Todo lo que perdí Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Nunca te lo había oído decir así.

—Tampoco servía de mucho.

—A veces las cosas no tienen que servir para nada.

Eso sonaba tan poco a ella que levanté una ceja.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi madre?

—No te acostumbres.

Sonreí, pero la presión que llevaba un rato sintiendo en el pecho no desapareció del todo.

—Lo peor es que hoy, cuando estaba allí con él, hubo ratos en los que parecía sencillo. Me pidió ayuda, me mandó de un sitio a otro, presumió de mí delante de Tyler… y de repente pensé que quizá podía hacer esto.

Mi madre me miró durante unos segundos.

—Claro que puedes.

—También pensaba que podía arreglar otras cosas y ya viste cómo salió.

Su expresión cambió ligeramente y no hizo falta aclarar a qué me refería.

—No es lo mismo.

—Ya lo sé.

—¿Seguro?

Me apoyé contra el respaldo.

—Intento estarlo.

Mi madre permaneció callada un momento antes de hablar.

—Cuando te detuvieron, mucha gente habló.

Aquello me hizo mirarla otra vez.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para que durante una temporada me apeteciera hacer la compra de madrugada.

—Mamá…

—No te lo cuento para que te sientas peor. Me has preguntado antes qué decía la gente y te he contado la versión resumida.

Me costó imaginarla recorriendo aquellas mismas calles mientras todo el mundo sabía lo que había hecho su hijo.

—Lo siento.

—Lo sé.

—No deberías haber tenido que pasar por eso.

—No, pero lo hice.

No había dureza en la respuesta, solo una realidad contra la que ninguno podía hacer ya nada.

—Hubo quien preguntó con cariño y quien vino únicamente porque quería detalles.

A esos últimos les duró poco la conversación conmigo.

También hubo gente que nos ayudó muchísimo y otros que, sencillamente, siguieron tratándonos igual.

Con los años, la mayoría dejó de hablar del tema porque tenían sus propias vidas que atender.

—Yo pensaba que para todo el mundo seguiría siendo el tipo del robo.

Mi madre negó.

—Para algunos lo serás. No voy a mentirte. Pero para Carmen eres el hijo de Diane que sabe arreglar cajones; para Tyler eres el padre de Noah que supuestamente sabe más de coches que su tío y para mí sigues siendo el imbécil que dejaba las botas llenas de grasa en la entrada.

La risa me salió antes de poder evitarla.

—Qué manera tan bonita de cerrar un discurso.

—Me estaba poniendo demasiado sentimental.

Me quedé mirándola y, durante unos segundos, pensé en todo lo que ella había tenido que hacer mientras yo estaba dentro. No solo criar a Noah o trabajar más horas, sino caminar por aquellas mismas calles llevando un apellido que también aparecía en las noticias.

—Nunca intentaste convencer a nadie de que yo no había hecho nada.

—Porque habías hecho algo.

—Lo sé.

—Y porque tú jamás me pediste que lo hiciera.

Negué. Había tenido muchas cosas de las que avergonzarme, pero nunca había querido convertir a Evan, al dinero o a la enfermedad de mi padre en una coartada, y mi madre debió de entenderlo porque acercó por fin la mano y apretó la mía durante un segundo.

—Cometiste una barbaridad. La pagaste. Ahora tendrás que vivir con gente que lo recuerde, con otra que no lo sepa y con alguna que decida que eso es todo lo que necesita conocer de ti. No puedes controlar ninguna de esas tres cosas.

—Lo sé.

—Pues deja de prepararte para que te tiren una piedra cada vez que entras en un sitio.

La miré con una sonrisa.

—Qué facilidad tienes para decirlo.

—Seis años de práctica.

Ahí sí hubo algo en su voz que me quitó las ganas de bromear.

Pensé en preguntarle más, pero todavía había zonas de aquellos años que los dos rodeábamos con cuidado. Algunas tenían que ver conmigo. Otras con mi padre. Sabía que acabaríamos entrando en ellas y, por primera vez desde que había vuelto, no me pareció que tuviéramos que hacerlo todo de golpe.

—Hoy me he sentido normal —dije al final—. No sé si tiene sentido.

—Todo el del mundo.

—No recordaba que algo tan simple pudiera sentirse así.

—Pues tendrás que ir acostumbrándote, porque espero que tu vida sea bastante aburrida una temporada.

—Suena fantástico.

—Créeme, después de estos años, a mí también.

Nos quedamos un rato más en la cocina hasta que Noah bajó con uno de sus coches en la mano y anunció que tenía una emergencia. Le faltaba una rueda y, por lo visto, aquello exigía intervención inmediata.

—¿Ves? —dijo mi madre mientras yo examinaba el juguete—. Ya tienes trabajo.

—No creo que pague demasiado.

—Puedo darte dos dólares —ofreció Noah.

—Acepto.

—Pero si lo arreglas.

—Eres duro negociando.

Encontré una pieza de otro coche viejo en una caja que mi madre llevaba años guardando y conseguí dejarlo funcionando. Noah se marchó satisfecho después de informarme de que los dos dólares tendría que pedírselos a su abuela porque él no llevaba dinero encima.

—Tu nieto acaba de estafarme.

—Es hijo tuyo.

La tarde fue cayendo sin que ocurriera nada más importante.

Apunté los teléfonos de varios talleres a los que llamaría el lunes y, cuando llegó la hora de cenar, preparamos los sándwiches que habíamos decidido unas horas antes.

Noah volvió a contar la historia de Tyler y mi supuesta superioridad mecánica hasta que le advertí que, si seguía haciendo publicidad gratuita, terminaría teniendo que reparar todos los coches del barrio.

Después de acostarlo, me quedé en la sala revisando los horarios de autobús y organizando por dónde empezaría a buscar trabajo al día siguiente.

Mi madre veía la televisión con el volumen bajo y, por primera vez desde que había vuelto, compartir el silencio con ella no me hizo sentir como un invitado en su casa.

El teléfono vibró sobre la mesa y, aunque esperaba algún mensaje de Pete, al mirar la pantalla vi un número que no tenía guardado.

Desconocido: Hola, soy Nora. Diane me ha pasado tu número. Espero que no te importe.

Levanté la vista hacia mi madre, que seguía mirando la televisión con una expresión demasiado inocente.

—¿Le has dado mi número a Nora?

—Me lo pidió.

—Podías haberme avisado.

—Acabas de enterarte.

—Eso no cuenta como avisar.

La comisura de sus labios se movió, pero decidió no regalarme la sonrisa completa mientras yo volvía al teléfono y encontraba otro mensaje.

Desconocido: Mañana, cuando vengas a recoger a Noah, búscame antes de marcharte. Quiero hablar contigo.

Respondí que claro y, después de pensarlo unos segundos, añadí:

Logan: ¿Ha pasado algo?

La contestación llegó casi enseguida.

Desconocido: Nada malo. Mañana te cuento.

Guardé su número antes de dejar el teléfono otra vez sobre la mesa.

—¿Todo bien? —preguntó mi madre.

—Dice que quiere hablar conmigo mañana.

—Entonces mañana te contará para qué.

—Esa capacidad tuya para resolver misterios empieza a preocuparme.

Sonrió y volvió a mirar la televisión.

Yo, en cambio, recuperé el teléfono unos segundos después y releí el mensaje de Nora, incapaz de evitar que la curiosidad se mezclara con algo bastante más difícil de reconocer.