Capítulo 19
Nora
El miércoles conseguí salir del centro a las cinco y cuarto, lo que, teniendo en cuenta que había empezado el día con una madre convencida de que yo podía conseguirle una cita médica para aquella misma tarde y lo había terminado intentando descubrir quién había dejado medio bocadillo dentro de una caja de rotuladores, podía considerarse un éxito.
Carmen estaba recogiendo el mostrador cuando me puse la chaqueta.
—¿Te vas ya?
—Sí. Por una vez voy a intentar salir a mi hora.
Iba a coger el bolso cuando la puerta del centro se abrió y Carmen miró por encima de mi hombro. No necesitó decir nada; la sonrisa que apareció en su cara fue suficiente para que me girara.
Logan acababa de entrar.
—Hola —dijo al verme.
—Hola.
Se acercó mientras yo terminaba de recoger mis cosas.
—¿Lista?
—Ahora sí.
Carmen nos observaba con demasiado interés.
—Que tengáis buena tarde.
—Gracias —respondí, lanzándole una mirada que solo consiguió ampliar su sonrisa.
Salimos juntos y, una vez fuera, nos quedamos frente a frente durante un instante sin saber muy bien cómo saludarnos después de la noche del viernes. Dos besos en la mejilla habrían resultado extraños y fingir que no había pasado nada, todavía más.
Logan pareció llegar antes que yo a una conclusión. Se inclinó y me besó suavemente en los labios, un beso breve y cálido que consiguió borrarme cualquier duda. Cuando volvió a incorporarse, tenía una sonrisa de medio lado.
—Hola de verdad —murmuró.
Sonreí.
—Mucho mejor.
Echamos a andar y, apenas unos pasos después, su mano rozó la mía hasta que sus dedos terminaron entrelazándose con los míos. No hizo ningún comentario ni yo tampoco. Simplemente seguimos caminando así hacia el bar.
Lo miré de reojo.
—Veo que hoy vienes decidido.
—Estoy intentando dejar de pensar tanto las cosas.
—Pues esto te está saliendo bastante bien.
Apretó ligeramente mi mano y continuamos caminando hacia el bar.
—¿Qué tal el taller?
—Hoy he conseguido completar una orden entera sin preguntarle a Daniel dónde estaba nada.
—Impresionante.
—Esperaba más entusiasmo.
—Lo estoy viviendo por dentro.
—Eso explica muchas cosas.
Le di un pequeño golpe con el hombro y seguimos caminando mientras me contaba que Aaron había descubierto aquella mañana que uno de los clientes llevaba casi tres meses ignorando un ruido porque había decidido que subir la radio era una solución mecánica perfectamente válida.
—No te rías. Funciona con bastantes problemas.
—¿También con los frenos?
—Ahí aconsejo subir mucho la radio.
Lo miré.
—Espero que Aaron no sepa que dices esas cosas.
—Estoy en periodo de prueba. Tengo que medir mejor mis confesiones.
La conversación siguió así hasta que llegamos al bar.
Conseguimos una mesa al fondo, pedimos una cerveza cada uno y, durante los primeros minutos, continuamos hablando del taller, del centro y de Noah, que había vuelto a recordarle aquella mañana que la furgoneta seguía haciendo el ruido que él mismo había diagnosticado como «algo entre un traqueteo y una lavadora cayéndose por unas escaleras».
Logan se rio al contármelo, aunque la sonrisa se le apagó enseguida y entonces me fijé mejor en él.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—«Nada» nunca es una respuesta, pero vale.
Cogí la cerveza.
—¿Vale?
—Sí.
—¿No vas a insistir?
—Pensaba dejarte unos treinta segundos.
Soltó aire por la nariz, divertido.
—Muy generosa.
—Veinticinco.
Me observó un momento antes de bajar la mirada hacia la botella.
—Anoche hablé con mi madre de mi padre.
Ahí cambió la conversación.
No de golpe ni de una manera incómoda, pero la ligereza de los minutos anteriores quedó a un lado. Sabía que su padre había muerto mientras Logan estaba en prisión, aunque nunca habíamos hablado de aquello más allá de alguna referencia suelta.
—¿Estás bien?
—Creo que sí.
No sonó seguro y tampoco intentó fingirlo.
—No hablábamos de verdad de él desde que salí. Había aparecido en alguna conversación, claro, pero… no así.
Esperé.
—Noah me preguntó por qué hice el robo y acabé diciéndole a mi madre que algún día tendré que explicarle que todo empezó por su abuelo. A partir de ahí salió lo demás.
—¿Lo del tratamiento?
Asintió.
—Y otras cosas.
Se quedó unos segundos jugando con la etiqueta de la botella.
—Mi madre me enseñó una caja de herramientas de mi padre. La había guardado todos estos años porque él quería que acabara conmigo.
Sonreí ligeramente.
—Eso parece muy de padre.
—Lo era. El problema es que se lo dijo después de nuestra última discusión.
Entendí entonces por qué aquella caja importaba tanto.
—Yo llevaba seis años convencido de que murió sin perdonarme —continuó—. Resulta que estaba bastante equivocado.
No pregunté qué había dicho Diane exactamente. Había algo en la forma en que Logan hablaba que me hizo pensar que algunas partes de aquella conversación todavía necesitaban quedarse entre madre e hijo.
—¿Y cómo te sientes al saberlo?
—Raro.
—Respuesta muy precisa.
—Estoy haciendo un esfuerzo.
Eso me hizo sonreír.
—Mi padre seguía enfadado conmigo —añadió—. Muchísimo. Nunca pensó que lo que hice estuviera bien ni que su enfermedad lo justificara. Pero mi madre dice que me perdonó mucho antes de lo que yo creía.
Se quedó callado un momento y esta vez el silencio sí pareció necesitar espacio.
—También se culpaba él.
—¿Por qué?
—Porque pensaba que, si no hubiera enfermado, yo no habría tomado aquella decisión.
Negué despacio.
—Eso no fue culpa suya.
—Lo sé.
Su respuesta salió tan rápida que los dos nos quedamos mirándonos.
—Ya —murmuré—. Supongo que es bastante más fácil verlo cuando la culpa es de otro.
Logan apoyó la espalda en la silla.
—Mi madre dijo algo parecido.
—Tu madre y yo somos mujeres muy sensatas.
—No voy a alimentar eso.
—Demasiado tarde.
Consiguió sonreír, pero algo seguía pesándole.
—Durante años pensé que lo último que había dejado entre nosotros era aquella discusión. Que eso era lo que se había llevado de mí.
—Y ahora sabes que no.
—Ahora sé que después siguió pensando en mi vuelta. —Bajó la vista un instante—. Parece una tontería, pero no lo es.
—No parece ninguna tontería.
Me miró.
—Guardó sus herramientas para mí sabiendo que podían pasar años antes de que saliera. Es… —Negó ligeramente con la cabeza, como si todavía no encontrara la palabra—. Yo creía que me había quedado sin nada que arreglar con él y resulta que llevaba seis años viendo solo la parte peor.
Esta vez fui yo quien dejó la botella sobre la mesa y acerqué la mano hasta la suya.
—No puedes cambiar cómo acabó vuestra última conversación.
—No.
—Pero tampoco tienes que convertirla en todas las demás.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—Eso también lo dijo mi madre.
—Empiezo a pensar que Diane y yo deberíamos cobrarte por sesión.
—Si os asociáis, vuelvo a prisión voluntariamente.
—No bromees con eso.
Lo dije antes de pensarlo.
La sonrisa desapareció de su cara y me arrepentí enseguida.
—Perdona.
—No pasa nada.
—Sí pasa. Ha sido una estupidez.
—Nora.
Esperé.
—No voy a romperme porque digas la palabra prisión.
La forma tranquila en que lo dijo me hizo sentir todavía un poco idiota.
—Ya lo sé.
—Y probablemente yo también haré bromas horribles sobre ello en algún momento.
—Eso no lo dudo.
—Solo quiero reservarme las mejores.
—Qué considerado.
El momento se relajó sin necesidad de hacer nada más y mantuvimos las manos unidas todavía un rato.
—¿Te ha ayudado hablar con ella? —pregunté.
Logan tardó en responder.
—Sí. Aunque no en el sentido de que ahora todo esté bien. Mi padre sigue muerto y yo sigo sin haber podido despedirme de él. Eso no cambia. Pero anoche conseguí recordarlo como algo más que el hombre al que decepcioné antes de morir.
Aquella frase me dolió por él.
—Eso ya es mucho.
—Sí. Creo que sí.
No añadí nada. Había momentos en los que intentar encontrar una frase mejor solo conseguía estropear lo que ya estaba dicho.
Un camarero pasó cerca y Logan miró hacia la pequeña carta que había dejado sobre la mesa.
—¿Has cenado?
—No.
—Yo tampoco.
—Creía que veníamos a tomar algo.
—Podemos evolucionar.
—¿Tan pronto?
—Llevamos casi una hora. No quiero precipitarme, pero creo que nuestra relación está preparada para unas patatas.
—Qué valiente.
Pedimos algo para compartir y la conversación fue encontrando sola el camino de vuelta hacia terrenos menos peligrosos.
Hablamos de una actividad que queríamos organizar en el centro antes de que llegara el frío, de las dificultades para conseguir que algunos adolescentes asistieran a los talleres sin sentir que alguien estaba intentando «mejorarlos» y de la capacidad de Carmen para enterarse de cualquier cosa antes que yo.
—Por cierto —dijo Logan—, creo que sabe lo del viernes.
—Carmen sabe cosas antes de que sucedan.
—Me ha mirado de una manera rara cuando he llegado.
—Eso no reduce demasiado las posibilidades.
—También ha sonreído.
—Peor todavía.
Logan cogió otra patata.
—¿Le has contado algo?
—Absolutamente nada.
—No te creo.
—Pues deberías.
—Te conoce desde hace años. Seguro que te ha interrogado.
—Lo ha intentado.
—¿Y?
—Tengo una voluntad de hierro.
—Has tardado cinco minutos en contarme que había un bocadillo dentro de una caja de rotuladores.
—Eso no era confidencial.
Terminamos riéndonos y, durante un rato, todo resultó sorprendentemente sencillo. Estaba en una segunda cita con un hombre que me gustaba, disfrutando de su compañía sin necesidad de pensar en todo lo que había ocurrido antes ni en hacia dónde podía llevarnos aquello.
Cuando salimos del bar ya había oscurecido y hacía bastante más frío que al llegar. Logan me acompañó hasta casa como si ninguno de los dos hubiera contemplado siquiera la posibilidad de despedirnos allí.
Seguíamos caminando de la mano y, aunque sabía que al día siguiente tenía que madrugar para ir al taller, no parecía tener ninguna prisa. Yo tampoco se la recordé.
Llegamos a mi portal y me giré hacia él. Se quedó frente a mí con una sonrisa leve que reconocí enseguida porque era prácticamente la misma del viernes, solo que esta vez ninguno necesitaba preguntarse qué iba a ocurrir.
—¿Te lo estás pensando? —pregunté.
—Estoy intentando hacerlo bien.
—Ese podría ser tu problema.
—Empiezo a sospecharlo.
Me besó.
No hubo la prudencia del primer beso ni aquella pequeña vacilación de dos personas comprobando si el otro quería lo mismo. Le agarré la chaqueta casi al instante y Logan me rodeó la cintura para acercarme, profundizando el beso hasta que todo lo demás perdió bastante importancia.
Cuando nos separamos, apenas dejamos unos centímetros entre los dos.
—Mucho mejor —murmuré.
—¿Qué parte?
—La de no pensar tanto.
Se rio y volvió a besarme.
Esta vez terminé apoyada contra la puerta del edificio, con sus manos en mi cintura y las mías alrededor de su cuello.
El frío había dejado de importarme hacía bastante rato y, cuando sus labios bajaron un instante hacia mi mandíbula antes de regresar a los míos, tuve muy claro que, si seguíamos así, no tardaría demasiado en querer llevar aquello bastante más lejos.
Fue Logan quien se apartó primero, aunque apenas lo suficiente para respirar hondo y apoyar la frente en la mía.
—Debería irme.
—Probablemente.
Ninguno se movió.
—No ayudas.
—No era mi intención.
Sus manos continuaban en mi cintura y tuve que hacer un esfuerzo bastante poco digno para no acercarlo otra vez.
—El viernes no trabajo por la tarde —dije.
Logan levantó un poco la cabeza.
—¿Eso es información general o debería hacer algo con ella?
—Depende de tu capacidad de interpretación.
—Tengo fama de ser bueno con los diagnósticos.
—Entonces arréglatelas.
La sonrisa que apareció en su cara hizo que me arrepintiera ligeramente de habérselo puesto tan fácil.
—¿A qué hora?
—Siete y media.
—Estaré aquí.
—Y esta vez puedes llegar exactamente a la hora.
—No prometo milagros.
Me dio un último beso, más breve que los anteriores, y se apartó por fin.
—Buenas noches, Nora.
—Buenas noches.
Entré en el edificio antes de cambiar de opinión y hacerlo subir conmigo.
Mientras esperaba el ascensor, pensé que el viernes anterior había salido con Logan sin saber muy bien qué iba a encontrar después de tantos años.
Dos citas más tarde, aquella ya no era la pregunta.
No estaba intentando recuperar lo que pudo haber pasado entre nosotros cuando éramos más jóvenes, sino descubrir qué podía pasar ahora.