Todo lo que perdí Capítulo 15
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Capítulo 15

Logan

El lunes llegué al taller de Aaron veinte minutos antes de las ocho, con unas botas que todavía estaban demasiado limpias y la sensación de que no recordaba la última vez que había tenido tantas ganas de empezar una jornada de trabajo.

Aaron ya estaba allí. Levantó la vista desde el mostrador cuando entré y señaló el reloj de la pared.

—Como sigas llegando así de pronto, voy a pensar que quieres abrir tú.

—Es el primer día. Dame una semana.

—Eso suena más razonable.

Me presentó a los otros tres mecánicos y dejó a Daniel para el final. Tendría unos treinta y pocos, llevaba allí cinco años y parecía bastante poco interesado en convertir mi llegada en un acontecimiento.

—Aaron dice que sabes lo que haces —comentó mientras nos estrechábamos la mano.

—Espero que no haya apostado dinero.

—Aaron no apuesta dinero. Lo quiere demasiado.

Desde el otro lado del taller nos llegó una protesta que ninguno fingió no haber escuchado.

Daniel empezó enseñándome dónde guardaban las herramientas, cómo organizaban las órdenes de trabajo y el programa que utilizaban para diagnósticos y presupuestos.

Algunas cosas me resultaron familiares y otras habían cambiado lo suficiente para obligarme a prestar más atención de la que me habría gustado reconocer.

Lo notó enseguida.

—El programa es una mierda al principio.

—Eso esperaba que dijeras.

—Dentro de una semana seguirá siendo una mierda, pero ya sabrás dónde están las cosas.

Aquello me tranquilizó más de lo que probablemente pretendía.

La primera reparación que me asignaron fue sencilla: frenos y mantenimiento general en un coche que llevaba esperando desde el viernes.

No necesitaba pensar demasiado y agradecí empezar así.

Levantar el vehículo, desmontar las ruedas, revisar piezas y volver a trabajar con herramientas que no pertenecían a una prisión consiguió que el cuerpo recordara antes que la cabeza.

A media mañana ya tenía grasa en las manos y una mancha en la camiseta nueva que habría hecho suspirar a mi madre. Llevaba demasiado tiempo sin sentirme tan cómodo haciendo algo que conocía bien.

La segunda orden fue menos amable. Un todoterreno moderno llevaba varios días encendiendo el testigo del motor de forma intermitente y Daniel aprovechó para enseñarme el equipo de diagnóstico que utilizaban.

—Este no lo he usado —reconocí.

—Lo suponía.

No hubo juicio en su respuesta. Se colocó a mi lado, me explicó un par de funciones y me dejó probar.

La interfaz era distinta a las que había utilizado años atrás, pero los datos seguían contando una historia si sabías qué buscar.

Tardé más de lo que habría tardado antes y tuve que preguntarle dónde encontrar un par de lecturas, aunque después de un rato dejamos de hablar del aparato y empezamos a discutir sobre el coche.

—Yo empezaría por aquí —dije, señalando una de las variaciones.

Daniel observó los datos.

—¿Por qué?

Se lo expliqué y volvió a mirar la pantalla.

—Tiene sentido.

No era un triunfo espectacular, pero no necesitaba que lo fuera. Bastaba con comprobar que seis años sin trabajar en un taller no habían borrado todo lo que sabía.

Aaron pasó cerca poco después y se asomó al capó.

—¿Sigue sabiendo pensar?

Daniel se encogió de hombros.

—De momento.

—Qué emocionante sentirse valorado.

—Aquí intentamos no crear egos.

Aaron siguió caminando y yo regresé al motor con una sonrisa.

A la hora de comer me senté en una pequeña zona detrás de la oficina con el bocadillo que mi madre había insistido en prepararme la noche anterior. Saqué el teléfono y encontré un mensaje de Nora enviado unos minutos antes.

Nora: ¿Sigues vivo?

Habíamos hablado varias veces durante el fin de semana, aunque ninguno había intentado convertir el beso del viernes en una conversación solemne sobre lo que significaba. Me gustaba así. No lo estábamos fingiendo ni analizando hasta estropearlo.

Respondí:

Logan: Todavía no me han echado.

La contestación llegó poco después.

Nora: Es tu primer día. Dales tiempo.

Sonreí mirando la pantalla.

Logan: Gracias por la confianza.

Nora: Siempre. ¿Qué tal de verdad?

Aquello me hizo pensar un poco más la respuesta.

Logan: Bien. Hay cosas nuevas y voy más lento, pero bien. Me acordaba de más de lo que pensaba.

Los tres puntos aparecieron casi enseguida.

Nora: No me sorprende.

Me quedé mirando esas tres palabras más de lo necesario antes de guardar el teléfono.

Durante años me había acostumbrado a que las noticias que llegaban de fuera casi siempre tuvieran que ver con cosas que estaba perdiendo o no podía hacer. Resultaba extraño que alguien me preguntara cómo estaba y poder responder que algo iba bien sin añadir ninguna explicación después.

La tarde pasó deprisa. Conseguimos localizar el fallo del todoterreno y Daniel me dejó hacer buena parte del trabajo mientras intervenía solo cuando hacía falta. Cuando dieron las cinco, tenía la espalda cansada, las manos sucias y una satisfacción que no necesitaba analizar demasiado.

Aaron me detuvo antes de que saliera.

—¿Mañana vuelves?

—Pensaba hacerlo.

—Entonces no ha sido tan terrible.

—He tenido días peores.

Su expresión cambió apenas un instante, pero no hizo ningún comentario sobre la frase.

—A las ocho.

—Aquí estaré.

Fui directamente al centro y llegué poco después de las cinco y media. Entrar con la ropa del taller y las manos todavía marcadas de grasa me hizo sentir extrañamente distinto a los días anteriores, como si ya no estuviera rellenando horas mientras intentaba averiguar qué hacer con mi vida.

Nora estaba junto al mostrador hablando con Carmen. Levantó la vista cuando me vio y su sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.

La mía también.

—Veo que has sobrevivido.

—Por poco. Me han obligado a trabajar.

—Qué abuso.

Carmen nos miró a los dos, cogió unos papeles del mostrador y se alejó unos pasos con una sonrisa que dejaba bastante claro que había entendido la situación.

Nora decidió ignorarla.

—¿Ha ido bien?

—Sí. Mejor de lo que esperaba.

—Te dije que Aaron no te habría contratado si no creyera que podías hacerlo.

—También dijiste que la furgoneta solo tenía un ruido raro y casi la cocináis.

—Eso lo dijo Noah.

Nos reímos y durante un momento volvió la misma sensación del viernes, aunque allí había niños, familias y demasiada gente alrededor para olvidarnos de dónde estábamos.

—Me gustó la cena —dijo Nora, bajando un poco la voz.

La miré.

—A mí también.

—Y lo de después.

Noté que la sonrisa me salía antes de poder impedirlo.

—Eso especialmente.

Nora negó con la cabeza, divertida, pero no apartó la mirada.

—¿Te veo esta semana?

La pregunta me sorprendió lo justo para gustarme.

—Cuando quieras.

—El miércoles salgo pronto. Podríamos tomar algo.

—Hecho.

No necesitamos organizar nada más en ese momento. Noah apareció desde una de las salas con la mochila puesta y, en cuanto se acercó, noté que algo no encajaba porque venía mucho más callado de lo habitual.

—Hola, campeón.

—Hola.

Le pasé una mano por el pelo y entonces vi una pequeña marca roja junto a uno de sus nudillos.

—¿Qué te ha pasado ahí?

Retiró la mano casi de inmediato.

—Nada.

Nora miró a Noah y después a mí.

—Hoy ha llegado bastante callado.

—Estoy bien —insistió él.

No parecía querer hablar delante de nadie y tampoco pensaba interrogarlo en medio del centro.

—Vale. Cogemos las cosas y nos vamos.

Se despidió de Nora con menos entusiasmo del habitual y salimos.

Durante el camino a casa intenté dejarle espacio. Me contó que habían tenido lengua, que Tyler había olvidado el almuerzo y que al día siguiente necesitaba llevar unas zapatillas de deporte, pero evitó cualquier cosa relacionada con la marca de la mano.

Esperé hasta que estuvimos a pocas calles de casa.

—¿Te has caído?

—No.

—Entonces te has dado con algo.

Noah metió las manos en los bolsillos.

—Más o menos.

Lo miré de reojo.

—No te voy a obligar a contármelo en mitad de la calle, pero esa explicación es bastante mala.

No respondió, pero estaba claro que algo había ocurrido y el impulso de seguir preguntando apareció enseguida, acompañado por otro bastante más incómodo: la sensación de que quizá mi madre ya sabría qué hacer, qué tono utilizar o cuánto insistir.

Aun así, intenté no convertirlo en otra competición conmigo mismo ni demostrarme que tenía que acertar a la primera.

—Cuando quieras hablar, me lo cuentas.

Noah asintió y seguimos caminando.

Mi madre llegó unos diez minutos después que nosotros. Yo estaba terminando de preparar la cena, salmón al horno con verduras, y Noah había subido a dejar la mochila cuando escuché la puerta.

—Hola —saludé desde la cocina.

—Hola.

El tono de su voz me hizo levantar la cabeza justo cuando dejaba el bolso sobre una silla y me miraba con una expresión que conocía demasiado bien.

—¿Qué pasa?

—Me ha llamado el colegio esta tarde.

Miré automáticamente hacia las escaleras.

—¿Por Noah?

Mi madre asintió y entró en la cocina.

—Ha tenido una pelea.

Pensé en el nudillo rojo.

—¿Con quién?

—Con un niño de su clase.

—¿Por qué?

Mi madre tardó un segundo de más en contestar y eso bastó para que algo se me encogiera por dentro.

—Por ti.

No entendí.

—¿Qué quieres decir?

Bajó la voz antes de explicármelo.

—El otro niño le dijo que su padre era un criminal y que había estado en la cárcel. Noah le pegó.

Durante unos segundos no supe qué responder. Había pasado apenas un día desde que le decía a mi madre que no quería que Noah aprendiera a bajar la voz cuando hablaba de mí.

No se me había ocurrido que también tendría que enseñarle que quererme no significaba defender lo que había hecho a puñetazos.