Capítulo 3
Seis años después…
Logan
A las cinco y cuarenta y cinco ya estaba despierto.
Me ocurría casi todos los días. Abría los ojos unos minutos antes de que encendieran las luces y, durante un instante muy breve, no sabía dónde estaba. Después veía la litera sobre mi cabeza, escuchaba las respiraciones alrededor y todo volvía a colocarse en su sitio.
Seis años daban para acostumbrarse a muchas cosas, pero no para olvidar cómo había empezado todo.
La noche del atraco terminó en una comisaría, con las muñecas marcadas por las esposas y demasiadas preguntas para las que ya no servía fingir que solo había conducido.
Después llegaron los abogados, las comparecencias, el acuerdo con la fiscalía y una condena que al principio me pareció imposible de medir.
Ocho años. Una cifra enorme cuando la escuchabas de pie frente a un juez y todavía más grande cuando empezabas a contarla desde dentro.
Al principio contaba las semanas. Después los meses. Y al final, dejé de hacerlo porque no servía de nada mirar constantemente cuánto faltaba cuando todavía era demasiado. Ahora me quedaban veintitrés días.
No necesitaba que encendieran las luces ni que alguien levantara la voz en el pasillo. Mi cuerpo conocía los horarios mejor que yo y solía adelantarse unos minutos a casi todo. Me quedé mirando la litera de arriba mientras esperaba a que empezara el movimiento alrededor.
Marcus todavía dormía en la litera de arriba, completamente ajeno a todo.
Llevábamos compartiendo celda casi tres años, prácticamente desde que llegó a prisión, y durante ese tiempo había conseguido una habilidad que yo nunca había desarrollado: podía seguir durmiendo aunque media unidad se viniera abajo.
Cuando entró, no había pisado una cárcel en su vida y se le notaba.
Yo llevaba ya suficiente tiempo allí para reconocer enseguida esa mezcla de desconcierto y esfuerzo por aparentar que entendías cómo funcionaba todo, porque tres años antes había llegado exactamente igual.
Le expliqué lo básico, sobre todo esas normas que nadie escribía en ninguna parte, pero que convenía aprender cuanto antes, y después dejamos de llevar la cuenta de quién ayudaba a quién.
Cuando encendieron las luces de golpe, apenas se removió antes de protestar sin abrir los ojos.
—Algún día descubriré quién decidió que las personas se vuelven mejores ciudadanos levantándose antes de las seis.
Me incorporé y empecé a doblar la manta.
—Todavía tienes seis meses para investigarlo.
—Gracias por recordármelo.
No contesté. Marcus sabía perfectamente cuánto le quedaba y yo sabía cuándo estaba haciendo una broma para no pensar demasiado en ello.
Hice la cama, me lavé la cara y esperé a que llegara la hora de salir.
La rutina tenía algo extraño después de tanto tiempo.
Al principio había odiado que alguien decidiera cuándo podía levantarme, comer, ducharme, salir al patio o llamar por teléfono.
Con los años había dejado de pelearme mentalmente con cada horario.
No porque me gustara, sino porque gastar energía en cosas que no podía cambiar había terminado por parecerme una forma bastante estúpida de pasar el día.
Marcus se sentó en mi litera y empezó a ponerse los zapatos.
—¿Hoy tienes reunión con Keller?
—Sí. A las nueve.
—¿Para hablar de la salida?
Asentí mientras guardaba un par de cosas en el pequeño estante que compartíamos.
—Eso creo.
—Sabes perfectamente que sí.
—Hasta que esté fuera, no doy nada por hecho.
Marcus me miró un instante. Llevaba suficiente tiempo allí para entenderlo sin que tuviera que explicarlo. Las fechas podían moverse, los trámites complicarse y una mala decisión de cinco minutos mandar meses de trabajo a la mierda. Yo era bastante consciente de eso último.
Cuando abrieron, salimos con el resto hacia el comedor.
El desayuno transcurrió como casi todos: comí sin demasiada prisa mientras Marcus discutía con otro hombre sobre un partido que ninguno de los dos había visto completo y, después, fui al taller de mantenimiento donde trabajaba desde hacía tres años.
No se parecía demasiado al taller de Pete, pero agradecía poder utilizar las manos para algo que no fuera contar horas.
Allí reparábamos carros, pequeñas máquinas, puertas, herramientas y casi cualquier cosa que saliera más barato arreglar que sustituir.
Había empezado ayudando con tareas sencillas y, con el tiempo, terminé convirtiéndome en el hombre al que buscaban cuando algo tenía motor y nadie entendía por qué había dejado de funcionar.
Aquella mañana me esperaba una pulidora industrial desmontada sobre una mesa.
—Otra vez —dijo Harris, el funcionario encargado del área, señalándola—. Dicen que empezó a echar humo.
—Seguro que siguieron utilizándola después.
—Por supuesto.
—Entonces no empezó a echar humo. Llevaba un rato pidiendo ayuda y decidieron ignorarla.
Harris sonrió mientras me entregaba la hoja de trabajo.
—Hablas de las máquinas como si tuvieran sentimientos.
—Las máquinas suelen avisar antes de morir; es la gente quien no escucha.
Me puse con ello y durante casi una hora conseguí olvidarme de la reunión de las nueve.
Trabajar siempre había tenido ese efecto en mí: había algo tranquilizador en encontrar una causa concreta para un problema, ya fuera un cable quemado, una pieza desgastada o un motor atascado.
No había que interpretar intenciones ni preguntarse qué habría ocurrido si seis años atrás hubiera tomado otra decisión; bastaba con localizar el fallo y solucionarlo.
Harris apareció junto a la mesa a las ocho y cincuenta, cuando estaba terminando de ajustar una de las piezas. Se quedó un momento observando lo que hacía antes de señalar la puerta con la barbilla.
—Mercer, Keller te espera.
Levanté la vista hacia el reloj y dejé la herramienta sobre la mesa. Todavía faltaban diez minutos para la reunión, pero si Harris había venido a buscarme, era porque tocaba moverse.
Me limpié las manos con un trapo y salí con él hacia el otro edificio, donde Keller tenía la oficina.
Había hecho aquel recorrido suficientes veces para conocerlo de memoria, aunque esa mañana se me hizo más largo de lo habitual.
No porque temiera lo que fueran a decirme, sino porque llevaba semanas evitando pensar demasiado en la posibilidad de que aquello fuera realmente el final.
Keller llevaba más de un año al frente de la prisión y ya había hablado conmigo varias veces durante el proceso de salida.
Rondaba los cincuenta, hablaba poco y nunca prometía nada que no pudiera cumplir, dos cualidades que había aprendido a valorar bastante.
Cuando entré, señaló la silla frente a su mesa para que me sentara.
—¿Cómo vas, Mercer?
—Todo lo bien que se puede estar aquí.
Asintió mientras miraba unos papeles.
—Bueno, veamos…
Esperé a que terminara de revisar los papeles y, cuando Keller levantó la vista, tuve durante un segundo la sensación de que estaba disfrutando de alargar un poco la espera.
—Si no surge ningún problema, tu fecha de salida sigue siendo la misma.
Noté que aflojaba los hombros sin haberme dado cuenta de que los tenía tensos.
—¿El veintisiete?
—Correcto.
Faltaban veintitrés días. Aunque llevaba semanas con la fecha metida en la cabeza, escucharla de nuevo hizo que adquiriera otro peso mientras Keller seguía repasando todo lo que vendría después: supervisión, citas, documentación, la dirección en la que iba a vivir, horarios y cualquier cambio que tuviera que comunicar.
Eran condiciones que ya conocía, pero aquella mañana sonaban menos a teoría y más a una vida que estaba a punto de empezar fuera de allí.
—¿Sigue en pie lo del taller?
—Sí.
Pete había movido más hilos de los que yo le había pedido.
Un antiguo compañero suyo tenía un pequeño taller al norte de Denver y había aceptado entrevistarme cuando saliera.
Pete le había contado mi situación desde el principio, incluidos mis antecedentes, así que al menos sabía que aquella puerta no se cerraría en cuanto apareciera mi nombre en una comprobación.
No era un empleo asegurado, pero después de seis años dentro había aprendido a valorar bastante cualquier oportunidad real.
—Y el domicilio sigue siendo con tu madre.
Asentí mientras Keller pasaba a la siguiente hoja y continuaba repasando el expediente.
—Eso está aprobado. Supongo que tendrás que acostumbrarte a que alguien vuelva a decirte a qué hora llegar a casa.
—Mi madre lleva haciéndolo desde 1995. Esto no cambia demasiado.
Él sonrió apenas.
—¿Tu hijo vive allí también?
La pregunta me hizo mirar hacia la ventana de la oficina, aunque desde allí solo se veía otro muro.
—Sí.
—¿Qué edad tiene ya?
—Ocho años.
Decirlo seguía resultándome extraño, no porque no supiera la edad de mi hijo, sino porque ocho años me parecían demasiados de golpe.
Sabía el día exacto en que había nacido, conocía la fecha de cada cumpleaños que había pasado dentro y tenía fotografías suficientes para ordenar su crecimiento año tras año, pero nada de eso cambiaba el hecho de que había entrado cuando Noah tenía dos años y saldría cuando ya tuviera ocho.
Keller debió de notar que no tenía ganas de seguir por ahí, porque regresó a los papeles.
—Todo está en orden. Sigue como hasta ahora estas tres semanas y no hagas nada que complique tu salida.
—Ese es el plan.
—Bien. A veces la gente se pone nerviosa cuando empieza a ver la puerta.
No hacía falta que me explicara a qué se refería. Había visto suficientes hombres complicarse la vida justo antes de salir, como si la proximidad de la libertad despertara algo que durante meses habían conseguido mantener controlado.
—No pienso hacer ninguna estupidez.
Keller dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Me alegra oírlo.