Capítulo 5
Logan
A la mañana siguiente no vi a Harlan durante el desayuno y tampoco hice nada por buscarlo.
Después de la forma en que se había detenido frente a mi celda la noche anterior, bastante tenía con intentar dejar fuera de la cabeza la conversación del almacén como para empezar a recorrer la prisión pendiente de dónde estaba o con quién hablaba.
Marcus tampoco volvió a preguntarme por él. Había aceptado mi respuesta con esa facilidad con la que, dentro, uno terminaba aceptando muchas cosas que sabía incompletas. Si quería contarle algo, ya lo haría; mientras tanto, no iba a presionarme.
Desayunamos y fui al taller como cualquier otro día.
Harris me dejó una lista de trabajos nada más llegar: una puerta que revisar, una pulidora que llevaba varios días perdiendo fuerza y dos carros con las ruedas dañadas.
Me pareció perfecto. Cuanto más tuviera entre manos, menos tiempo me quedaría para pensar en Rachel, en el día doce o en por qué Harlan había considerado necesario pasearse por mi unidad antes de que apagaran las luces.
Pasé buena parte de la mañana con la pulidora.
El problema estaba en el motor y terminé llevándola hasta una de las mesas del fondo para desmontarla con más espacio.
Parte de las herramientas se guardaba en un armario metálico cercano que utilizábamos varios de los internos destinados a mantenimiento.
Había bastante control sobre lo que se sacaba y devolvía, aunque la zona era compartida y pasaba suficiente gente por allí como para que nada pudiera considerarse realmente de uso exclusivo.
A media mañana, Harris me pidió que dejara la pulidora porque necesitaban una mano con una avería en otra parte del edificio.
Guardé lo que estaba utilizando y salí con él.
Estuvimos fuera poco más de media hora, suficiente para arreglar un cierre que se había atascado y escuchar a Harris quejarse de que algún día acabaría dedicando más tiempo a reparar puertas que a conseguir que la gente permaneciera detrás de ellas.
Cuando regresamos al taller, bastó con mirar alrededor para darme cuenta de que algo había pasado.
Dos funcionarios estaban junto al armario de las herramientas; varios de los hombres habían dejado de trabajar y uno permanecía apartado junto a la pared mientras revisaban el contenido de los cajones.
Harris aceleró el paso en cuanto vio la escena.
—¿Qué ha pasado?
Uno de los funcionarios se volvió hacia él.
—Hemos encontrado esto.
Sobre la mesa había un teléfono móvil pequeño, de los baratos, metido dentro de una bolsa transparente.
Noté cómo se me tensaban los hombros al verlo, no porque tuviera nada que ver conmigo, sino porque después de seis años dentro sabía perfectamente la clase de problemas que podía provocar algo así.
Harris observó el teléfono y frunció el ceño.
—¿Dónde estaba?
—En el armario.
El funcionario señaló el mueble metálico del fondo.
—Detrás de unas cajas.
Su mirada se desplazó hacia mí.
—¿Quién utiliza esta zona?
—Varios —respondió Harris—. Mercer estaba trabajando aquí esta mañana, pero también entra más gente.
Entonces entendí por qué aquel hombre me había mirado al entrar, y Harris pareció llegar a la misma conclusión al mismo tiempo.
—Estaba conmigo cuando habéis empezado el registro —añadió—. Llevamos fuera más de media hora.
No me gustó escuchar mi apellido en aquella conversación, aunque Harris no pretendiera señalarme. El funcionario, ajeno a mi incomodidad, abrió una carpeta y empezó a revisar la información que tenía delante.
—Necesitamos saber quién ha tenido acceso al armario desde ayer.
—Medio taller —dije.
Harris me hizo un gesto para que no siguiera y, por una vez, decidí hacerle caso.
Nos apartaron mientras registraban el área. No fue una inspección especialmente dramática; revisaron los armarios, comprobaron las herramientas y fueron preguntando quién había trabajado allí y a qué horas.
Cuando llegó mi turno, me limité a contar lo que cualquiera de las hojas de trabajo podía confirmar: había utilizado aquella zona esa misma mañana y también el día anterior, pero no había visto nunca el teléfono y, desde luego, no era mío. El funcionario tomó nota sin reaccionar.
—¿Quién más estuvo cerca del armario?
Recordé a dos de los hombres que habían trabajado en las mesas próximas, a Harris entrando y saliendo y a otro interno que había pasado por allí para recoger material. Di los nombres que conocía y dejé claro cuáles no podía asegurar.
No mencioné a Harlan porque no había estado allí esa mañana y yo tampoco lo había visto entrar en el taller.
Relacionarlo con el teléfono solo por lo ocurrido el día anterior habría sido una acusación que no podía sostener, aunque resultara inevitable que su nombre me rondara la cabeza mientras respondía.
La inspección nos tuvo parados casi una hora antes de que nos permitieran volver al trabajo. Cuando empecé a ordenar las piezas de la pulidora, Harris se acercó a mi mesa.
—No le des más vueltas de las necesarias.
—Es fácil decirlo cuando tu nombre no aparece en la lista.
—Tu nombre aparece porque trabajas aquí. Igual que el de otros cinco.
—Ya.
—Revisarán los movimientos y las cámaras de las zonas comunes. El armario lo utiliza demasiada gente para sacar conclusiones solo porque estuvieras trabajando al lado.
Asentí, aunque la frase no consiguió tranquilizarme demasiado. El teléfono no era mío, pero precisamente ahí estaba el problema: alguien lo había escondido en un lugar compartido y eso bastaba para dejar bajo sospecha a varios de los que trabajábamos allí, incluido yo.
Seguí con la pulidora hasta la hora del almuerzo, intentando no darle más vueltas. Cuando llegué al comedor, Marcus ya estaba sentado y levantó una ceja al verme.
—He oído que habéis tenido entretenimiento esta mañana.
Me senté frente a él.
—Depende de lo que entiendas por entretenimiento.
—Un teléfono escondido suele dar bastante conversación aquí dentro.
—Pues puedes conversar con otro porque yo no sé nada.
Marcus me observó mientras abría el envase de comida.
—¿Te han señalado?
—No. Han preguntado quién utilizaba la zona y yo estaba entre ellos.
—¿Y eso tiene algo que ver con lo de anoche?
Levanté la vista.
No había vuelto a mencionar a Harlan desde que preguntó qué quería frente a nuestra celda, pero Marcus no necesitaba demasiadas piezas para darse cuenta de que algo seguía rondándome la cabeza.
—No lo sé.
—Eso no ha sonado muy convincente.
—Porque no tengo nada con lo que convencerte. El teléfono estaba en un armario que usamos varios. No vi a Harlan entrar allí y no tengo ninguna razón para decir que fuera suyo.
Marcus esperó algo más, pero decidí no darle detalles. Cuanto menos supiera, mejor, y por primera vez desde el almacén empezaba a pensar que aquella precaución quizá no fuera exagerada.
Terminamos de comer hablando de cualquier otra cosa y después regresé al taller, donde retomé el trabajo intentando dejar el asunto a un lado. A primera hora de la tarde, Harris apareció junto a mi mesa y supe enseguida que no venía por otra avería: esta vez no llevaba ninguna hoja de trabajo.
—Keller quiere verte.
La sensación que me recorrió el estómago fue bastante distinta de la de unos días atrás, cuando había hecho ese mismo trayecto para hablar de mi salida.
Dejé las herramientas y acompañé a Harris hasta el despacho de Keller, que estaba solo y tenía una carpeta abierta sobre la mesa.
Reconocí mi nombre en una de las hojas antes de que me indicara con un gesto que me sentara.
—Supongo que sabes por qué estás aquí.
—Por el teléfono.
Keller asintió.
No había enfado en su voz y, precisamente por eso, me inquietó más de lo que habría querido admitir. Siguió revisando los papeles durante unos segundos antes de continuar.
—Lo encontraron en una zona común del taller. No tenemos nada que permita atribuírselo a nadie en este momento.
Aquellas palabras me permitieron aflojar un poco la tensión.
—No es mío.
—Lo sé. O, mejor dicho, no tengo ningún motivo para afirmar que lo sea.
Keller cerró la carpeta antes de apoyar las manos sobre la mesa.
—Tus informes son buenos, llevas años sin incidentes importantes y Harris confirma que esta mañana estabas con él cuando comenzó el registro. Nada de eso te convierte automáticamente en sospechoso.
—Entonces no entiendo por qué estoy aquí.
Mi tono salió más tenso de lo que pretendía, pero Keller no reaccionó y mantuvo la misma expresión mientras esperaba a que terminara.
—Porque trabajaste en esa zona ayer y hoy, y tu salida está muy cerca. Quiero que entiendas que cualquier incidente relacionado contigo va a revisarse con especial cuidado de aquí al veintisiete.
—Pero acabas de decir que no hay nada que me relacione con el teléfono.
—Y no lo hay. Esto no es una sanción.
Me quedé callado mientras Keller me observaba durante unos segundos antes de añadir:
—Precisamente por eso te lo estoy diciendo ahora y no cuando exista un problema real. Mantén la rutina, cumple las normas y, si ves algo que no debería estar donde está, informa.
—¿Cómo se supone que evito que alguien esconda algo en un armario que usamos seis personas?
—No puedes.
La respuesta llegó sin rodeos.
—Y por eso no se te está responsabilizando de nada. Pero si dentro de unos días apareciera otro incidente y volviera a señalar en tu dirección, la situación sería distinta. Tendríamos que revisarlo todo antes de tu salida.
Aquello no me gustó.
—¿Podría retrasarla?
Keller tardó un segundo en responder.
—Dependería de lo que ocurriera y de si hubiera motivos reales. Ahora mismo no los hay, así que no te adelantes a problemas que todavía no existen.
Era el mismo consejo que me había dado durante nuestra última reunión, pero ahora sonaba bastante menos sencillo.
Asentí y Keller dio por terminada la conversación.
Cuando salí del despacho, Harris esperaba en el pasillo. No preguntó qué me había dicho y se limitó a acompañarme de vuelta al taller, que a esa hora estaba casi vacío. Retomé la pulidora, aunque me costó mucho más concentrarme que por la mañana.
Intenté convencerme de que podía haber una explicación que no tuviera nada que ver conmigo.
Los teléfonos entraban en prisión; alguien podía haber necesitado esconder uno y aquel armario era un lugar tan bueno o tan malo como cualquier otro.
Podía ser una simple coincidencia, pero había pasado demasiado poco tiempo desde mi encuentro con Harlan como para que esa posibilidad terminara de tranquilizarme.
A última hora guardé las herramientas, entregué el parte de trabajo a Harris y salí con el resto hacia la unidad.
Procuré no buscar a nadie con la mirada, aunque no hizo falta.
Harlan estaba apoyado contra una pared, hablando con otro interno, y ni siquiera interrumpió la conversación cuando pasé junto a él.
Llegué a pensar que aquello sería todo hasta que escuché su voz a mi espalda.
—Mercer.
Me detuve y giré lo justo para mirarlo. Harlan seguía apoyado contra la pared, aunque el otro hombre se había apartado unos pasos.
—He oído que habéis tenido problemas en mantenimiento.
—La gente habla demasiado.
Una sonrisa mínima apareció en su cara.
—Dentro siempre ha sido así.
Esperé, sin saber todavía si pretendía decir algo más.
—Hay que tener cuidado estas últimas semanas —continuó—. Sería una pena que algo se complicara ahora que estás tan cerca.
Tardé un par de segundos en responder y Harlan aprovechó ese silencio para mantener aquella sonrisa que apenas llegaba a serlo.
—Gracias por el consejo.
No mencionó el teléfono porque no le hacía falta. Lo miré durante un instante, intentando decidir si aquel comentario bastaba para confirmar mis sospechas o si precisamente buscaba que reaccionara y terminara metiéndome solo en otro problema.
No pensaba darle ese gusto.
Seguí caminando antes de darle la oportunidad de contestar.
No tenía pruebas de que el teléfono fuera cosa suya ni sabía cómo habría conseguido colocarlo allí si realmente lo era, pero empezaba a tener algo bastante claro: Harlan no necesitaba demostrarme que podía impedir que saliera.
Le bastaba con hacerme creer que podía hacerlo.