Todo lo que perdí Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Quizá porque era exactamente lo que más miedo me había dado durante años: que cualquier persona que se acercara lo suficiente necesitara encontrar una versión aceptable de lo que había hecho para poder quedarse. Nora no me estaba ofreciendo eso; me estaba mirando con toda la historia delante.

—Ven aquí —murmuré.

—Estamos cenando.

—Ya hemos cenado.

Nora miró nuestros platos, donde todavía quedaban algunas cosas que habrían merecido mejor suerte en cualquier otra noche.

—Técnicamente quedan cosas.

—Podrán superarlo.

Se rio, pero se levantó, y la atraje hacia mí en cuanto estuvo lo bastante cerca para besarla.

Al principio fue un beso tranquilo, casi agradecido, aunque duró poco. Nora apoyó las manos en mis hombros y se acercó más, y todo lo que llevaba dos días intentando mantener bajo control apareció de golpe.

Habían pasado seis años desde la última vez que había besado a alguien así, que había sentido otro cuerpo contra el mío o unas manos buscándome simplemente porque deseaban tocarme.

Durante todo ese tiempo había aprendido a vivir sin intimidad y a ocuparme solo de la necesidad física cuando resultaba imposible ignorarla, pero tener a Nora pegada a mí, responder a sus manos y notar cómo su respiración cambiaba contra mi boca no tenía absolutamente nada que ver con aquello.

Cuando se separó apenas unos centímetros, tuve que contener el impulso de volver a besarla inmediatamente.

—Los platos.

Miré la mesa.

—Que les den.

Soltó una carcajada contra mi boca.

—Por lo menos llévalos a la cocina.

—Estás poniendo a prueba mi fuerza de voluntad.

—Quiero saber si existe.

Recogimos los platos entre besos robados y risas que duraron exactamente hasta que llegamos a la cocina. Nora abrió el lavavajillas y yo conseguí dejar un plato dentro antes de que se girara hacia mí y algo en su manera de mirarme acabara con la poca paciencia que me quedaba.

La besé en la mandíbula y bajé hacia su cuello mientras Nora inclinaba la cabeza para dejarme espacio.

Mis manos recorrieron su espalda, sus costados y la curva de sus caderas, disfrutando por fin de tocarla sin tener que conformarme con los besos de los últimos días.

La tela del jersey empezó a estorbarme casi enseguida, aunque también me obligó a ir algo más despacio de lo que mi cuerpo pedía.

Metí las manos por debajo y subí por su piel hasta rozar el borde del sujetador.

El pequeño sonido que Nora dejó escapar cuando mis dedos llegaron justo debajo de su pecho consiguió ponerme todavía más duro.

—Nora…

No sabía exactamente qué iba a decir. Quizá que necesitaba ir despacio, que no estaba seguro de poder hacerlo bien o que llevaba tanto tiempo sin tocar a nadie que, con Nora pegada a mí, pensar con claridad empezaba a ser imposible.

No tuve ocasión de averiguarlo, porque Nora volvió a besarme mientras tiraba ligeramente de mi camisa hasta sacarla del pantalón.

Sus manos se colaron por debajo y el contacto directo con mi piel me hizo cerrar los ojos durante un segundo.

Había olvidado lo distinta que podía sentirse una caricia cuando no eras tú quien decidía dónde, cuándo y cuánto.

Nora me tocó el abdomen, subió por mi pecho y acarició una cicatriz que ni siquiera era importante, pero que bajo sus dedos pareció pertenecer a otra historia. No preguntó nada. Solo me tocó porque quería hacerlo, y aquella normalidad sencilla estuvo a punto de desarmarme más que cualquier beso.

—Si seguimos así —murmuré contra su piel—, el lavavajillas va a quedarse a medias.

—Creo que sobreviviremos.

Levanté la cabeza, y esta vez no pude esquivar lo que llevaba clavado en la garganta.

—Hace seis años.

No necesitó preguntar a qué me refería. Su expresión se suavizó, pero no apareció compasión en ella, y se lo agradecí más de lo que habría sabido decir.

—Lo sé.

—No estoy seguro de recordar cómo hacer esto despacio.

Una sonrisa mínima apareció en sus labios, aunque la respiración ya no le salía tan tranquila como antes.

—Pues no lo hagas demasiado despacio.

Aquello terminó con cualquier intento de seguir hablando.

Volví a besarla y Nora me recibió como si esa respuesta hubiera sido todo el permiso que necesitábamos.

Sus dedos se cerraron sobre mi camisa, tiraron de mí y la cocina se redujo al calor de su cuerpo, a su espalda contra la encimera y a la necesidad cada vez más difícil de ignorar de sentirla más cerca.

Le subí el jersey despacio al principio, intentando no parecer tan desesperado como estaba, pero Nora levantó los brazos y me ayudó a quitárselo con una prisa que acabó con mi último intento de disimulo.

Me quedé mirándola.

No porque no la hubiera imaginado así, sino porque nunca había tenido derecho a hacerlo de verdad.

Nora no había sido un recuerdo al que agarrarme durante la prisión ni una promesa pendiente esperándome al salir.

Mi vida no había funcionado así. Había existido Kayla, había existido un matrimonio que se rompió cuando todo lo demás se vino abajo y después habían existido seis años de paredes, horarios y un cuerpo reducido a la supervivencia.

Pero Nora pertenecía a otro lugar de mí, a una edad en la que todavía era lo bastante joven y estúpido como para no entender que algunas personas se pierden mucho antes de llegar a tenerlas.

Y ahora estaba allí, delante de mí. Con el pecho subiendo y bajando bajo el sujetador, los labios hinchados por mis besos y la mirada fija en la mía. Sin esconderse. Y yo tampoco quería hacerlo.

La acerqué de nuevo y la besé con una mezcla de hambre y cuidado que llevaba seis años acumulándose en algún lugar que ni siquiera sabía que seguía existiendo.

Le acaricié el cuello, bajé por sus hombros y llegué a sus pechos con una lentitud que me costó una barbaridad.

Nora arqueó un poco la espalda cuando mis manos los cubrieron por encima del sujetador, y aquel gesto tan pequeño terminó de romperme algo por dentro.

La besé con más fuerza, la sujeté por la cintura y la subí a la encimera sin pensarlo demasiado.

Nora soltó un sonido de sorpresa contra mi boca, pero me rodeó con las piernas enseguida y ahí se me nubló todo.

La tenía sentada frente a mí, con las piernas separadas para dejarme sitio, las manos en mi pelo y la boca buscando la mía como si también se le estuviera agotando la paciencia.

Le besé el cuello, la clavícula, el nacimiento del pecho y, cuando bajé una mano hasta el cordón de su pantalón, Nora contuvo la respiración.

No quería apresurarme. De verdad que no.

Quería tocarla bien, recordar que aquello era Nora y no una urgencia cualquiera, pero llevaba seis años con el cuerpo reducido a una necesidad muda y, de pronto, ella estaba allí, caliente bajo mis manos, viva, deseándome sin miedo.

Me temblaron los dedos al deshacerle el nudo, y Nora lo notó.

Me agarró la cara con ambas manos y me obligó a mirarla.

—Estoy aquí —susurró, y no necesité más.