Todo lo que perdí Capítulo 23
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Capítulo 23

Logan

El lunes empecé la mañana con un Honda que llevaba dos semanas pasando de taller en taller sin que nadie consiguiera averiguar por qué se apagaba cada vez que el motor alcanzaba cierta temperatura.

Aaron dejó la orden de trabajo sobre mi banco y señaló el coche con la barbilla.

—Dos talleres, varias piezas cambiadas y el problema sigue exactamente igual. Si consigues encontrarlo sin empezar a sustituir cosas a ciegas, el dueño probablemente te nombre heredero.

Cogí la hoja y repasé lo que ya habían hecho.

—Qué manera tan bonita de empezar la semana.

—Por eso te lo he guardado.

Se alejó antes de que pudiera agradecerle semejante muestra de afecto y me puse con ello.

Tres semanas atrás habría sentido la necesidad de demostrarle que había hecho bien contratándome. Aquella mañana solo quería encontrar la avería porque empezaba a tocarme las narices que alguien hubiera cambiado media docena de piezas sin resolver nada.

Me llevó buena parte de la mañana, varias comprobaciones y unos cuantos insultos dirigidos a un coche que no tenía culpa de nada, pero acabé encontrando un fallo intermitente en el cableado.

Aaron apareció cuando estaba terminando de revisar las lecturas.

—No me digas que ya sabes lo que es.

—Quiero probarlo un rato más antes de jurarlo sobre una Biblia, pero sí. Hay un cable que empieza a fallar cuando sube la temperatura. Por eso en frío parece que todo está bien y después se viene abajo.

Se inclinó hacia la pantalla para revisar los valores conmigo.

—Eso explica por qué los otros han ido cambiando piezas según lo que les marcaba en cada momento.

—También explica por qué ninguna arregló el problema.

Aaron asintió y me devolvió la orden.

—Haz las pruebas que necesites y, cuando estés seguro, llamamos al cliente. Buen trabajo.

Se marchó sin quedarse vigilando lo que hacía.

Ese tipo de cosas empezaba a pasar cada vez más. Aaron me daba un trabajo y confiaba en que lo sacara adelante. Nadie comprobaba constantemente dónde estaba, qué hacía o si necesitaba que me repitieran una instrucción.

Había tardado un poco en dejar de esperar lo contrario.

A mediodía saqué el teléfono para mirar la hora y encontré una llamada perdida de un número que no conocía.

No le presté demasiada atención. Nora me había escrito para confirmar que seguía en pie que cenáramos juntos al día siguiente y mi madre me recordaba que Noah necesitaba cartulina para el colegio.

Contesté a los dos y volví al trabajo.

El mismo número llamó otra vez algo menos de una hora después.

Estaba guardando unas herramientas en la parte trasera del taller y, como no esperaba ninguna llamada de un cliente, estuve a punto de dejarlo sonar. Al final contesté.

—¿Sí?

Al otro lado hubo un silencio breve.

—Veo que la vida fuera no te ha vuelto tan selectivo con el teléfono como esperaba, Mercer.

Se me tensaron los hombros antes incluso de ponerle nombre a la voz. La había escuchado demasiadas veces al otro lado de una pared, en el patio o unas mesas más allá durante las comidas como para no reconocerla.

—Harlan.

—Eso me gusta. Pensaba que después de unas semanas respirando aire de verdad ya te habrías olvidado de los pobres desgraciados que seguimos aquí dentro.

Miré hacia la puerta abierta que comunicaba con el taller. Desde allí llegaban el sonido de una llave de impacto y la voz de Aaron hablando con alguien.

Salí al aparcamiento trasero.

—No sé cómo has conseguido mi número, pero si has llamado para recordar viejos tiempos, te has equivocado de persona. Tú y yo apenas hablamos mientras estaba allí.

Harlan soltó una risa baja.

—Siempre has sido demasiado literal. No hace falta compartir confidencias para conocer a alguien después de tantos años bajo el mismo techo.

Comíamos la misma mierda, veíamos las mismas paredes y sabíamos qué guardia convenía evitar cuando estaba de mal humor.

Eso crea cierta familiaridad, quieras o no.

—Compartimos una prisión. No una amistad.

—Llámalo como quieras. Yo solo pensaba que entre gente que sabe lo que es estar aquí dentro podría haber un poco más de solidaridad.

Aquello empezaba a parecerse demasiado a una introducción, así que apoyé la espalda contra la pared de ladrillo y esperé a que llegara al verdadero motivo de la llamada.

—Si necesitas solidaridad, búscala en otro sitio. Yo ya no puedo hacer nada por nadie que esté ahí dentro.

—Ahí te equivocas. Precisamente porque estás fuera puedes hacer cosas que nosotros no podemos.

No me gustó la forma en que dijo «nosotros», como si seguir compartiendo aquel pasado bastara para incluirme en un grupo al que ya no pertenecía.

—Entonces te ahorro tiempo. Si lo que viene ahora empieza por «necesito que hagas algo», la respuesta es no.

Hubo un pequeño silencio y después volvió a reírse.

—Joder, Mercer. Ni siquiera has oído qué quiero y ya estás cerrando la puerta. Te hacía más razonable.

—Y yo a ti bastante menos interesado en mi opinión. Así que supongo que los dos podemos decepcionarnos.

—No te estoy pidiendo que robes nada ni que hagas daño a nadie. Es una cosa sencilla y, sinceramente, pensé en ti porque no eres idiota. Necesito que vayas a hablar con una mujer.

El nombre llegó antes de que pudiera preguntarlo.

—Se llama Rachel.

El nombre hizo que algo encajara demasiado deprisa. Recordé enseguida aquella conversación que había escuchado en prisión: una dirección, una rutina, un jueves y aquella mención al día doce.

Harlan siguió hablando sin saber que acababa de ponerle nombre a algo que yo ya tenía guardado desde entonces.

—No necesitas conocerla ni convencerla de nada complicado. Vas, le dices que vienes de mi parte y recoges una cosa. Un sobre pequeño. Después me haces saber que lo tienes y se acabó. Cinco minutos, diez como mucho.

—Si es tan sencillo, no entiendo por qué tienes que llamarme a mí.

—Porque la gente que tengo fuera no siempre sabe hacer las cosas sin convertirlas en un problema, y tú nunca has tenido esa tendencia.

Casi me hizo gracia.

—No me conoces lo suficiente para decidir eso.

—Te conozco lo suficiente para saber que no eras de los que abrían la boca de más y que, cuando querías pasar desapercibido, sabías hacerlo. Créeme, aquí dentro uno aprende a fijarse en esas cosas.

Ya entendía por qué aquella conversación me estaba poniendo tan nervioso: Harlan no hablaba conmigo como si estuviera pidiendo un favor, sino como si solo estuviera terminando de explicarme algo que, tarde o temprano, yo iba a aceptar.

—Pues te has fijado mal. No voy a ir a ver a Rachel, no voy a recoger nada y tampoco quiero saber qué hay dentro de ese sobre.

Su voz perdió algo de diversión, aunque siguió sin elevarla.

—No necesitas saberlo. De hecho, cuanto menos sepas, mejor para todos. Vas, recoges una cosa y sigues con tu vida. No veo dónde está el drama.

—El drama empieza en que estás en prisión llamándome desde un teléfono que no deberías tener para pedirme que vaya a recoger algo que tampoco quieres explicarme. Si eso no te parece suficiente para mantenerme lejos, tenemos conceptos bastante distintos de lo que significa una mala idea.

Esta vez tardó un poco más en responder.

—Te has vuelto muy prudente.

—Me ha costado seis años.

—Sí, ya me he dado cuenta. Trabajo, casa, el niño… Parece que te has organizado bien.

Aquello me hizo enderezarme. No dijo nada más sobre Noah, pero bastó con escucharlo referirse a él como «el niño» para que algo se me tensara por dentro.

—No metas mi vida en esta conversación.

—Tranquilo. Solo digo que parece que te va bien. Hale, en cambio, sigue aquí. Me crucé con él hace un par de días y pensé que te gustaría saber que está entero.

La rabia me subió tan deprisa que tuve que contenerme antes de contestar.

—Marcus no tiene nada que ver contigo ni conmigo, así que déjalo fuera.

—No he dicho lo contrario. Te estoy contando que vi a tu amigo, nada más. Pensé que agradecerías la información después de pasar tantos años pegados el uno al otro.

—Sé perfectamente lo que estás haciendo.

—Entonces también sabrás que no he amenazado a nadie.

Ahí estaba la prueba de que Harlan sabía perfectamente cómo había sonado mencionar a Marcus. Me aparté de la pared antes de contestar.

—Y tú sabrás perfectamente que acabas de conseguir que cualquier posibilidad de que hiciera ese favor desaparezca. No vuelvas a usar a Marcus para intentar moverme de sitio.

Harlan suspiró, como si fuera yo quien estuviera complicando una conversación sencilla.

—Siempre tienes que convertir las cosas en algo más grande de lo que son. Rachel tiene algo mío y yo quiero recuperarlo. Tú estás fuera, sabes mantener la boca cerrada y puedes hacerlo sin montar un espectáculo. Eso es todo.

—No, eso es todo para ti. Para mí significa meterme en algo que no conozco porque un tipo con el que apenas he hablado me lo pide desde una prisión. Ya hice una vez algo suficientemente estúpido como para acabar allí. No pienso repetir la experiencia por hacerte un favor.

Por primera vez dejó de sonar divertido.

—No te he pedido que vuelvas a delinquir.

—Y yo no necesito esperar a descubrir si lo que me pides es delito o no. No voy a hacerlo.

El silencio al otro lado duró varios segundos y, cuando volvió a hablar, Harlan había recuperado aquella calma que me llevaba poniendo nervioso desde el principio.

—Vale. Piénsatelo un poco. Cuando dejes de reaccionar como si te hubiera pedido que quemaras un edificio, quizá veas que son diez minutos de tu vida.

—No necesito pensarlo.

—Todos necesitamos pensar ciertas cosas más de una vez, Mercer.

—Búscate a otro.

Colgué antes de darle oportunidad de seguir y me quedé unos segundos en el aparcamiento con el teléfono todavía en la mano.

No sabía cómo había conseguido mi número ni por qué había decidido recurrir precisamente a mí.

Tampoco sabía qué tenía Rachel o por qué le importaba tanto recuperarlo, pero sí tenía claro que no pensaba acercarme a ella.

Volví al taller e intenté concentrarme en el Honda. Aaron levantó la cabeza cuando entré, aunque no preguntó nada, y agradecí que me dejara volver al trabajo sin tener que inventarme explicaciones.

El coche llevaba varios minutos funcionando sin fallar cuando el teléfono vibró otra vez. Esta vez era un mensaje del mismo número, con una dirección y una única instrucción debajo:

Desconocido: El doce estará en casa. Solo tienes que llamar a la puerta.