Capítulo 24
Nora
Supe que algo iba mal antes de que Logan hiciera nada lo bastante evidente como para poder señalarlo.
Empezó por cosas pequeñas. Un mensaje que tardaba horas en responder cuando durante las últimas semanas apenas dejábamos pasar media hora.
Una cena en la que tuve que repetirle dos veces una pregunta porque estaba mirando el teléfono sin verlo realmente.
El martes apareció en el centro para recoger a Noah y, mientras el niño terminaba de guardar sus cosas, Logan consultó la pantalla tres veces en menos de cinco minutos.
Cuando le pregunté si ocurría algo, me dijo que no.
El miércoles por la noche ya no me lo creía.
Habíamos cenado en casa de Diane y ella estaba recogiendo la cocina mientras Noah intentaba terminar unos deberes en la mesa del comedor.
Yo había llevado trabajo del centro para adelantar un par de cosas, aunque llevaba más de diez minutos con el mismo correo abierto porque estaba bastante más pendiente de Logan que de la pantalla.
Estaba sentado en el sofá, con un brazo apoyado sobre el respaldo y el teléfono boca abajo junto a la pierna. No lo había tocado desde hacía un rato, pero aun así seguía mirándolo demasiado.
—Papá.
Logan levantó la cabeza.
—¿Qué?
—No encuentro la hoja de matemáticas.
—Mira en la mochila.
—Ya he mirado.
—Pues estará en la carpeta.
Noah desapareció hacia el recibidor y regresó menos de un minuto después.
—No está.
Logan se pasó una mano por la nuca.
—Noah, tiene que estar en algún sitio. La has traído del colegio.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Sí. Bueno… no sé.
Diane apareció desde la cocina secándose las manos con un paño.
—Mira bien en el bolsillo pequeño de la mochila. Ayer metiste ahí unos papeles porque decías que la carpeta no cerraba.
Noah volvió a marcharse y yo vi a Logan coger el teléfono, encender la pantalla y apagarla casi en el mismo movimiento.
—¿Esperas una llamada? —pregunté.
—No.
No levantó la vista y decidí dejar pasar la respuesta. Poco después, Noah regresó otra vez.
—No está.
Logan soltó el aire con demasiada fuerza.
—Pues no sé qué quieres que haga, Noah. Si cada vez que te dan algo en el colegio lo metes en el primer sitio que encuentras, luego no podemos pasarnos media noche buscándolo. Ya eres lo bastante mayor para saber dónde dejas tus cosas.
El niño se quedó quieto. Logan no había gritado ni había dicho nada especialmente duro, pero el tono había sido suficiente para cortarlo.
—Solo te he preguntado —murmuró Noah.
Logan pareció darse cuenta en ese mismo instante. Dejó el teléfono sobre el sofá y se incorporó.
—Ya lo sé. Ven.
Noah se acercó con menos entusiasmo del habitual.
—No tenía que haberte contestado así. Estoy un poco distraído y lo he pagado contigo, así que eso es cosa mía, no tuya. Vamos a buscar la hoja juntos.
Noah asintió y los dos fueron hacia la entrada. Diane me miró desde la cocina y yo le devolví la mirada, pero ninguna dijo nada. Cinco minutos después encontraron la hoja doblada dentro de un libro. Noah terminó los ejercicios y subió a ducharse sin que volviera a ocurrir nada.
Esperé hasta oír cerrar la puerta del baño y me acerqué a Logan, que estaba recogiendo los lápices que habían quedado sobre la mesa.
—¿Ahora vas a decirme qué te pasa?
No dejó de ordenar las cosas.
—Ya te he dicho que no me pasa nada.
—Y yo llevo dos días fingiendo que me lo creo.
Metió los lápices en el estuche y cerró la cremallera con más fuerza de la necesaria.
—Estoy cansado, Nora. He tenido una semana complicada en el taller y antes he perdido la paciencia con Noah. Ya me he disculpado con él. No creo que haya mucho más que analizar.
—No estoy analizando cómo le has hablado a Noah. Lo que me preocupa es por qué lo has hecho.
Por fin me miró.
—Te acabo de decir que estoy cansado.
—Y yo te estoy diciendo que no es eso.
Vi aparecer la resistencia antes incluso de que contestara. Ya conocía aquella forma de cerrarse. No necesitaba levantar la voz ni marcharse para poner una pared entre él y cualquiera que intentara acercarse demasiado.
—No sé qué esperas que te diga.
—La verdad estaría bien.
—No tengo ninguna verdad especial que contarte.
Me crucé de brazos.
—Llevas dos días pendiente del teléfono, respondes a la mitad de lo que te pregunto y esta noche has saltado con Noah por una hoja de matemáticas. Si necesitas que te deje espacio, puedo hacerlo. Lo que no voy a hacer es quedarme aquí fingiendo que no veo que algo te tiene de los nervios.
Logan apartó la mirada hacia las escaleras.
—No quiero hablar de esto ahora.
—Pues yo creo que precisamente ese es el problema.
Su mandíbula se tensó.
—Nora, déjalo. No todo lo que me pasa tiene que convertirse en una conversación de pareja.
Aquello sí consiguió enfadarme, no por el tono, sino por lo que había detrás.
—Tienes razón. No todo. Pero cuando algo te tiene lo bastante preocupado como para que empieces a pagarlo con la gente que tienes alrededor, deja de ser solo tuyo.
—No lo estoy pagando con nadie.
—Acabas de hacerlo con Noah.
—Y me he disculpado.
—Logan, no estoy diciendo que seas un mal padre porque hayas perdido la paciencia una vez.
Bajé la voz porque Noah seguía arriba y tampoco quería convertir aquello en un espectáculo para Diane.
—Lo que estoy diciendo es que pensé que habías aprendido algo.
Frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que igual fue un espejismo. Porque aparece un problema y vuelves a hacer exactamente lo mismo: te lo guardas, apartas a todo el mundo y decides que ya encontrarás tú solo la manera de resolverlo.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces cuéntamelo.
Se pasó ambas manos por la cara y dio un par de pasos hacia el salón.
—No quiero meterte en algo que no tiene nada que ver contigo.
Lo seguí.
—¿Y tú decides eso por mí?
—Decido qué hago con mis problemas.
—Claro. Y ahí está otra vez.
Se volvió hacia mí.
—¿Otra vez qué?
—El mismo Logan que cree que querer a alguien consiste en evitarle cualquier cosa mala aunque para hacerlo tenga que cargar él solo con todo.
Eso lo hizo callar. No necesitaba mencionar a su padre porque los dos sabíamos perfectamente de qué estaba hablando, así que me acerqué un poco más.
—Somos una pareja. Eso no significa que tengas que contarme cada pensamiento que se te pase por la cabeza, ni que yo tenga derecho a meterme en todo.
»Pero sí significa que, cuando algo importante se tuerce, no puedes decidir que la parte buena de estar juntos es para los dos y la mala te pertenece solo a ti.
Logan bajó la vista un instante.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es. Para eso está el otro.
Esperé hasta que volvió a mirarme.
—Las alegrías entre dos se hacen más grandes. Los problemas funcionan al revés: si dejas que alguien los comparta contigo, pesan menos. Pero para eso tienes que dejar de echarme fuera cada vez que aparece uno.
Durante unos segundos no dijo nada. La tensión pareció aflojarse en sus hombros, aunque no porque estuviera más tranquilo, sino porque de pronto se veía cansado de otra manera. Al final, se sentó en el brazo del sofá.
—Me llamó Harlan.
Tardé un instante en colocar el nombre.
—¿El de la prisión?
Asintió y me senté frente a él.
—¿Cuándo?
—El lunes.
Cerré los ojos un momento.
—Llevas desde el lunes con esto tú solo.
—No ha pasado nada.
—Logan…
—Déjame contártelo antes de que empieces.
Me callé y entonces empezó a hablar de verdad.
Me explicó la llamada desde el principio: el número desconocido, la forma en que Harlan había conseguido localizarlo, aquella falsa confianza con la que había hablado como si haber compartido prisión durante años los hubiera convertido en amigos.
Después llegó Rachel, el supuesto sobre que quería recuperar y la petición de que Logan fuera a buscarlo.
También me contó que ya había oído aquel nombre antes de salir. Una conversación que entonces no había entendido, una dirección, una rutina y la advertencia de no hacer nada antes del día doce.
—Y mencionó a Marcus —añadió—. No lo amenazó. Técnicamente ni siquiera dijo nada que pudiera considerarse una amenaza. Solo soltó que seguía dentro, que se había cruzado con él y que pensó que me gustaría saber que estaba bien.
—Pero sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Sí.
—¿Y Noah?
Logan tardó un poco más en responder.
—Dijo que parecía que me había organizado bien fuera. Trabajo, casa, el niño. Nada más.
Sentí un escalofrío desagradable.
—Eso tampoco fue casual.
—No.
—¿Ha vuelto a llamar?
—No. Me mandó una dirección y me dijo que el día doce Rachel estaría allí.
Lo observé.
—¿Y qué pensabas hacer?
—Nada.
—No te creo.
Se levantó.
—No iba a ir.
—Eso sí me lo creo. Lo que no me creo es que fueras a quedarte sentado esperando a que Harlan se cansara.
No contestó y aquella fue respuesta suficiente.
—Conozco a alguien —dije.
Logan negó con la cabeza antes de que terminara.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Vas a decir policía.
—Voy a decir Alberto.
Se quedó mirándome.
—¿Quién es Alberto?
—Alberto Ruiz. Es detective de la Policía de Denver. Hace años que colabora con el centro en algunas cosas y con el tiempo nos hicimos amigos.
»No voy a pedirle que haga nada raro, Logan. Solo quiero que le cuentes exactamente lo que me acabas de contar a mí y que sea alguien que sabe de esto quien decida si hay algo que hacer.
—Harlan no me ha amenazado.
—Un preso ha conseguido tu teléfono, sabe cosas de tu vida, te ha pedido que recojas algo para él y ha mencionado a tu hijo y a tu mejor amigo.
Igual para ti todavía no es suficiente, pero me gustaría saber qué opina alguien cuyo trabajo consiste precisamente en distinguir cuándo una cosa empieza a ser seria.
Logan caminó hasta la ventana y se quedó allí unos segundos. No insistí porque había aprendido que empujarlo demasiado solo conseguía que se cerrara aún más. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin mirarme.
—Si voy y resulta que no es nada, habré metido a la policía en una llamada estúpida.
—Entonces Alberto te dirá que no es nada y nos iremos a cenar.
—¿Y si no?
—Entonces habrás hecho algo que llevamos semanas intentando que aprendas a hacer.
Se volvió.
—¿Qué?
—Pedir ayuda antes de que sea demasiado tarde.
No le gustó, se le notó enseguida, pero tampoco discutió. Pasó un rato antes de asentir.
—Llámalo.
Saqué mi teléfono del bolsillo antes de que pudiera arrepentirse y busqué el contacto de Alberto.
—No voy a felicitarte por comportarte como una persona razonable.
—Te lo agradezco.
—Aunque estoy bastante orgullosa.
—Nora.
—Ya me callo.
Pulsé sobre su nombre y me llevé el teléfono al oído.