Todo lo que perdí Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Salí de la oficina con alivio, aunque no con la alegría que había imaginado durante años.

Durante mucho tiempo había pensado en la libertad como si bastara con cruzar una puerta para recuperar lo que había dejado fuera, pero cada vez tenía más claro que no sería así.

La vida que conocía seis años atrás había seguido avanzando sin mí y, cuando saliera, tendría que aprender a encajar de nuevo en ella.

Volví al taller y terminé de reparar la pulidora antes del almuerzo. Más tarde, Marcus me encontró en una de las mesas del comedor y dejó su bandeja frente a mí.

—Por cómo vienes, diría que no hay malas noticias.

Negué con la cabeza.

—No. Todo sigue igual. Salgo cuando toca.

Marcus dejó escapar una sonrisa.

—Veintitrés días. No sé cómo haces para no estar contándolos.

Removí la comida con el tenedor antes de responder.

—Los cuento. Solo intento no pensar en ellos cada cinco minutos.

—Eso ya me cuadra más.

Marcus empezó a comer y durante un rato hablamos de cualquier otra cosa, algo que agradecí más de lo que habría reconocido en voz alta.

Desde fuera podía parecer que alguien a punto de salir querría hablar constantemente de ello, pero dentro ocurría casi lo contrario: cuanto más cerca estaba la fecha, menos apetecía convertirla en el único tema de conversación.

Por la tarde me tocaba llamar a casa y mi madre respondió al segundo tono.

—Estaba empezando a pensar que ibas a hacerme esperar hasta mañana.

Sonreí y apoyé el hombro contra la pared.

—He salido tarde del taller. Pero ya está: salgo el veintisiete.

Al otro lado hubo un breve silencio antes de que respondiera.

—Me alegro, Logan. Muchísimo. Pero no esperes que me ponga a llorar por teléfono porque bastante he tenido ya con estos años.

Eso sí me hizo sonreír de verdad. Mi madre llevaba seis años evitando llorar conmigo siempre que podía, como si mantener la voz firme fuera otra forma de protegerme.

—No esperaba ningún drama.

—Mejor, porque no pienso darte el gusto.

Aquello sonaba más a ella y me relajó lo suficiente para preguntar por Noah. Me contó que seguía en el colegio, que al día siguiente tenía entrenamiento y que llevaba tres tardes intentando convencerla de que construir un volcán para ciencias debía considerarse una tarea familiar.

—Tiene buenos argumentos —dije.

—Tiene demasiado morro, que es diferente. Y ve preparándote, porque contigo va a probar suerte desde el primer día.

La broma se quedó flotando un instante antes de que la conversación cambiara sola hacia lo que de verdad me preocupaba.

—¿Sabe ya cuándo salgo?

—Sí. Se lo conté hace unos días.

Esperé, aunque ella no añadió nada inmediatamente.

—¿Y cómo se lo ha tomado?

Mi madre tardó un poco en responder, no porque dudara, sino porque seguramente estaba buscando una manera de explicármelo sin hacer más grande algo que ya lo era bastante.

—Se alegra. Claro que se alegra. Pero también está nervioso y no sabe muy bien qué va a cambiar cuando estés aquí. Tiene ocho años, Logan, y para él tú siempre has formado parte de su vida de una manera muy concreta. Las llamadas, las visitas, las fotos… Ahora de repente vas a estar en casa.

Bajé la mirada hacia el suelo.

—Lo sé.

—Sé que lo sabes aquí —continuó—, pero vivirlo va a ser distinto. No puedes salir y pretender recuperar seis años en dos semanas porque acabaréis agobiados los dos. Tendrás que ir encontrando tu sitio poco a poco y dejar que Noah también descubra cuál quiere que sea ese sitio.

No había reproche en sus palabras. Tampoco necesitaba haberlo. Mi madre había criado a Noah mientras yo estaba allí. Lo había llevado al colegio, al médico, a entrenamientos y cumpleaños; había estado presente en miles de momentos que yo conocía por teléfono o a través de fotografías.

Kayla había aguantado algo más de un año después de mi condena.

Al principio llevaba a Noah a verme y tratábamos de fingir durante aquellas visitas que todavía quedaba algo de la vida que habíamos tenido, pero fue alejándose poco a poco hasta que un día dejó a Noah con mi madre y lo que en principio parecía algo temporal terminó convirtiéndose en permanente.

Después llegaron las llamadas en Navidad, algún cumpleaños y, meses más tarde, los papeles del divorcio a la prisión, que firmé sin demasiado que discutir.

Con el tiempo supe que había rehecho su vida, que se había casado de nuevo y que ahora vivía fuera del país. No sabía mucho más, y tampoco estaba seguro de querer saberlo.

Mi madre, en cambio, se había quedado con todo lo que Kayla y yo habíamos dejado atrás.

También había tenido que despedirse sola de mi padre mientras yo seguía dentro, algo sobre lo que ninguno de los dos hablaba demasiado.

Que yo saliera no iba a borrar aquellos seis años ni a devolverme automáticamente el lugar que había tenido en la vida de mi hijo.

—No quiero apartarte —le dije—. Sé lo que has hecho por él.

—Esto no va de mí. Mi sitio lo tengo bastante claro. Me preocupa que tú llegues con tantas ganas de ser su padre otra vez que olvides que él también necesita acostumbrarse a tenerte cerca.

Asentí aunque no podía verme.

—Intentaré no atropellarlo.

—Con eso me conformo. Ya habrá tiempo para todo lo demás.

Seguimos hablando unos minutos más y quedamos en que el domingo llamaría cuando Noah estuviera en casa. Cuando regresé a la unidad, Marcus estaba tumbado leyendo y se limitó a preguntarme si todo había ido bien. Le dije que sí y no necesitó saber más.

Me senté en la litera y saqué la última fotografía que mi madre me había llevado.

Noah aparecía delante de casa, con una mochila colgada de un hombro y una sonrisa a la que le faltaba un diente.

Había crecido tanto que algunas veces encontraba en él gestos que no reconocía y otros que me recordaban demasiado a mí cuando tenía su edad.

Dentro de veintitrés días podría verlo sin estar pendiente de cuánto duraba la visita y sin tener que despedirme cuando alguien indicara que nuestro tiempo había terminado.

También tendría que aprender quién era aquel niño fuera de esas horas compartidas y aceptar que él tendría que hacer exactamente lo mismo conmigo.

Guardé la fotografía y me tumbé.

Hasta entonces, veintitrés días me habían parecido una eternidad. Aquella noche empezaron a parecerme pocos.