Capítulo 20
Logan
Los dos días siguientes pasaron más deprisa de lo que esperaba.
En el taller empezaba a moverme sin tener que preguntar dónde guardaban cada cosa y Daniel había dejado de vigilar de reojo cada vez que utilizaba el equipo de diagnóstico.
El jueves incluso conseguí localizar antes que él un fallo eléctrico que llevaba un par de días dando problemas, aunque tuve la sensatez suficiente para no disfrutar demasiado de su cara cuando se lo señalé.
Con Noah, las cosas también parecían haber vuelto a su sitio.
No había vuelto a tener problemas en el colegio y el jueves por la noche apareció en el despacho con la carpeta verde en la mano antes de que yo pudiera preguntarle por ella, muy satisfecho de que esta vez fuera él quien recordara algo que yo probablemente habría olvidado.
Y luego estaba Nora.
Nos habíamos escrito bastante más de lo que habría reconocido delante de mi madre.
Mensajes cortos durante el trabajo, alguna fotografía absurda desde el centro y una discusión completamente innecesaria sobre si arreglar la furgoneta me daba derecho a seguir utilizando su plaza de aparcamiento como zona de diagnóstico improvisada.
El viernes, cuando llegué a casa después del taller, Noah estaba haciendo los deberes en la mesa de la cocina y mi madre preparaba algo para cenar.
Le di un beso en la cabeza al pasar.
—¿Todo bien, campeón?
—Sí. Tyler viene mañana.
—Eso he oído.
—Podemos hacer el volcán aquí cuando terminemos el del centro.
Miré a mi madre.
—¿Tenemos elección?
—Ninguna.
Noah sonrió y volvió al cuaderno.
Subí a ducharme y, cuando bajé media hora después con vaqueros, una camisa oscura y la chaqueta en la mano, mi hijo dejó el lápiz sobre la mesa.
—¿Vas con Nora?
Me detuve.
—Sí.
—¿Otra vez?
Mi madre tosió para esconder una risa.
—Es viernes —dije, como si aquello explicara algo.
Noah lo pensó.
—La otra vez también fuiste con ella.
—Empiezas a controlar demasiado mi agenda.
—¿Vais a cenar?
—Sí.
—¿Dónde?
—En su casa.
Esa respuesta pareció interesarle bastante más.
—¿Nora cocina?
—Eso asegura.
Mi madre ya ni siquiera intentaba disimular.
—Vete antes de que el niño te pida un informe completo mañana por la mañana.
—Gracias por el apoyo.
—Siempre.
Cogí la botella de vino que había comprado al salir del trabajo y me incliné hacia Noah.
—Pórtate bien.
—Tú también.
Mi madre soltó la carcajada que llevaba varios minutos conteniendo y salí de casa negando con la cabeza.
A las siete y media estaba delante de la puerta de Nora con una botella de vino en una mano y bastante menos tranquilidad de la que había tenido durante todo el día, no porque dudara de querer estar allí, sino precisamente porque tenía demasiado claro que quería.
Ella abrió antes de que pudiera llamar por segunda vez y durante unos segundos me olvidé del vino, de la cena y de cualquier otra cosa que hubiera pensado decir. Llevaba unos pantalones cómodos, un jersey fino, el pelo suelto y los pies descalzos, y sonrió al verme.
—Hola.
—Hola.
Esta vez no hubo ninguna duda sobre cómo saludarnos. Me incliné y la besé, despacio, disfrutando de la facilidad con la que sus labios respondieron a los míos antes de separarme.
—Traigo vino.
—Pasa entonces.
—Me alegra saber que ese era el requisito.
—Uno de ellos.
Entré y dejé la botella sobre la encimera de la cocina. Olía a ajo, romero y algo que llevaba suficiente tiempo en el horno para recordarme que había salido del taller prácticamente sin comer.
—Huele increíble.
—Todavía puedes arrepentirte cuando lo pruebes.
—No después de haber venido hasta aquí.
—Qué romántico.
Sonreí mientras ella sacaba dos copas.
—¿Qué estás haciendo?
—Pollo al limón con patatas y romero. Lo hacía mi abuela cuando éramos pequeños y mi madre consiguió aprenderlo después de bastantes intentos desastrosos.
—¿Y tú?
—Yo heredé el talento directamente.
—Eso está por demostrar.
Me entregó una copa y señaló el horno.
—Puedes irte si no confías en mí.
—Acabo de llegar.
—Entonces deja de provocar a la cocinera.
Aquella parte de la noche resultó tan fácil que me sorprendió.
Me apoyé en la encimera mientras ella terminaba de preparar la cena y hablamos del trabajo, del centro y de Noah.
En algún momento acabé cortando pan porque quedarme mirando cómo Nora se movía por la cocina empezaba a parecer bastante menos inocente de lo que probablemente debía.
Cenamos en una pequeña mesa junto a la ventana.
La receta de su abuela resultó ser realmente buena y se lo reconocí después de hacerla esperar varios minutos únicamente porque sabía que le molestaba.
—Puedes decirlo —insistió.
—Estoy valorando todos los matices.
—Logan.
—Está buenísimo.
Sonrió satisfecha.
—Gracias.
Seguimos comiendo y la conversación fue saltando de una cosa a otra hasta que, casi sin saber cómo, terminamos hablando de mi padre. Esta vez no me incomodó, quizá porque después del martes ya no sentía que cada vez que aparecía su nombre tuviera que proteger algo.
—¿Te has llevado las herramientas? —preguntó Nora.
—Todavía no. Siguen en casa.
—¿Vas a usarlas?
—Algunas seguramente sí. Otras deberían estar en un museo.
—No se lo digas a tu padre.
Sonreí.
—Él ya sabía que eran viejas. Lo que no admitía era que existiera algo mejor.
Nora dio un sorbo al vino.
—Me alegro de que Diane te las enseñara.
—A mí también.
Nos quedamos en silencio unos segundos, esta vez sin que pesara.
Había pensado bastante desde el miércoles en contarle lo demás. No porque creyera que tuviera que justificarme ante ella, sino porque Nora conocía partes de mi historia desde hacía años y, aun así, seguía sin saber qué había ocurrido realmente antes de aquella noche.
Dejé el tenedor.
—Hay algo que quiero contarte.
Ella levantó la vista.
—Vale.
No preguntó qué ni adoptó esa expresión de preocupación anticipada que habría hecho todo bastante más difícil.
—El otro día te dije que Noah me había preguntado por qué cometí el robo y que algún día tendría que explicárselo. Tú tampoco sabes toda la historia.
Nora apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Sé que tu padre estaba enfermo y que necesitabais dinero para un tratamiento.
—Eso es la parte sencilla.
Me tomé unos segundos.
—Cuando empezaron a hablar de aquel tratamiento, ya llevábamos meses gastando más de lo que podíamos permitirnos. Había cosas que cubría el seguro y otras que no: viajes, consultas, pruebas… Yo hacía todas las horas que Pete podía darme y todavía no llegaba.
Nora permaneció en silencio y seguí.
—Pedí un préstamo y me lo rechazaron. Vendí la moto, pedí ayuda a gente a la que nunca habría querido tener que recurrir y aun así no fue suficiente.
—¿Kayla lo sabía?
—Sabía cómo estaban las cosas. Ella también intentaba ayudar, cambiaba turnos cuando podía para acompañarnos al hospital y hacía lo posible por sostener el resto, pero yo trabajaba cada vez más horas, ella también tenía su trabajo y Noah acababa recayendo sobre ella mucho más de lo que debería.
»Durante aquellos meses empezamos a discutir bastante, no porque no entendiera lo que estaba pasando, sino porque los dos estábamos agotados y yo cada vez estaba más obsesionado con encontrar una solución.
Hice una pausa.
—Lo que no sabía era que Evan me había hecho una propuesta.
Nora conocía aquel nombre.
—¿Él organizó el robo?
—Él me habló de él. Eran otros dos los que iban a entrar en la joyería. Necesitaban a alguien que condujera y me ofreció veinticinco mil dólares.
Vi el cambio en su expresión, aunque no dijo nada.
—No me engañó —continué—. No me dijo que fuera legal ni que solo tuviera que esperar sin saber qué estaban haciendo. Yo sabía exactamente para qué querían el coche y qué iba a pasar dentro de aquella tienda.
—¿Tú entraste?
—No.
La respuesta salió inmediata, pero no quería que sonara a defensa.
—Me quedé al volante. No llevaba un arma y el plan era entrar de noche, romper las vitrinas, coger las joyas y largarnos antes de que apareciera nadie. Pero participé. Sin coche no podían hacerlo como lo habían planeado y yo sabía que estaba ayudándolos a cometer un delito.
Nora sostuvo mi mirada.
—Y aceptaste por los veinticinco mil.
—Sí.
No añadí nada durante unos segundos.
—Me convencí de que, como no iba a entrar en la tienda ni iba a amenazar a nadie, podía vivir con ello. Que el dinero podía darle a mi padre una oportunidad y que eso hacía que todo lo demás importara un poco menos.
—¿Y ahora?
La pregunta no sonó a juicio.
—Ahora sé que estaba asustado y desesperado, pero también sé que eso no convierte lo que hice en otra cosa. Podría haber perdido mucho más de lo que perdí. Alguien podría haber resultado herido. Yo podría no haber vuelto a ver a Noah nunca.
Nora bajó un instante la vista hacia su copa.
—Si pudieras regresar a esa noche sabiendo que tu padre seguía igual de enfermo, ¿lo harías?
Había pensado en esa pregunta cientos de veces.
—No.
No necesité más tiempo.
—Y no porque lo quisiera menos. Probablemente ese fue el error que tardé años en entender. Pensé que quererlo significaba que tenía que salvarlo a cualquier precio, aunque para hacerlo destruyera todo lo demás.
Nora me observó durante unos segundos.
—Gracias por contármelo.
—No quería que llegáramos más lejos sin que supieras exactamente qué pasó.
Algo cambió en sus ojos.
—¿Más lejos?
Me di cuenta demasiado tarde de cómo había sonado.
—No era una estrategia.
—Menos mal.
—Nora.
Sonrió y alargó una mano por encima de la mesa hasta cubrir la mía.
—Sé lo que querías decir.
Apreté ligeramente sus dedos.
—No necesito que pienses que tuve una buena razón.
—No la tuviste.
La respuesta fue tan sencilla que terminé sonriendo.
—Gracias.
—Tuviste un motivo. Es diferente.
Aquello me hizo quedarme quieto.
—Y tampoco necesito ese motivo para saber quién eres ahora —añadió—. Ya te estaba conociendo antes de saberlo.
No supe qué contestar inmediatamente.