí con la llamada del lunes, el número desconocido y aquella forma de hablarme como si compartir una prisión hubiera creado entre nosotros algún tipo de deuda. Cuando llegué a la petición de que fuera a ver a Rachel y recogiera algo para él, Alberto se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Qué quería que recogieras exactamente?

—Dijo que era un sobre, nada más.

—¿Te dio alguna pista sobre lo que podía haber dentro? Dinero, documentos, cualquier cosa que te permitiera saber qué ibas a buscar.

—No. Y tampoco se lo pregunté. Para entonces ya tenía bastante claro que no pensaba acercarme a Rachel.

Cuando llegué a la parte en la que Harlan había mencionado a Marcus y a Noah, Alberto dejó de tomar notas y levantó la vista hacia mí.

—Repíteme exactamente cómo habló de tu hijo.

—No dijo su nombre. Comentó que parecía que me había organizado bien fuera: trabajo, casa, el niño. Nada más.

—¿Y antes habíais hablado de tu familia?

—No.

—¿Durante la prisión sabía que tenías un hijo?

—Podría saberlo cualquiera que hubiera estado cerca el tiempo suficiente. Noah me visitaba, recibía cartas, hablaba de él con Marcus… Nunca fue un secreto.

Alberto apoyó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Que pudiera saberlo no significa que mencionarlo fuera casual.

—Eso mismo me dijo Nora.

—Porque Nora es una mujer extraordinariamente sensata.

—Gracias.

La miré.

—No lo animes.

Alberto sonrió apenas antes de volver a mí.

—¿Qué pasó después de colgar?

Saqué el teléfono y abrí el mensaje.

—Esto.

Se lo entregué.

Leyó la dirección y la frase que aparecía debajo.

«El doce estará en casa. Solo tienes que llamar a la puerta.»

—¿Después del mensaje volviste a tener algún contacto con él? ¿Le respondiste, llamaste al número o intentó localizarte otra vez?

—No. No contesté al mensaje, no devolví la llamada y tampoco ha vuelto a contactar conmigo.

Me devolvió el teléfono.

—Bien. No borres nada. Ni llamadas, ni mensajes, ni siquiera si vuelve a escribirte algo que parece no tener importancia. Y si te llama otra vez, no improvises.

—No pensaba hacerlo.

Alberto sostuvo mi mirada durante unos segundos.

—No te lo estoy diciendo porque crea que eres un idiota, Logan. Te lo digo porque el tipo que te ha llamado cuenta precisamente con que tú pienses que puedes controlar la situación.

No me gustó escucharlo, quizá porque se parecía demasiado a algo que yo mismo ya había empezado a pensar.

—¿Puedes hacer algo con esto?

—Puedo hacer varias cosas. La primera es averiguar desde dónde está contactando contigo y hacer llegar la información a quien corresponda dentro del sistema penitenciario.

»Si está usando un teléfono que no debería tener, ya tenemos un problema dentro de la prisión. La segunda es saber quién es Rachel y por qué Harlan quiere que recuperes algo de ella.

—¿Y vais a ir a su casa?

Alberto se reclinó un poco en la silla.

—Podríamos. Pero antes necesito saber más.

—¿Sobre ella?

—Sobre todos. Harlan, Rachel, lo que haya detrás de ese sobre y por qué ha decidido utilizarte a ti.

Ahora mismo no sé si esa mujer es una víctima, una cómplice, una testigo o alguien que simplemente tiene algo que él no quiere que conserve.

Entrar allí como si supiéramos la respuesta sería una buena forma de equivocarnos desde el principio.

Nora se inclinó sobre la mesa.

—Pero la dirección sí la tenéis.

—Sí. Y eso nos permite trabajar antes del doce.

Lo miré.

—¿Qué significa exactamente trabajar?

—Significa que no voy a mandarte mañana a llamar a esa puerta porque un preso te lo haya pedido.

—Bien.

—Pero tampoco voy a decirte que olvides el asunto y esperes a ver qué ocurre.

Eso me gustó bastante menos y Alberto, como si hubiera notado mi reacción, juntó las manos sobre la mesa antes de continuar.

—Hay una posibilidad que quiero valorar, no decidir ahora. Si confirmamos que la dirección corresponde a Rachel y no encontramos una razón para intervenir de otra manera, puede tener sentido que seas tú quien haga el primer contacto.

Nora se volvió hacia él.

—¿Logan?

—Harlan espera que aparezca Logan. Rachel, si sabe que alguien va a ir, probablemente también espere a alguien enviado por Harlan.

Si nosotros llegamos enseñando placas sin saber qué relación tiene ella con todo esto, puede cerrarnos la puerta, destruir lo que tenga o desaparecer antes de que consigamos averiguar nada.

Noté que se me endurecía la mandíbula.

—Así que quieres que haga exactamente lo que Harlan me ha pedido.

—No.

La respuesta llegó sin vacilar.

—Quiero que entiendas la diferencia antes de que sigamos hablando. Harlan quiere que vayas solo, recojas algo y se lo hagas llegar de alguna manera.

»Si llegamos a utilizarte para contactar con Rachel, no irás solo, no te llevarás nada a ninguna parte por tu cuenta y no tomarás una sola decisión fuera de lo que hayamos acordado. Habrá gente pendiente de ti y, si algo cambia, sales de allí.

—¿Gente dónde?

—Lo bastante cerca.

No me hizo ninguna gracia, y Alberto debió de notarlo.

—Y tampoco estoy diciéndote que tengas que hacerlo. Tú no trabajas para nosotros y esto no convierte tu libertad supervisada en una obligación de jugar a ser policía. Si no quieres entrar en esa casa, no entrarás.

Miré a Nora, que seguía seria.

—¿Qué piensas? —le pregunté.

—Que quiero saber qué averigua Alberto antes de pensar en el resto.

Volví hacia él.

—Supongamos que acepto y Rachel me entrega el sobre.

—No lo abres.

—Eso ya lo había supuesto.

—Sales, nos lo entregas y se acabó tu parte. A partir de ahí veremos qué es, cómo se ha obtenido y qué necesitamos legalmente para utilizarlo. Si ella quiere hablar, hablaremos con ella. Si no quiere, tendremos que trabajar con lo que tengamos.

—¿Y si me pregunta para qué lo quiere Harlan?

—No inventas nada. Le dices únicamente lo que él te haya dicho.

—Que vaya a recogerlo.

—Exacto.

Me removí en la silla. Había algo profundamente absurdo en estar sentado frente a un detective hablando de hacer precisamente aquello que llevaba días decidido a no hacer y, sin embargo, no se parecía en nada a lo de Evan.

Entonces había habido una noche, una cantidad de dinero y una mentira lo bastante cómoda para convencerme de que limitarme a conducir me mantenía al margen de lo que ocurría.

Esta vez estaba sentado delante de un policía antes de mover un dedo.

Alberto abrió la carpeta y volvió a coger el bolígrafo.

—Hay otra cosa que necesito que tengas clara. Si Harlan vuelve a contactar contigo y cambia las condiciones, me llamas. Si te pide que vayas a otro sitio, me llamas.

»Si menciona otra vez a tu hijo, a Marcus o a cualquier persona de tu entorno de una forma que te parezca extraña, me llamas. No decides tú si merece la pena contármelo.

—Eso va a costarle.

Nora lo dijo sin rastro de humor.

La miré.

—Estoy aquí sentado, ¿no?

—Después de dos días.

—Un progreso sigue siendo un progreso.

Alberto dejó escapar una risa breve.

—No pienso meterme en esto.

—Buena decisión —murmuré.

La expresión se le volvió seria enseguida.

—Hay algo que sí quiero preguntarte, Logan. Si no estuviera Nora, ¿habrías venido?

La pregunta me pilló desprevenido y podría haberle dado una respuesta fácil, pero no lo hice.

—Probablemente no.

Nora no se movió a mi lado y Alberto tampoco pareció sorprendido.

—Entonces procura acordarte de eso si vuelves a pensar que contarle algo a alguien te complica la vida. A veces lo único que hace es impedir que la compliques tú mucho más.

Bajé la vista hacia mis manos.

—¿También das charlas de pareja o eso va incluido con la placa?

—Eso te lo cobro aparte.

Esta vez sí sonreí mientras Alberto cerraba la carpeta.

—Voy a mover esto hoy. Necesito unas horas para comprobar varias cosas y hablar con un par de personas. Hasta entonces no contactas con Rachel, no vuelves a llamar a ese número y no haces ninguna visita improvisada a la dirección.

—No pensaba hacerla.

—Perfecto. Así podré fingir que mis instrucciones han servido para algo.

Nos levantamos y, antes de abrir la puerta, Alberto se volvió hacia mí.

—Una última cosa. Si acabamos haciendo el contacto, quiero que entiendas que no será porque necesitemos que te hagas el héroe. Será porque puedes ser la forma más sencilla de conseguir que una mujer abra una puerta. Nada más.

Asentí.

—No tengo ninguna intención de hacerme el héroe.

Nora me miró con una expresión que dejó bastante claro lo que opinaba de aquella afirmación.

—Ni una palabra —le advertí.

—No pensaba decir nada.

Alberto abrió la puerta antes de que pudiera añadir algo más con una sonrisa que intentó disimular.

Salimos de la sala y recorrimos el pasillo en silencio. Solo cuando llegamos a la calle y las puertas de la comisaría se cerraron detrás de nosotros sentí que respiraba con normalidad otra vez. A mi lado, Nora metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Estás bien?

—Sí.

Me miró de lado.

—¿Seguro?

—No me entusiasma la idea de entrar en casa de una desconocida para recoger algo que quiere un preso, aunque haya policías esperando fuera.

—A mí tampoco.

Aquello me hizo mirarla.

—Pensaba que ibas a decirme que era lo correcto.

—Puede ser lo correcto y seguir sin gustarme.

Pasé un brazo alrededor de sus hombros y la acerqué a mí mientras empezábamos a caminar hacia el coche.

—Gracias por obligarme a venir.

—No te he obligado.

—Has estado bastante cerca.

—Pues imagina lo insoportable que puedo llegar a ser si vuelves a ocultarme algo durante dos días.

—Intentaré no averiguarlo.

Nora apoyó la cabeza un instante contra mi hombro mientras seguíamos caminando. Todavía no sabía qué tenía Rachel, por qué Harlan lo quería ni qué encontraría Alberto cuando empezara a tirar del hilo, pero por primera vez desde aquella llamada tampoco era yo el único que tenía que averiguarlo.