Capítulo 16
Logan
Miré hacia las escaleras, intentando imaginar cuánto tiempo llevaba Noah guardándose aquello desde que había salido del colegio.
—¿Le ha hecho daño?
—Por lo que me han dicho, nada grave. Un golpe en el labio y el susto. La profesora los separó enseguida.
Apoyé las manos en la encimera.
—¿Por qué no me has llamado?
—Porque hoy era tu primer día de trabajo y Noah ya estaba aquí cuando me llamó su tutora. Sabía que ibas a venir a recogerlo.
No había reproche en su voz, pero aun así me costó aceptar que se hubiera ocupado ella. Mi madre debió de adivinarlo.
—No he solucionado nada a tus espaldas, Logan. He escuchado lo que me han explicado y les he dicho que hablarías tú con él.
La miré.
—Gracias.
—También quieren que mañana pases por el colegio antes de entrar a trabajar. He dicho que te pondrías en contacto con ellos para confirmar la hora.
Asentí y cogí el teléfono para escribir a Aaron. Apenas llevaba un día contratado y ya tenía que avisarle de que llegaría tarde al siguiente, algo que no ayudó demasiado a mejorarme el humor.
Su respuesta apareció menos de un minuto después.
Aaron: Ocúpate de tu hijo. Cuando termines, vienes.
Me quedé mirando la pantalla antes de guardarla.
—¿Algún problema? —preguntó mi madre.
—Ninguno.
—Entonces deja de poner esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar buscando dónde esconder una catástrofe que no existe.
Solté el aire y volví a mirar hacia arriba.
—Voy a hablar con él antes de cenar.
—Me parece bien.
Encontré a Noah sentado en la cama con un libro abierto delante, aunque resultaba evidente que no estaba leyendo. Levantó la cabeza cuando entré y enseguida volvió a fijarse en la página.
Cerré la puerta sin llegar a encajarla y me senté a su lado.
—La abuela me ha contado lo que ha pasado hoy.
Sus hombros se tensaron.
—Él empezó.
—Puede ser.
—Me llamó criminal.
—No exactamente. Me lo llamó a mí.
Noah apretó los labios.
—Dijo que eras un ladrón y que habías estado en la cárcel. También dijo que la gente que va a la cárcel es mala.
Entendí entonces por qué la marca de su mano me había inquietado tanto sin saber todavía qué había detrás.
Durante años había imaginado conversaciones difíciles con Noah sobre mi ausencia, sobre Kayla, sobre lo que había hecho y sobre todas las cosas que no podía recuperar.
Nunca había pensado demasiado en que otros niños pudieran contarle mi historia antes de que él estuviera preparado para escucharla.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que era mentira.
Me quedé callado el tiempo justo para ordenar lo que quería decir.
—Noah, que yo estuve en la cárcel no es mentira.
—Ya lo sé.
—Y cometí un delito.
Frunció el ceño con una mezcla de enfado y frustración.
—Pero tú no eres malo.
—Eso es distinto.
Me miró entonces.
—Pues él dijo que sí.
—Y no tenía derecho a hablarte así ni a utilizarme para hacerte daño. Pero tampoco quiero que tengas que decir que yo no hice nada, porque sí lo hice.
Noah bajó la vista hacia el libro.
—Entonces parece que él tiene razón.
Aquello me dolió bastante más de lo que esperaba, aunque no porque me ofendiera. El problema era que tenía ocho años y estaba intentando ordenar algo que a muchos adultos también les costaba entender.
—Puede tener razón en una parte y equivocarse en otra. Yo robé, Noah. Sabía que estaba haciendo algo que no debía y por eso acabé en prisión. Eso no significa que todo lo que soy empiece y termine ahí.
—¿Por qué lo hiciste?
La pregunta llegó sin acusación, pero me obligó a pensar hasta dónde debía contarle.
—Necesitaba dinero y pensé que podía solucionar un problema haciendo algo que estaba mal.
—¿Qué problema?
Miré sus manos, todavía pequeñas, apoyadas sobre las piernas.
—Uno importante para mí. Algún día te lo contaré con más detalle, pero no quiero que crezcas pensando que tener un motivo convierte una mala decisión en una buena. No lo hace.
Noah pareció pensarlo.
—¿Te arrepientes?
—Muchísimo.
—Entonces ya está.
Casi sonreí.
—Ojalá funcionara exactamente así.
—Pues debería.
—A veces las cosas tardan un poco más.
Volvió a mirar el libro, aunque esta vez no parecía intentar esconderse detrás de él.
—Yo no quería pegarle.
—¿Qué pasó?
—Siguió hablando. Le dije que parara y se rio. Luego dijo que seguramente tú volverías a la cárcel porque los criminales siempre vuelven.
Noté cómo se me tensaba la mandíbula.
—¿Y entonces le pegaste?
Asintió.
—No quiero que vuelva a pasar.
Noah levantó la cabeza de golpe.
—¡Pero estaba hablando de ti!
—Precisamente por eso.
—No es justo.
—No, no lo es. Tampoco es justo que tengas que escuchar ciertas cosas por una decisión que tomé yo, pero pegarle no cambia lo que pasó ni consigue que deje de ser verdad.
—Entonces, ¿qué hago si vuelve a decirlo?
—Le dices que pare, te alejas y se lo cuentas a un profesor. Y después me lo cuentas a mí.
Su expresión dejó bastante claro lo poco convincente que le parecía aquella solución.
—Eso es de chivatos.
—Eso es de gente que intenta no acabar castigada por romperle el labio a un compañero.
—No se lo he roto.
—Me alegra saber que controlaste la fuerza.
Una sonrisa diminuta estuvo a punto de aparecerle y desapareció enseguida.
—¿Estás enfadado conmigo?
—Estoy enfadado porque le hayas pegado. No contigo.
—Es lo mismo.
—No.
Lo pensé un instante antes de continuar.
—Y tú también puedes estar enfadado conmigo.
Arrugó la frente.
—¿Por qué?
—Porque estuve fuera seis años por algo que decidí hacer yo. Porque a veces alguien va a decirte cosas que no te gustan por mi culpa. Puedes quererme y aun así pensar que hice algo terrible. No tienes que defenderme de eso.
Noah tardó unos segundos en responder.
—Pero eres mi padre.
—Sí.
—Entonces te voy a defender.
No pude evitar sonreír esta vez.
—Podrías probar a hacerlo sin pegar a nadie.
—Lo intentaré.
—Me conformo.
Dejó el libro a un lado y se inclinó hacia mí. Lo rodeé con un brazo cuando apoyó la cabeza contra mi costado y permanecimos así un rato.
—¿Vas a volver a la cárcel? —preguntó al cabo de unos segundos.
La pregunta salió tan baja que entendí que probablemente llevaba horas queriendo hacerla.
—No tengo intención de hacer nada que me lleve de vuelta allí.
—Pero ese niño dijo que sí.
—Ese niño no decide mi vida.
—¿Tú sí?
La pregunta me pilló desprevenido.
—La mayor parte, sí.
—Entonces no vuelvas.
Lo abracé un poco más fuerte.
—Haré todo lo que esté en mi mano.
No le prometí que nada malo volvería a ocurrir porque ya había aprendido que las promesas imposibles servían de poco. Aquello, en cambio, sí podía cumplirlo: no volver a ser yo quien destruyera lo que estaba empezando a construir.
Cenamos los tres y mi madre no hizo ninguna pregunta sobre la conversación. Noah tampoco mencionó la pelea hasta que terminamos, cuando dejó el tenedor junto al plato.
—Mañana papá viene al colegio.
Mi madre levantó una ceja.
—Eso parece.
—La señorita Parker va a hablar con él.
—Espero que se porte bien.
Noah me miró muy serio.
—Tú no le pegues a nadie.
Mi madre soltó una carcajada y yo señalé al niño con el tenedor.
—Empiezo a arrepentirme de nuestra conversación.
La tensión se relajó lo suficiente para que el resto de la cena fuera normal.
Después revisamos las zapatillas que necesitaba para educación física, firmé una autorización que llevaba dos días guardada en el bolsillo equivocado de la mochila y descubrí que los lunes también había que comprobar una carpeta verde donde el colegio enviaba avisos.
Cuando acosté a Noah, pensé que probablemente seguirían apareciendo reglas, carpetas, horarios y pequeñas obligaciones que mi madre podía recitar sin esfuerzo y yo todavía tenía que aprender.
Por primera vez no me molestó especialmente no saberlas todas.
Bastaba con seguir estando allí al día siguiente para aprender la próxima.
A la mañana siguiente entré en el colegio de Noah a las ocho y cuarto, después de dejarlo con su clase.
La última vez que había pisado un edificio escolar había sido para una visita que el centro penitenciario organizó con un programa educativo, así que el simple olor a papel, productos de limpieza y desayunos infantiles consiguió resultarme extraño.
La señora Parker me esperaba junto a la secretaría. Era una mujer de unos cuarenta años a la que había visto un par de veces a la salida, aunque nunca habíamos hablado más allá de un saludo.
—Señor Mercer, gracias por venir.
—Logan está bien.
Me acompañó a una pequeña sala donde nos esperaba también la orientadora del colegio.
Me explicaron lo ocurrido con bastante más detalle del que Noah había dado.
El otro niño había oído hablar de mí en casa, había empezado a hacer comentarios durante el recreo y continuó después de que Noah le pidiera varias veces que parara.
—Eso no justifica que mi hijo le pegara —dije cuando terminaron.
La señora Parker asintió.
—No. Y Noah lo sabe. Pero también queremos dejar claro que los comentarios del otro alumno fueron inapropiados. Hemos hablado con él y con su familia.
No había esperado escuchar eso.
—Bien.
La orientadora apoyó las manos sobre la mesa.
—Nos preocupa sobre todo que Noah sienta que tiene que defender a su familia de esa manera. Ayer estaba muy alterado cuando hablamos con él.
—Ya hemos hablado en casa. Le he dicho que si vuelve a pasar algo parecido, tiene que acudir a un adulto y contármelo.
La profesora sonrió ligeramente.
—Eso mismo le hemos dicho nosotros.
Durante unos segundos dudó antes de continuar.
—Noah habla mucho de usted.
Noté una incomodidad absurda que no tenía nada que ver con ella.
—Espero que no demasiado.
—Sobre todo de coches últimamente.
Eso consiguió arrancarme una sonrisa.
—Eso sí me lo creo.
—Está muy orgulloso de que trabaje en un taller.
La frase me golpeó de una forma distinta a la del día anterior. No había ninguna compasión detrás ni intento de tranquilizarme; simplemente estaba contándome algo sobre mi hijo.
—Empecé ayer.
—Nos lo dijo.
La orientadora revisó una hoja antes de preguntarme si necesitábamos algún tipo de apoyo adicional para Noah.
Le dije que por el momento no, pero acepté que me explicara cómo contactar con ella si volvía a ocurrir algo.
No estaba acostumbrado a recibir ayuda antes de necesitarla y mucho menos a guardar un número por si algún día podía venir bien, aunque empezaba a entender que quizá no todo tenía que resolverse cuando ya se había convertido en un desastre.
Antes de marcharme, la señora Parker salió conmigo al pasillo.
—Señor Mercer.
Me giré hacia ella y esperé mientras parecía buscar las palabras adecuadas antes de continuar.
—Sé que esta situación puede resultar incómoda para usted.
Esperé.
—Solo quería decirle que, para nosotros, Noah es Noah. Lo que haya ocurrido en su familia no cambia eso.
Durante años había imaginado tantas veces el juicio de los demás que a veces olvidaba dejar espacio para cualquier otra reacción.
—Gracias.
Ella asintió y regresó al aula.
Salí del colegio algo más tarde de lo previsto y escribí a Aaron mientras caminaba hacia la parada del autobús. Me contestó que dejara de mirar el reloj y apareciera cuando pudiera, así que guardé el teléfono y continué andando.
No todo había salido bien desde que estaba fuera.
El primer trabajo se había caído, seguía dependiendo demasiado del transporte público y acababa de pasar una mañana en el colegio porque mi hijo había pegado a otro niño por algo que yo había hecho seis años atrás.
Aun así, empezaba a entender que reconstruir mi vida no consistiría en conseguir que los demás olvidaran lo sucedido, ni siquiera Noah, sino en darle motivos para conocerme también por todo lo que hiciera a partir de ahora.
Cuando llegara el momento, tendría que contarle la historia completa y dejar que decidiera por sí mismo qué clase de hombre veía cuando me miraba. Lo único que podía hacer yo era procurar que ese hombre mereciera la pena.