Todo lo que perdí Capítulo 22
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Capítulo 22

Logan

Tres semanas después, había dejado de contar los días desde que salí.

No ocurrió de golpe. Simplemente llegó un momento en que las mañanas empezaron a parecerse unas a otras lo suficiente para que ya no tuviera sentido llevar la cuenta.

Me levantaba temprano, desayunaba con Noah, lo llevaba al colegio y me iba al taller.

También había conseguido comprarme un coche de segunda mano, nada especial, pero suficiente para dejar de depender del autobús y del de mi madre.

Por la tarde, dependiendo del día, recogía yo a Noah o pasaba primero por casa, y los fines de semana ya no parecían una colección de horas que tenía que aprender a llenar.

Tenía trabajo, rutinas y un hijo que había dejado de preguntarme cada dos por tres si al día siguiente también iba a estar allí.

En el taller las cosas iban bien y Aaron empezaba a dejarme diagnósticos complicados sin quedarse encima.

Noah tampoco había vuelto a tener problemas en el colegio y, en el trabajo del volcán, había sacado un noventa y ocho sobre cien que llevaba varios días pegado en la nevera.

Y estaba Nora, que se había ido colando en todo aquello con una facilidad que todavía conseguía sorprenderme.

Aquella mañana estaba terminando los huevos y el beicon cuando el timbre sonó poco después de las diez.

—Será Nora.

—No me digas.

Noah salió disparado hacia la entrada y fui detrás después de bajar el fuego.

Nora estaba allí con unos vaqueros, deportivas y una bolsa de papel en la mano.

—Buenos días. He traído refuerzos.

Noah intentó mirar dentro antes siquiera de dejarla pasar.

—¿Qué hay?

—Cruasanes, muffins y una cosa que la mujer de la panadería consiguió venderme porque olía demasiado bien para decirle que no.

—Eso último inspira mucha confianza —dije mientras cerraba la puerta.

—Mi criterio gastronómico nunca ha recibido quejas.

—Dame tiempo.

Sonrió y dejó el bolso sobre el mueble de la entrada.

Después de aquella primera noche en su casa, todavía habíamos pasado unos días con cierto titubeo cada vez que nos veíamos delante de Noah o de mi madre. No porque estuviéramos escondiendo nada, sino porque aún no sabíamos cuánto de lo nuestro pertenecía ya a la vida cotidiana.

A esas alturas, la duda había desaparecido. Me acerqué y la besé con calma, un beso corto de esos que ya no necesitaban anunciar nada, y cuando me aparté, Noah seguía esperando a nuestro lado.

—¿Podemos desayunar ya?

Nora se rio.

—Buenos días a ti también.

—Tengo hambre.

Volvimos a la cocina y ella empezó a sacar lo que había comprado mientras yo terminaba con la sartén. Al abrir la nevera para guardar la leche, encontró enseguida la hoja del volcán.

—¿Este es el famoso noventa y ocho?

Noah se levantó para enseñársela y empezó a explicarle lo que había dicho su profesora con el mismo entusiasmo con el que llevaba varios días contándoselo a cualquiera dispuesto a escuchar. Nora lo hizo, y bastante más atentamente de lo que habría hecho yo después de la tercera repetición.

—Yo no la quitaría todavía —decidió cuando terminó.

Noah me señaló.

—¿Ves?

—Sí, ya veo que ahora sois dos.

—Podrías alegrarte un poco más de su éxito académico —dijo Nora mientras aceptaba la taza de café que le tendí.

—Me alegro muchísimo. Pero a este paso la hoja va a seguir ahí cuando termine el curso.

Noah se rio y volvió a sentarse justo cuando mi madre apareció por el pasillo.

Tuve que mirarla dos veces. Llevaba unos pantalones oscuros, una blusa azul, unos pendientes que no le había visto en años y hasta se había pintado los labios.

—¿Dónde vas tan arreglada?

Cogió el bolso de una silla.

—He quedado con Linda y Carol.

—¿Para qué?

—Para cometer delitos, Logan. ¿Para qué va a quedar una persona con sus amigas?

Nora bajó la cabeza hacia la taza para esconder la risa.

—Solo preguntaba.

—Vamos a desayunar, después de compras y quizá a tomar algo. Una mañana peligrosísima.

Noah intervino antes de que yo pudiera responder.

—¿Vas a volver tarde?

—No lo sé, cariño.

—¿Y quién se queda conmigo?

Mi madre y Nora dirigieron la atención hacia mí y abrí los brazos.

—Yo estoy aquí.

Noah tardó apenas un instante en caer en la cuenta.

—Ah, claro.

—Gracias por la confianza, hijo.

Mi madre se echó a reír.

—Es una idea nueva. Hasta hace poco esa pregunta siempre me tocaba contestarla a mí.

Noah bajó la vista al plato, pero enseguida volvió a mirarme.

—A mí me gusta quedarme contigo, papá.

Lo dijo mientras cortaba un trozo de huevo, con la misma naturalidad con la que podría haberme contado cualquier otra cosa. Precisamente por eso me llegó más de lo que esperaba.

—Y a mí contigo.

Sonrió y siguió desayunando.

Mi madre no dijo nada, aunque al pasar junto a mí camino de la puerta me apretó brevemente el brazo antes de darle un beso a Noah.

—Pasadlo bien.

—Tú también.

—Esa es la intención.

La vi marcharse sin preguntar a qué hora íbamos a volver, qué iba a comer Noah o quién estaría pendiente de él. Durante seis años había organizado gran parte de su vida alrededor de mi hijo y ahora podía coger el bolso un sábado, quedar con unas amigas y largarse porque sabía que yo estaba allí.

Me gustó poder devolverle al menos eso.

Cuando cerró la puerta, Nora se quedó a mi lado.

—Le ha sentado bien arreglarse y salir sin tener que organizaros antes.

—Sí. Ya le tocaba.

Me rozó la espalda con una mano y volvió conmigo a la mesa. Seguimos desayunando sin prisa hasta que, unos minutos después, dejó la taza sobre la mesa y preguntó:

—¿Qué vais a hacer hoy?

—Nada en especial.

Noah levantó la cabeza.

—Podemos hacer algo.

Nora pensó unos segundos.

—¿Y si vamos al museo?

—¿Al de los dinosaurios?

La ilusión apareció tan deprisa en su voz que me hizo sonreír.

—Ese mismo. Dinosaurios, espacio y todo eso que luego vas a explicarnos como si llevaras años estudiándolo.

Noah se volvió hacia mí.

—¿Podemos?

—Claro.

Dio un salto de la silla.

—¡Sí! ¿Y luego podemos comer hamburguesas? Tyler dice que hay un sitio cerca muy bueno.

Nora me miró divertida.

—Ha tardado poco en organizar el día entero.

—Tiene claras sus prioridades.

—¿Entonces sí? —insistió Noah.

—Museo y hamburguesas. Pero antes terminas de desayunar y te vistes.

Asintió con tanta energía que no estaba seguro de que hubiera escuchado la última parte.

Más tarde, el Denver Museum of Nature simplemente me gustó verlos así.

Cuando levantó la cabeza y me encontró mirándolos, sonrió, y fui hacia ellos.

—¿Qué me he perdido?

—Todo —contestó Noah.

—Estupendo.

Después llegamos a la zona del espacio y mi dignidad salió bastante peor parada cuando Noah señaló uno de los simuladores.

—Vamos, papá.

—Estoy bien aquí.

—Te da miedo.

Giré la cabeza.

—¿Perdona?

Nora empezó a alejarse.

—A mí no me metáis.

—Tú vienes conmigo.

—Ni hablar.

Noah nos miró a los dos.

—Sois unos gallinas.

Cinco minutos después estábamos dentro los tres. Noah salió encantado y Nora, intentando convencernos de que no había gritado.

—Has gritado.

—No he gritado.

—Un poco sí —dijo Noah.

—Ha sido el ruido.

Le pasé un brazo por los hombros.

—Yo te he oído perfectamente.

—Y yo sé dónde duermes.

Sonreí.

—Eso ha sonado bastante mejor de lo que pretendías.

Me dio un codazo mientras Noah ya corría hacia otra cosa. Cuando empezamos a dirigirnos hacia la salida, seguía hablando casi con la misma energía con la que había entrado y fue él quien se fijó en una familia haciéndose una foto.

—Nosotros no tenemos ninguna.

Saqué el móvil.

—Tengo como veinte tuyas de hoy.

—De los tres.

Nora y yo nos quedamos quietos, mientras Noah nos miraba como si no entendiera qué tenía de raro lo que acababa de decir.

—Podemos hacer una —propuso ella.

Él ya estaba buscando a alguien a quien pedirle el favor y un hombre que estaba con su pareja aceptó. Noah se colocó entre nosotros y, como Nora dejó un pequeño espacio a su lado, nos agarró a los dos para juntarnos.

—Más juntos.

Solté una risa.

—¿También diriges la foto?

—Sí.

Pasé un brazo por la espalda de Nora y la acerqué mientras el hombre levantaba el teléfono.

—Sonreíd.

Sacó un par de fotos y nos devolvió el móvil. Noah quiso verlas de inmediato; en la primera tenía los ojos medio cerrados, así que pasó a la segunda.

Los tres mirábamos a cámara. Él estaba en medio, yo tenía un brazo sobre sus hombros y el otro alrededor de Nora. No parecía una foto preparada, solo parecíamos nosotros.

—Esa sí —dijo Noah.

—Sí. Esa sí.

Cogió el teléfono para verla mejor.

—Tenemos que comprar un marco.

Nora sonrió.

—¿Un marco?

—Para imprimirla. La quiero poner en mi habitación.

Volví a mirar la foto. Noah ya estaba pendiente de otra cosa, como si pedir un marco para ponerla en su habitación fuera lo más normal del mundo.

—Vale. Buscaremos uno.

Se adelantó hacia la salida y Nora me miró de lado.

—No te esperabas eso.

—No.

—Él tampoco sabe que acaba de hacer algo importante.

Miré a Noah unos metros más adelante.

—No creo que para él lo sea.

Nora buscó mi mano y entrelazó los dedos con los míos.

—Por eso lo es.

No necesité que añadiera nada.

Salimos del museo rumbo a una hamburguesería que estaba a pocos minutos.

Pedimos un menú cada uno y, cuando nos lo sirvieron, nos encontramos delante unos vasos de refresco enormes y unas hamburguesas que parecían pensadas para alimentar a cuatro personas.

La de Noah, desde luego, tenía ese aspecto, y me quedé mirándola.

—No te la vas a comer.

—Sí.

—Ni de coña.

Nora dejó el vaso sobre la mesa.

—No lo piques, que luego se la termina por orgullo y tenemos que sacarlo rodando.

Noah nos ignoró y atacó la hamburguesa mientras yo aprovechaba para robarle una patata a Nora, que me dio un manotazo antes de que pudiera llevármela a la boca.

—Pide las tuyas.

—Las tuyas saben mejor.

—Son iguales.

—Entonces no debería importarte.

Noah nos observó durante unos segundos.

—Parecéis casados.

Nora se atragantó con la bebida mientras yo me quedaba con la patata a medio camino de la boca, y Noah siguió comiendo como si no acabara de soltar nada especialmente importante sobre la mesa.

—¿Qué?

—Nada —dijo Nora demasiado rápido.

Me comí la patata intentando no sonreír, aunque debí de fracasar porque Nora me dio una patada por debajo de la mesa.

—No empieces.

—No he dicho nada.

Noah levantó otra vez la vista.

—Ahora parecéis más casados.

Esta vez no pude evitar reírme mientras Noah seguía con la hamburguesa hasta que, después de comerse algo más de la mitad, terminó por rendirse.

—La próxima vez quiero ir al acuario.

—¿Ya hay próxima vez?

—Sí.

Lo dijo como si fuera evidente y después señaló a Nora.

—Tú también vendrás.

—¿Tengo opción?

—No.

—Entonces iré.

—Tú también —me informó.

—Menos mal.

—Tienes que conducir.

Nora soltó una carcajada.

—Muy importante tu papel.

—Me siento muy valorado.

Noah ya estaba buscando otra patata y no pareció prestar atención a la frase. Nora, sí. Me rozó la rodilla con la suya por debajo de la mesa y seguimos comiendo, dejando que la conversación se fuera apagando poco a poco.

Antes de volver a casa, paramos para imprimir la foto y Noah eligió un marco azul oscuro. Dio un par de vueltas antes de decidirse, comparó varios y acabó llevándose uno bastante más bonito de lo que yo habría escogido.

Cuando llegamos, mi madre todavía no había vuelto, así que Noah subió directamente a su habitación con la foto y el marco.

—¡Lo pongo yo!

—Vale.

—No subas.

—No pensaba hacerlo.

Dos minutos después oímos:

—¡Papá!

Miré a Nora.

—Ha durado bastante.

Subimos juntos y comprobé que no había roto nada; simplemente no conseguía cerrar bien la parte trasera del marco después de colocar la foto, así que me senté a su lado en el suelo.

—Dame.

—No lo hagas tú todo.

—No pensaba hacerlo.

Ajusté una de las pestañas y se lo devolví para que terminara. En cuanto consiguió cerrarlo, se levantó y colocó el marco sobre la cómoda, junto a una figura de astronauta y un par de libros. Lo movió un poco hacia la izquierda, después hacia la derecha y acabó dejándolo casi en el mismo sitio.

—Ahí.

Nora se quedó apoyada en el marco de la puerta mientras Noah daba un paso atrás para contemplarlo.

—Queda bien.

Miré la foto de mi hijo en medio, Nora a un lado y yo al otro, los tres sonriendo como si aquello fuera la cosa más normal del mundo. Quizá empezaba a serlo.

—Sí —dije mientras me levantaba—. Queda muy bien.