Capítulo 6
Nora
A las cuatro y media de la tarde, el centro entraba en esa hora en la que todo parecía ocurrir a la vez.
En la sala grande había más de una docena de niños repartidos entre las mesas, algunos haciendo los deberes y otros esforzándose bastante más en aparentar que los hacían.
En recepción esperaba una mujer con una carpeta llena de documentos para una solicitud de ayuda; junto a la puerta se acumulaban tres cajas de ropa que todavía no habíamos clasificado y desde la cocina alguien acababa de avisarme de que quedaban menos yogures de los que figuraban en la lista.
Yo llevaba diez minutos intentando terminar un correo.
—Nora.
Levanté la vista y encontré a Noah Mercer delante del escritorio con una cartulina bajo el brazo y una expresión demasiado seria para un niño de ocho años.
—Dime.
—Necesito más pegamento.
Miré hacia la sala.
—Hay dos botes en el armario.
—Tyler tiene uno.
—Pues eso quiere decir que queda otro.
Noah apretó los labios.
—Pero es que ese no pega bien.
—Eso es una tragedia.
Su expresión cambió lo justo para que supiera que estaba conteniendo una sonrisa.
—Es para el volcán.
Llevábamos casi una semana oyendo hablar de aquel volcán y empezaba a sospechar que el proyecto de ciencias iba a acabar siendo responsabilidad de medio centro.
—Entonces será mejor que aprendas a compartir el que sí pega.
—Tyler tarda muchísimo.
—Pues dile que cuando termine te avise.
Noah soltó un suspiro exagerado, pero regresó con la cartulina hacia la mesa donde lo esperaba su compañero.
Sonreí antes de volver al correo.
Lo conocía desde que había empezado a venir al programa de tardes, cuando todavía necesitaba ayuda para casi todo y su mochila parecía más grande que él.
Ahora entraba por la puerta, dejaba sus cosas en el mismo rincón, sabía qué voluntarios se dejaban convencer para repetir merienda y había adquirido la costumbre de pasar por mi mesa cada vez que consideraba que un problema requería intervención adulta.
La mayoría de las veces no la requería.
—¿Me ayudas con esto cuando puedas?
La mujer que esperaba en recepción levantó la carpeta.
—Claro. Dame dos minutos.
Guardé el correo a medias y fui con ella hasta una de las mesas pequeñas.
Había rellenado parte de los formularios, pero le faltaban varios documentos y no tenía claro dónde debía solicitar uno de ellos.
Durante los siguientes veinte minutos ordenamos papeles, anoté un par de teléfonos y le expliqué qué oficina podía ayudarla con lo que nosotros no gestionábamos directamente.
El centro funcionaba así desde mucho antes de que yo llegara.
No solucionábamos la vida de nadie y tampoco pretendíamos hacerlo.
A veces bastaba con saber dónde llamar, conseguir que alguien entendiera una carta que llevaba una semana encima de la mesa o cubrir unas horas entre la salida del colegio y el final de una jornada laboral.
Otras veces hacían falta meses de acompañamiento y una red de personas dispuestas a sostener pequeñas partes del problema hasta que dejara de parecer imposible.
En una sala se ayudaba con los deberes; en otra se reunían grupos de apoyo determinados días de la semana.
Había ropa, alimentos, material escolar, orientación para trámites y una lista de comercios y empresas del barrio que colaboraban cuando podían.
Los domingos en los que organizábamos comida comunitaria acabábamos moviendo mesas de una punta a otra del edificio porque siempre aparecía alguien más de lo previsto. Por eso casi nunca sobraba comida.
Volví a recepción cuando faltaba poco para las seis. Carmen estaba clasificando los abrigos que habían llegado aquella mañana y me enseñó uno de niño que parecía prácticamente nuevo.
—¿Lo guardamos para invierno o lo ponemos ya?
—Ya. Como esperemos al invierno, habrá alguien que lo necesite mañana.
—Eso mismo he pensado.
La ayudé a separar un par de bolsas por tallas antes de escuchar a Noah desde la sala.
—¡Nora!
Me asomé por la puerta.
—Como ese volcán esté ardiendo, no quiero saber nada.
—No está ardiendo.
—Todavía.
Estaba sentado con Tyler y otra niña, rodeado de periódicos y trozos de cartón.
—¿Mi abuela ha dicho a qué hora viene?
Consulté el reloj.
—Debería estar al caer.
—Hoy trabaja más lejos.
—Lo sé. Si tarda un poco, te quedas aquí conmigo y te exploto el volcán personalmente.
Eso pareció tranquilizarlo.
Diane solía llegar entre las seis y las seis y cuarto, dependiendo del edificio en el que le tocara trabajar.
Había empezado limpiando oficinas varios años atrás, cuando necesitó un horario que le permitiera hacerse cargo de Noah y mantener unos ingresos estables.
Al principio acudía al centro con la sensación de estar pidiendo demasiado por necesitar que alguien cuidara de su nieto unas horas, pero con el tiempo entendió que aquel lugar no funcionaba así y dejó de medir lo que recibía para empezar a devolverlo siempre que podía.
Si había que preparar comida para un domingo, aparecía con una bandeja; si faltaban manos para ordenar donaciones, se quedaba media hora más y, cuando alguien nuevo llegaba preguntando con vergüenza cómo funcionaba el programa, Diane era de las primeras en hacerle sitio sin convertirlo en un acontecimiento.
La vi entrar unos minutos después, todavía con la ropa de trabajo y el pelo recogido en una coleta.
—Llegas cuatro minutos tarde —le dije.
—Despídeme.
—Me lo pensaré.
Dejó el bolso sobre el mostrador y miró hacia la sala.
—¿Sigue entero el edificio?
—Por poco. Tu nieto tiene ambiciones científicas preocupantes.
—Ya me ha pedido tres botellas de vinagre.
—Dile que no.
—Se lo he dicho.
—Bien.
—Ha apuntado «buscar una segunda opinión».
Me reí.
Noah apareció en ese momento y se abrazó a ella antes de empezar a explicarle algo relacionado con el volcán, Tyler y una cantidad de bicarbonato que me pareció prudente no escuchar.
Diane dejó que terminara, recogió su mochila y consiguió convencerlo de que guardara la cartulina hasta el día siguiente.
—Ve poniéndote la chaqueta —le pidió—. Ahora voy.
Noah obedeció con mucha menos protesta de la esperada.
—Milagro —comenté.
—Está acumulando puntos para el vinagre.
Diane sonrió, aunque el gesto le duró poco. Cuando Noah se alejó, apoyó las manos en el mostrador y soltó aire.
—¿Tienes un minuto?
—Claro.
Había algo en su expresión que hizo que dejara de ordenar los papeles que tenía delante.
—¿Ha pasado algo?
—No. Nada malo.
Esperé.
Diane miró hacia la sala para asegurarse de que Noah seguía entretenido con su chaqueta.
—Logan sale el veintisiete.
El nombre me provocó una reacción tan inmediata que me molestó que pudiera notarse. Habían pasado muchos años desde la última vez que habíamos hablado de verdad y, aun así, Logan Mercer seguía teniendo la capacidad de hacer que mi cabeza recuperara imágenes que creía bastante mejor archivadas.
—¿Ya es definitivo?
—Todo lo definitivo que puede ser hasta que cruce la puerta. Hablé con él ayer y sigue en pie.
Asentí.
Sabía que saldría algún día. Por supuesto que lo sabía. Durante años había escuchado a Diane mencionar fechas, llamadas, visitas y trámites, pero siempre había parecido algo suficientemente lejano como para no ocupar demasiado espacio.
El veintisiete ya no estaba lejos.
—¿Cómo está Noah?
—Contento. Nervioso también, aunque no creo que sepa muy bien por qué.
Miramos hacia él. Había conseguido ponerse la chaqueta dejando la cremallera torcida y ahora intentaba convencer a Carmen de que necesitaba llevarse uno de los abrigos donados porque tenía «muchísimos bolsillos».
—Para él su padre siempre ha estado en prisión —continuó Diane—. Lo quiere, habla con él, lo visita… pero una cosa es todo eso y otra tenerlo en casa cada día.
—Tendréis que acostumbraros los tres.
—Eso intento decirme.
La conocía lo suficiente para entender la parte que no estaba diciendo.
—¿Te preocupa Logan?
Diane tardó un momento.
—Me preocupa todo. Que él llegue queriendo recuperar seis años en una semana, que Noah espere algo que ningún padre puede cumplir, que yo me meta donde no me llaman porque llevo demasiado tiempo decidiendo por los dos…
—Eso último va a pasar.
Me miró.
—Gracias.
—Para eso estoy.
Sonrió a medias.
—También me preocupa que Logan crea que vuelve a la misma vida que dejó.
Ahí no hice ninguna broma, porque aquella vida ya no existía.
No conocía todos los detalles de los últimos seis años y nunca se los había pedido a Diane.
Sabía que había perdido a su marido, que Kayla había dejado de formar parte del día a día de Noah y que durante mucho tiempo ella había cargado sola con más de lo que cualquiera debería.
El resto lo había ido conociendo a través de cosas pequeñas: una tarde en la que necesitó ayuda para rellenar unos papeles, otra en la que llegó agotada después del trabajo o los meses en que empezó a asistir al grupo de duelo y salía de allí sin demasiadas ganas de hablar.
—No volverá a la misma vida —dije—. Pero eso no significa que no pueda encontrar sitio en la que tenéis ahora.
Diane bajó la mirada hacia sus manos.
—Eso espero.
Noah apareció de nuevo antes de que pudiera añadir nada.
—Abuela, el domingo hay comida.
—Lo sé.
—¿Vendremos?
—Como casi todos los domingos.
Pareció satisfecho, pero enseguida encontró otra cuestión.
—Cuando papá salga, ¿puede venir?
Diane levantó la mirada hacia mí con una expresión que, en cualquier otro momento, me habría hecho gracia. Noah también esperaba mi respuesta, como si yo tuviera alguna autoridad para decidir quién podía cruzar aquella puerta.
—Claro que puede —respondí—. Este sitio no es mío.
—Pero tú mandas.
—Eso intento hacer creer a la gente.
Noah sonrió.
—Entonces puede venir.
—Si él quiere, sí.
—Va a querer.
La seguridad con la que lo dijo me hizo mirar a Diane, que se limitó a sostenerme la mirada sin corregirlo. Noah, ajeno a todo, regresó a despedirse de Tyler y nos dejó otra vez solas.
—Lleva semanas haciendo planes —dijo Diane—. Quiere enseñarle el colegio, el centro, el parque, su habitación… Creo que hasta ha decidido dónde tiene que sentarse en la mesa.
—Es Noah.
—Precisamente.
Cogió el bolso, pero antes de irse volvió a mirarme.
—Tú conocías a Logan de antes, ¿verdad?
La pregunta me pilló menos desprevenida de lo que debería.
—Sí.
—Nunca te he preguntado mucho.
—Y yo te lo agradezco.
Eso consiguió despertar su curiosidad de inmediato.
—Ahora sí voy a preguntar.
—Nos conocíamos del barrio.
Diane arqueó una ceja.
—Eso ya lo sabía.
—Pues entonces estamos al día.
—Nora.
Sonreí para evitar darle más importancia de la necesaria.
—Hace muchísimo tiempo. Nos conocemos desde jóvenes, coincidíamos con gente en común y durante una época hablamos bastante. Nada que tenga interés a estas alturas.
En realidad, sí lo había tenido, aunque hubieran pasado muchos años desde entonces.
Todavía recordaba la facilidad con la que Logan conseguía hacerme reír cuando yo estaba decidida a no darle ninguna oportunidad y cómo, durante un tiempo, llegué a preguntarme si detrás de aquel chico que siempre parecía rodeado de la gente equivocada había alguien bastante distinto de lo que todos suponíamos.
Después la vida siguió su curso, él por un lado y yo por otro, hasta que años más tarde su nombre apareció en las noticias unido a un robo, una detención y una condena que pareció confirmar de la peor manera algunas de las cosas que yo había pensado de él cuando era más joven.
—Bueno —dijo Diane—, pues dentro de poco podréis poneros al día.
—No creo que salir de prisión incluya una lista de antiguos conocidos a los que visitar.
—No, pero mi nieto piensa traerlo aquí aunque tenga que arrastrarlo.
Miré a Noah, que volvía hacia nosotras con la mochila puesta y una de las mangas de la chaqueta doblada.
—En ese caso, supongo que terminaré viéndolo.
Diane se despidió y salió con Noah. A través de los cristales los vi alejarse mientras él hablaba sin parar y ella intentaba arreglarle la manga sin conseguir que se estuviera quieto.
Regresé a mi mesa cuando desaparecieron de la vista. Todavía tenía pendiente el correo de aquella tarde, una lista de llamadas y tres cajas de ropa sin terminar de clasificar, pero durante varios minutos apenas conseguí avanzar.
Logan salía el veintisiete.
La última imagen que conservaba de él no tenía nada que ver con una prisión.
Era mucho más antigua y, probablemente, también bastante menos exacta de lo que había querido creer durante años.
Sabía lo que había hecho después; lo que todavía no sabía era quién iba a cruzar aquella puerta dentro de tres semanas.