Todo lo que perdí Capítulo 9
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Capítulo 9

Logan

A la mañana siguiente entré en la cocina con la ropa que había dejado preparada el día anterior: unos vaqueros oscuros, botas limpias y una camisa azul que mi madre examinó en cuanto me vio aparecer.

—Bien.

—Gracias por ese despliegue de entusiasmo.

—¿Qué quieres que haga? ¿Una foto?

Noah levantó la cabeza del desayuno.

—Yo puedo hacerla.

—Nadie va a hacer ninguna foto.

Mi madre sonrió mientras llenaba su taza.

—Estás nervioso.

—Tengo una entrevista de trabajo. Sería raro que estuviera eufórico.

No había tenido que preocuparme por la ropa aquella mañana, pero sí había repasado dos veces la carpeta con la documentación, comprobado la dirección aunque ya me la sabía y mirado el reloj suficientes veces como para confirmar que mi madre tenía razón.

—Pete dice que el dueño sabe lo de la condena.

—Ya.

Aquello era precisamente una de las cosas que menos me preocupaban. Pete me había mandado un mensaje la noche anterior para recordármelo por segunda vez: no había ocultado nada y el hombre que iba a entrevistarme sabía dónde había pasado los últimos seis años antes incluso de aceptar verme.

Lo prefería así.

No tenía ganas de sentarme frente a nadie esperando el momento en que una pregunta sobre el hueco de mi currículum obligara a convertir la conversación en una confesión.

—¿Te van a contratar hoy? —preguntó Noah.

—Hoy solo voy a hablar con ellos.

—¿Y si les gustas?

—Entonces ya veremos.

Pareció considerar la respuesta.

—Sabes arreglar muchas cosas.

—Eso espero que ayude.

—La furgoneta del centro sigue haciendo un ruido raro.

Mi madre me miró por encima de la taza.

—No empieces.

—Solo lo digo.

Sonreí mientras terminaba el café.

La entrevista era a las diez. Mi madre se había ofrecido a llevarme después de dejar a Noah en el colegio, pero preferí ir por mi cuenta. Tenía tiempo de sobra y dos líneas de autobús me dejaban bastante cerca, así que salí algo más de una hora antes.

Moverme solo por la ciudad seguía teniendo algo extraño. Podía elegir dónde sentarme, bajarme una parada antes si me apetecía o cambiar de dirección sin explicar nada a nadie. Eran decisiones ridículamente pequeñas y, precisamente por eso, todavía era consciente de cada una.

El taller estaba en una avenida al norte de Denver, rodeado de pequeñas naves, almacenes y negocios que parecían llevar allí media vida.

El cartel decía Garrett Auto & Repair, y desde la acera pude ver tres elevadores ocupados, un par de coches esperando junto a la entrada y a dos mecánicos trabajando con las puertas del taller abiertas.

Llegué doce minutos antes.

Esperé cinco fuera para no parecer desesperado y entré cuando consideré que ya podía hacerlo sin resultar absurdo.

Un hombre de unos cincuenta años estaba hablando por teléfono detrás de un mostrador lleno de carpetas, presupuestos y una taza con un logotipo casi borrado. Me hizo una seña para que aguardara y terminó la conversación un minuto después.

—¿Logan Mercer?

—Sí.

Se levantó y me tendió la mano.

—Steve Garrett.

Se la estreché.

—Gracias por recibirme.

—Dale las gracias a Pete. Lleva una semana asegurándome que sería idiota si no te entrevistaba.

—Suena bastante a él.

Steve sonrió y señaló una puerta al fondo.

—Ven.

Su despacho era pequeño y tenía más papeles que espacio libre. Me senté frente a la mesa mientras él buscaba una carpeta entre varias.

—Antes de empezar, quiero dejar una cosa clara para que ninguno de los dos pierda el tiempo. Pete me contó lo de tu condena.

—Lo sé.

—También me dijo que sabe exactamente por qué entraste y que, si creyera que vas a darme problemas, no habría pronunciado tu nombre.

Asentí.

—No espero que su palabra sea suficiente.

Steve me observó unos segundos.

—Bien. Porque no lo es.

No sonó desagradable. Solo directo.

Abrió la carpeta.

—Trabajaste con Pete unos cuantos años antes de entrar.

—Casi ocho.

—¿Especialidad?

—Mecánica general, pero se me daba especialmente bien el diagnóstico y los problemas eléctricos. También hacía mantenimiento, frenos, suspensiones y lo que tocara.

—¿Y dentro?

—Mantenimiento los últimos tres años.

—Pete me lo contó.

—No era exactamente lo mismo, pero seguía arreglando cosas.

—¿Motores?

—Algunos pequeños. Sobre todo maquinaria, herramientas, puertas, carros, equipos de limpieza… cualquier cosa que decidieran que salía más barato reparar que sustituir.

Steve apoyó la espalda en la silla.

—Seis años son mucho tiempo en este oficio.

—Sí.

No intenté discutirlo.

Habían cambiado herramientas, sistemas de diagnóstico y componentes que yo apenas había tocado antes de entrar. Había leído todo lo que había podido y sabía que recuperar práctica me llevaría un tiempo.

—Tendría que ponerme al día con algunas cosas —añadí—, sobre todo electrónica más reciente y sistemas que no he tenido delante estos años. No voy a decirte que puedo entrar mañana y trabajar como si hubiera estado en un taller hasta la semana pasada.

Steve dejó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Eso también me gusta más que escuchar que sabes hacerlo todo.

Seguimos hablando durante casi media hora.

Me preguntó por horarios, transporte, las condiciones de mi libertad supervisada y si habría algún problema para cumplir una jornada completa.

Después quiso saber cómo manejaba a un cliente enfadado, qué hacía cuando no encontraba un fallo y cuánto tardaría en pedir ayuda antes de perder tres horas por orgullo.

La última pregunta me hizo sonreír.

—Ahora, bastante menos que hace seis años.

Steve arqueó una ceja.

—¿Eso se refiere a los coches o a la vida?

—Probablemente a las dos cosas.

Soltó una risa y cerró la carpeta.

Pensé que la entrevista había terminado, pero se levantó.

—Ven un momento.

Lo seguí hasta el taller. Uno de los elevadores estaba libre y al lado había una camioneta con el capó abierto.

—Entró ayer —explicó—. El cliente dice que pierde fuerza de forma intermitente y se enciende el testigo del motor. Uno de mis chicos ya ha empezado a mirarla. No quiero que la arregles. Solo dime por dónde empezarías.

Me acerqué sin tocar nada al principio.

Le hice un par de preguntas sobre cuándo ocurría, si habían leído los códigos y qué mantenimiento reciente tenía. Steve respondió lo que sabía y después me dejó mirar.

No necesité demostrar nada espectacular. Eso casi me tranquilizó más.

Revisé conexiones, pregunté por una reparación anterior y señalé dos cosas que comprobaría antes de empezar a sustituir piezas a ciegas. Uno de los mecánicos que trabajaba al lado intervino para decir que él había pensado prácticamente lo mismo.

Steve lo miró.

—Pues ya sois dos. A ver si entre ambos conseguís acertar.

El hombre sonrió y volvió a su coche.

Regresamos al despacho.

—Pete no exageraba tanto como suele hacerlo —dijo Steve mientras se sentaba.

—Eso es casi un cumplido.

—Conociéndolo, bastante.

Luego su expresión se volvió más seria.

—Estoy pendiente de cerrar un contrato de mantenimiento con una empresa que tiene una flota bastante grande. Si sale, necesito otra persona aquí casi inmediatamente. Por eso acepté entrevistarte antes de tenerlo firmado.

Aquello rebajó un poco mis expectativas.

—Entiendo.

—Deberían confirmármelo esta semana. Si entra, mi intención es ofrecerte el puesto.

Tardé un momento en responder.

—¿A mí?

—No suelo hablar solo para escucharme.

—No quería darlo por hecho.

—Pues todavía no lo des. Hasta que no tenga ese contrato, no puedo añadir otra nómina. Pero la entrevista ha ido bien y Pete tenía razón en algo: sabes lo que haces.

Asentí, procurando que no se notara demasiado el alivio.

—Gracias.

—Si todo sale como espero, te llamo en un par de días.

Me tendió la mano de nuevo y esta vez salí del taller con una sensación que no había tenido al entrar.

No tenía trabajo.

Pero por primera vez desde que había cruzado la puerta de la prisión, alguien acababa de hablarme de un futuro que podía empezar en cuestión de días.

Pete me llamó antes de que llegara a la parada.

—¿Qué has roto?

—Nada.

—Entonces ha ido bien.

—Steve ha dicho que, si cierran un contrato de mantenimiento, quiere contratarme.

Hubo un silencio breve.

—Te lo dije.

—Todavía no tengo el puesto.

—Pero tampoco te ha echado a los cinco minutos.

—Tu confianza en mí resulta emocionante.

—Yo confiaba. El que llevaba toda la mañana cagado eras tú.

Sonreí mientras veía acercarse el autobús.

—Gracias por hablar con él.

Pete tardó un poco en contestar.

—No me las des todavía. Consigue el trabajo y luego ya veremos.

Aquello también sonaba bastante a él.

Cuando llegué a casa, mi madre ya se había marchado y todavía faltaba más de una hora para recoger a Noah, así que preparé algo de comer y me senté en la cocina con la documentación de la entrevista encima de la mesa.

No pude evitar repasar mentalmente la conversación varias veces, buscando respuestas que podría haber dado mejor o alguna reacción de Steve que hubiera interpretado con demasiado optimismo. Al final guardé los papeles y me obligué a dejarlo.

Por la tarde fui a buscar a Noah al centro.

Nora estaba ocupada con una mujer y apenas pudimos saludarnos, pero Noah apareció enseguida con la mochila y consiguió contarme antes de llegar a la puerta que aquel día el volcán ya tenía pintura, que Tyler había querido hacer la lava verde y que todos habían decidido que era una idea horrible.

—La lava puede ser verde —dije.

Me miró con una decepción que empezaba a reconocer.

—No.

—Vale.

—¿Qué tal la entrevista?

La pregunta me sorprendió.

—Bien.

—¿Te han contratado?

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque están esperando saber si van a tener suficiente trabajo para necesitar a otra persona.

Pensó en ello durante unos segundos mientras caminábamos.

—Pero les has gustado.

—Creo que sí.

—Entonces te contratarán.

La seguridad con la que lo dijo hizo que sonriera.

—Ojalá fuera tan fácil.

—La abuela dice que siempre piensas demasiado.

—Tu abuela habla demasiado.

—También dice eso de ti.

No me costó imaginarlo.

Aquella noche, durante la cena, mi madre quiso saber cómo había ido y le conté con algo más de detalle la conversación con Steve, las preguntas que me había hecho y la prueba improvisada con la camioneta.

Noah se encargó de adelantarle varias veces que «les había gustado», aunque yo intenté rebajar un poco su entusiasmo recordándole que todavía dependía de que el taller cerrara el contrato de mantenimiento.

—Pues suena bien —dijo mi madre.

—Ha ido bien. Otra cosa es que al final necesiten a alguien.

—Eso ya no depende de ti.

Lo sabía, aunque no resultaba tan sencillo dejar de darle vueltas después de tantos años esperando precisamente la oportunidad de demostrar que todavía podía hacer bien mi trabajo.

Los dos días siguientes pasaron bastante deprisa.

Seguí con los trámites que me habían indicado, ayudé a mi madre con algunas cosas de la casa y empecé a acostumbrarme a recoger a Noah por la tarde.

La segunda vez que entré en el centro ya no tuve que preguntar dónde estaba la sala y Nora me saludó desde el fondo antes de seguir colocando unas cajas.

Steve no llamó el primer día y, cuando llegó la mañana del segundo sin noticias suyas, empecé a descubrir que aquello de no mirar el teléfono cada diez minutos era bastante más fácil proponérselo que cumplirlo.

A medida que avanzó la tarde, fui perdiendo la batalla y, cuando la llamada llegó poco antes de las seis, reconocí el nombre del taller en la pantalla antes incluso de que terminara de sonar.

Me aparté un poco de la mesa donde Noah hacía los deberes y respondí.

—¿Sí?

—Logan, soy Steve Garrett.

—Hola.

Su tono me dijo bastante antes de que continuara.

—Quería llamarte yo mismo. Hoy nos han comunicado que finalmente no nos han adjudicado el mantenimiento de la flota.

Miré hacia la cocina, donde Noah seguía inclinado sobre el cuaderno.

—Entiendo.

—La empresa ha renovado con el taller que ya llevaba el mantenimiento. Sin ese contrato no tengo volumen suficiente para meter a otra persona en plantilla.

—No pasa nada.

Steve soltó aire al otro lado.

—Sí pasa. Te dije que, si salía, el puesto era tuyo y lo mantenía. La entrevista fue buena. Esto no tiene nada que ver contigo ni con tus antecedentes.

Agradecí que lo dijera, aunque la decepción siguiera allí.

—Lo sé.

—Si cambia algo, serás la primera persona a quien llamaré. Y si necesitas que confirme a tu agente que viniste a la entrevista y que no te contraté porque finalmente no se abrió la vacante, dales mi número.

Aquello sí me sorprendió.

—Te lo agradezco.

—Lo siento, Logan.

—Yo también.

Nos despedimos y permanecí unos segundos con el teléfono en la mano antes de volver a la mesa.

Noah levantó la cabeza.

—¿Era el taller?

Me senté frente a él.

—Sí.

—¿Te han contratado?

Negué con la cabeza.

—Al final no necesitan a nadie.

Frunció el ceño.

—Pero les habías gustado.

—Sí.

—Entonces no lo entiendo.

Miré el ejercicio que tenía delante y después a él.

—A veces puedes hacer las cosas bien y aun así no conseguir lo que querías.

No pareció satisfecho con aquella explicación y, aunque intenté que sonara razonable, yo tampoco terminaba de estarlo.

—¿Vas a buscar otro?

La pregunta llegó con tanta naturalidad que apenas tuve tiempo de pensar la respuesta.

—Sí.

Noah asintió, como si aquella fuera la única opción posible, y volvió al cuaderno.

Me quedé observándolo unos segundos antes de acercar mi silla y preguntarle por el problema que estaba resolviendo.

El trabajo no había salido y al día siguiente tendría que empezar otra vez a buscar, pero esta vez no había tomado un atajo, no había mentido ni intentado forzar una solución porque necesitara que las cosas ocurrieran más deprisa.

Había hecho lo que estaba en mi mano y no había funcionado, así que tendría que aprender también a aceptar que, a veces, hacer las cosas bien no garantizaba que salieran como esperaba.