Todo lo que perdí Capítulo 8
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Capítulo 8

Logan

A las cinco y cuarenta y cinco abrí los ojos sin necesidad de alarma y durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando un techo que todavía no reconocía del todo.

No había una litera encima de mí ni luces a punto de encenderse al otro lado de la puerta, tampoco pasos en el pasillo, voces llamando a nadie para el recuento o el ruido de decenas de hombres empezando el día a la misma hora.

Solo escuchaba la calefacción de la casa y algún coche pasando por la calle.

Giré la cabeza hacia la ventana. Las persianas dejaban entrar una claridad muy débil y el despertador que mi madre había colocado sobre la cómoda confirmaba que mi cuerpo seguía funcionando con horarios que ya no necesitaba.

Intenté volver a dormirme, pero abandoné la idea pocos minutos después y terminé levantándome.

Me puse unos pantalones y una camiseta, salí al pasillo procurando no hacer ruido y llegué a la cocina sin encender más luces de las necesarias. Todo seguía casi en el mismo sitio que recordaba, aunque tuve que abrir dos armarios antes de encontrar las tazas y un tercero para localizar el café.

—Vas fatal.

La voz de mi madre me hizo volverme. Estaba en la puerta con una bata encima del pijama y el pelo revuelto.

—Buenos días a ti también.

—Las tazas llevan ahí por lo menos quince años.

—He estado un poco ocupado los últimos seis.

Mi madre hizo una mueca y entró en la cocina.

—Eso te concede una semana. Después empezaré a juzgarte.

Puso agua en la cafetera mientras yo me apoyaba contra la encimera.

Resultaba extraño verla moverse por aquella cocina con tanta normalidad.

Habíamos compartido miles de mañanas allí cuando era más joven, aunque entonces yo solía aparecer medio dormido mientras ella se quejaba de que iba a llegar tarde al taller.

Ahora había vuelto con treinta y cuatro años y dormía en el antiguo despacho.

—¿Has descansado algo? —preguntó.

—Sí.

Me miró de esa forma que dejaba claro que la respuesta no le convencía.

—Eso significa que no.

—He dormido. Solo me he despertado pronto.

—A las cinco y cuarenta y cinco.

—Más o menos.

Negó con la cabeza mientras sacaba leche de la nevera.

—Te irás acostumbrando.

No estaba tan seguro, aunque preferí no discutirlo.

Poco después escuchamos movimiento en el piso de arriba y Noah apareció en la cocina arrastrando los pies, con el pelo levantado hacia un lado y una camiseta demasiado grande. Al verme, se quedó quieto apenas un segundo antes de sonreír.

—Sigues aquí.

Mi madre, que estaba de espaldas a nosotros, interrumpió lo que hacía durante un instante. Yo procuré que mi respuesta sonara tan normal como parecía la pregunta para Noah.

—Ese era el plan.

Se acercó a la mesa y me pidió que le preparara los cereales. Abrí el armario en el que había visto varias cajas la noche anterior y, después de descubrir que había dos azules y escoger precisamente la equivocada, conseguí localizar los que quería.

—Estoy aprendiendo —dije mientras servía el cuenco.

—Los otros son de la abuela.

—Y tienen fibra —añadió mi madre.

—Eso explica muchas cosas.

Ella me lanzó una mirada mientras Noah se reía.

Preparé el desayuno y dejé el cuenco delante de él. Mi madre cogió su café y se sentó al otro lado de la mesa, permitiéndome ocuparme sin intervenir. Agradecí el gesto porque sabía que habría resultado mucho más fácil para ella hacerlo directamente.

Noah comió mientras nos contaba que aquel día tenía educación física, que debía llevar un libro a clase y que por la tarde terminarían de decorar el volcán en el centro.

Cuando mencionó que al día siguiente tenía entrenamiento, repetí mentalmente que era martes y jueves para intentar quedarme con el dato.

Mi madre debió de pillarme.

—No tienes que memorizarlo todo hoy.

—No estoy intentando memorizarlo todo.

—Acabas de repetir en voz baja «martes y jueves».

La miré.

—No sabía que me vigilabas.

—Llevo toda tu vida haciéndolo.

No había mucho que responder a eso.

Mi primera cita con el agente que supervisaría mi libertad era aquella mañana. Tenía que presentarme, repasar las condiciones y entregar algunos documentos, así que mi madre dejaría a Noah en el colegio antes de llevarme.

El trámite ocupó buena parte de la mañana y fue bastante menos dramático de lo que llevaba semanas imaginando.

Revisamos horarios, domicilio, búsqueda de empleo y las fechas en las que tendría que volver.

La entrevista que Pete había conseguido figuraba en el expediente y, mientras siguiera cumpliendo lo establecido y pudiera demostrar que estaba buscando trabajo activamente, no habría ningún problema.

Salí con varios papeles y la sensación de que la libertad también traía consigo bastante burocracia. Mi madre me recogió cerca del mediodía y se limitó a preguntarme si todo había ido bien.

—Sí. Tengo que volver la semana que viene y la entrevista sigue siendo mañana.

—Bien.

Agradecí que no añadiera nada más. Ya llevaba suficiente presión encima como para que cada conversación terminara girando alrededor de si conseguiría trabajo antes de que alguien decidiera que estaba tardando demasiado.

Comimos juntos en casa y poco después mi madre empezó a prepararse para irse. Aquella tarde tenía dos plantas completas de oficinas y no estaría de vuelta hasta después de las siete, así que me explicó que Noah salía del colegio a las tres y se iba directamente al centro.

—Tendrías que recogerlo a las seis.

La miré.

—¿Yo?

Mi madre arqueó una ceja.

—Eres su padre.

—Ya lo sé.

—Pues empezamos fuerte.

No era la responsabilidad lo que me preocupaba, sino la sensación de que alguien acababa de poner en mis manos una de esas cosas cotidianas que llevaba seis años sin poder hacer.

—Claro que voy.

—Estás autorizado para recogerlo. Dejé todo preparado hace semanas.

Eso consiguió que volviera a mirarla.

—¿Hace semanas?

—Logan, sabía que ibas a salir.

—Podías haberme avisado de que ya me estabas organizando la agenda.

—Si te hubiera contado todos los planes que tiene Noah para ti, no habrías dormido anoche.

Sonreí y le pregunté dónde estaba exactamente el centro. Me dio la dirección y comprobé que podía llegar andando en poco más de veinte minutos.

—Y antes de que preguntes —añadió—, sí, Nora estará probablemente allí.

No había pensado hacerlo. O quizá sí, aunque no pensaba darle esa satisfacción.

—No iba a preguntar.

—Claro.

—Mamá.

—No he dicho nada.

Su expresión decía bastante.

La acompañé hasta la puerta y después me quedé solo en casa por primera vez desde que había salido.

El silencio resultaba distinto al de la prisión, donde nunca estabas realmente solo aunque nadie te hablara.

Siempre había alguien al otro lado de una pared, una puerta o una litera; en casa de mi madre podía escuchar perfectamente el reloj de la cocina.

Intenté mantenerme ocupado. Coloqué el resto de mis cosas, revisé la documentación de la entrevista y preparé la ropa que pensaba llevar al día siguiente. Durante un rato estuve a punto de bajar al garaje, pero terminé encontrando cualquier otra cosa que hacer antes de abrir aquella puerta.

Ya llegaría el momento.

A las cinco y media salí hacia el centro.

Reconocí el edificio desde la otra acera por el cartel junto a la entrada y por la cantidad de niños que entraban y salían acompañados de adultos.

No se parecía a nada especial: ladrillo oscuro, ventanas grandes, dibujos pegados en los cristales y una puerta que debía de haber sido pintada varias veces.

Nada más entrar, me recibió el ruido de los niños que ocupaban una sala a la derecha, de alguien moviendo cajas al fondo y de dos mujeres que hablaban junto a un mostrador. Una de ellas levantó la cabeza cuando me acerqué y la reconocí antes de que pudiera preguntarme nada.

Nora también me reconoció.

Durante unos segundos ninguno dijo una palabra. Había cambiado, por supuesto, y yo tampoco era el mismo, pero seguía teniendo esa forma de mirar directamente, sin bajar los ojos aunque la situación resultara incómoda, que recordaba mucho mejor de lo que me habría gustado admitir.

Fue ella quien reaccionó primero.

—Hola, Logan.

—Hola, Nora.

Su sonrisa apareció despacio.

—Así que al final era verdad.

—¿El qué?

—Que habías salido.

—Esta mañana seguía bastante convencido.

Eso consiguió que su sonrisa se ensanchara un poco.

—Diane me dijo que era ayer.

—Entonces has tenido tiempo para prepararte.

—No sabía que hiciera falta.

Había algo conocido en aquella conversación, aunque los dos parecíamos movernos alrededor de ello con cuidado. Antes de que pudiera responder, escuché mi nombre desde el fondo.

—¡Papá!

Noah atravesó la sala con una mochila colgada de un hombro y se plantó delante de mí.

—Has venido tú.

La sorpresa de su voz me hizo sonreír.

—Eso parece. Hoy te toca conformarte conmigo.

No pareció especialmente preocupado y enseguida quiso llevarme a ver el volcán, pero Nora lo detuvo antes de que pudiera arrastrarme hacia la sala.

—Primero recoge todo lo demás. Ayer también ibas a llevártelo y dejaste aquí medio proyecto.

Noah puso una cara que dejaba claro que aquella discusión no era nueva y trató de rebajar la cifra de cosas olvidadas, pero Nora no le dejó demasiado margen para negociar. Lo vi marcharse hacia una de las mesas y sonreí.

—Veo que lo tienes controlado.

—A ratos. Lleva viniendo mucho tiempo.

—Eso me han contado.

Mi respuesta debió de sonar diferente a lo que pretendía, porque su expresión cambió ligeramente.

—Diane necesitaba ayuda con los horarios cuando empezó a trabajar por las tardes. Después Noah hizo amigos y ya no hubo forma de echarlo.

—Parece bastante cómodo aquí.

—Lo está.

Miré hacia la sala. Noah estaba metiendo papeles en su mochila mientras hablaba con otro niño y se movía por aquel lugar sabiendo perfectamente dónde estaba cada cosa y con quién tenía que hablar. Yo acababa de descubrir la dirección aquella misma tarde.

—Mi madre también viene bastante, por lo que sé.

—Sí. Más de lo que admite.

Volví a mirarla.

—Dice que la ayudasteis mucho.

—La ayudó mucha gente.

—Tú estabas entre esa gente.

Nora guardó silencio durante un instante antes de responder.

—Diane hizo bastante por sí sola, Logan.

No había reproche en su voz, pero la frase encontró un lugar incómodo de todas formas.

—Ya.

Debió de darse cuenta porque negó ligeramente con la cabeza.

—No quería decirlo así.

—No pasa nada. Es verdad.

No necesitaba que nadie protegiera mis sentimientos de algo que conocía perfectamente.

Noah regresó antes de que la conversación pudiera volverse más seria.

Llevaba la mochila, una chaqueta enrollada bajo el brazo y una estructura de cartón que suponía que era el famoso volcán.

Nora le dejó claro que aquello se quedaba en el centro, pero él insistió en que yo todavía no lo había visto y terminó mirándome en busca de apoyo.

—Haz caso a Nora.

La decepción apareció de inmediato en su cara.

—La abuela dice lo mismo.

—Entonces empezaría a preocuparme. Igual tienen razón.

Nora soltó una risa y durante un segundo recordé otra muy distinta, muchos años atrás, en el aparcamiento de un bar donde habíamos terminado hablando mucho más de lo previsto. Aparté el recuerdo antes de dejar que me llevara demasiado lejos.

Noah dejó el volcán sobre la mesa y empezó a enseñarme cada parte con una explicación detallada que duró varios minutos. Cuando terminó, Nora ya estaba atendiendo a otra persona, así que esperé a que recogiera su chaqueta y nos acercamos a la salida.

—Logan.

Me volví y encontré a Nora de nuevo detrás del mostrador.

—Me alegro de que estés de vuelta.

La sencillez de la frase consiguió que tardara un instante en responder.

—Gracias.

No añadió nada más y tampoco hacía falta.

Salí con Noah y empezamos a caminar hacia casa.

Durante los primeros minutos me explicó todo lo que Nora no le había dejado contarme dentro: quién era Tyler, qué días tenían actividades, qué voluntario jugaba mejor al baloncesto y por qué los domingos con comida eran mejores cuando alguien llevaba tarta de chocolate.

Lo escuché sin interrumpirlo demasiado hasta que, de pronto, quiso saber si iría el domingo. Le pregunté si quería que fuera y me miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—Claro.

—Entonces vendré.

Siguió caminando satisfecho con la respuesta y yo me descubrí pensando que quizá empezar a formar parte de su vida iba a consistir precisamente en aquello: aceptar invitaciones a cosas que para él llevaban años siendo normales y para mí acababan de empezar.

Al llegar a casa, dejó la mochila sobre una silla y fue directo a buscar los deberes. Terminamos sentados juntos en la mesa de la cocina con un cuaderno de matemáticas entre los dos.

Los primeros ejercicios fueron sencillos, pero en el cuarto apareció un problema que, según Noah, yo estaba resolviendo mal.

—Seis por seis son treinta y seis.

—Ya, pero hay que explicar cómo lo sabes.

Lo miré.

—Porque seis por seis son treinta y seis.

Noah soltó aire con la paciencia de alguien que estaba tratando con un adulto especialmente lento y terminó enseñándome cómo quería su profesora que desarrollaran el ejercicio.

—Empiezo a echar de menos cuando solo querías que arreglara la furgoneta.

Se rio y seguimos con los deberes hasta que mi madre llegó.

Nos encontró todavía en la cocina y Noah se apresuró a informarle de que su padre no sabía hacer matemáticas. Ella me miró con una satisfacción preocupante.

—Veinticuatro horas. Has tardado veinticuatro horas en decepcionar al niño.

—Las matemáticas las sé hacer. El problema es que ahora hay que justificar hasta las multiplicaciones.

Noah recogió el cuaderno y salió hacia su habitación mientras mi madre se quitaba el abrigo.

—¿Has ido al centro?

—Sí.

—¿Qué te ha parecido?

—Noah parece feliz allí.

—Lo es.

Mi madre empezó a sacar un par de cosas del bolso antes de lanzar la pregunta que llevaba probablemente toda la tarde esperando hacer.

—¿Has visto a Nora?

La miré por encima de la puerta de la nevera.

—También.

—¿Y?

—El centro sigue siendo grande, mamá.

Se rio.

—Vale, no pregunto.

—Eso sería una novedad.

No insistió, aunque sabía perfectamente que retomaría el tema cuando le apeteciera.

Aquella noche, después de cenar y acostar a Noah, dejé sobre una silla la ropa que había preparado para la entrevista del día siguiente.

Mi madre me había dado una carpeta para guardar los documentos y Pete había vuelto a mandarme la dirección del taller junto con un mensaje que terminaba con tres palabras: « No la jodas».

Sonreí al leerlo antes de mirar hacia el pasillo por donde Noah había desaparecido unos minutos antes.

Durante aquel primer día completo fuera, había desayunado con mi hijo, lo había recogido en un lugar que formaba parte de su vida desde hacía años, había terminado discutiendo con él sobre matemáticas y me había encontrado otra vez con Nora después de demasiado tiempo.

No había ocurrido nada extraordinario y, precisamente por eso, aquel día había significado tanto.