Capítulo 12
Nora
A las cinco y media de la tarde estaba terminando de revisar unos formularios cuando Carmen apareció en la puerta de mi despacho con una expresión que no prometía nada bueno.
—Tenemos un problema con la furgoneta.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Qué ha pasado?
—Miguel iba a salir a recoger las cajas de alimentos y ha empezado a echar humo.
Me levanté enseguida y la seguí hasta la zona de carga, donde encontramos la furgoneta con el capó abierto, Miguel delante y varios niños intentando mirar desde la puerta del patio.
Entre ellos estaba Noah.
—¡Os lo dije! —anunció en cuanto me vio—. Llevo días diciendo que hacía un ruido raro.
—Y todos lamentamos profundamente no haber valorado tu diagnóstico.
No detectó la ironía.
—Mi padre sabrá qué tiene.
La seguridad con la que lo dijo consiguió que sonriera.
—Tu padre todavía no está aquí.
—Vendrá.
Parecía convencido de que aquello solucionaba automáticamente el problema y, teniendo en cuenta que yo también esperaba a Logan por otro motivo, no discutí.
Aquella misma mañana había llamado a Aaron Mitchell. Su taller estaba a unos quince minutos del centro y llevaba años colaborando con nosotros de vez en cuando, sobre todo cuando la furgoneta necesitaba una reparación que se escapaba de nuestro presupuesto habitual.
En cuanto pronuncié el nombre de Logan, no necesité explicar demasiado.
—¿Logan Mercer? ¿El que trabajaba con Pete? —había preguntado.
Cuando confirmé que sí y le conté que acababa de salir y estaba buscando trabajo, Aaron dejó claro que conocía perfectamente el resto de la historia. También recordaba a Logan como mecánico y, casualmente, llevaba varias semanas buscando a alguien.
Así que, además de una furgoneta averiada, tenía una entrevista que ofrecerle.
Logan apareció unos veinte minutos después y apenas había cruzado la verja cuando Noah corrió hacia él.
—¡Papá! La furgoneta se ha roto y yo ya había dicho que hacía un ruido raro, pero nadie me hizo caso.
Logan miró a su hijo y después hacia el vehículo.
—Buenas tardes para ti también.
—Te lo dije.
—Me dijiste que hacía un ruido.
—Pues eso.
Me acerqué antes de que Noah convirtiera la historia en una tragedia anunciada.
—Ha empezado a salir vapor y la temperatura había subido bastante. La apagaron enseguida.
Logan se aproximó al motor.
—¿Cuánto hace?
—Unos veinte minutos.
Asintió y nos indicó que esperáramos un poco más antes de tocar el depósito del refrigerante. Cuando preguntó si teníamos herramientas, Noah respondió antes que nadie y salió disparado hacia el almacén.
Regresó poco después con una caja bastante básica. Logan se quitó la chaqueta, se remangó la camiseta y empezó a revisar el motor con una seguridad que no le había visto en ningún otro momento desde que había salido. Intenté no fijarme demasiado, aunque no me salió especialmente bien.
No era solo que supiera lo que hacía, sino la forma en que parecía relajarse en cuanto tenía delante un problema concreto que podía mirar, tocar y entender.
Durante los últimos días había percibido en él una tensión constante, como si todavía estuviera aprendiendo a ocupar espacio fuera de prisión; en cambio, inclinado sobre aquel motor, no quedaba ni rastro de ella cuando Noah se colocó a mi lado.
—¿Ves?
—Todavía no ha arreglado nada.
—Pero sabe.
—Eso parece.
Me miró con una sonrisa satisfecha.
—Te lo dije.
—Como vuelvas a repetirlo, voy a empezar a cobrarte.
Se rio y regresó junto a su padre.
Logan localizó poco después una pérdida de refrigerante cerca de una conexión. La manguera parecía estar bien, pero una abrazadera se había desplazado y dejaba escapar líquido sobre una zona caliente del motor.
—Si hemos tenido suerte, el vapor venía de aquí —explicó—. Puedo recolocarla, pero después habrá que rellenar el circuito y vigilar la temperatura.
—¿Podremos usarla? —pregunté.
—Si deja de perder y no vuelve a calentarse, sí, aunque mañana cambiaría la abrazadera.
Miguel apareció con una botella de refrigerante y Logan comprobó primero que fuera el adecuado.
—No confías nada en mí —protestó.
—Hace media hora querías abrir un depósito caliente.
Carmen soltó una carcajada.
—Cada vez me cae mejor.
—No lo animes —dije.
Logan levantó la vista por encima del capó con una sonrisa antes de volver al motor.
No tardó demasiado en terminar. Ajustó la conexión, rellenó el refrigerante cuando pudo hacerlo con seguridad y pidió que arrancaran. Esperamos unos minutos vigilando la temperatura y comprobando que no apareciera ninguna pérdida.
No volvió a salir vapor y Noah sonrió con tanta satisfacción que parecía que la hubiera reparado él.
—¿Has visto?
—Sí, Noah. Tu padre sabe arreglar coches.
—Ya te lo había dicho.
—Disfruta del momento porque no pienso repetirlo.
Logan soltó una risa mientras revisaba una última vez la zona.
—Dejadla un rato encendida antes de moverla y, si vuelve a subir la temperatura, la paráis. Mañana compraría una abrazadera nueva.
—¿Y el ruido que decía Noah? —pregunté.
El niño imitó algo que podía ser un traqueteo o un motor cayéndose por unas escaleras, y Logan lo escuchó con una seriedad admirable.
—Muy útil.
—Hace así.
—Eso parece otra cosa. Tendría que escucharlo cuando ocurra.
—Mañana —decidió Noah.
—Ya veremos.
Recordé entonces la conversación que todavía teníamos pendiente.
—Cuando termines, pásate por mi despacho.
Logan levantó la cabeza.
—Eso sigue sonando a que he hecho algo.
—Y sigo diciéndote que no.
Noah quiso acompañarlo cuando terminó, pero Carmen le recordó que todavía tenía deberes. Logan le prometió que esperaría y me siguió por el pasillo.
Se sentó frente a mi mesa todavía limpiándose una pequeña mancha de grasa de la muñeca.
—Noah no exageraba —dije.
—¿Con qué?
—Con que eres buen mecánico.
—Era una abrazadera.
—Era una furgoneta echando vapor y tú has sabido dónde mirar mientras los demás pensábamos cuánto costaría una grúa.
Se encogió de hombros.
—Es mi trabajo.
—Precisamente por eso quería hablar contigo.
Abrí el cajón y saqué la tarjeta que había dejado preparada por la mañana.
—Aaron Mitchell está buscando mecánico.
Logan miró el nombre y después a mí.
—Conozco a Aaron.
—Eso me ha dicho.
—Hace años que no lo veo.
—Pero se acordaba perfectamente de ti.
Pasó el pulgar por el borde de la tarjeta.
—Pete y él se conocían bastante.
—Por lo que me ha contado, siguen conociéndose.
Logan soltó una pequeña sonrisa, aunque enseguida volvió a mirar la tarjeta.
—Ni siquiera se me había ocurrido ir a preguntarle.
—¿Por qué?
Tardó un momento en responder.
—No sé. Llevo pocos días fuera y Pete ya había movido lo de Steve. Supongo que también es más fácil sentarte delante de alguien que no te conocía antes.
Entendí perfectamente lo que no añadió.
Aaron conocía al Logan que había trabajado con Pete y también sabía qué había ocurrido después.
—Pues ya no tienes que ir a pedirle nada —dije—. He hablado con él esta mañana y quiere entrevistarte.
Levantó la vista.
—¿En serio?
—Mañana a las once, si puedes.
—Puedo.
—Sabe que acabas de salir y sabe por qué estuviste en prisión. No he tenido que explicarle la noticia porque la recuerda perfectamente.
Logan asintió despacio.
—Mejor.
—También recuerda cómo trabajabas.
Eso sí consiguió sorprenderlo.
—¿Ha dicho eso?
—Ha dicho que Pete no paraba de presumir de que eras especialmente bueno encontrando averías que otros no veían.
Se le escapó una sonrisa.
—Eso sí suena a Pete.
—Aaron parece pensar que algo de verdad habría.
—Ya veremos cuánto queda después de seis años.
—Mañana podrá comprobarlo.
Guardó la tarjeta en la cartera.
—Gracias, Nora.
—Yo solo he hecho una llamada.
—Una que yo no había hecho.
—Pues ahora tendrás que ocuparte tú del resto. No le he pedido que te contrate.
—Lo sé.
—Solo que te vea.
Logan sostuvo mi mirada durante un momento.
—Eso ya es bastante.
La forma en que lo dijo me hizo entender que, para él, probablemente lo era.
Cuando salimos del despacho, Noah esperaba con la mochila puesta y quiso saber inmediatamente de qué habíamos hablado.
—Nora me ha conseguido una entrevista para mañana —le contó Logan.
—¿De mecánico?
—Sí.
La respuesta pareció suficiente para él.
—Te van a coger.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Yo sí.
Logan soltó una risa y le pasó un brazo por los hombros mientras caminaban hacia la salida.
Regresé al despacho después de verlos marcharse y me senté frente a los formularios que había dejado a medias.
Llamar a Aaron había sido exactamente el tipo de cosa que hacía continuamente desde el centro: poner en contacto a alguien que necesitaba una oportunidad con otra persona que quizá pudiera ofrecérsela.
Aun así, mientras intentaba volver al trabajo, tuve que reconocer que esta vez me importaba bastante más de lo habitual que saliera bien.