Todo lo que perdí Capítulo 11
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Capítulo 11

Logan

Cuando volvimos a casa después de la comida del centro, Noah seguía encantado con que Tyler hubiera aceptado por fin que yo era mecánico.

Se lo contó a mi madre durante buena parte del camino, satisfecho como si acabara de ganar una discusión importantísima, y ni siquiera había terminado de quitarse la chaqueta cuando se volvió hacia mí.

—Papá, mañana tengo que llevar el libro de ciencias y la carpeta azul.

—Lo tengo controlado —le aseguré.

—Ayer también dijiste que sabías hacer mis matemáticas.

—Y sigo manteniéndolo.

Me dedicó una mirada poco convencida antes de marcharse escaleras arriba, mientras mi madre se quitaba la chaqueta y la dejaba en el perchero.

—Te estás ganando una reputación estupenda.

—Cuatro días fuera y mi propio hijo ya duda de mis capacidades.

—Es bueno que descubra pronto que no eres perfecto. Nos ahorra trabajo a todos.

Sonreí mientras la seguía hasta la cocina. Después de haber pasado casi toda la mañana entre comida, platos y bandejas, ninguno tenía demasiadas ganas de complicarse con la cena, así que mi madre propuso hacer unos sándwiches de pollo, lechuga y mayonesa y yo no puse ninguna objeción.

Todavía faltaban horas para eso, pero abrió la nevera de todas formas para comprobar que teníamos los ingredientes necesarios y yo me senté a la mesa con el teléfono.

Había guardado varias ofertas de trabajo durante los últimos días y, después de que lo de Steve no hubiera salido, el lunes tocaba volver a empezar.

Abrí la primera y me encontré con que pedían experiencia reciente.

La segunda exigía conocimientos de sistemas que apenas había tocado antes de entrar en prisión y la tercera parecía encajar bastante mejor hasta que llegué al apartado donde solicitaban un historial profesional completo de los últimos cinco años.

No significaba que fueran a descartarme y ni siquiera había hablado todavía con ellos, pero resultaba difícil leer aquellas condiciones sin imaginar el momento en que tendría que explicar por qué mi experiencia laboral fuera de prisión se detenía seis años atrás.

Seguía dándole vueltas cuando mi madre dejó una taza delante de mí.

—Es domingo.

—Mañana dejará de serlo.

—Eso suele pasar.

Cogió su café y se sentó enfrente. Esperé que me dijera que descansara, que apenas llevaba unos días fuera o que ya encontraría algo, pero se limitó a beber y a dejarme seguir.

Cerré una de las ofertas y bajé por la pantalla hasta que me di cuenta de que llevaba varios minutos leyendo sin prestar demasiada atención, porque la cabeza se me había ido de vuelta al centro y a aquella sala llena de personas con las que había pasado la mañana. Mi madre debió de notarlo enseguida.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Sigues usando la misma respuesta que cuando tenías diecisiete años y sigue siendo igual de mala.

Apagué el teléfono y lo dejé sobre la mesa.

—Ha sido raro estar hoy allí.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Ha pasado algo?

—No. Precisamente por eso.

Se quedó esperando y agradecí que no intentara rellenar el silencio por mí.

Había pensado bastante en cómo sería volver al barrio.

Mucho más de lo que había reconocido delante de nadie.

Durante los últimos meses dentro había imaginado miradas, conversaciones que se interrumpían al verme entrar, personas que sabrían perfectamente quién era aunque yo no las recordara.

Incluso me había preparado mentalmente para encontrarme con alguien que decidiera decirme a la cara lo que pensaba de mí.

Sin embargo, aquella mañana Noah había ido de un lado a otro presentándome con una naturalidad que desarmaba cualquier posibilidad de esconderme.

Había repetido orgulloso que yo era su padre, que arreglaba coches y que sabía hacer prácticamente cualquier cosa con un motor, mientras yo, durante los primeros minutos, escuchaba detrás de cada una de aquellas frases otra que él no había pronunciado: que su padre acababa de salir de prisión.

—Cuando entramos —empecé—, había gente a la que conocía de antes. Algunos llevan en el barrio desde que yo era un crío y saben perfectamente lo que pasó.

Mi madre asintió.

—Claro.

—Y estaba esperando… No sé exactamente qué esperaba. Que dejaran de hablar, que me miraran distinto o que Noah dijera que era su padre y alguien pusiera esa cara.

—¿Qué cara?

—Ya sabes cuál.

—No, Logan. Dímelo tú.

Solté aire y apoyé los antebrazos sobre la mesa.

—La de saber que el padre del niño acaba de salir de prisión.

Mi madre no apartó la mirada.

—¿Y alguien la puso?

Negué.

—Eso es lo raro.

Al decirlo en voz alta me di cuenta de lo absurdo que sonaba, pero ella no se rio.

—Una mujer que vivía dos calles más abajo cuando yo estaba con Pete me preguntó si había vuelto a trabajar con él.

Otro hombre me habló de Noah como si me hubiera visto la semana pasada.

Carmen me puso una caja en las manos y me dijo dónde llevarla sin preguntarme nada.

Y luego apareció un cajón roto y acabé con un destornillador en la mano.

Mi madre sonrió.

—En ese centro, si sabes arreglar algo, estás perdido.

—Eso empiezo a sospechar.

La sonrisa se me apagó poco a poco.

—Durante un rato se me olvidó.

—¿El qué?

Tardé un poco en responder porque hasta ese momento no había sabido ponerle nombre.

—Estar pendiente de si los demás sabían dónde había estado.

Mi madre bajó la vista hacia su taza.

—Eso debe de cansar.

—Bastante.

Dentro nunca había tenido que esconderlo.

Cada hombre sentado a mi lado llevaba una historia pegada a la espalda y ninguno necesitaba fingir que estaba allí por casualidad.

Al salir, en cambio, había descubierto que una conversación normal podía convertirse en una espera: cuándo preguntarían por esos seis años, cuándo tendría que contarlo, qué ocurriría después.

—Hoy Noah estaba presumiendo de mí delante de todo el mundo —continué— y yo no sabía si sentirme orgulloso o pedirle que bajara la voz.

Aquello sí hizo que mi madre levantara los ojos.

—No hagas eso.

—No se lo he pedido.

—Ya lo sé. Te digo que no empieces a sentir que tiene que hacerlo.

Me removí en la silla.

—No quiero que alguien se lo eche en cara por mi culpa.

—Eso puede pasar.

La respuesta me sorprendió por lo directa.

—Gracias por tranquilizarme.

—¿Qué quieres que te diga? Puede pasar. Hay gente encantadora y gente estúpida, y tú no controlas cuál de las dos se va a cruzar con Noah. Lo que sí puedes controlar es que tu hijo no aprenda de ti que tiene que bajar la voz cuando dice quién es su padre.

Me quedé callado porque mi madre tenía una forma de decir ciertas cosas sin levantar el tono y conseguir, aun así, que encontraran exactamente el sitio donde más dolían.

—No quiero que se avergüence de mí.

—Entonces procura no darle motivos para hacerlo a partir de ahora.

No había reproche en sus palabras, y quizá por eso dolieron un poco más.

—Lo intento.

—Lo sé.

La respuesta llegó tan deprisa que levanté la vista y encontré a mi madre con las manos alrededor de la taza, mirándome como si no entendiera que pudiera dudarlo.

—También lo sabe él, aunque tenga ocho años y crea que lo más importante que puedes aportar a su vida es demostrarle a Tyler que sabes arreglar un motor.

Solté una risa breve.

—Hoy parecía bastante importante.

—Mañana será otra cosa.

Pensé en Noah sentado entre nosotros durante la comida, en cómo había mirado primero a mi madre para pedir permiso antes de irse con Tyler y en aquel segundo en que ella le había dicho que me preguntara a mí.

No sabía si era consciente de lo mucho que había significado aquel gesto, aunque, conociéndola, probablemente sí.

—Gracias por lo de antes —dije.

—¿Qué he hecho ahora?

—Cuando Noah te preguntó si podía levantarse.

Mi madre tardó un instante en entenderlo.

—Ah.

—Podías haberle contestado tú.

—Sí.

—Y no lo hiciste.

—Porque estabas sentado a su lado y eres su padre.

La sencillez con la que lo dijo me dejó sin una respuesta inmediata.

—No siempre parece tan fácil.

—No lo es.

—Para él tú sigues siendo la persona a la que pregunta todo.

—Porque durante seis años lo he sido.

No necesitaba recordármelo, pero tampoco lo dijo para hacerme daño.

—Y ahora estás tú —continuó—. Tendrá que acostumbrarse y yo también, porque te aseguro que después de tantos años decidir por él antes de pensarlo se ha convertido casi en un reflejo.

—Hoy lo has hecho bien.

—No te emociones. Mañana igual te contradigo delante de él y tenemos nuestra primera pelea seria.

—Qué ganas.

Eso consiguió que sonriera, aunque enseguida recuperó una expresión más tranquila.

—No tienes que quitarme un sitio para encontrar el tuyo, Logan.

Algo se me cerró en el pecho.

—Lo sé.

—No estoy segura.

La miré.

—A veces te observo con Noah y parece que estuvieras contando todo lo que yo sé de él y tú todavía no. Sus horarios, sus amigos, qué cereales come, cuándo tiene entrenamiento… Como si cada cosa fuera otro punto que llevas perdido.

No pude negarlo porque era exactamente lo que hacía.

Mi madre apoyó una mano sobre la mesa, cerca de la mía, sin llegar a tocarme.

—No puedes competir con seis años, Logan. No vas a recuperarlos intentando hacerlo todo perfecto ahora ni aprendiendo en una semana cada detalle de su vida. Solo puedes estar aquí, conocer al niño que es hoy y dejar que él también aprenda a tenerte cerca.

—No intento competir contigo.

—No he dicho conmigo.

Aquello me hizo bajar la mirada porque tenía razón. No estaba compitiendo con ella, sino conmigo mismo, con el padre que habría sido si no hubiera entrado en aquel coche y con todos los desayunos, cumpleaños, fiebres, primeros días de colegio y noches normales que Noah había vivido sin mí.

—Cuando entré, tenía dos años —dije—. Todavía había palabras que pronunciaba mal. En una visita apareció sabiendo contar hasta veinte y yo no tenía ni idea de cuándo lo había aprendido.

»Otra vez llegó hablando de un niño del colegio y tuve que preguntarle quién era. Había momentos en los que sentía que cada vez que lo veía tenía que ponerme al día con mi propio hijo.

Mi madre dejó escapar el aire lentamente.