Todo lo que perdí Capítulo 7
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Capítulo 7

Logan

Los veintiún días siguientes pasaron bastante más deprisa de lo que esperaba.

No volví a tener problemas en el taller, Harlan dejó de aparecer por mi unidad y, aunque alguna vez me crucé con él en zonas comunes, ninguno de los dos volvió a mencionar el teléfono ni la conversación del almacén.

Eso no consiguió que olvidara ninguna de las dos cosas, pero sí me permitió hacer exactamente lo que Keller llevaba semanas repitiéndome: seguir con la rutina hasta llegar al veintisiete sin complicarme la vida.

Aquella mañana me desperté antes de las cinco y, después de unos minutos mirando al techo, asumí que no tenía sentido intentar volver a dormirme. Permanecí tumbado observando la litera de arriba hasta que Marcus se removió y asomó la cabeza.

—¿Cuánto llevas despierto?

—No sé.

—Mentira. Seguro que sabes hasta los minutos.

Sonreí.

—Puede.

Marcus volvió a dejar caer la cabeza sobre la almohada.

—Eres insoportable.

—Dentro de unas horas ya no tendrás que aguantarme.

—Eso es lo único bueno de todo esto.

Había intentado bromear, pero la frase quedó flotando entre los dos con algo más detrás.

Después de casi tres años compartiendo un espacio tan pequeño, conocíamos los horarios, las manías y hasta la forma de respirar del otro cuando no podía dormir.

Dentro, uno aprendía a convivir con personas que probablemente nunca habría conocido fuera y también a despedirse sabiendo que quizá no volvería a verlas.

Cuando encendieron las luces, me incorporé y empecé a recoger las pocas cosas que todavía me quedaban.

La mayor parte estaba guardada desde el día anterior: algunas cartas, fotografías, dos libros, ropa y poco más.

Después de seis años, todo lo que podía llevarme de allí cabía en una caja que cargaba con las dos manos.

Marcus se sentó en la litera y me observó mientras terminaba de guardar las últimas cosas.

—Cuando estés fuera, no hagas ninguna estupidez.

—Buen consejo.

—Lo digo en serio. No vuelvas.

Dejé la camiseta dentro de la caja y lo miré.

—No pienso hacerlo.

Marcus asintió, aunque conocía lo suficiente aquel lugar para no tomarse ninguna promesa a la ligera.

—Dentro de seis meses me tocará a mí.

—Lo sé.

—Y no tengo ni idea de qué voy a hacer fuera. No creo que haya demasiadas empresas buscando contables condenados por ayudar a su jefe a mover dinero donde no debía.

—Ya encontraremos algo.

Frunció el ceño.

—¿Encontraremos?

—Cuando salgas, me buscas.

Durante un instante pareció que iba a hacer alguna broma, pero terminó limitándose a asentir.

—Vale.

No hizo falta decir mucho más.

Desayunamos juntos por última vez y regresé a la unidad mientras terminaban los trámites.

Había imaginado aquel día demasiadas veces durante los primeros años, siempre de una forma distinta.

Algunas veces veía a Noah corriendo hacia mí; otras, a mi madre esperando junto al coche.

Durante mucho tiempo también había imaginado a mi padre allí, aunque esa posibilidad había desaparecido hacía años.

A media mañana vinieron a buscarme y, mientras avanzaba por el pasillo, vi a Harris más adelante. Levantó una mano en cuanto me reconoció.

—Así que al final nos libramos de ti.

—Parece que sí.

—Una pena por las máquinas.

—Se recuperarán.

Me tendió la mano y se la estreché.

—Cuídate fuera, Mercer.

—Gracias.

Harris hizo una mueca.

—No me obligues a ponerme sentimental.

—No corrías peligro.

Sonrió y siguió su camino.

Keller apareció más tarde, durante la última revisión de papeles. Repasamos otra vez las condiciones de la salida, las citas que tendría que cumplir, el domicilio de mi madre y la obligación de comunicar cualquier cambio relevante. La entrevista del taller figuraba también entre la documentación.

—¿Todo claro? —preguntó.

—Sí.

—Tienes una buena oportunidad. Aprovéchala.

Asentí y Keller cerró la carpeta, dando por terminada la última conversación que tendría con él dentro de aquellas paredes.

—Suerte, Mercer.

Después llegaron las firmas, la devolución de mis cosas y una espera que pareció más larga que cualquiera de los días anteriores.

Cuando por fin crucé la última puerta, tuve una sensación absurda: durante años había imaginado que la libertad se sentiría distinta, pero el aire era el mismo y el frío también.

La única diferencia era que, esta vez, nadie iba a decirme cuándo tenía que volver a entrar.

Me quedé unos segundos con la caja entre las manos, mirando el aparcamiento, hasta que los encontré. Mi madre estaba junto al coche y Noah a su lado, aunque solo permaneció quieto hasta que me vio.

Echó a correr hacia mí y apenas tuve tiempo de dejar la caja en el suelo antes de recibirlo. El impulso me hizo retroceder medio paso y lo abracé con fuerza mientras él me rodeaba el cuello.

Había pensado en aquel momento durante años, pero nada de lo que había imaginado se parecía a sentir de verdad el peso de mi hijo contra el cuerpo. Cerré los ojos y me limité a sostenerlo unos segundos más.

—Hola, campeón.

—Has tardado muchísimo.

La risa me salió mezclada con algo que tuve que tragar antes de responder.

—Ya. Lo siento.

Se separó lo justo para mirarme y yo le revolví el pelo. Había abrazado a Noah durante las visitas, había hablado con él cara a cara y lo había visto crecer, pero aquello era distinto. Esta vez no había un horario que cumplir ni una despedida esperándonos al final de unas horas.

—¿Nos vamos a casa? —preguntó.

Aquella pregunta consiguió que sonriera.

—Nos vamos a casa.

Mi madre llegó hasta nosotros y, por primera vez aquella mañana, no supe qué decir.

La había visto durante todos aquellos años, conocía cada una de sus canas y había aprendido a distinguir incluso por teléfono cuándo estaba preocupada, aunque asegurara que todo iba bien.

Lo diferente era tenerla allí delante sabiendo que, cuando se marchara, esta vez yo me iría con ella.

Nos miramos durante un instante antes de que me rodeara con los brazos. Yo la abracé de vuelta y apoyé la mejilla sobre su pelo.

—Hola, mamá.

—Como me hagas llorar aquí, vuelves dentro.

Sonreí contra su cabeza.

—No creo que funcione así.

—No me pongas a prueba.

Nos separamos y se secó rápidamente debajo de un ojo antes de fingir que no había ocurrido.

—Coge tus cosas, que hace frío.

Noah se adelantó hacia la caja.

—Yo te ayudo.

—Puedo con ella.

—Ya lo sé.

Agarró uno de los lados de todas formas y lo dejé ayudarme. Entre los dos llevamos la caja hasta el maletero mientras mi madre abría el coche.

Noah fue directo al asiento trasero y yo me quedé un instante junto a la puerta del acompañante.

Durante años había imaginado aquel primer trayecto a casa de muchas maneras y, en algunas, me veía sentado detrás con él.

Sin embargo, Noah ya tenía ocho años, sabía perfectamente cuál era su sitio en el coche y ni siquiera se le había ocurrido que yo pudiera esperar otra cosa.

Abrí la puerta delantera y me senté junto a mi madre.

El coche olía a ambientador de vainilla y a algo que Noah debía de haber comido recientemente.

Había una mochila en el suelo, una botella de agua entre los asientos y varios papeles doblados en el compartimento de la puerta; pequeños rastros de una vida cotidiana que había seguido funcionando durante todos aquellos años.

Mi madre arrancó.

—¿Preparado?

Miré hacia atrás.

Noah estaba intentando ponerse el cinturón mientras peleaba con una manga de la chaqueta.

—Supongo.

—Respuesta equivocada —dijo ella—. La correcta era sí.

—Entonces sí.

—Mejor.

Salimos del aparcamiento y durante los primeros minutos fui incapaz de dejar de mirar por la ventanilla.

No había nada especialmente distinto en las carreteras, los edificios, los coches, los carteles publicitarios o la gente entrando y saliendo de las gasolineras.

Había visto todo aquello durante los traslados o en televisión, pero poder contemplarlo sin saber que al final del trayecto tendría que volver a cruzar otra puerta cambiaba incluso las cosas más corrientes.

Noah habló prácticamente todo el camino y fue llenando el coche con historias sobre el partido que había ganado su equipo, el volcán que funcionaba a pesar de los intentos de su abuela por reducir la explosión y Tyler, que había terminado con un trozo de cartón pegado a la camiseta.

—Te dije que ese proyecto era peligroso.

—Nora dice que todavía no hemos incendiado nada.

El nombre me hizo apartar la vista de la carretera.

—¿Nora?

Mi madre me miró un instante antes de volver a centrarse en conducir.

—La del centro.

—Ah.

Noah siguió hablando sin darse cuenta.

—Ella sabe hacer casi todo, pero de coches no sabe mucho.

—Eso es una carencia importante.

—Tú sí sabes.

—Algo.

—Entonces puedes arreglar la furgoneta.

Mi madre soltó una carcajada.

—Todavía no lleva una hora fuera y ya le has encontrado trabajo.

—Hace un ruido raro.

—No prometo nada sin verla.

—Vale.

La facilidad con la que Noah daba por hecho que yo formaría parte de sus planes consiguió que me relajara un poco, aunque la sensación duró hasta que empezamos a acercarnos al barrio y reconocí calles que no había visto en seis años.

Algunas tiendas habían cambiado de nombre, habían levantado edificios nuevos y el restaurante donde Pete solía llevarnos después del trabajo ya no existía.

La casa de mi madre, en cambio, seguía prácticamente igual.

La fachada necesitaba una mano de pintura y uno de los arbustos del jardín había crecido demasiado, pero seguía siendo la casa en la que había pasado media vida.

Mi madre estacionó frente al garaje y Noah salió primero.

—Ven.

Ni siquiera esperó a que cogiera la caja y entró corriendo en casa, arrancándome una sonrisa antes de desaparecer por el pasillo.

—Está nervioso —dijo mi madre mientras abría el maletero.

—Yo también.

Me miró por encima de la puerta.

—Ya lo sé.

Cogí la caja y la seguí hasta la entrada.

El recibidor seguía siendo el mismo, aunque ahora había fotos nuevas en la pared, unas zapatillas de Noah junto a la puerta y una mochila tirada sobre una silla.

El perchero de mi padre continuaba en su sitio, pero su chaqueta ya no estaba allí, y aparté la mirada antes de quedarme demasiado tiempo enganchado a ese detalle.

—¡Papá!

La voz de Noah llegó desde el pasillo.

—Voy.

Lo encontré en una habitación que reconocí antes incluso de entrar porque había sido la mía desde niño. Ahora tenía una cama individual distinta a la que recordaba, estanterías llenas de juguetes y libros, fotografías en las paredes y una mesa cubierta de lápices, cuadernos y varios dibujos.

—Esta es mi habitación.

Entré detrás de él.

—Ya veo.

Era lógico. Aquella habitación llevaba vacía desde que me había marchado de casa mucho antes de entrar en prisión y Noah necesitaba una propia. Aun así, resultaba extraño encontrar su vida instalada en un espacio que durante años había considerado mío.

Empezó a enseñarme sus cosas sin seguir ningún orden concreto: una colección de coches, varios dibujos que había hecho en el colegio, algunos trabajos que guardaba porque, según él, le habían salido especialmente bien, fotografías y un trofeo que había ganado con su equipo.

Yo intentaba seguir el hilo de sus explicaciones mientras observaba alrededor, reconociendo algunos detalles y descubriendo muchos otros, consciente de que estaba entrando en una parte de su vida que llevaba años existiendo sin mí.

En una de las estanterías había una fotografía de los dos durante una visita. Noah tendría unos tres años y estaba sentado sobre mis piernas, mirando a la cámara con una sonrisa enorme. En cuanto vio que me había fijado en ella, la señaló.

—La abuela dice que tengo más.

—Seguro.

—Luego te las enseño.

—Cuando quieras.

Sonrió y siguió con el recorrido hasta salir otra vez al pasillo.

—Tu habitación está aquí.

Abrió la puerta del antiguo despacho de mi padre. El escritorio había desaparecido y mi madre había acondicionado el espacio con una cama, una cómoda y un armario. Había ropa nueva preparada para mí y algunas de mis cosas antiguas colocadas con cuidado sobre uno de los muebles.

Dejé la caja en el suelo y miré alrededor.

No podía decir que mi madre no se hubiera esforzado.

Había preparado todo para que estuviera cómodo y, después de seis años, disponer de una habitación propia debería haberme parecido más que suficiente.

Aun así, durante unos segundos no pude evitar sentirme como si hubiera regresado a una casa en la que todos habían encontrado ya su lugar y el mío hubiera tenido que improvisarse al final del pasillo.

—Si necesitas algo, lo compramos —dijo mi madre desde la puerta.

—Tengo suficiente.

—Eso lo decides después de abrir los cajones.

Noah apareció junto a ella.

—¿Ahora vamos a vivir los tres juntos?

La pregunta me pilló desprevenido y miré primero a mi madre y después a Noah, intentando encontrar una respuesta que no hiciera más grande algo que para él parecía tan sencillo.

—Sí.

Noah sonrió.

—Bien.

Y se marchó con la misma naturalidad con la que había aparecido, mientras mi madre lo seguía con la mirada.

—Te dije que tendría que acostumbrarse.

—Parece bastante acostumbrado.

—Espera a que le digas que apague la consola o haga los deberes.

Eso consiguió hacerme reír y ella empezó a alejarse, aunque antes de salir de la habitación volvió a mirarme.

—Logan.

—¿Sí?

—No tienes que hacerlo todo hoy.

Entendí perfectamente a qué se refería.

—Lo sé.

—Bien.

Se marchó y me quedé solo en la habitación.

Abrí la caja y saqué la fotografía de Noah que había guardado durante los últimos meses. La dejé sobre la cómoda, junto a otra en la que aparecía mucho más pequeño, y durante unos segundos pensé en todo lo que había ocurrido entre aquellas dos imágenes.

Desde el pasillo llegó la voz de Noah llamándome porque quería enseñarme algo más. Cerré la caja sin terminar de vaciarla, convencido de que ya habría tiempo para hacerlo después y, por primera vez en mucho tiempo, pude pensar aquello sabiendo que era verdad.