Capítulo 17
Logan
El martes llegué a casa algo después de las seis.
Aaron había insistido en que no compensara las horas de la mañana porque bastante tenía con haber pasado mi segundo día de trabajo saliendo de un colegio después de una pelea, pero me quedé hasta terminar el coche que tenía entre manos y aun así llegué a tiempo para ayudar a Noah con los deberes.
No volvió a mencionar lo ocurrido con su compañero.
Yo tampoco lo forcé. Hicimos dos problemas de matemáticas, buscamos durante casi diez minutos una ficha que estaba exactamente donde él aseguraba haber mirado tres veces y cenamos los tres mientras Noah nos explicaba que Tyler había intentado convencer a la profesora de que los dinosaurios podían considerarse animales domésticos si uno disponía de un jardín lo bastante grande.
A las nueve estaba acostado y, media hora después, mi madre apareció en la puerta del despacho donde yo había instalado mis cosas.
—¿Qué tal esta mañana?
Había estado esperando la pregunta desde que llegué.
—Bien. El colegio ha hablado también con el otro niño y su familia. La profesora ha dejado claro que Noah no puede pegar a nadie, pero tampoco han pasado por alto lo que le dijo.
Mi madre entró y se apoyó en el borde del escritorio.
—¿Y tú?
—Yo tampoco he pegado a nadie.
—Qué alivio.
Sonreí apenas y cerré el portátil que tenía delante.
—No ha sido tan horrible como esperaba.
—Eso empieza a pasarte bastante desde que has vuelto.
—No te acostumbres.
Se quedó allí, mirándome, y supe que no había venido únicamente a preguntar por el colegio.
—Noah me contó que hablasteis anoche.
—Sí.
—No me dijo mucho.
—Mejor.
Mi madre asintió sin insistir, pero yo llevaba todo el día pensando en una parte concreta de aquella conversación y terminé hablándole antes de decidir si quería hacerlo.
—Me preguntó por qué cometí el robo.
La expresión de mi madre cambió.
—¿Qué le dijiste?
—Que necesitaba dinero para solucionar un problema importante y elegí hacerlo de una manera que estaba mal. No le conté lo demás.
—Tiene ocho años. Ya habrá tiempo.
—Eso le dije.
Apoyé los antebrazos sobre las piernas y miré el suelo durante unos segundos.
—Algún día tendré que explicárselo.
—Sí.
—Y cuando lo haga tendré que decirle que fue por su abuelo.
Mi madre permaneció en silencio.
No era la primera vez que hablábamos de mi padre desde que había salido, pero hasta entonces siempre habíamos conseguido rodearlo.
Alguna anécdota de Noah, una referencia a algo de la casa, una frase que terminaba antes de entrar de verdad en aquellos años.
Yo había aceptado esa distancia porque resultaba mucho más fácil convivir con un muerto cuando no mirabas demasiado de cerca todo lo que había quedado pendiente.
—No quiero que piense que eso lo justifica —continué—. Bastante complicado ha sido explicarle que puede quererme sin tener que convencer a nadie de que yo no hice nada.
—No creo que Noah vaya a pensar eso si se lo cuentas bien.
—Mi padre sí lo pensó.
Mi madre frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que utilicé su enfermedad para justificar lo que hice.
—Tu padre estaba furioso contigo, Logan. Eso no es lo mismo.
Solté una risa sin humor.
—Recuerdo perfectamente lo que me dijo la última vez que hablamos antes del juicio.
No necesitaba repetirlo. Mi padre me había preguntado en qué demonios estaba pensando, cómo podía haber arriesgado mi vida, la de otra gente y el futuro de mi hijo por dinero. Yo intenté explicarle que no encontraba otra salida y aquello solo consiguió enfadarlo más.
—También recuerdo lo que le contesté —añadí—. Le dije que si aquel tratamiento hubiera funcionado, habría merecido la pena.
Mi madre cerró los ojos un instante.
—Estabas desesperado.
—Y él se estaba muriendo.
—Sí.
No intentó suavizarlo.
—Yo sabía que se estaba muriendo y aun así pensé que podía arreglarlo. Trabajé más horas, pedí un préstamo, vendí la moto, pregunté por todas partes y nada alcanzaba.
»Entonces apareció Evan con veinticinco mil dólares y decidí que podía convertirme en alguien que conducía un coche mientras otros entraban a robar una joyería porque, de alguna manera, eso me parecía menos terrible que quedarme mirando cómo papá empeoraba.
Mi madre bajó la vista hacia sus manos.
—Nunca pensaste que fuera poco terrible.
—Lo suficiente para hacerlo.
—Sí —admitió sin intentar suavizarlo.
La respuesta me hizo mirarla porque no había reproche en su voz, pero tampoco intención alguna de regalarme una absolución que yo no le había pedido.
—Y eso estuvo mal —continuó—. Tu padre tenía razón cuando te dijo que ningún tratamiento justificaba lo que hiciste. Yo también te lo dije entonces y te lo seguiría diciendo hoy.
»Estabas desesperado, tenías miedo de perderlo y querías encontrar una salida donde ya casi no quedaban, pero fuiste tú quien decidió aceptar lo que te ofreció Evan. Una cosa no borra la otra.
—Lo sé.
—Pero hay otra cosa en la que él y yo también estábamos de acuerdo y que tú llevas seis años negándote a escuchar.
Esperé, aunque por la forma en que me miraba empecé a sospechar adónde quería llegar.
—Tu padre no murió porque tú entraras en prisión.
Noté cómo se me endurecía el pecho.
—No he dicho eso.
—No hace falta que lo digas, Logan. Te conozco. Cada vez que hablas de él haces lo mismo: empiezas por el robo y terminas en su muerte, como si una cosa hubiera provocado la otra y tú tuvieras que pagar por las dos.
Aparté la mirada, consciente de que mi madre conocía demasiado bien todas las maneras que tenía de callarme.
—Si yo no hubiera hecho aquello, habría estado aquí.
—Sí, habrías estado aquí.
—Cuando empeoró habría podido llevarlo al hospital, sentarme a su lado, hablar con los médicos, estar contigo… —La voz empezó a fallarme y tuve que detenerme unos segundos antes de continuar—. Habría sabido cómo estaba de verdad en lugar de esperar a que me dejaran llamar y preguntarte a ti.
Mi madre se quedó quieta frente a mí.
—Y yo habría preferido que estuvieras aquí. Claro que sí.
Aquello me dolió de una forma distinta porque no intentó fingir que mi ausencia no había tenido consecuencias.
—Pedí que me dejaran verlo cuando llamaste diciendo que podía quedarle muy poco. Lo sabes.
—Lo sé.
—Hice la solicitud y pregunté todo lo que podía preguntar. Me daba igual cómo tuviera que ir. Con escolta, esposado, sin poder quedarme a solas con él… Me daba exactamente igual. Solo quería llegar antes de que muriera.
Mi madre asintió despacio y vi que tenía los ojos húmedos.
—Yo también pensé que encontrarían alguna manera.
—Y dijeron que no.
Todavía podía recordar aquella llamada. El teléfono pegado a la oreja, un funcionario a pocos metros y la voz de mi madre intentando no romperse mientras me explicaba que mi padre llevaba dos días prácticamente inconsciente.
Después vinieron las solicitudes, las preguntas y una espera durante la que conseguí convencerme de que, por muy improbable que fuera, terminarían dejándome ir.
—Pensé que tendría otra oportunidad —dije—. Que aguantaría un poco más. Recuerdo acostarme aquella noche pensando que quizá al día siguiente cambiaría algo, que alguien revisaría la solicitud o que papá mejoraría lo suficiente para que todavía hubiera tiempo.
Mi madre se llevó una mano a la boca y tardó unos segundos en poder responder.
—Yo también esperaba que aguantara. Cada vez que entraba un médico en la habitación, pensaba que quizá vendría a decirme que había mejorado un poco, aunque fuera lo justo para darnos otro día.
Tragué saliva.
—Pero la siguiente llamada fue para decirme que había muerto.
Ella cerró los ojos un momento.
No hacía falta que ninguno recordara cómo había sido aquella conversación.
Yo seguía oyendo su voz algunos días, incluso después de tantos años.
Mi madre intentando contarme que mi padre ya no estaba mientras yo permanecía de pie en un lugar del que no podía salir, sin poder abrazarla, sin poder verla siquiera.
—Y luego pedí ir al funeral —continué—. Pensé que, después de no haberme dejado verlo en el hospital, al menos me permitirían despedirme de él allí.
Mi madre respiró hondo.
—Lo sé, cariño.
—También dijeron que no.
Aquella frase siempre había sido más difícil que cualquier otra porque con ella desaparecía hasta la última posibilidad de despedida.
No pude verlo en el hospital, no vi cómo cerraban el ataúd ni estuve junto a mi madre mientras enterraban al hombre por el que había empezado todo.
Ni siquiera pude volver a aquella casa llena de sus cosas y comprender que realmente no iba a regresar.
Había cometido un delito intentando conseguir dinero para mantenerlo vivo y terminé encerrado mientras se moría sin que pudiera hacer absolutamente nada.
—Robé intentando salvarlo —dije, mirándola por fin— y lo único que conseguí fue estar en una celda cuando murió. Tú tuviste que pasar por todo aquello sola y yo ni siquiera pude despedirme de él.
Mi madre se levantó del escritorio y se sentó a mi lado.
—Yo no estaba sola del todo. Había gente conmigo, Logan. Lo que no tenía era a mi hijo, y claro que te eché de menos. Hubo muchos momentos en los que habría dado cualquier cosa porque estuvieras allí. Pero eso tampoco convierte la enfermedad de tu padre en algo que tú provocaras.
Su mano buscó la mía y entrelazó los dedos con los míos.
—Conseguir dinero para aquel tratamiento no estaba en tus manos, igual que tampoco lo estaba conseguir que funcionara. Lo que sí estuvo en tus manos fue aceptar lo que te propuso Evan, y de eso eres responsable.
»Cumpliste una condena por ello y nadie te está pidiendo que finjas que no ocurrió. Pero una cosa es asumir tu culpa y otra cargar también con la muerte de tu padre como si formaras parte de la enfermedad que se lo llevó.
Apreté los dedos alrededor de los suyos sin contestar.
—Estaba enfermo antes de que tú tomaras aquella decisión —continuó—. Muy enfermo. Los médicos nunca nos prometieron que ese tratamiento fuera a salvarlo. Nos dijeron que podía darle una oportunidad, quizá más tiempo, y tú te agarraste a eso porque eras su hijo, lo querías y estabas muerto de miedo.
»Yo también me agarré. La diferencia es que tú llegaste a un punto en el que dejaste de pensar en lo que podías perder por intentar conseguirlo.
—Y lo perdí igualmente.
—Sí. Perdiste mucho. —Me apretó la mano—. Más de lo que tu padre habría querido que perdieras por él.
La miré y durante unos segundos volvieron a mi cabeza las últimas conversaciones con él, siempre contaminadas por la rabia, el miedo y una decepción que nunca habíamos tenido tiempo de dejar atrás.
—Él murió enfadado conmigo.
Mi madre respiró hondo.
—Sí. Murió enfadado contigo.
No esperaba otra respuesta y, aun así, dolió escucharla tan claramente.
—Estaba muy enfadado —añadió—. Hubo días en que no quería hablar de ti porque, en cuanto lo hacíamos, terminábamos discutiendo. Decía que habías tirado tu vida por la borda, que tenías un niño de dos años que te necesitaba y que no podía entender cómo habías sido capaz de arriesgarlo todo.
»Le dolía pensar en los años que podías pasar encerrado y en todo lo que Noah viviría sin ti.
Bajé la cabeza.
—Ya.
—Y yo tampoco sabía qué decirle, porque había muchas cosas en las que tenía razón. Estábamos enfadados contigo, Logan. Los dos. A veces, muchísimo.
No había crueldad en sus palabras. Precisamente por eso podía escucharlas.
—Pero no confundas estar enfadado contigo con dejar de quererte —continuó—. Tu padre podía pensar que habías cometido la mayor estupidez de tu vida y seguir siendo tu padre. Podía no perdonarte todavía y seguir preguntándose qué iba a ser de ti cuando salieras. Una cosa no anulaba la otra.
Me quedé mirando nuestras manos unidas.
—Yo solo recuerdo lo primero.
—Ya lo sé. Y creo que llevas seis años haciendo eso a propósito.
Alcé la cabeza.
—¿A propósito?
—Porque es más fácil castigarte con la última discusión que aceptar que las cosas quedaron sin terminar. Si decides que murió sin perdonarte y que eso es todo, al menos tienes una respuesta. Una horrible, pero una respuesta.
No supe qué contestar porque había algo insoportablemente cierto en aquello.
Mi madre me observó unos segundos antes de levantarse.
—Ven conmigo.
—¿Adónde?
—Al garaje.