Capítulo 14
Logan
El viernes llegué a casa de Nora cinco minutos antes de las ocho, después de pasar buena parte de la tarde intentando convencerme, sin demasiado éxito, de que aquella cena no tenía ningún motivo para ponerme nervioso.
Había salido de prisión, me había sentado frente a dos hombres para pedir trabajo y llevaba una semana entera aprendiendo sobre la marcha cómo volver a ser padre de un niño de ocho años.
Aun así, mientras esperaba delante del edificio donde vivía Nora, una simple cita conseguía incomodarme bastante más de lo razonable, quizá porque una entrevista tenía reglas bastante claras y aquello, después de tantos años, no tanto.
Había elegido un restaurante italiano a menos de diez minutos andando de su casa, en parte porque tenía buenas críticas y en parte porque así solucionaba el pequeño inconveniente de no tener coche todavía.
Mi madre se había ofrecido a dejarme el suyo con una rapidez que me hizo sospechar que disfrutaba demasiado de la situación, pero trabajaba aquella tarde y no pensaba complicarle los horarios por una cena.
Llamé al telefonillo y Nora respondió enseguida.
—Bajo ahora.
Esperé junto a la puerta y, cuando apareció unos minutos después, tardé un poco más de lo conveniente en recordar que debería saludar.
Llevaba unos pantalones oscuros, botas y un jersey claro que le caía ligeramente sobre un hombro. Nada especialmente sofisticado y, aun así, estaba preciosa.
—Hola —dijo.
Tardé un segundo más de la cuenta en responder y Nora sonrió al darse cuenta.
—Hola.
—Veo que sigues recuperando habilidades sociales.
—Voy despacio.
—Ya.
La broma consiguió aflojar un poco la tensión y señalé hacia la calle.
—El restaurante está cerca. Pensé que podíamos ir andando.
—Perfecto.
Empezamos a caminar y durante los primeros minutos hablamos de lo fácil: Noah, la furgoneta, el centro y el trabajo que empezaría el lunes.
Nora quiso saber cómo había reaccionado mi madre y terminé contándole que llevaba desde el martes preguntándome si tenía suficientes camisetas para ir al taller.
—¿Y tienes?
—Según ella, nunca tengo suficientes camisetas para nada.
—Diane está disfrutando de tenerte otra vez en casa.
—Está disfrutando de poder organizarme la vida otra vez.
Nora rio.
—También.
El restaurante ocupaba la planta baja de un edificio antiguo y estaba bastante lleno, aunque nos habían guardado una mesa pequeña cerca de una de las ventanas.
Nada más sentarnos, me di cuenta de que había pasado tanto tiempo desde mi última cita que ni siquiera estaba seguro de cuándo había sido, aunque desde luego no con Nora.
Con ella nunca habíamos llegado a algo así, pese a que durante una temporada nos acercamos lo suficiente para que todo el mundo pareciera dar por hecho que acabaría ocurriendo algo y, al mismo tiempo, fuimos igual de buenos encontrando razones para que no ocurriera.
—¿Qué? —preguntó al verme sonreír.
—Estaba pensando que esta es nuestra primera cita.
Nora apoyó los brazos sobre la mesa.
—Técnicamente, sí.
—Hemos tardado bastante.
—Tú estabas ocupado rodeándote de gente que no me gustaba.
—Y tú estabas ocupada juzgándome por ello.
—Con bastante acierto, por lo que resultó después.
La frase podría haber hecho incómoda la conversación, pero su tono no tenía dureza y yo tampoco necesitaba fingir que no había algo de verdad en ella.
— Touché .
Nora hizo una mueca.
—No pongas esa cara. Tú también me juzgabas.
—Pensaba que eras demasiado buena para mí.
—Eso no es juzgarme. Es tener mal gusto sobre ti mismo.
Solté una risa.
—También pensaba que eras bastante mandona.
—Eso sí sigue siendo verdad.
Pedimos la cena y, poco a poco, la conversación dejó de necesitar esfuerzo.
Nora me contó algunas historias del centro, cómo había empezado allí pensando que sería algo temporal y había acabado convirtiéndolo en una parte enorme de su vida.
Yo le hablé de Pete, de Aaron y de lo extraño que seguía resultándome pensar que el lunes volvería a entrar en un taller para trabajar de verdad.
En algún momento dejamos de hablar de cosas concretas y terminamos recordando gente que ambos habíamos conocido años atrás. Algunos seguían en el barrio, otros se habían marchado y unos cuantos se habían convertido en personas de las que ninguno sabía nada.
—¿Te acuerdas de aquel verano en el que prácticamente vivíais en el aparcamiento de Miller’s? —preguntó Nora.
—Por desgracia.
—Evan estaba siempre allí.
El nombre cambió algo dentro de mí, aunque no tanto como habría ocurrido unos años atrás.
—Sí.
Nora pareció darse cuenta.
—Perdona.
—No hace falta.
Cogí el vaso antes de continuar.
—Evan formaba parte de mi vida desde mucho antes de que ocurriera todo. Fingir ahora que nunca me cayó bien sería bastante cómodo.
—No te he preguntado por el robo.
—Ya lo sé.
Y precisamente por eso no me molestó hablar.
La comida llegó poco después y durante un rato volvimos a temas más sencillos. Nora se rio cuando le conté la discusión de Noah sobre las matemáticas y yo descubrí que podía escucharla hablar de su trabajo durante mucho más tiempo del que habría supuesto.
Fue después del postre, cuando ya llevábamos casi dos horas allí y el restaurante empezaba a vaciarse, cuando la conversación cambió otra vez.
—¿Cómo está Noah contigo? —preguntó.
—Bien. Creo.
—Eso ha sonado muy seguro.
—Hay días en los que siento que lo estoy haciendo bastante bien y otros en los que descubro que no sé ni qué carpeta tiene que llevar al colegio.
—Eso les pasa también a los padres que no han estado fuera seis años.
—Sí, pero ellos tienen la ventaja de haber ido aprendiendo poco a poco.
Nora no respondió inmediatamente y yo bajé la vista hacia el borde del vaso, dándole unos segundos para hacerlo sin sentir que tenía que llenar el silencio.
—Cuando entré tenía dos años. Apenas hablaba bien y todavía necesitaba ayuda para casi todo. Después empecé a verlo crecer a saltos.
—¿A saltos?
Asentí.
—Entre una visita y otra había aprendido algo nuevo.
Una vez apareció sabiendo contar hasta veinte y yo no tenía ni idea de cuándo había pasado.
Otra vez empezó a hablarme de un niño del colegio como si yo tuviera que saber quién era, y tuve que preguntárselo.
Parece una tontería, pero ocurría constantemente.
—No es una tontería.
—Dentro sí acababa pareciéndolo. Había problemas bastante mayores.
—Que hubiera cosas peores no significa que esas no dolieran.
Levanté la vista hacia ella y entendí que no estaba intentando consolarme ni esperando que siguiera hablando. Simplemente estaba ahí, sin empujarme en ninguna dirección, y quizá por eso continué.
—Al principio Kayla lo llevaba a las visitas.
Pronunciar su nombre en voz alta me resultó extraño. Hacía años que apenas hablaba de ella y, desde que había firmado los papeles del divorcio, se había convertido en una parte de mi vida sobre la que rara vez encontraba motivos para volver.
—Lo intentó durante bastante tiempo. Más de lo que probablemente habría aguantado mucha gente. Venía con Noah, hablábamos por teléfono y durante un tiempo los dos fingimos que el matrimonio podía sobrevivir a aquello.
Nora escuchaba sin interrumpirme.
—Pero cada visita era más difícil. Ella tenía que ocuparse de todo fuera mientras yo estaba allí y supongo que llegó un momento en que dejó de saber para qué estaba luchando.
Empezó a venir menos, después dejó a Noah con mi madre porque necesitaba unos días y esos días terminaron convirtiéndose en algo permanente.
—¿Tú lo sabías?
—Mi madre me lo contó cuando quedó claro que Kayla no iba a volver a por él.
Recordaba perfectamente aquella llamada y la forma en que había tenido que quedarme sentado después, sin ninguna posibilidad de salir de allí y hacer algo.
—Eso tuvo que ser…
Nora se detuvo antes de terminar la frase.
—Una mierda —dije por ella.
Asintió.
—Sí.
—No estaba enfadado solo con Kayla. Ni siquiera creo que pudiera estarlo del todo. Estaba enfadado conmigo porque mi hijo estaba viviendo con mi madre, mi mujer se estaba marchando y yo no podía hacer absolutamente nada desde allí.
»Había tomado una decisión convencido de que estaba ayudando a mi familia y cada vez que levantaba el teléfono parecía haber una parte menos de esa familia esperándome fuera.
Nora bajó un momento la mirada.
—¿Y los papeles del divorcio?
La miré sorprendido.
—Diane me comentó hace tiempo que Kayla se había vuelto a casar. Supuse que…
—Sí. Los papeles llegaron a la prisión.
Recordarlo todavía tenía algo extraño. No dolor exactamente, al menos no como entonces, pero sí la sensación de verme sentado con aquel sobre delante.
—Yo ya sabía que se había acabado mucho antes de firmarlos. No fue ninguna sorpresa romántica ni me quedé destrozado porque creyera que íbamos a volver a ser una pareja feliz cuando saliera.
—Pero dolió.
—Muchísimo.
Sonreí sin demasiada alegría.
—Me quedé con una cara bastante estúpida mirando aquellas hojas. Supongo que porque hasta ese momento, aunque supiera que todo se había roto, todavía existía oficialmente algo de la vida que tenía antes. Firmar fue aceptar que tampoco quedaba eso.
Nora jugó un instante con la cucharilla del café.
—¿La seguías queriendo?
La pregunta no sonó incómoda ni curiosa, solo sincera, y me tomé unos segundos antes de responder porque ni siquiera yo tenía una respuesta sencilla.
—No sé si seguía enamorado de ella. Creo que para entonces ya habíamos perdido demasiadas cosas por el camino. Pero echaba de menos la vida que teníamos, que no es exactamente lo mismo.
Nora asintió despacio.
—La casa, Noah…
—Mi trabajo, despertarme y decidir qué hacer con mi día, discutir con mi madre y poder irme a mi propia casa después. Hasta cosas absurdas. Elegir qué comer, conducir, ir a comprar algo porque se me había olvidado hacerlo antes.
Me quedé callado un instante antes de añadir lo que llevaba toda la noche rondándome.
—Y mi padre.
La expresión de Nora cambió.
—Sé que murió mientras estabas dentro.
—Sí.
No dije nada más y ella no preguntó.
Agradecí tanto aquello que tuve que apartar la mirada durante unos segundos.
Hablar de Noah o incluso de Kayla dolía, pero eran heridas que podía tocar sin sentir que todo se movía debajo. Con mi padre era diferente y no estaba preparado para abrir esa puerta allí.
—Lo siento —dijo Nora.
—Gracias.
Su mano descansaba sobre la mesa, cerca de la mía, y no supe si fue consciente cuando movió los dedos unos centímetros hasta rozarme, aunque ninguno de los dos se apartó. Nos quedamos así unos instantes, compartiendo un silencio que no resultaba incómodo, hasta que Nora sonrió ligeramente.
—Esta cita se ha puesto bastante intensa.
Solté aire, agradeciendo que me diera una salida.
—Culpa tuya. Has preguntado por Noah.
—Qué manipulador.
—Todavía podemos cambiar de tema y hablar de algo completamente inofensivo.
—No pienso desperdiciar mi primera cena contigo en años hablando del tiempo.
La frase me hizo mirarla.
—¿En años?
Nora sonrió.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Creo que sí.
Pedimos otro café y, poco a poco, la conversación volvió a hacerse ligera.
Recordamos una noche de hacía años en la que habíamos terminado sentados sobre el capó del coche de un amigo hablando hasta casi el amanecer y discutimos sobre quién había sido el primero en marcharse sin despedirse.
Nora aseguraba que había sido yo, aunque estaba bastante seguro de que mentía.
Cuando salimos del restaurante, hacía frío y la acompañé caminando hasta su casa.
Habíamos pasado toda la noche hablando y, sin embargo, durante los últimos metros se instaló entre nosotros un silencio que no resultaba incómodo, sino todo lo contrario.
Nos detuvimos delante de la puerta de su edificio.
—Gracias por la cena —dijo.
—Gracias por aceptar.
—Pensaba que era para agradecerme lo de Aaron.
—Te corregí bastante rápido.
—Sí.
Nora seguía sonriendo, aunque había algo distinto en su forma de mirarme, algo que recordaba de muchos años atrás y que, al mismo tiempo, ya no se parecía del todo a aquello porque ninguno de los dos era la misma persona.
Me acerqué un poco y ella no retrocedió. Después de haber pasado la cena hablando de todo lo que había perdido, allí, a menos de un paso de Nora, el pasado dejó de pesar durante unos segundos mientras le rozaba la mano con los dedos.
—Quiero besarte.
La sonrisa desapareció despacio de su boca, pero no de sus ojos.
—Pues estás tardando bastante.
No necesité nada más y la besé con más cuidado del que realmente sentía, aunque apenas conseguí mantener esa prudencia durante unos segundos. Nora me agarró suavemente de la chaqueta y volvió a acercarse cuando intenté separarme, de modo que el segundo beso tuvo bastante menos contención.
Años atrás había imaginado muchas veces qué habría ocurrido si alguno de los dos hubiera dejado de pensar demasiado y hubiera dado aquel paso, pero la realidad terminó siendo mucho mejor que cualquiera de aquellas fantasías.
Cuando nos separamos, Nora mantuvo las manos apoyadas en mi pecho mientras recuperaba el aire.
—Bueno —murmuró.
Sonreí.
—Ese «bueno» tampoco me ayuda demasiado.
Se rio y mantuvo las manos apoyadas en mi pecho mientras yo inclinaba un poco la cabeza hasta apoyar la frente en la suya.
—Me ha gustado.
—Eso sí ayuda.
Volvió a besarme, esta vez más despacio, antes de apartarse.
—Buenas noches, Logan.
—Buenas noches.
Esperé hasta que entró en el edificio y la puerta se cerró detrás de ella antes de empezar a caminar.
Había salido aquella noche pensando que quería agradecerle una oportunidad y descubrir qué quedaba entre nosotros después de tantos años.
Volvía a casa sabiendo que la respuesta a la segunda parte era bastante más peligrosa de lo que había previsto, pero por primera vez en mucho tiempo la idea de que algo pudiera complicarme la vida no consiguió asustarme.