Capítulo 18
Logan
La seguí sin entender demasiado y cruzamos la cocina hasta la puerta que comunicaba con él. Encendió la luz y pasó junto a unas cajas apiladas contra la pared hasta llegar a un armario metálico que llevaba allí desde antes de que yo entrara en prisión.
Al abrirlo apareció una caja de herramientas vieja, oscura, con varias marcas en la tapa que reconocí inmediatamente.
Durante un instante volví a verla en manos de mi padre.
La había tenido desde que yo era niño y probablemente mucho antes, y recordaba haberlo visto abrirla cientos de veces, siempre sabiendo exactamente dónde estaba cada cosa aunque a mí me pareciera que allí dentro no había ningún orden posible.
—Pensaba que la habías tirado.
Mi madre me miró como si acabara de decir una estupidez.
—Eran de tu padre.
—Precisamente.
—Precisamente por eso no las tiré.
Sacó la caja con mi ayuda y la dejamos sobre un banco de trabajo.
Al abrirla encontré las llaves, destornilladores y alicates que llevaba viendo desde niño.
Nada tenía un valor especial. Algunas piezas eran tan antiguas que probablemente en el taller de Aaron se reirían si aparecía con ellas, pero conocía muchas de aquellas marcas y desgastes como si también formaran parte de mi infancia.
Pasé los dedos por el mango gastado de una llave inglesa.
—Cuando tu padre empeoró mucho —dijo mi madre a mi lado—, empezamos a revisar qué podíamos vender. Había facturas por todas partes y yo ya no sabía de dónde sacar más dinero.
La miré.
—No sabía eso.
—No necesitabas saber cada detalle mientras estabas dentro. Ya tenías bastante y, además, no podías hacer nada desde allí.
Abrió uno de los cajones inferiores y movió un par de piezas.
—Le dije que podíamos vender algunas herramientas. No todas, pero sí las que valieran algo. Apenas las usaba ya y tú no estabas aquí.
Tuve que apartar la vista de ella.
—Se enfadó muchísimo.
—Eso suena a papá.
Mi madre sonrió entre lágrimas.
—Muchísimo. Me preguntó si me había vuelto loca y me dijo que ni se me ocurriera tocar esa caja porque era para ti.
Me quedé inmóvil, todavía con la mano sobre la llave.
—¿Para mí?
—Sí. Le recordé que tú ya tenías tus propias herramientas en el taller de Pete y me contestó que daba igual, que aquellas eran suyas y quería que acabaran contigo.
Que algunas te parecerían viejas y otras seguramente no las usarías nunca, pero que eran las que te había visto coger desde que empezaste a interesarte por los motores y no pensaba dejar que nadie se las llevara.
Noté que me costaba respirar con normalidad.
—¿Cuándo fue eso?
—Poco antes de ingresar por última vez.
Volví a mirar la caja abierta y tuve que tragar varias veces antes de conseguir hablar.
—¿Después de nuestra última discusión?
—Sí.
Aquello me golpeó de lleno y mi madre, que debió de notarlo, apoyó una mano en mi espalda.
—Por eso te estoy contando esto. No para fingir que dejó de estar enfadado contigo ni para convertirlo ahora en algo bonito que no fue. Seguía enfadado. Seguía sin entender cómo habías podido hacer aquello. Pero nunca consiguió reducirte a esa decisión ni dejar de verte como su hijo.
La llave inglesa pesaba muy poco entre mis dedos y, aun así, tuve que apoyarla de nuevo porque la mano empezó a temblarme.
—Le dijiste que podían pasar años —recordé.
Mi madre asintió.
—Le dije que no sabíamos cuánto tiempo estarías fuera y que quizá pasarían muchos años antes de que pudieras usar nada de aquello.
—¿Y qué dijo?
Mi madre tardó unos segundos en responder, quizá porque también necesitaba recomponerse antes de hacerlo.
—Que entonces las guardara. Que cuando volvieras las necesitarías.
Cerré los ojos mientras volvían a mí la última discusión, la decepción en la voz de mi padre y todas las palabras que no pudimos arreglar antes de que muriera.
Había repasado tantas veces aquella conversación durante seis años que terminé convirtiéndola en la única versión posible de sus últimos sentimientos hacia mí, sin detenerme nunca a imaginar qué había pasado después.
Enfermo, enfadado, sabiendo que quizá no llegaría a verme salir y, aun así, discutiendo con mi madre para que no vendiera una caja de herramientas porque algún día yo regresaría y podría necesitarlas.
Mientras yo estaba convencido de haber desaparecido de su futuro, mi padre todavía me guardaba un sitio dentro de él.
Mi madre me abrazó antes de que pudiera intentar disimular lo que me estaba pasando y, durante unos segundos, dejé de hacerlo.
Hundí la cara junto a su hombro y lloré por mi padre de una manera que no recordaba haberme permitido cuando murió, quizá porque entonces todo había quedado mezclado con la prisión, la culpa y la sensación de que no tenía derecho a lamentar nada que hubiera perdido por mi propia decisión.
—No me perdonó —murmuré al cabo de un rato.
Mi madre se apartó lo suficiente para mirarme y negó despacio con la cabeza.
—Logan, a quien tu padre no consiguió perdonar fue a sí mismo.
Me quedé mirándola.
—¿Qué?
—Pensaba que si él no hubiera enfermado, tú nunca habrías tomado la peor decisión de tu vida. Que habías visto cómo se nos acababan las opciones, cómo las facturas seguían llegando y cómo él empeoraba mientras nosotros intentábamos encontrar dinero donde ya no lo había.
»Sabía que nadie te obligó a subirte a aquel coche y jamás defendió lo que hiciste, pero también sabía por qué lo habías hecho.
Sentí que algo se me cerraba en la garganta.
—Nunca me dijo eso.
—Porque estaba enfadado. Muchísimo. Habías puesto en riesgo tu vida, habías dejado a Noah sin su padre y te esperaban años de cárcel.
Claro que estaba enfadado contigo. Pero estar enfadado por lo que hiciste no significa que tuviera que perdonarte por seguir queriéndolo cuando ya no sabías cómo salvarlo.
Bajé la mirada hacia la caja abierta.
—Entonces, ¿por qué cada vez que hablábamos parecía que no podía ni mirarme?
—Porque te miraba y veía todo lo que ibas a perder por intentar evitar que él muriera. —Mi madre respiró hondo antes de continuar—. Y porque también estaba enfadado consigo mismo.
»Llegó a decirme que habría preferido que no existiera aquel tratamiento, que nadie nos hubiera hablado jamás de él, si saber que estaba ahí había terminado llevándote a hacer aquello.
Tuve que cerrar los ojos.
—Eso no fue culpa suya.
—Lo sé.
—Él no me pidió que hiciera nada.
—También lo sé. Y se lo dije todas las veces que hizo falta. Igual que llevo años intentando que tú entiendas que su enfermedad tampoco fue culpa tuya.
Volví a mirarla y vi lágrimas en sus ojos.
—Tu padre no necesitó seis años para perdonarte, Logan. Creo que te perdonó prácticamente desde el principio, aunque siguiera furioso por lo que habías hecho. Lo que no sabía era cómo aceptar que una decisión tomada por amor hacia él hubiera terminado quitándote tanto.
La garganta me dolía demasiado para hablar.
—Por eso guardó las herramientas —añadió—. Porque podía estar enfadado, podía desear sacudirte hasta que entraras en razón y podía seguir pensando que habías cometido una barbaridad. Pero nunca dejó de esperar que volvieras a casa.
Me pasé una mano por la cara.
—Ojalá hubiera podido decirle que lo sentía. De verdad, no como aquella vez que todavía intentaba explicarle por qué lo había hecho.
—Lo sabía.
—No se lo dije.
—Como te habría gustado, no. Pero eras su hijo. Te conocía desde hacía treinta y tantos años, Logan. Sabía cuándo estabas asustado, cuándo eras un idiota y cuándo te arrepentías aunque todavía no supieras decirlo bien.
Eso consiguió arrancarme una risa rota.
—Seguro que esa última parte la tenía muy entrenada.
—Muchísimo. Desde que aprendiste a hablar, más o menos.
Nos quedamos junto al banco durante un rato.
Mi madre fue sacando alguna herramienta y contándome de dónde había salido: una carraca que mi padre había comprado cuando yo era pequeño, un destornillador que llevaba décadas empeñado en no sustituir y una llave que, según ella, había provocado al menos tres discusiones porque jamás aparecía cuando la necesitaban.
Aquellas historias diminutas consiguieron hacer algo que ninguna de las conversaciones sobre su enfermedad había logrado desde que volví: durante unos minutos mi padre dejó de ser solamente el hombre del que no había podido despedirme y volvió a ser también el que había llenado aquella casa durante años, con sus manías, sus herramientas y sus discusiones absurdas.
Nada de aquello cambiaba que siguiera muerto, que yo no hubiera estado en el hospital ni en su funeral o que habría dado cualquier cosa por volver a nuestra última conversación, sentarme frente a él y decirle que tenía razón en muchas cosas, que lo sentía y que ningún intento por salvarlo había justificado arriesgar todo lo demás.
Pero ya no podía cambiar aquella conversación y quizá llevaba demasiado tiempo convirtiéndola en la única que importaba.
Cuando mi madre regresó a la casa y me quedé un momento frente a la caja abierta, pasé la mano otra vez por las herramientas que mi padre había decidido guardar para mí después de nuestra última discusión.
Seguía enfadado por lo que había hecho y seguía deseando que jamás hubiera tomado aquella decisión, pero eso no había impedido que me perdonara, que continuara queriéndome ni que imaginara un día en el que yo volvería a casa y tendría una vida en la que aquellas herramientas pudieran servirme.
Durante seis años había estado convencido de que mi padre murió pensando únicamente en todo lo que yo había destruido.
Ahora sabía que, incluso entonces, también había seguido pensando en todo lo que todavía podía quedarme por vivir.