Todo lo que perdí Capítulo 4
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Capítulo 4

Logan

Los días siguientes transcurrieron sin nada especialmente distinto, justo como quería.

Me levantaba a la misma hora, desayunaba con Marcus, trabajaba en mantenimiento y procuraba no mirar el calendario más de lo necesario.

Keller había sido claro durante la reunión: seguir con la rutina y no hacer nada que pudiera complicar mi salida.

Después de seis años dentro, sabía que, en realidad, aquello exigía bastante más de lo que parecía.

Bastaba una discusión durante el desayuno, alguien empeñado en probar hasta dónde llegaba tu paciencia o una inspección inesperada para alterar un día entero.

También había aprendido que no todas las provocaciones merecían respuesta y que marcharte de una pelea no significaba dejar que te pisaran.

Aquella mañana estaba revisando una puerta metálica que llevaba varios días cerrando mal cuando Harris apareció con otra hoja de trabajo.

—Cuando termines eso, necesito que mires una de las máquinas del almacén. Parece que pierde aceite.

Cogí el papel que me tendía.

—¿Parece o pierde?

—Yo veo un charco. Tú eres el experto.

—Entonces pierde.

Harris negó con la cabeza y siguió su camino mientras yo terminaba de ajustar la bisagra. Agradecía tener siempre algo entre manos porque, cuando menos tiempo libre me quedaba, menos oportunidades encontraba mi cabeza para ponerse a imaginar cómo sería volver a casa.

Cuando terminé, llevé las herramientas hasta el almacén de la parte trasera del edificio de mantenimiento.

Estaba separado del taller principal por un pasillo estrecho y allí guardábamos piezas, productos de limpieza y maquinaria que no se utilizaba a diario.

A media mañana solía estar bastante vacío, así que localicé enseguida la máquina que Harris quería que revisara: estaba al fondo, junto a unas estanterías, con un charco de aceite debajo que dejaba claro que no había exagerado.

Me agaché para comprobar de dónde venía la pérdida y llevaba unos minutos trabajando cuando escuché voces al otro lado de la pared, probablemente en la pequeña zona de carga que comunicaba con el pasillo exterior.

Al principio no presté atención. Dentro aprendías bastante rápido que la curiosidad podía salir cara, y con tan poco tiempo por delante no pensaba complicarme la vida por enterarme de asuntos que no tenían nada que ver conmigo.

Seguí con la máquina hasta que uno de los nombres consiguió que dejara de escuchar sin querer.

—Rachel.

La voz era baja, pero el almacén amplificaba bastante cualquier sonido. No conocía a ninguna Rachel dentro y el nombre, por sí solo, no me dijo nada, así que seguí trabajando hasta que el hombre continuó hablando.

—…sale los jueves a la misma hora. No ha cambiado de trabajo.

Podían estar hablando de una hermana, una mujer o cualquier persona de fuera, de modo que volví a concentrarme en la pieza. La otra voz respondió algo que no alcancé a entender y, unos segundos después, escuché con claridad:

—Mi hermano ya tiene la dirección.

Aquello sí consiguió que levantara la cabeza y, poco después, reconocí una de las voces: era Caleb Harlan.

No trataba con él; estaba en otra unidad y solo habíamos coincidido algunas veces en zonas comunes, pero sabía lo suficiente como para mantener las distancias.

Había hombres dentro que hablaban constantemente de lo que habían hecho y lo exageraban hasta convertirlo en una especie de carta de presentación.

Harlan era justo lo contrario. No necesitaba contar demasiado para que los demás entendieran que era mejor no buscarle problemas.

Me incorporé despacio y valoré salir por la puerta principal del almacén, aunque hacerlo en ese momento habría significado cruzar parte del pasillo desde donde podían verme. Preferí quedarme donde estaba y esperar a que se alejaran mientras la conversación continuaba al otro lado.

—No quiero que la asusten —dijo Harlan—. Quiero que entienda.

El otro hombre soltó una risa baja.

—Va a entender.

No escuché la respuesta completa porque alguien pasó por el taller arrastrando un carro y el ruido cubrió varios segundos. Cuando volvió el silencio, Harlan estaba hablando otra vez.

—Nada antes del doce que te dije. Y asegúrate de que él lo sepa. No pienso repetirlo.

Sentí una presión desagradable en el estómago.

Aquello ya no sonaba a una conversación cualquiera, aunque seguía sin saber quién era Rachel ni qué querían hacerle exactamente.

Una parte de mí intentó agarrarse a la ambigüedad de ese «que entienda» y convertirlo en algo menor: un susto, una amenaza, presentarse en su casa o destrozarle el coche.

El problema era que ninguna de aquellas posibilidades mejoraba demasiado lo que estaba escuchando.

Las voces empezaron a acercarse a la puerta, así que volví a agacharme junto a la máquina y cogí la herramienta, fingiendo que llevaba todo ese tiempo concentrado en la avería.

Harlan apareció primero y se detuvo al verme.

No levanté la cabeza de inmediato; terminé de ajustar una tuerca y solo entonces lo miré, procurando que mi expresión no revelara nada.

—¿Qué?

Harlan no respondió enseguida. Se limitó a observarme mientras el otro hombre permanecía unos pasos detrás, pendiente de la escena. Después desvió la mirada hacia la máquina abierta junto a mí.

—No sabía que había alguien aquí.

—Pues ahora lo sabes.

Se quedó quieto unos segundos, estudiándome con una atención que consiguió ponerme todavía más incómodo.

—¿Cuánto llevas ahí?

Volví a mirar la pérdida de aceite.

—Lo suficiente para saber que alguien tendría que haber avisado antes de que esto acabara empapando el suelo.

No sonrió, aunque tampoco había pretendido hacerme el gracioso.

—Te he preguntado cuánto llevas aquí.

Dejé la herramienta junto a mí.

—No llevo reloj cuando trabajo. Si necesitas la hora, pregúntale a Harris.

El otro hombre se movió, pero Harlan levantó una mano sin apartar la vista de mí. Ahí comprendí que había elegido mal el tono, no porque hubiera dicho nada especialmente agresivo, sino porque él no estaba preguntando por curiosidad.

—No estaba escuchando vuestra conversación —añadí.

La frase se me escapó antes de poder frenarla y, en cuanto la dije, supe que habría sido mejor callarme. Harlan inclinó ligeramente la cabeza.

—Yo no he dicho que estuvieras escuchando.

Ahí comprendí que acababa de empeorar la situación yo solo, así que me puse en pie despacio, intentando no añadir nada más.

—Tengo trabajo.

Cogí la hoja de Harris y las herramientas, procurando que ningún movimiento pareciera apresurado, mientras Harlan se apartaba lo justo para dejarme pasar.

—Mercer.

Me detuve.

—¿Qué?

—Tú sales pronto, ¿no?

No me gustó que supiera eso.

—Eso dicen.

—Entonces yo me preocuparía por llegar tranquilo hasta ese día.

No había levantado la voz ni formulado una amenaza directa, pero los dos sabíamos que aquello no era ningún consejo.

—Ese es el plan.

Seguí caminando sin mirar atrás y, cuando regresé al taller, encontré a Harris hablando con otro funcionario junto a la entrada. Dejé las herramientas en su sitio y le entregué la hoja, procurando comportarme como si no hubiera pasado nada.

—Pierde por una junta —le expliqué—. Hay que cambiarla antes de volver a usarla.

Harris anotó algo.

—¿Puedes hacerlo esta tarde?

—Sí.

Me alejé antes de que Harris pudiera hacerme más preguntas y pasé el resto de la mañana intentando restarle importancia a lo ocurrido.

No sabía con certeza qué estaban planeando ni si aquello acabaría realmente en un delito, pero sí había una cosa clara: Harlan creía que yo había oído más de la cuenta, y eso bastaba para inquietarme.

Marcus lo notó durante el almuerzo.

—Llevas cinco minutos moviendo eso de un lado a otro.

Miré el tenedor.

—No tengo hambre.

—Eso sí que es preocupante, porque aquí comer sin hambre es prácticamente un requisito de supervivencia.

No respondí y Marcus dejó de bromear.

—¿Ha pasado algo?

Levanté la vista y durante un momento pensé en contárselo. No porque Marcus pudiera solucionar nada, sino porque hablar con alguien habría hecho que todo resultara menos absurdo. Al final decidí callarme; no necesitaba arrastrarlo a un problema que ni siquiera tenía claro que existiera.

—Nada. Estoy cansado.

Me observó un poco más, pero no insistió.

Por la tarde volví al almacén acompañado por Harris para cambiar la junta.

Harlan ya no estaba y tampoco el otro hombre, así que terminé el trabajo sin cruzarme con ninguno de los dos.

Al regresar a la unidad, empecé a preguntarme si no habría dado demasiadas vueltas a lo ocurrido.

Harlan podía saber perfectamente que mi salida estaba cerca sin necesidad de que aquello significara nada más, y su comentario quizá solo había sido una forma poco amable de dejar claro que no me metiera donde no me llamaban.

Con veintidós días por delante, no pensaba averiguarlo. Había tardado demasiado en aprender que algunas decisiones tomadas en caliente podían acompañarte durante años como para empezar ahora a buscar problemas que no eran míos.

Aquella noche llamé a casa y no mencioné nada de Harlan.

Mi madre me pasó con Noah, que dedicó buena parte de la conversación a explicarme cómo estaba construyendo el volcán del colegio y por qué, según él, la mezcla tenía que explotar mucho más de lo que su abuela consideraba razonable.

Lo escuché sonriendo, agradecido por poder pensar durante un rato en algo tan sencillo.

—Haz caso a la abuela con el volcán —le dije cuando terminó de explicarme su plan.

Noah protestó al otro lado y aseguró que ella siempre quería que todo fuera más pequeño de lo necesario, incluida la explosión.

Me reí.

—Eso es porque suele tener razón, aunque seguro que no hace falta que se lo digas.

—Ella dice que siempre la tiene.

—Eso lleva diciéndolo desde que yo era pequeño, así que no creo que vayamos a convencerla ahora de lo contrario.

Noah se rio y siguió contándome su proyecto. Durante aquellos minutos conseguí dejar a Harlan fuera de mi cabeza, pero en cuanto terminó la llamada, la conversación del almacén volvió a aparecer con la misma facilidad.

Cuando regresé a la celda, Marcus ya estaba dentro.

Me senté en la litera y abrí uno de los libros que tenía a medias, aunque apenas avancé un par de páginas antes de darme cuenta de que no estaba leyendo.

Seguía pensando en Rachel, en que salía los jueves a la misma hora, en aquella dirección y en el día doce.

Eran datos sueltos que no sabía cómo interpretar y tampoco tenía claro si debía hacer algo con ellos.

Intenté convencerme de que lo más sensato era dejarlo pasar y acabé tumbándome sin haber vuelto a abrir el libro. Poco antes de que apagaran las luces, alguien se detuvo frente a la celda y, al levantar la cabeza, vi a Harlan en el pasillo.

No dijo nada ni se acercó demasiado. Se limitó a sostenerme la mirada durante un par de segundos antes de seguir caminando, como si solo hubiera pasado por allí por casualidad.

Marcus, desde la litera de arriba, asomó la cabeza.

—¿Qué quería ese?

Miré hacia el pasillo vacío.

—Ni idea.

Esta vez la mentira no salió tan fácil.