Todo lo que perdí Capítulo 2
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Capítulo 2

Logan

A las diez y media de la noche seguía sentado en el sofá con la televisión encendida, aunque llevaba un buen rato sin prestar atención a la pantalla.

Kayla se había acostado casi una hora antes, convencida de que iba al taller a echar una mano con un coche que debía salir a primera hora.

La excusa había funcionado porque, después de tantos meses aceptando horas extra, una noche fuera de casa ya no le resultaba extraño.

Cuando miré el reloj por tercera vez, apagué la televisión y fui hasta la habitación de Noah. Dormía atravesado en la cama, con la manta a los pies y el conejo de peluche apretado contra el pecho. Me agaché para taparlo y me quedé unos segundos allí, observándolo antes de salir.

En la cocina intenté tomar un café, pero apenas di dos sorbos antes de tirarlo por el fregadero.

El estómago no estaba para aguantar nada y seguir dando vueltas a lo que iba a hacer tampoco iba a cambiarlo.

Evan y yo ya habíamos hablado suficiente; ahora solo quedaba comprobar si todo era realmente tan sencillo como había prometido.

Cogí la chaqueta y las llaves, y al abrir la puerta escuché movimiento detrás.

Kayla apareció al final del pasillo, descalza y con el pelo recogido de cualquier manera.

—Pensaba que ya te habías ido.

—Estaba esperando a que me avisaran.

Se acercó medio dormida y apoyó una mano en mi brazo.

—No te quedes hasta las tantas. Mañana Noah va a despertarse a las siete como si tuviera algo importante que hacer con su vida.

Sonreí.

—Intentaré volver pronto.

—Eso dices siempre.

No había enfado en su voz, solo sueño y la costumbre de verme salir a horas extrañas. Me besó antes de volver hacia la habitación y esperé a oír cómo cerraba la puerta para salir.

Durante el trayecto hasta el punto donde Evan me había citado, tuve tiempo de sobra para cambiar de idea.

La carretera estaba despejada y apenas había tráfico, así que cada semáforo me daba unos segundos más para pensar en lo fácil que sería girar, volver a casa y olvidarme de todo aquello.

Aun así, seguí conduciendo hasta llegar al aparcamiento casi vacío donde habíamos quedado.

Reconocí a Evan de inmediato y supuse que el hombre que fumaba junto a una camioneta gris era Curtis. El Dodge negro no estaba y, algo más lejos, había un sedán oscuro con las luces apagadas. Evan se acercó mientras yo bajaba del coche.

—Pensaba que igual habías cambiado de idea.

—Todavía puedo hacerlo.

Lo dije más serio de lo que pretendía y Evan debió darse cuenta, porque esta vez se limitó a asentir sin hacer ninguna broma.

—Puedes. Pero si te quedas, hacemos exactamente lo que hablamos.

Aquello me tranquilizó un poco, aunque sabía que era absurdo fiarme de la palabra de un hombre que estaba a punto de entrar en una joyería de madrugada.

Curtis apagó el cigarrillo contra el suelo y se acercó.

Tendría más o menos nuestra edad, quizá alguno más, y tenía esa forma de mirar que hacía difícil saber si estaba tranquilo o simplemente demasiado acostumbrado a meterse en problemas.

Evan nos presentó y, sin perder más tiempo, señaló el sedán.

—Ese es el tuyo. Lo dejas donde te mandé la ubicación, esperas y cuando lleguemos nos recoges. Nada más.

Me acerqué al coche.

—¿Está denunciado?

—No. Y no tiene relación con la camioneta.

—¿De quién es?

Evan me miró durante un instante antes de responder.

—De alguien que no va a necesitarlo esta noche.

No me gustó, pero tampoco insistí. Empezaba a comprender que cada pregunta abría una puerta que quizá era mejor no cruzar.

Curtis abrió el maletero de la camioneta para guardar una bolsa.

Vi herramientas, guantes y dos pasamontañas, y casi sin darme cuenta terminé fijándome también en las manos de los dos, en los bolsillos de sus chaquetas y en el interior del vehículo, buscando cualquier rastro de una pistola. Evan debió de darse cuenta.

—No hay armas, Logan. Te lo he dicho varias veces.

—Y yo te he dicho varias veces que si aparece una, me voy.

Curtis soltó una risa breve.

—Tranquilo. Nadie quiere pegarle un tiro a nadie por unos relojes.

El comentario de Curtis no me hizo ninguna gracia, pero Evan tampoco pareció dispuesto a darle más recorrido y retomó la explicación de la ruta.

Ellos utilizarían la camioneta para entrar, la abandonarían unas calles más adelante y recorrerían a pie la distancia hasta el punto donde yo debía esperar.

Según sus cálculos, todo estaría resuelto en menos de diez minutos.

—Si pasan esos diez minutos y no habéis aparecido, me largo —le advertí.

—No vas a tener que hacerlo. Si algo sale mal, te escribo antes.

Me dio las llaves del sedán y apenas hablamos después. Ya estaba todo explicado y ninguno parecía tener demasiado interés en seguir poniendo palabras a lo que íbamos a hacer. Evan y Curtis salieron unos minutos antes que yo, y esperé dentro del coche hasta recibir su mensaje antes de arrancar.

Denver parecía distinta a esa hora. Había poca gente en la calle, aunque la ciudad no estaba completamente dormida: algunas gasolineras seguían abiertas, circulaban taxis y todavía quedaban bares con las luces encendidas.

Conduje hasta el punto acordado y estacioné junto a un edificio de oficinas, dejando el motor en marcha mientras esperaba.

Intenté concentrarme en cualquier cosa que no fuera lo que estaba ocurriendo unas calles más allá.

Pensé en el dinero, en que podía servir para consultas, desplazamientos o parte del tratamiento, pero enseguida apareció otra cuestión que hasta entonces había evitado bastante: cómo iba a explicar de dónde habían salido veinticinco mil dólares.

Había dedicado tanto tiempo a conseguirlos que apenas había pensado en qué haría si realmente terminaban en mis manos.

Llevaba solo un par de minutos esperando cuando escuché un golpe seco a lo lejos y, poco después, empezó a sonar una alarma. No podía ver la joyería desde allí, pero no necesité hacerlo para saber de dónde venía.

Hasta ese momento todo había sido una conversación, un plan y una serie de condiciones que me había repetido demasiadas veces; ahora Evan y Curtis estaban dentro y yo esperaba para sacarlos de allí.

La realidad de lo que estaba haciendo cayó de golpe con bastante más peso del que había querido reconocer.

El teléfono vibró sobre el asiento del copiloto y lo cogí convencido de que sería Evan.

Era Kayla.

Kayla: Noah se ha despertado preguntando por ti. Espero que ese coche merezca la pena.

Me quedé mirando el mensaje unos segundos, imaginando a Kayla en la cama con Noah a su lado, convencida de que yo seguía trabajando.

Respondí que ya casi habíamos terminado y que le diera un beso de mi parte, aunque la mentira me dejó una sensación desagradable que no desapareció ni siquiera después de dejar el móvil bocabajo sobre el asiento.

Volví a mirar el reloj justo cuando una sirena sonó a lo lejos. Poco después apareció otra y comprendí que la situación podía estar empezando a alejarse bastante de lo que Evan me había prometido. El teléfono vibró de nuevo y, esta vez sí, su nombre apareció en la pantalla.

Evan: Arranca.

Puse el coche en marcha y me quedé esperando con las manos sobre el volante.

No tardaron demasiado en aparecer al fondo de la calle: Evan iba delante y Curtis unos pasos por detrás, con una bolsa colgada del hombro.

Corrían deprisa, pero sin perder el control, como si todavía tuvieran claro qué debían hacer.

Desbloqueé las puertas en cuanto estuvieron cerca. Evan ocupó el asiento del copiloto y Curtis se dejó caer detrás, cerrando la puerta con un golpe.

—Sal ya —dijo Evan mientras todavía cerraba la puerta.

Arranqué sin pisar a fondo.

—¿Qué ha pasado?

—La alarma ha saltado antes de lo previsto.

—¿Antes de lo previsto? ¿Por qué?

Evan giró la cabeza para mirar atrás.

—Había un sensor que no estaba donde debía.

—¿No lo sabíais?

Curtis se inclinó hacia delante.

—Ahora mismo eso da bastante igual.

Lo miré por el retrovisor.

—A mí no.

Evan intervino antes de que la conversación subiera de tono.

—No ha cambiado el plan. Estamos fuera, no hay nadie herido y no ha aparecido ninguna arma. Solo necesitamos alejarnos de aquí sin llamar la atención.

Aquello era verdad, al menos de momento.

Seguí la ruta que habíamos acordado, procurando mantener una velocidad normal, sin hacer nada que pudiera llamar la atención de una patrulla, aunque no supiera de dónde veníamos.

Durante un par de calles nadie habló y las sirenas siguieron sonando a lo lejos, cada vez más apagadas.

Cuando llegamos a una avenida con algo más de tráfico, empecé a respirar mejor.

Había otros coches alrededor y, por primera vez desde que habían subido, tuve la sensación de que podíamos mezclarnos con ellos y desaparecer.

Una patrulla pasó en sentido contrario, y Curtis soltó el aire de golpe mientras Evan se giraba para seguirla con la mirada hasta que desapareció.

—Sigue igual —me dijo—. No hagas nada raro.

—Eso intento.

No necesitaba que me explicara cómo conducir. En aquel momento, concentrarme en la carretera era lo único que conseguía mantenerme relativamente tranquilo, así que me limité a controlar la velocidad, las distancias y cada maniobra mientras dejábamos atrás las calles cercanas a la joyería.

Pasaron varios minutos sin que apareciera ninguna otra patrulla y empecé a pensar que quizá saldríamos de allí.

Durante unos segundos llegué incluso a imaginar la siguiente parte: dejar a Evan y Curtis, volver a casa sin hacer ruido y meterme en la cama junto a Kayla.

A la mañana siguiente, Noah me despertaría saltando sobre el colchón y el problema ya no sería escapar de la policía, sino averiguar cómo demonios iba a mover un dinero que nadie debía saber de dónde había salido.

No era precisamente el panorama que había imaginado para nuestra vida, pero seguía siendo una salida.

La patrulla apareció detrás de nosotros poco después. Al principio estaba lo bastante lejos como para no preocuparme, así que mantuve la velocidad y procuré no darle importancia. Sin embargo, fue acortando la distancia poco a poco hasta que Curtis también terminó fijándose en ella.

—Tenemos policía detrás.

—Hay policía por toda la ciudad —respondió Evan sin apartar la vista del espejo.

—Pues esa lleva un rato siguiendo exactamente nuestra ruta.

No dije nada y seguí pendiente del retrovisor mientras la patrulla iba recortando distancia. Cuando encendió las luces, se me cerró el estómago y noté a Curtis moverse inquieto en el asiento trasero.

—No pares todavía. Igual solo quieren pasar.

La sirena sonó una vez y ya no quedó ninguna duda de que venían a por nosotros. Evan se volvió hacia Curtis antes de que pudiera decir nada.

—Nos están parando.

—Pues sigue.

—¿Y qué consigues con eso? ¿Que además nos persigan por media ciudad?

Curtis masculló algo que no llegué a entender mientras yo seguía pendiente del retrovisor. Podía acelerar, pero tenía claro que no pensaba hacerlo.

—Voy a parar.

Evan asintió y, aunque Curtis protestó desde el asiento trasero, dejé de prestarle atención. Puse el intermitente y me aparté hacia un lateral amplio de la carretera; en cuanto detuve el coche, las luces azules inundaron el interior.

Durante unos segundos nadie se movió. Mantuve las manos sobre el volante y entonces me di cuenta de que me temblaban ligeramente.

Hasta ese momento había pensado en las consecuencias como algo lejano, una posibilidad que podía evitarse si todo salía según lo previsto, pero ahora tenía una patrulla detrás y una bolsa llena de joyas en el asiento trasero. Ya no hacía falta imaginar nada.

—Que nadie haga movimientos raros —dijo Evan.

Curtis soltó una maldición mientras yo seguía mirando al frente.

Una voz amplificada nos ordenó que mantuviéramos las manos visibles y obedecí sin apartarlas del volante.

Después llegó la indicación de apagar el motor, sacar las llaves y dejarlas sobre el salpicadero.

Hice cada movimiento despacio, procurando que desde fuera pudieran verlo todo con claridad.

Mientras esperaba la siguiente orden, pensé en Kayla, en lo fácil que me había resultado mentirle unas horas antes y en Noah dormido con el conejo apretado contra el pecho.

También me vino a la cabeza mi madre diciéndome que no podía resolverlo todo y mi padre advirtiéndome que no convirtiera su enfermedad en algo que terminara arrastrándome a mí también.

En una sola noche había conseguido acercarme demasiado a todo aquello que ellos intentaban evitar.

Cuando me ordenaron salir, abrí la puerta desde fuera tal como indicaron y el aire frío me golpeó de lleno.

Había más de un coche patrulla y varios agentes cubriéndonos desde distintos puntos, así que mantuve las manos visibles y seguí cada instrucción sin discutir.

No tenía ninguna intención de empeorar las cosas.

Uno de los agentes me hizo caminar hacia atrás hasta alcanzarme, me registró y me colocó las esposas. El sonido metálico al cerrarse alrededor de mis muñecas terminó de hacer real algo que hasta entonces todavía había parecido imposible.

A unos metros, otro policía sacaba a Evan del coche mientras Curtis permanecía arrodillado junto al bordillo. Cuando un agente abrió la puerta trasera y sacó la bolsa, no necesité ver nada más para saber que aquello se había acabado.

El teléfono empezó a vibrar dentro de mi bolsillo durante el registro.

Uno de los agentes lo sacó y lo dejó, junto con mis llaves y la cartera, en una bolsa transparente.

Al girarla, alcancé a ver el nombre de Kayla en la pantalla y, debajo, la fotografía que tenía de fondo: Noah sentado sobre los hombros de mi padre durante el verano anterior, los dos riéndose.

Me quedé mirando la imagen mientras se llevaban mis cosas.

Unas horas antes había salido de casa convencido de que aquella era la única forma de conseguir algo que mi familia necesitaba. Ahora ni siquiera sabía cuándo volvería a entrar por esa puerta.

El agente que estaba a mi lado me indicó que caminara hacia la patrulla y obedecí.

Antes de agacharme para entrar, miré una última vez hacia la bolsa donde habían guardado el teléfono.

La pantalla volvió a iluminarse con otra llamada de Kayla y, por primera vez desde que había aceptado participar, ya no fui capaz de decirme que todo aquello había sido por ellos.