Todo lo que perdí Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Precisamente.

Guardé el móvil.

—Si esto sigue adelante, vais a necesitar ayuda.

Mi padre se acercó despacio. Había días en los que todavía podía parecer el hombre de siempre hasta que uno se fijaba demasiado.

—Tengo una casa, algunos ahorros y un seguro. Ya veremos hasta dónde llegamos.

—No pienso quedarme mirando si no llega.

—Tampoco vas a quitarle nada a tu hijo por mí.

—No he dicho eso.

—No hace falta. Te conozco.

Me fastidiaba especialmente cuando todo el mundo recurría a ese argumento, quizá porque empezaba a sospechar que tenían razón. Mi padre debió de verlo en mi cara, porque bajó la voz antes de continuar.

—Quiero vivir, Logan. Quiero ver crecer a Noah, volver al taller y seguir despertándome al lado de tu madre, aunque sea para discutir por la calefacción. Pero no quiero que conviertas mi enfermedad en una deuda que arrastres durante diez años.

—Si hay un tratamiento que puede funcionar, hay que intentarlo.

—Y lo intentaremos. Eso no significa que tengas que salvarme tú.

Mi madre apareció antes de que pudiera responder y la conversación terminó ahí, aunque la frase de mi padre siguió dándome vueltas durante los días siguientes.

Aun así, hice exactamente lo contrario de lo que me había pedido: pregunté por préstamos, acepté más horas y acabé vendiendo una motocicleta vieja que llevaba años guardando con la intención de restaurarla.

Cada pequeño avance me servía para confirmar lo mismo: por mucho que apretara, las cantidades que conseguía reunir seguían quedándose muy lejos de lo que podíamos necesitar si el seguro no cubría suficiente.

Fue en mitad de aquellos días, cuando ya empezaba a quedarme sin ideas, cuando reapareció Evan Rourke.

No lo veía desde hacía casi un año. Habíamos salido con la misma gente después del instituto, en una época en la que tener veinte años nos parecía una razón suficiente para beber demasiado y tomar decisiones bastante idiotas.

Yo me había ido alejando de aquel ambiente cuando conocí a Kayla y, sobre todo, después de que naciera Noah, mientras que Evan había seguido moviéndose entre la misma clase de gente y de negocios sobre los que siempre era mejor no hacer demasiadas preguntas.

Apareció en el taller un jueves por la tarde conduciendo un Dodge negro que costaba bastante más de lo que yo podía justificar con cualquiera de los trabajos que sabía que había tenido.

—Mercer. Pensaba que ya serías dueño de este sitio.

—Y yo pensaba que habrías aprendido a pedir cita.

Sonrió, pero la expresión le cambió cuando preguntó por mi padre.

Durante unos minutos creí que había venido únicamente por eso. Cruzamos hasta una cafetería cercana, pidió café y hablamos de gente a la que no veía desde hacía años. Después dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia delante.

—Me han dicho que estás buscando dinero.

Aquello me puso en guardia.

—La gente habla demasiado.

—Puede ser. También puede ser que conozca una forma de conseguirlo rápido.

Solté aire por la nariz.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Te conozco.

Evan no se molestó en disimular.

—Veinticinco mil dólares por una noche. Tú solo conduces.

La cifra consiguió que permaneciera sentado un par de segundos más.

—¿Conducir qué?

—Un coche. Recoges a dos personas y os largáis.

No necesitaba más detalles para saber que nada de aquello podía acabar bien.

—Busca a otro.

—No tienes que entrar en ningún sitio. No vas a tocar nada ni a amenazar a nadie; además, el local estará cerrado.

Me levanté.

—He dicho que no.

Evan apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Tu padre está enfermo, Logan. Sé que necesitas la pasta.

Me giré hacia él.

—No vuelvas a meter a mi padre en esto.

—No lo estoy metiendo. Solo digo que entiendo por qué podrías necesitarla.

Regresé al taller convencido de que la conversación había terminado, pero tres días después llegó una primera estimación relacionada con el especialista.

Había gastos pendientes de autorización y otros que quizá terminara cubriendo el seguro, aunque la cifra bastó para que dejara de engañarme: no íbamos a resolver aquello haciendo horas extra.

Aquella misma noche recibí un mensaje.

Evan: Si quieres saber más, mañana a las ocho en Miller’s.

No contesté. Al día siguiente, el banco rechazó definitivamente uno de los préstamos y mi madre me llamó para contarme que una de las consultas no estaba cubierta y que estaban estudiando alternativas.

A las ocho y doce entré en Miller’s después de pasarme todo el trayecto repitiéndome que solo iba a escuchar.

Evan no perdió el tiempo. Me explicó que se trataba de una joyería que estaría cerrada a esa hora.

Utilizarían un coche robado para romper el cristal; dos hombres entrarían, cogerían determinadas piezas y después recorrerían unas calles hasta llegar al vehículo con el que yo debía recogerlos.

Según él, no habría empleados ni clientes, nadie llevaría armas y todo duraría apenas unos minutos.

Lo escuché hasta el final antes de apoyarme contra el respaldo.

—Si os detienen, yo estoy igual de metido que vosotros.

Evan ni siquiera trató de endulzarlo.

—Sí. Por eso te pagan veinticinco mil. No tienes que entrar ni tocar nada, pero formas parte.

Al menos no pretendía venderme la idea de que aquello era otra cosa.

—¿Y por qué yo?

—Porque sabes conducir, no consumes y necesito a alguien que no se ponga nervioso a la primera. Alguien que esté donde tiene que estar y no improvise cuando las cosas se pongan tensas.

Podía haberme levantado y haberme largado. Lo sabía, pero en lugar de hacerlo, me quedé mirando la mesa unos segundos antes de preguntarle cuándo sería.

Evan sonrió apenas y no necesitó decir nada más. Los dos entendimos que acababa de acercarme demasiado a un sí.

Esa noche, después de acostar a Noah, me quedé solo en la cocina.

Sobre la nevera había uno de sus dibujos sujeto con un imán; en el fregadero había quedado sin lavar la taza de Kayla y sobre la mesa seguía la factura de la guardería.

Miré todo aquello durante un rato porque esa era mi vida y no quería otra.

Tampoco quería robar una joyería, hacerme rico ni empezar a moverme en el mundo de Evan; solo quería dinero suficiente para que, si aparecía una oportunidad para mi padre, no tuviéramos que rechazarla sin haberlo intentado.

Sabía perfectamente que aquello era un delito y que, aunque esperara varias calles más lejos, formaría parte de lo que ocurriera dentro. No podía engañarme pensando que simplemente iba a conducir un coche.

Aun así, saqué el teléfono y abrí el chat de Evan.

Logan: No entro. No quiero armas y, si algo cambia, me voy.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Evan: Eso ya está hablado.

Desde el pasillo escuché la voz de Kayla intentando convencer a Noah de que volviera a la cama y durante unos segundos me limité a mirar la pantalla. Todavía podía dejarlo ahí, bloquear el número y entrar en la habitación de mi hijo como si aquella conversación nunca hubiera existido.

En lugar de hacerlo, escribí:

Logan: Cuenta conmigo.

Pulsé enviar antes de darme tiempo para cambiar de idea.