Capítulo 10
Nora
Los domingos de comida comunitaria tenían una capacidad casi milagrosa para convertir el centro en un caos organizado.
A las once de la mañana ya había dos ollas ocupando los fuegos de la cocina, varias bandejas esperando sobre la encimera y más gente entrando y saliendo de la habitual.
Carmen llevaba veinte minutos intentando averiguar quién había dejado una caja de vasos de plástico en el almacén equivocado; Tyler y otros tres niños decoraban unas cartulinas que nadie les había pedido y, desde el despacho, escuchaba a Miguel discutir con la impresora como si existiera alguna posibilidad de que la máquina terminara sintiéndose culpable.
Yo estaba terminando de revisar una lista de familias cuando alguien golpeó suavemente el marco de la puerta.
—¿Tienes un minuto?
Levanté la cabeza y vi a Diane.
—Para ti, sí. Para cualquier otro, estoy pensando en fingir que no he venido.
Entró riéndose y dejó sobre una silla una bolsa con dos recipientes grandes.
—Traigo comida.
—Eso te concede inmunidad.
—Lo sabía.
Me levanté para ayudarla y fue entonces cuando vi a Noah aparecer detrás de ella con una bolsa de pan entre los brazos.
—Yo también ayudo.
—Ya veo.
—Y papá trae lo demás.
Mi atención se fue hacia la puerta antes de poder evitarlo.
Logan entró unos segundos después cargado con otras dos bolsas y una bandeja tapada con papel de aluminio.
Llevaba vaqueros, una camiseta oscura y una chaqueta sencilla.
Nada especialmente llamativo y, sin embargo, tuve la sensación absurda de que ocupaba más espacio que el resto de personas que cruzaban aquella puerta.
—¿Dónde dejo esto? —preguntó.
Diane señaló la cocina.
—Sígueme.
Noah fue detrás de ellos y yo me quedé un segundo mirando cómo desaparecían por el pasillo.
Había visto a Logan dos veces desde que había salido.
La primera, apenas habíamos hablado antes de que Noah se lo llevara, y la segunda había pasado por el centro a recogerlo cuando yo estaba ocupada.
Aun así, empezaba a resultarme extraño encajar al hombre que aparecía cada tarde con la imagen que había conservado durante años.
No eran imágenes incompatibles y quizá eso era precisamente lo que empezaba a incomodarme, así que regresé a mi mesa antes de concederle más importancia de la necesaria y terminé lo que estaba haciendo.
Los domingos no daban demasiado margen para ponerse introspectiva, algo que agradecí cuando, media hora después, el centro estaba todavía más lleno.
Algunas familias comían allí, otras se llevaban raciones preparadas y varias personas que habían pasado por los programas durante años acudían simplemente porque aquel domingo tocaba verse.
Los niños ocupaban prácticamente cualquier espacio libre y el nivel de ruido iba aumentando a medida que avanzaba la mañana.
Encontré a Logan junto a una de las mesas ayudando a Noah a repartir cubiertos.
—Esos van allí —le indicó el niño.
—Creía que iban aquí.
—No.
—Llevo dos días contigo y ya he suspendido matemáticas y cubiertos.
Noah se rio.
—No has suspendido matemáticas.
—Gracias. Me preocupaba mi expediente.
Pasé a su lado con una caja de servilletas.
—Te estás adaptando rápido.
Logan levantó la vista.
—No tengo elección. El jefe es exigente.
Noah pareció satisfecho con el título.
—Luego puedes ayudar con las bebidas.
—Estupendo.
Seguí hacia las mesas intentando ignorar la facilidad con la que aquella escena me había hecho sonreír.
Diane estaba colocando platos cerca de la cocina y me hizo un gesto con la cabeza hacia su hijo.
—Le viene bien estar ocupado.
—A todos nos viene bien.
—A él más.
No pregunté. Había aprendido hacía tiempo que Diane hablaba cuando quería y callaba cuando necesitaba hacerlo.
No tardé mucho en descubrir qué quería decir.
Logan ayudaba sin quedarse quieto demasiado tiempo. Movió mesas, llevó cajas, cargó una garrafa de agua que a Carmen le pesaba demasiado y terminó en la cocina intentando abrir un cajón que llevaba semanas atascándose.
—No hace falta que arregles todo lo que ves —le dije cuando lo encontré agachado frente al mueble.
—No estoy arreglando nada. Estoy intentando sacar un cucharón.
—Eso empieza así.
Giró la cabeza hacia mí.
—¿Y cómo termina?
—Con Miguel preguntándote si sabes reparar la furgoneta.
—Noah ya me ha avisado.
—Entonces has tenido tiempo de huir.
—Parece que llego tarde.
El cajón cedió con un tirón y Logan sacó el cucharón antes de cerrarlo de nuevo.
—Eso va a volver a atascarse.
—Lleva meses haciéndolo.
—Entonces alguien debería arreglarlo.
—Acabas de caer.
Me miró durante un segundo y sonrió.
—Vale. Déjame un destornillador.
Solté una risa.
—Te lo advertí.
Encontré una pequeña caja de herramientas que guardábamos para reparaciones sencillas y se la dejé sobre la encimera. Logan desmontó la guía del cajón mientras yo terminaba de preparar unas bandejas.
No tenía nada de extraordinario verlo trabajando con las manos y, sin embargo, me descubrí mirándolo más veces de las necesarias.
Recordaba esa concentración.
No en un taller, porque nunca lo había visto trabajar allí, sino en cosas mucho más pequeñas.
Una vez había pasado casi una hora arreglando el cierre de una pulsera mía sentado en el capó de un coche, negándose a admitir que habría sido más fácil llevarla a una joyería.
Otra había desmontado el mechero de un amigo porque se empeñó en demostrar que podía repararlo.
Logan siempre había tenido paciencia para las cosas rotas, aunque con las personas rara vez hubiera sabido qué hacer cuando algo empezaba a fallar.
—Ya está.
Parpadeé y volví al presente justo cuando Logan abrió y cerró el cajón varias veces para comprobar que la guía funcionaba bien.
—Ahora corre bien.
—Te vamos a pagar con comida.
—Es mejor que algunas condiciones laborales que he tenido.
La frase salió con naturalidad, aunque algo cambió en su expresión justo después y no supe si había pensado en prisión o si yo estaba dándole más significado del que tenía.
—¿Qué tal fue la entrevista? —pregunté.
Logan guardó el destornillador.
—Bien.
Esperé.
—Eso suena a que hay un «pero».
—Lo había.
Apoyó una mano en la encimera.
—El dueño quería contratarme si conseguían un contrato de mantenimiento para una flota. Al final se lo han adjudicado a otro taller y ya no necesita ampliar plantilla.
—Vaya.
—Sí.
—¿Tus antecedentes tuvieron algo que ver?
Negó enseguida.
—No. Steve los conocía antes de entrevistarme. Pete se lo había contado todo.
La respuesta me sorprendió menos de lo que debería.
—Eso está bien.
—Que sepa que he estado en prisión no me consigue trabajo.
—No, pero significa que no te lo ha negado por eso.
Logan me miró.
—Mi madre dijo algo parecido.
—Diane suele tener razón. Es bastante irritante.
—No sabes cuánto.
Sonreí.
—¿Vas a seguir buscando?
—Claro.
La respuesta llegó sin dramatismo, como si no hubiera otra alternativa, y eso también era distinto al Logan que recordaba.
Años atrás, cuando algo se torcía, podía pasarse media tarde fingiendo que le daba igual antes de hacer cualquier cosa al respecto, quizá porque entonces todavía tenía la edad suficiente para pensar que admitir que algo importaba era una forma de perder.
Ahora, en cambio, simplemente parecía cansado.
—Si me entero de algo, te lo digo —ofrecí.
Noté cómo se tensaba ligeramente.
—No hace falta que…
—No he dicho que vaya a conseguirte un trabajo.
Su expresión cambió.
—Vale.
—Solo que aquí entra mucha gente, conocemos negocios del barrio y a veces alguien comenta que busca personal. Si escucho algo que encaje contigo, te aviso.
Logan sostuvo mi mirada unos segundos.
—Eso sí te lo agradezco.
—De nada.
No añadí nada más porque tampoco quería convertirlo en una conversación sobre favores, deuda o caridad. Si algo había aprendido trabajando allí era que la forma más rápida de conseguir que alguien rechazara ayuda era hacerle sentir que estaba recibiendo más de lo que podía devolver.
Noah apareció a nuestro lado con la urgencia de quien llevaba un rato esperando para decir algo.
—Papá, ven un momento. Tyler dice que no puede ser verdad que arregles coches.
Logan levantó una ceja.
—¿Y eso por qué?
—Porque dice que su tío es mecánico y sabe un montón, pero yo le he dicho que tú también.
Había tanto orgullo en la forma de decirlo que vi cómo la expresión de Logan cambiaba antes de que intentara disimularlo.
—No hace falta que convenzas a Tyler de nada, campeón.
—Ya, pero ven.
Noah le agarró de la mano y empezó a tirar de él antes de esperar respuesta. Logan me miró con una mezcla de resignación y diversión.
—Creo que acabo de convertirme en una atracción del centro.
—Te advertí que aquí era peligroso ofrecer tus servicios.
Sonrió y terminó dejándose arrastrar por Noah hacia la otra punta de la sala mientras yo los seguía con la mirada.
—Está orgulloso.
Diane había aparecido a mi lado sin que la oyera.
—Se le nota.
—Lleva años hablando de su padre como si pudiera arreglar cualquier cosa.
—Eso pone el listón alto.
—Logan siempre ha sido bueno con las manos.
La miré.
—Eso ha sonado raro.
Diane soltó una carcajada.
—No era mi intención, pero ahora me niego a corregirlo.
—Por favor.
Seguimos preparando platos hasta que empezaron a sentarse las últimas personas.
Logan acabó en una mesa con Noah, Diane y otros dos vecinos a los que reconocía del centro.
No se colocó junto al niño de forma deliberada ni intentó dirigir la conversación; simplemente escuchaba, respondía cuando alguien le preguntaba algo y dejaba que Noah entrara y saliera de la charla a su manera.
En un momento determinado, el pequeño quiso levantarse para ir con Tyler y miró a Diane.
—¿Puedo?
Vi cómo Logan bajaba ligeramente la mirada hacia el plato, un gesto tan pequeño que cualquiera podría haber pasado por alto, pero Diane también lo vio.
—Pregúntale a tu padre.
Noah se volvió hacia él con la misma naturalidad con la que habría hecho cualquier otra cosa.
—¿Puedo ir con Tyler?
Logan tardó un segundo en responder.
—Cuando termines de comer.
—Me queda poquísimo.
—Pues así te levantas antes.
Noah cogió el tenedor y siguió comiendo. Diane y Logan guardaron silencio, pero algo había cambiado en aquella mesa, algo pequeño y casi invisible para cualquiera que no supiera mirar.
Me ocupé de otras cosas durante un rato y, cuando volví a cruzar la sala, Noah ya estaba jugando con Tyler mientras Logan ayudaba a recoger bandejas.
—Puedes sentarte cinco minutos —le dije.
—Estoy bien.
—Eso no era una pregunta.
—Entonces deberías trabajar tu tono autoritario.
—Me funciona bastante bien.
—Ya veo.
Le quité una bandeja de las manos.
—Si sigues haciendo cosas, Carmen te adoptará.
—Mi madre ya me ha ocupado la habitación. No estoy seguro de poder permitirme otra familia.
La frase me hizo mirarlo.
—¿Tu habitación?
—Noah está en la que era mía.
—Ah.
—Tiene sentido —añadió enseguida—. Yo me fui de casa hace muchos años. Solo resulta raro volver y descubrir que tu sitio ya no existe exactamente como lo recuerdas.
No había amargura en su voz, solo una honestidad tranquila que consiguió desarmarme un poco.
—¿Dónde duermes tú?
—En el antiguo despacho de mi padre.
La respuesta dejó un pequeño silencio entre nosotros porque, aunque Diane y yo nunca habíamos hablado demasiado de la muerte de su marido, sabía lo suficiente para entender que aquella habitación tampoco sería simplemente una habitación para Logan.
—Tiene que ser extraño.
—Hay bastantes cosas extrañas ahora mismo.
—Supongo.
—Pero también hay cosas buenas.
Miró hacia el fondo, donde Noah estaba riéndose con Tyler, y no necesitó aclarar a cuáles se refería.
—Él está feliz de tenerte aquí.
Logan tardó un poco en responder.
—Espero que siga estándolo cuando tenga que decirle que no a algo que la abuela le habría permitido.
—Eso llegará.
—Gracias por tranquilizarme.
Sonreí.
—No parece que lo estés haciendo mal.
La expresión se le suavizó.
—Llevo cuatro días.
—Entonces todavía estás a tiempo de estropearlo.
—Mucho mejor.
Nos miramos y, durante unos segundos, volvió esa sensación incómodamente familiar de años atrás.
No era exactamente atracción, o quizá sí, sino algo previo a ella: la facilidad con la que siempre había resultado hablar con Logan cuando conseguíamos dejar de lado todo lo demás.
Aparté la mirada antes de darle demasiadas vueltas.
—Voy a comprobar que nadie haya incendiado la cocina.
—Yo iría detrás por si hay que arreglarla.
—Ni se te ocurra.
Cuando terminamos de recoger, quedaban apenas unas pocas personas. Diane ayudaba a Carmen a guardar recipientes y Noah seguía empeñado en convencer a Tyler de que su padre sabía arreglar motores mejor que nadie.
Logan estaba cerca de la salida cuando me acerqué.
—Gracias por lo del cajón.
—No ha sido nada.
—Eso lo dices porque no llevas tres meses peleándote con él.
—La próxima vez que se atasque me llamas.
—Cuidado con ofrecer cosas aquí. Tenemos memoria.
—Lo tendré en cuenta.
Diane llamó a Noah desde la puerta y el niño corrió hacia ellos.
—Nos vemos mañana —me dijo Logan.
La frase me sorprendió.
—¿Mañana?
—Tengo que recogerlo.
—Ah.
Por supuesto. Ahora sería Logan quien vendría casi todas las tardes a buscarlo.
—Entonces, hasta mañana.
Logan hizo un gesto con la cabeza y salió detrás de Noah.
Los vi alejarse a través de los cristales. El niño hablaba sin parar mientras Diane caminaba a un lado y Logan al otro. En un momento determinado, Noah se colocó entre ambos y agarró a cada uno de una mano sin dejar de explicar lo que fuera que estuviera contando.
Me quedé observándolos unos segundos más de los necesarios, pensando en todos los años que había pasado convencida de que sabía perfectamente quién era Logan Mercer.
Primero había sido el chico que siempre parecía estar demasiado cerca de las personas equivocadas.
Después, durante una temporada, había descubierto a alguien bastante más complicado y mucho más fácil de querer de lo que me convenía.
Finalmente, llegaron la noticia del robo, la detención y la condena, y durante años creí que aquello había terminado de despejar cualquier duda que pudiera quedarme sobre él.
Ahora lo había visto arreglar un cajón porque no soportaba saber que algo funcionaba mal, aceptar sin protestar que su hijo pidiera permiso primero a su abuela y hablar de un trabajo que había perdido sin culpar a nadie.
Nada de aquello borraba lo que había hecho, pero empezaba a sospechar que tampoco era justo permitir que aquel error borrara todo lo demás.