Todo lo que perdí
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Capítulo 1
Logan
El teléfono empezó a vibrar sobre el banco de trabajo poco después de las seis y media, justo cuando acababa de meter medio cuerpo bajo el capó de un Chevrolet que llevaba toda la tarde dándome más problemas de los que su dueño estaba dispuesto a pagar.
Lo dejé sonar unos segundos. Desde que a mi padre le habían diagnosticado la enfermedad, cualquier llamada inesperada conseguía que se me encogiera algo por dentro antes siquiera de mirar la pantalla.
Podía ser Kayla recordándome que comprara pañales o Pete llamándome desde la otra punta del taller porque le daba pereza caminar veinte metros, pero mi cabeza siempre me llevaba al hospital.
Terminé de colocar la pieza que tenía entre las manos, me incorporé y me limpié los dedos con un trapo. El nombre de mi madre confirmó que aquella vez no iba a preguntarme si iríamos a comer el domingo.
—Dime, mamá.
—¿Sigues trabajando?
A mi alrededor sonaban una pistola neumática, la radio de Pete y el motor de una camioneta que llevábamos dos días intentando resucitar.
—Hasta donde sé, sí.
Normalmente habría soltado algún comentario sobre mis horarios. Aquella tarde tardó demasiado en responder y dejé el trapo sobre el banco.
—¿Qué pasa?
—Han llamado del hospital. El doctor Levin quiere vernos mañana por la mañana para hablar del tratamiento y de otras opciones.
Me aparté del ruido y salí por la puerta trasera. Fuera hacía un frío de narices y todavía quedaban restos de nieve sucia junto al aparcamiento, pero agradecí el aire en la cara.
Habíamos aprendido a desconfiar de algunas palabras. Cuando las cosas iban bien, los médicos hablaban de continuar, controlar o revisar. Las opciones aparecían cuando algo no estaba funcionando como esperaban.
—¿A qué hora?
—A las nueve y media, pero tu padre y yo podemos ir solos. No quiero que vuelvas a perder una mañana de trabajo.
—No la pierdo. Hablo con Pete y paso a buscaros.
Mi madre soltó un suspiro. Sabía que iba a discutir conmigo, igual que yo sabía que acabaría cediendo, de modo que nos ahorré tiempo.
—A las ocho y media estoy en vuestra casa.
—Logan, ya has faltado bastante este mes y esas horas no las cobras.
—Pete no va a echarme.
—No me preocupa Pete. Me preocupa que tú parezcas empeñado en solucionar todo trabajando hasta caer redondo.
No contesté porque no tenía ninguna respuesta que no iniciara otra discusión. Mi madre tampoco insistió. Me pidió que me fuera a casa, le diera un beso a Noah de su parte y procurara cenar algo que no saliera de una máquina.
Cuando colgué, me quedé un rato apoyado contra la pared.
Denver empezaba a encenderse al otro lado de los edificios bajos del polígono y el tráfico seguía pasando por la carretera como cualquier otra tarde.
Desde hacía meses me sorprendía que el mundo continuara funcionando con tanta normalidad mientras nosotros medíamos la vida en consultas, analíticas y resultados.
—¿Tu padre?
Pete había abierto la puerta y esperaba con una taza de café en la mano. Conocía a mi padre desde mucho antes de conocerme a mí y llevaba siguiéndole la evolución casi desde el primer día.
—Mañana tenemos cita.
—Pues vete.
—Es mañana.
—Ya te he oído. Termina lo que tienes entre manos y márchate a casa. Mañana apareces cuando salgáis del hospital.
Volví a mirar hacia el interior del taller.
—Necesito acabar el Chevrolet y necesito las horas.
Pete no era un hombre especialmente sentimental y se lo agradecía. No me puso una mano en el hombro ni me dijo que todo saldría bien. Se limitó a beber un poco de café antes de responder.
—Y yo necesito que no empieces a cometer errores porque llevas doce horas aquí. Ese coche puede esperar media hora más mañana. Tu familia no.
No discutí. Regresé al trabajo y durante los siguientes cuarenta minutos me concentré en algo que sí sabía arreglar.
Encontrabas la avería, buscabas la pieza adecuada y, con un poco de suerte, el motor volvía a funcionar.
Últimamente echaba de menos que el resto de la vida se pareciera un poco más a eso.
Cuando llegué a casa, casi una hora después, Noah apareció corriendo por el pasillo antes de que terminara de cerrar la puerta. Llevaba un calcetín puesto, el otro había desaparecido y tenía salsa de tomate desde la comisura de la boca hasta casi la oreja.
Me agaché justo a tiempo para recibirlo.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
Me respondió algo sobre macarrones que no entendí porque hablaba con la boca pegada a mi hombro. Lo llevé hasta la cocina y encontré a Kayla removiendo una cazuela mientras intentaba apartarse el pelo de la cara con el antebrazo.
—Tu hijo ha descubierto que la salsa también sirve como pintura —me informó.
—Cuando hace estas cosas, siempre es mi hijo.
—Cuando duerme toda la noche también.
Me acerqué a besarla. Al separarnos, me miró durante un segundo más de lo normal.
—Ha llamado tu madre.
—Ya he hablado con ella. Mañana los acompañaré.
Kayla apagó uno de los fuegos y se volvió hacia mí.
—Puedo cambiar mi turno.
—No hace falta. Todavía no sabemos qué van a decirnos y ya cambiaste horas para la última consulta. Te llamo cuando salgamos.
—Llámame de verdad, no a las siete de la tarde después de que tenga que preguntarte tres veces.
Sonreí ligeramente.
—De acuerdo.
No añadió nada más, aunque conocía esa mirada. Llevábamos cinco años juntos y hacía mucho tiempo que había aprendido a distinguir cuándo aceptaba una respuesta y cuándo simplemente decidía dejarla para más tarde.
Cenamos los tres en la mesa pequeña de la cocina. Noah había mordido a otro niño en la guardería porque intentó quitarle un camión, y Kayla trató de contarme el incidente con toda la seriedad posible mientras él aplastaba un macarrón con el dedo.
—No te rías —me advirtió.
—No me estoy riendo.
—Estás sonriendo.
—Porque el otro niño se llama Brayden. Con ese nombre alguien iba a morderlo tarde o temprano.
Kayla me dio una patada por debajo de la mesa y Noah levantó la cabeza.
—Mierda.
Nos quedamos los dos mirándolo y Kayla cerró los ojos, como si necesitara un segundo para asumir que nuestro hijo acababa de soltar aquello con total naturalidad.
—Eso es tuyo.
—Podría haberlo aprendido en la guardería.
—Lo dice exactamente como tú.
No aguanté la risa y ella terminó haciendo lo mismo. Durante unos minutos conseguimos olvidarnos de todo lo demás y limitarnos a disfrutar de Noah, de sus ocurrencias y de aquella cena corriente que, últimamente, empezaba a parecerme casi un lujo.
Después lo acosté y me quedé sentado junto a él hasta que se durmió.
Sobre la mesilla había una fotografía del verano anterior en la que aparecía con mi padre, todavía con más peso, sosteniendo a Noah sobre los hombros mientras él le agarraba el pelo con las dos manos.
La imagen me retuvo unos segundos antes de salir de la habitación y regresar al salón, donde dos sobres sobre la mesa me devolvieron de golpe a la realidad.
Reconocí enseguida el membrete del hospital.
—¿De dónde han salido?
Kayla se sentó en el sofá.
—Tu madre los dejó esta tarde. Le pregunté cuánto debían y terminó enseñándomelos.
Abrí el primero y luego el segundo. No eran todas las facturas, ni mucho menos, pero bastaron para que empezara a sumar mentalmente.
Mis padres estaban peor de lo que reconocían. Mi padre había agotado buena parte de la baja remunerada, mi madre llevaba semanas recortando gastos y ambos seguían hablando del dinero como si lo tuvieran controlado.
—Puedo coger todos los sábados que necesiten una mano en el otro taller.
Kayla tardó un momento en contestar.
—Ya trabajas casi todos.
—Puedo hacerlos todos durante un tiempo.
—Ya estás trabajando demasiado. Y como sigas cogiendo más horas, al final no vas a estar en casa ni un día.
Dejé los papeles sobre la mesa. No quería discutir con ella porque sabía exactamente qué iba a decir y, peor todavía, sabía que tendría razón. El alquiler vencía la semana siguiente; teníamos la guardería, el seguro del coche y unos ahorros que apenas podían llamarse así.
—Mañana escuchas al médico —continuó—. Cuando sepamos qué necesitan de verdad, veremos qué podemos hacer. Pero esta noche no vas a arreglar nada haciendo cuentas.
—Estoy harto de esperar para todo.
Kayla se acercó y apoyó una mano en mi rodilla.
—Lo sé, pero eso no hace que puedas solucionarlo tú solo.
No respondí. Últimamente demasiada gente parecía empeñada en recordármelo.
A la mañana siguiente recogí a mis padres a las ocho y media. Mi padre salió de casa con un abrigo que el invierno anterior le quedaba bien y ahora parecía prestado. Aquello seguía siendo lo que peor llevaba. No el hospital ni las máquinas, sino verlo cada vez más pequeño dentro de su propia ropa.
La consulta duró algo más de media hora.
El tratamiento no estaba dando el resultado esperado. El doctor Levin quería estudiar otras posibilidades y consultar con un especialista que trabajaba con casos como el suyo. Habló de nuevas pruebas, autorizaciones, un centro fuera de Colorado y un protocolo diferente al que quizá pudiera acceder.
Mi madre preguntó por los efectos secundarios y mi padre quiso saber cuánto tardarían en confirmar si cumplía los requisitos.
Yo escuché hasta que empezaron a hablar de autorizaciones, desplazamientos y posibles gastos fuera de cobertura; entonces hice la pregunta que llevaba toda la consulta rondándome la cabeza.
—¿Cuánto costaría?
El médico explicó que todavía era imposible dar una cifra. Primero debían saber qué cubriría el seguro y qué quedaría fuera. A eso habría que sumar los desplazamientos, el alojamiento y otros gastos si finalmente teníamos que viajar.
—Pero hablamos de miles de dólares —insistí.
—Es posible. La cantidad puede variar mucho.
Salimos con una carpeta llena de papeles y ninguna respuesta concreta a la que pudiera agarrarme. Mientras mi madre fue al baño, me quedé junto a mi padre en el pasillo y, casi sin pensarlo, saqué el teléfono para abrir la aplicación del banco.
—Ni se te ocurra.
Levanté la cabeza. Mi padre estaba apoyado contra la pared a pocos metros.
—Solo estoy mirando.