Todo lo que perdí Capítulo 13
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Capítulo 13

Logan

Llegué al taller de Aaron Mitchell diez minutos antes de las once y esta vez no necesité quedarme fuera fingiendo que no estaba nervioso. Lo estaba, pero empezaba a descubrir que asumirlo resultaba bastante más sencillo que intentar engañarme.

El taller era más pequeño que el de Pete y estaba encajado entre una tienda de recambios y un negocio de neumáticos.

Había cuatro elevadores, tres ocupados, música sonando desde algún lugar del fondo y un hombre de unos cuarenta y tantos años discutiendo por teléfono mientras señalaba una caja de piezas.

Me quedé junto al mostrador hasta que terminó la conversación.

Aaron había cambiado desde la última vez que lo vi. Tenía bastante más gris en el pelo y algunos kilos de más, aunque seguía moviéndose por el taller con la misma prisa de siempre.

Me reconoció en cuanto levantó la cabeza.

—Joder, Mercer. Hacía años.

Se acercó y me tendió la mano.

—Unos cuantos.

—Estás más viejo.

—Tú tampoco has mejorado.

Soltó una risa mientras me estrechaba la mano.

—Bien. Por lo menos no te han quitado el carácter.

La normalidad del saludo consiguió relajarme más de lo que esperaba. Aaron no fingía que los últimos años no hubieran existido, pero tampoco me estaba mirando como si yo fuera un desconocido al que acababan de entregarle un expediente.

Señaló una pequeña oficina acristalada al fondo.

—Vamos a hablar.

Me senté frente a su mesa y Aaron ocupó la silla del otro lado.

—Nora me llamó ayer. En cuanto dijo tu nombre, supe perfectamente de quién hablaba.

—Eso me dijo.

—No hace falta que me cuentes lo del robo, Logan. Vivo aquí, conocía a Pete entonces y la noticia corrió bastante. Lo que necesito saber es cómo estás ahora y si puedes cumplir con el trabajo.

Le expliqué lo necesario sobre la supervisión, las citas que tendría que atender y que no tenía ninguna limitación que impidiera una jornada normal. Después hablamos de los años que había trabajado con Pete y de lo que había hecho en mantenimiento durante los últimos tres años de condena.

Aaron escuchó y terminó sonriendo.

—Pete no paraba de decir que eras bueno diagnosticando.

—Le gusta exagerar.

—No tanto. Una vez le dije que, como siguiera presumiendo de ti, iba a hacerte una oferta para que te vinieras a trabajar conmigo.

Aquello me hizo reír.

—Nunca me lo contó.

—Normal. Me mandó a buscarme mi propio mecánico.

Negó con la cabeza, divertido.

—Y fíjate. Al final igual termino teniéndote aquí si conseguimos ponernos de acuerdo.

La frase hizo que algo dentro de mí se tensara de nuevo, aunque esta vez no por miedo.

Aaron me preguntó por los sistemas más recientes y fui sincero. Había cosas que conocía por teoría y otras que tendría que volver a aprender sobre la marcha.

—Seis años son mucho tiempo —reconocí—. No voy a decirte que puedo entrar hoy y trabajar como si hubiera salido del taller de Pete la semana pasada.

—Eso ya lo sé. Lo que quiero saber es si sigues sabiendo pensar delante de un motor.

Me llevó hasta uno de los coches que tenían abiertos y me explicó una avería eléctrica intermitente que llevaba dando problemas desde hacía días. No pretendía que la resolviera allí mismo; quería saber por dónde empezaría.

Le hice varias preguntas, revisé algunas conexiones y le expliqué qué descartaría antes de empezar a sustituir piezas. Aaron añadió un par de datos y seguimos hablando unos minutos hasta que asintió.

—Eso era lo que recordaba.

No pude evitar sonreír.

—¿El qué?

—Que no empezabas cambiando piezas hasta acertar.

Regresamos a la oficina y esta vez Aaron no se entretuvo demasiado.

—Necesito a alguien porque uno de mis mecánicos se marcha a final de mes.

Podría seguir entrevistando gente hasta encontrar a alguien que venga completamente al día, pero tú ya conoces el oficio y sabes trabajar.

Ponerte al día con algunas cosas será mucho más sencillo que enseñarle mecánica a alguien desde cero.

Esperé sin querer dar por hecho nada.

—Si te interesa, quiero ofrecerte el puesto.

Durante unos segundos me limité a mirarlo, sorprendido por lo mucho que podía pesar una frase tan sencilla después de haber imaginado tantas veces cómo sería volver a trabajar.

—Sí, me interesa.

Aaron sonrió.

—Menos mal, porque Nora me habría hecho quedar fatal.

—Pensaba que no te había pedido que me contrataras.

—No lo hizo. Precisamente por eso te estoy contratando.

Me explicó el horario, el sueldo y que durante las primeras semanas trabajaría bastante cerca de Daniel, uno de sus mecánicos, para ponerme al día con determinados sistemas de diagnóstico. Empezaría el lunes a las ocho.

Cuando terminó, apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Y una cosa antes de que te vayas. Pete habló bien de ti hace años y Nora consiguió que vinieras hoy, pero ninguno de los dos va a trabajar por ti.

—Lo sé.

—Bien. Porque no te estoy contratando para hacerles un favor.

Aquello me importó más de lo que probablemente se notó.

—Gracias.

—Dámelas dentro de un mes, cuando sigas aquí.

Salí del taller con la documentación bajo el brazo y una sonrisa que no conseguí disimular ni siquiera cuando saqué el teléfono para llamar a mi madre.

—¿Qué tal? —preguntó nada más responder.

—Empiezo el lunes.

Hubo un silencio brevísimo.

—¿Te ha contratado?

—Sí.

La forma en que soltó mi nombre al otro lado consiguió que se me cerrara un poco la garganta.

—No llores.

—No estoy llorando.

—Ya.

—Déjame alegrarme sin fastidiarlo, Logan.

Sonreí mientras empezaba a caminar.

—Vale.

Quiso saber el horario, cuánto tardaría en llegar y otras cinco cosas que todavía ni siquiera había pensado. Cuando preguntó si podía contárselo a Noah, le pedí que me dejara hacerlo a mí.

Después llamé a Pete.

—Mitchell me ha contratado.

—Ya era hora.

—Llevo una semana fuera.

—Has perdido siete días.

Sonreí.

—También me ha contado que una vez intentaste impedir que me hiciera una oferta.

—Porque sabía que acabaría pagándote menos.

—No ha dicho eso.

—Pues debería.

No necesitó ponerse sentimental para que entendiera que estaba contento.

A las seis fui a recoger a Noah al centro y, en cuanto me vio, abandonó la mesa donde hacía los deberes con Tyler.

—¿Qué tal?

Sonreí.

—Me han contratado.

Se le iluminó la cara.

—¡Te dije que te iban a coger!

Me abrazó alrededor de la cintura antes de apartarse para anunciárselo a Tyler.

—¡Mi padre ya tiene trabajo!

Varias personas miraron hacia nosotros y, por primera vez, apenas pensé en qué más podían saber sobre mí mientras buscaba a Nora. La encontré saliendo de su despacho con una carpeta entre las manos y debió de entender la respuesta antes de que llegara hasta ella.

—¿Ha ido bien?

—Empiezo el lunes.

Su sonrisa apareció de inmediato.

—Qué bien.

—Gracias.

—No me las des a mí. Te ha contratado Aaron.

—Ya lo sé, pero no habría ido si tú no hubieras llamado.

—Solo te conseguí la entrevista.

—Precisamente.

Nora me miró como si estuviera preparándose para discutir y decidí no darle tiempo.

—Déjame invitarte a cenar.

Nora me miró con una mezcla de sorpresa y cautela que me hizo darme cuenta de que había sonado exactamente como no quería.

—Logan, no tienes que agradecerme nada. De verdad.

—Ya lo sé.

La respuesta me salió demasiado rápida y me obligué a bajar un poco el ritmo antes de continuar.

—No te estoy invitando porque crea que te debo una cena por haber llamado a Aaron. Eso ya sé que no funciona así.

Nora siguió observándome sin apresurarme y, durante unos segundos, pensé que quizá debería dejarlo ahí. Llevaba años sin pedirle una cita a nadie y resultaba bastante absurdo que aquello consiguiera ponerme más nervioso que toda la entrevista de aquella mañana.

—Quiero cenar contigo —dije al final—. Porque me apetece pasar un rato contigo.

Su expresión cambió despacio y la sonrisa que apareció terminó de confirmar que, esta vez, había entendido lo que quería decir.

—Ah.

Solté una risa.

—Ese «ah» ha sonado bastante peligroso.

—Es que no esperaba que fueras por ahí.

—Yo tampoco estaba completamente seguro de ir por ahí hasta que he empezado a hablar, así que estamos bastante igualados.

Nora bajó la mirada un instante, todavía sonriendo, y cuando volvió a levantarla había algo distinto entre nosotros. No era incómodo, pero sí lo bastante claro para que notara una tensión absurda en el estómago.

—¿Cuándo habías pensado?

—El viernes, si te viene bien.

—Me viene bien.

No pude evitar que se me escapara una sonrisa.

—Entonces paso a buscarte a las ocho.

—Te mando la dirección.

Asentí, intentando que pareciera una conversación mucho más normal de lo que se estaba sintiendo por dentro.

—Perfecto.

Durante un segundo ninguno de los dos añadió nada y tuve la sensación bastante ridícula de que acababa de salir más nervioso de aquella invitación que de la entrevista de trabajo.

Noah apareció junto a nosotros con la mochila puesta y nos recordó que llevaba esperando al menos treinta segundos, una eternidad según su expresión.

Nos despedimos de Nora y empezamos a caminar hacia casa.

—¿Vas a cenar con ella el viernes? —preguntó antes de llegar a la esquina.

Lo miré.

—Tienes un oído demasiado fino.

—Estaba ahí.

—Sí, voy a cenar con Nora.

Pensó unos segundos.

—Vale.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Su cara decía que no, pero decidió concederme el mismo margen que yo llevaba días intentando concederle a él.

Seguimos andando mientras me contaba algo que había ocurrido en el colegio y, por primera vez desde que había salido, el futuro inmediato parecía tener una forma bastante concreta: el lunes empezaba a trabajar y el viernes iba a cenar con una mujer a la que llevaba demasiados años intentando no recordar más de la cuenta.

Después de seis años en los que casi todas las decisiones importantes habían dependido de alguien más, tener dos cosas esperando por mí fuera de casa se parecía bastante a empezar a recuperar una vida.